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Portada del relato Ecos en la Ciudad Silenciosa
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Fragmento:


–Vienen armados –dije, y los gestos se tensaron. Las reglas eran claras: Si un grupo se acerca sin anunciarse, no se les deja entrar. Si intentan forzar la entrada, se responde. Pero si parecen bien organizados…

Duración: 11:23

Ecos en la Ciudad Silenciosa
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Texto de ajuste de pausa.

17 de Octubre de 2022.

El sol de Texas caía en vertical sobre los restos humeantes de la ciudad, recortando sombras duras en la autopista 35 mientras el horizonte rojo de Dallas se desvanecía tras montones de chatarra y barricadas improvisadas. No era un jueves cualquiera, aunque de algún modo el calendario persistía, marcado con tizas y cuchillos en los muros de escuelas vacías. Durante la noche, el viento había traído ecos extraños de la Trinity River: disparos, gritos, la risa mecánica de algún radio medio roto. Los supervivientes ya sabíamos que esas risas no eran humanas.

Habían pasado dos años desde que todo se desmoronó. Dos años de encierro, cortinas negras, señales luminosas que parpadeaban en el silencio total, los muros de lo que antes era un barrio acomodado del sur de Dallas ahora convertidos en la última defensa contra los cuerpos errantes y las peores cosas todavía: los vivos desconfiados, los saqueadores, los pasos en el pasillo cuando jurabas estar solo. El auge de forajidos, bandas, sectas…

Vivía –si es que a eso se le llama vida– en una antigua estación de bomberos cerca de Oak Cliff, junto a otras ocho personas. Habíamos reforzado las puertas con mesas, camillas y acero arrancado de coches patrulla. Todos los días comenzaban igual: revisa las trampas del perímetro, reparte el poco pan seco que quedaba, escucha la frecuencia militar por si hay algún mensaje (casi nunca lo hay). Y, por encima de todo, no dejes que el miedo te convierta en un monstruo antes que la infección lo haga.

Esa mañana, al asomarme al ventanuco oculto tras la sirena oxidada, vi algo inusual. Tres figuras armadas cruzaban la avenida Jefferson, sus pasos ordenados, las mochilas bien ajustadas a la espalda. No eran saqueadores comunes. Llevaban uniforme, aunque deslucido y remendado: chalecos antibalas, rodilleras, un emblema que no reconocía bordado en los antebrazos. Uno de ellos miró hacia la estación, y sentí el pinchazo sordo de la Paranoia. Siempre he sido bueno escondiéndome, pero últimamente tenía la certeza de que alguien –o algo– nos vigilaba.

Bajé apresurado y reuní a los demás: Una profesora jubilada, un antiguo veterinario (sabía coser heridas y distinguir mordidas humanas de animales), una madre joven con dos hijos y tres gemelos que antes eran programadores. Nadie se fiaba de nadie. Hasta los niños sabían dormir con un ojo abierto.

–Vienen armados –dije, y los gestos se tensaron. Las reglas eran claras: Si un grupo se acerca sin anunciarse, no se les deja entrar. Si intentan forzar la entrada, se responde. Pero si parecen bien organizados…

La profesora, doña Carlota, me miró desde detrás de sus gafas polvorientas:

–¿Crees que sean de esa “Liga del Río”? –preguntó. El mote se lo habíamos puesto a un grupo paramilitar que, según los susurros, habían limpiado medio West Dallas y mataban sin preguntar. O quizá eran una invención para tenernos quietos.

Me encogí de hombros. La Paranoia, cuando entra, no suelta. Casi nadie recordaba cómo era ver a desconocidos sin pensar en el peor desenlace.

Mientras debatíamos, escuchamos un golpe suave en la trampilla trasera. Tres veces. Esperamos. Otros tres golpes. Era una señal: alguien sabía el código de Morris, un código local que habíamos usado sólo una vez tres meses atrás para alertar de una brecha en la barricada del norte. Pero sólo nosotros lo conocíamos. ¿O no?

Mi corazón galopó. El veterinario, Víctor, se puso tenso y fue a por el rifle de cerrojo. La madre abrazó a los niños. Los gemelos cuchichearon en algo parecido a un idioma secreto. El aire se volvió mucho más frío.

Así empezó la paranoica danza de la desconfianza.

Salí con Víctor, ambos encapuchados; la escotilla se abrió apenas una rendija. Afuera, uno de los uniformados nos apuntaba con una escopeta. Sus ojos, rodeados de ojeras brutales, mostraban tanto miedo como los nuestros.

–¿Quiénes son? –grité, con la voz mucho más aguda de lo que pretendía.

El hombre bajó ligeramente el arma.

–Somos del asentamiento de Elm Fork. Venimos advertidos de una horda en ruta. Buscamos refugio para la noche. Traemos medicinas para intercambiar.

Lo usual en estos tiempos era la traición por apariencias. El manual no escrito de supervivencia es “no confíes, nunca”. Sin embargo, la mención de Elm Fork era preocupante. Esa comunidad se suponía pequeña y pacífica, pero los rumores decían que era ahora un nido de ritos extraños y que su líder –la Hermana Abigail– podía saberlo todo lo que pasaba en Dallas.

Víctor me susurró:

–Podrían ser impostores. O infiltrados de las bandas del norte. Recuerda el mercado de primavera…–.

Lo recordaba. Un grupo se infiltró disfrazado de comerciantes. A la noche siguiente, seis personas “desaparecieron” de una tienda improvisada en Oak Lawn. Nadie volvió a hablar de ese mercado.

Los aceptamos en el recibidor bajo vigilancia. Les obligamos a dejar sus mochilas y armas en la entrada. Sacaron vendas, dos cajas de antibióticos, mascarillas quirúrgicas (el vestigio de aquel viejo mundo arrasado por enfermedades, primero invisibles, luego incontrolables) y algo más: lo que parecía una caja sellada, metálica, con una cerradura codificada.

Las conversaciones fluctuaron como un sismo prudente:

–¿Qué es eso? –Pegunté, señalando la caja.

El más joven del grupo, un rubio pecoso con aspecto agotado, respondió:

–Son suministros médicos. Para la hermana Abigail. No pueden tocarla. Lo dijo el doctor.

Paranoia. ¿Por qué conoceríamos a alguien de Elm Fork? ¿De dónde sabían aquel código Morse? ¿Por qué tanto interés en una caja cerrada?

Víctor, con el ceño fruncido:

–¿Qué código has usado en la puerta? Nadie lo conoce–.

El soldado más viejo nos miró y, por un instante, pareció sincero:

–Uno de ustedes estuvo aquí hace meses. Nos ayudó a limpiar infectados del río. Nos enseñaron el código en caso de emergencia. Es un salvoconducto. Jamás atacaríamos aquí–.

Las miradas entre los nuestros eran cuchillos indecisos. A esas alturas ya nadie recordaba a quién había enviado exactamente, ni si el relato cuadraba. ¿Era real la ayuda mutua posterior a la caída? ¿O era sólo otro cebo para atontar los sentidos?

El sol se ponía, proyectando una sombra naranja mortecina por las ventanas tapadas de la estación. La madre se dirigió al grupo:

–¿Por qué tantos antibióticos? Aquí apenas hay infectados, y la mayoría de las heridas las sabemos tratar–.

El tercero del grupo –una mujer morena, pelo corto y rictus amargo– finalmente habló, en voz baja:

–No todo son mordeduras. Hay fiebre. Gente que habla sola, que ve cosas en las noches. Vienen días peores. La ciudad es una trampa. Ustedes lo saben. Nadie sale vivo de aquí si sigue abriendo la puerta.

Aquellas palabras quedaron en el aire, como goteras en el techo.

Nos retiramos a deliberar, dejando a los visitantes vigilados por los gemelos. Discutimos cualquier posibilidad:

–Podrían ser espías de la Hermana Abigail, buscando información sobre los túneles del sur que nunca cedimos–.

–Tal vez simplemente buscan cobijo, como cualquiera–.

–¿Y si la caja metálica es una bomba, o lleva un transmisor, para marcar nuestro refugio y entregarnos a una banda rival?–

–¿Quién de nosotros vino aquí al principio del verano? ¿Alguien recuerda?–

La Paranoia era nuestro pan de cada día. Algunos decían que entraba en ti por los huesos, gota a gota. Otros aseguraban que no eran los zombis lo más peligroso, sino la desconfianza entre personas, el germen de locura que acompañaba a la supervivencia desesperada.

Me atreví a probar la frecuencia de radio una vez más. Encendí el pequeño transmisor, con su pobre antena hecha de tubos de aspiradora. Giré los diales entre el zumbido vacío. De súbito, una voz clara, femenina, surgió entre la estática:

–Asentamiento Oak Cliff, aquí Elm Fork. Escuchen urgente. No confíen en portadores. La Hermana Abigail ha caído enferma, posible traición interna. Repito: no confíen en mensajeros, podrían estar comprometidos. Cierro transmisió…–

La señal se cortó de golpe.

Corrí a buscar a los demás. Compartí la grabación. El terror era un fuego nuevo. Los visitantes lo notaron enseguida. Alguien corrió hasta las mochilas. Una de las cajas estaba entreabierta: no eran sólo medicinas. Había planillas de nombres y lugares, croquis, una lista de nombres en clave. Encima, un pequeño frasco de vidrio oscuro, marcado en rojo. Nadie lo tocó.

El soldado más viejo se levantó despacio:

–No conocemos esa frecuencia. Ustedes no entienden. Si no llevamos la caja, nos matarán al volver. A todos. Extienden las sombras por la ciudad… la Hermana Abigail…no es quien era. Los que la rodean...

Pero ya nadie lo escuchaba. El miedo se convirtió en acusaciones, los gritos llenaron la estancia.

–¡Son traidores!

–¡Nos quieren marcar para la horda!

–¡Aislémoslos, no podemos fiarnos de nadie!

–¿Y si traen la fiebre? ¿Y si nos han estado vigilando desde antes?

La discusión derivó en una pelea. Un niño, asustado, empezó a llorar. Uno de los gemelos sacó una pistola vieja. La Paranoia era un virus más letal que cualquiera de los que contaminaba el aire ahí fuera.

Esa noche, con el frío resquebrajando los huesos y los infectados aullando al otro lado de las barricadas, tomamos la peor decisión: aislamos a los extraños. Les dimos mantas y los encerramos en la vieja furgoneta del estacionamiento, vigilados por turnos. Nadie durmió. Nadie confió en nadie.

Al alba, Dallas era una ciudad de espectros. Sobre la autopista, cuerpos caminaban en el horizonte incierto. Los radios enmudecieron. Cuando abrimos la furgoneta para ver a los forasteros, éstos se habían fugado: no quedaba más que la caja metálica, ahora rota y vacía, la planilla de nombres desaparecida y el frasco de vidrio roto, su contenido filtrándose en los guantes desechables.

Para el anochecer, uno de los gemelos empezó a hablar solo, en una lengua propia, con los ojos enrojecidos y febriles. La profesora Carlota deliraba sobre “la Hermana Abigail que todo lo ve”. Los otros discutían si debíamos huir, dispersarnos o entregarnos.

La Paranoia se instala como una niebla en las mentes exhaustas:

¿Quién entrega a quién?

¿Quién lleva dentro la infección, la traición o el simple pánico?

¿Quedó alguien cuerdo en el mundo para contarlo?

Esa noche, al apuntar mi linterna hacia la autopista, juro que vi la sombra de los tres forasteros merodeando, observándonos, señalando con el dedo hacia la estación.

Me pregunté si estábamos salvados o condenados. Si de verdad existía alguna Hermana Abigail. Si la última traición fue abrir la puerta. La ciudad guardaba silencio. Sólo el miedo recorría libremente las calles, como un zorro entre ruinas.

Así se vive en Dallas en octubre de 2022: sin confiar en nadie. Tal vez esa era la única certeza que quedaba.

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