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Portada del relato Amanecer sobre el Muro: Dallas, 2028
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Fragmento:


Yo, Patricia Cárdenas, desperté temprano ese martes. El dormitorio era frío, aún mal aislado, y entre mis dedos descansaba el anillo de cobre que me regaló mi hija cuando cumplí cuarenta la semana pasada. No sabía si habría tiempo para nostalgia; los turnos de la muralla esperaban y, últimamente, el tráfico de caravanas era espeso y nervioso. Me vestí a oscuras, me até las botas militares reconfeccionadas, y salí de la vivienda colectiva hacia el puesto del sur. Cuando abrí la puerta, el olor a polvo y madera quemada era más fuerte que de costumbre. Algún vecino había encendido una estufa de leña con restos de un despacho de abogados del centro.

Duración: 10:45

Amanecer sobre el Muro: Dallas, 2028
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Texto de ajuste de pausa.

12 de marzo de 2028

La brisa templada del amanecer cruzaba los escombros de la vieja Interestatal 35, levantando motas de polvo rojizo sobre el nuevo corazón de Dallas: el distrito amurallado de Trinity. Hacía ocho años ya que los días comenzaban con el mismo rito. Un grupo de vigilantes se alineaba a lo largo de los muros de chapa, hormigón y vagones de tren volcados, escudriñando el horizonte con prismáticos y rifles de manufactura casera. Desde arriba, la ciudad recordaba una fortaleza medieval, aunque dentro aún latía el nervio eléctrico y violento de una metrópoli tejana, recosida a sangre y coraje sobre los restos del caos.

Yo, Patricia Cárdenas, desperté temprano ese martes. El dormitorio era frío, aún mal aislado, y entre mis dedos descansaba el anillo de cobre que me regaló mi hija cuando cumplí cuarenta la semana pasada. No sabía si habría tiempo para nostalgia; los turnos de la muralla esperaban y, últimamente, el tráfico de caravanas era espeso y nervioso. Me vestí a oscuras, me até las botas militares reconfeccionadas, y salí de la vivienda colectiva hacia el puesto del sur. Cuando abrí la puerta, el olor a polvo y madera quemada era más fuerte que de costumbre. Algún vecino había encendido una estufa de leña con restos de un despacho de abogados del centro.

Años atrás, los amaneceres en Dallas estaban llenos del estrépito del tráfico, de los fríos y estériles resplandores de los rascacielos. Ahora, la vida se ceñía a un ritmo distinto: el de los mercados de trueque, las patrullas de caballería, el repicar de martillos en los talleres. Ya no había oficina donde marcar tarjeta, pero cada quien tenía su deber. El mío era mantener a salvo la puerta sur, la más transitada por las caravanas y, a veces, por amenazas menos previsibles.

Pasé por la Plaza del Bisonte, donde el trueque animaba las primeras horas del día. Los puestos eran improvisados: mesas de máquinas de escribir convertidas en vitrinas de semillas, mantas sobre el concreto exhibiendo linternas de dínamo, bultos de lonas y mantas canjeadas por quinina o escopetas de dos caños. El griterío era contenido, pero ansioso. Había un rumor flotando en el aire—aun antes de que los mensajeros lo confirmaran—de que una caravana armada de Oklahoma había estado asaltando puestos avanzados por la noche. La noticia le añadía filo a cada transacción.

Al acercarme al muro sur, vi a Louis, el líder de nuestro pelotón. Era joven, apenas 25, pero la dureza del último lustro le había cincelado las mejillas y la mirada en piedra. Me saludó con la mano y señaló el portón: “Hoy llegan los tejanos del este con grano. Hay que revisar bien, encontraron zeds (nadie dice ‘zombis’, es casi mala suerte) en las acequias de Mesquite la semana pasada”. Acepté el rifle de palanca que me extendió, una pieza de museo recuperada de un rancho al norte, y subí a la garita. Desde allí, Dallas se mostraba mutilada pero viva—el downtown era solo un esqueleto ennegrecido, pero nuestro barrio burbujeaba de movimiento.

A las ocho, la caravana aparecía como un punto de polvo en la carretera, cuatro carromatos blindados y media docena de jinetes. El capitán, un hombre de barba gris, levantó un pañuelo blanco en la punta de una lanza de senderismo. Tras la inspección de rutina—nadie con mordidas, nada sospechoso, solo un par de rezos de más por si acaso—el portón se abrió y el convoy rodó hacia la plaza.

Allí el trato era la ley. Los tejanos traían grano, semillas de amaranto, y algo de tabaco (tesoros para el comercio), y buscaban herramientas, parches de antibióticos, y, si podían costearlo, munición. Me acerqué a ver el intercambio; aprendías mucho mirando. Amalia, la abuela tintorera, regateaba ferozmente con uno de los forasteros por tres botellas de sulfamidas. A mi lado, Anton, el herrero ruso, ofrecía herraduras a cambio de un par de navajas plegables.

Lo que más me sorprendió fue ver a los niños alrededor del mercado. En los años de mayor peligro, los pequeños eran invisibles: se escondían en sótanos o ni siquiera nacían. Ahora, ya había una generación que consideraba normal la presencia de los muros, el trueque armado, las sirenas de alerta por la noche. Algunos jugaban con una pelota hecha de retazos, otros se turnaban para espiar los intercambios. Sus risas no eran las de antes, pero sonaban reales.

A media mañana, la paz se quebró con el toque de cuerno desde la torre este. No sabíamos si era un zed despistado o una incursión de bandidos, así que corrimos hacia la poterna. En la distancia, una figura solitaria avanzaba zigzagueando entre los postes inclinados del antiguo tranvía. El centinela disparó al aire; la figura cayó, luego se levantó arrastrando una pierna. Solo entonces reconocimos el andar errático de un zed: raído, lento, pero no menos letal si te descuidabas. Louis dio la orden y una flecha certera lo tumbó antes de que se acercase a la cerca de alambre.

El incidente era insignificante comparado con los años de terror, pero nos recordó que el peligro seguía latente. La mayoría de los infectados viejos apenas lograba moverse, pero la plaga seguía activa en los cuerpos frescos; lo sabíamos por los relatos de los caravaneros o las noches que algún niño faltaba a la cena y, semanas más tarde, algo se arrastraba por la cuneta.

Por la tarde, tras el susto, toda la comunidad se reunió en la Plaza del Bisonte. Era el día de “declarar tratos”: alianzas temporales con las caravanas, promesas de ayuda mutua si la violencia humana arreciaba de nuevo. El “alcalde”—en realidad el vocero que rotábamos cada seis meses—recitó en voz alta los acuerdos, mientras los escopeteros y lanceros hacían guardia. A veces nos sentíamos una parodia de civilización, pero no había alternativa. Muchas ciudades, incluso algunas más pequeñas que Dallas, seguían infestadas o bajo el yugo de caudillos, pero aquí habíamos logrado algo cercano a una tregua. ¿Duraría? Nadie se atrevía a decirlo.

Mientras caía la tarde, me senté en la escalinata de la biblioteca, reconstruida parcialmente con ladrillos sacados de oficinas y bancos derruidos. Junto a mí, una mujer joven—Lucía, hija de un comerciante de Laredo—ajustaba una radio a pedales. Logró sintonizar un cargado zumbido, luego una voz entrecortada: “…East Fort Worth… intercambio de semillas… peligros en la rivera…” Apenas fragmentos, pero casi cada semana lográbamos captar mensajes así. Aun así, la esperanza de una red más amplia seguía distante. La distancia era aliada, pero también un castigo; cualquier viaje fuera del distrito era una ruleta rusa, aunque las hordas zombis ya fueran pálidas sombras de lo que una vez fueron.

Esa noche, mientras ayudaba a inventariar el depósito de medicinas, pensé en todo lo que se había perdido y también en lo frágil de nuestra reedificada normalidad. Aún quedaban saqueadores: un par de meses antes, dos docenas habían intentado tomar la vieja estación de Deep Ellum, armados con fusiles y cócteles molotov. Fracasaron gracias al toque de alerta y una respuesta rápida. Pero sabíamos que no eran los últimos. De hecho, la amenaza humana pesaba ahora más que la de los zeds.

La dureza de las nuevas reglas había cambiado hasta el alma de la ciudad. Sabíamos que el trueque era ley, pero las traiciones seguían. Cada tanto, algún comerciante desaparecía al volver a casa, y aunque intentábamos crear algo parecido a una justicia rudimentaria, la desconfianza flotaba como la calina en julio.

Sin embargo, había brotes de algo parecido a la esperanza. Dos meses antes, un grupo de ingenieros había logrado poner en marcha un pequeño molino hidroeléctrico sobre el Trinity River; con él, la comunidad fabricaba baterías mínimas y, en las noches más frías, alguna serie de luces parpadeantes parecía coquetear con el recuerdo remoto del viejo festival de luces del centro. También habían logrado recolectar aceite de semilla y reciclar piezas para una vieja locomotora: había discusiones serias sobre enviar una cuadrilla a Fort Worth, a intentar recuperar los rieles para el comercio y el transporte.

Las familias, por su parte, comenzaban a pensar en el futuro otra vez. La vieja escuela evangelista, reconstruida casi piedra a piedra por los mismos niños que ahora la usaban, había abierto clases de lectura, jardinería, y, de forma inevitable, defensa personal. Mi hija, Elena, ayudaba a enseñar a los más pequeños a distinguir entre “visitantes” y “peligros” antes de los once años; había una lógica dura, pero efectiva en la nueva infancia del mundo.

Al caer la noche, salí a caminar una última vez por las murallas. En el horizonte, las luces parpadeantes del nuevo molino competían con la negrura de los suburbios más allá del muro. A veces, al mirar esas sombras, podía imaginar toda la ciudad como un organismo dormido, latiendo apenas, recordando el trauma pero aferrada a la obstinada voluntad de sobrevivir.

Recordé la vida anterior: los veranos calurosos en White Rock Lake, los partidos de los Cowboys, las furgonetas de tacos y barbecue a toda hora. Dallas nunca fue fácil, ni siquiera antes del apocalipsis zombi, pero lo que ahora sentía era distinto: una mezcla de duelo y agradecimiento, la certeza de que al menos por hoy, estábamos vivos y juntos.

Antes de dormir cubrí la foto de mi esposo muerto (caído en los peores días del brote, defendiéndonos de una horda en Oak Cliff) con un trozo de tela para que el polvo no la marcara más. Me senté, repasé mentalmente las guardias, las cuentas de la farmacia y el plan para el consejo de mañana, y recé en voz baja: por nosotros, por Dallas, y por ese frágil hilo de humanidad que resistía incluso a ocho años del fin del mundo conocido.

Al cerrar los ojos supe que mañana sería igual, y también distinto. Los verdaderos supervivientes no eran solo los que empuñaban armas, sino quienes tejían cada día un pequeño espacio de esperanza dentro de las ruinas. Dallas, abrasada y feroz, seguía construyéndose sobre sus propios escombros; mientras quedara un amanecer sobre el muro, habría posibilidad de futuro.

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