15 de mayo de 2028
No era la primera vez que Ian tenía que negociar a punta de pistola, pero tampoco se acostumbraba fácilmente al espacio denso y cerrado, al eco de las botas sobre el cemento cuarteado y al murmullo bajo de cien voces en tensión constante. El granero que una vez fue un taller de reparaciones de camiones, al sur del centro de Dallas, ahora era el corazón palpitante del intercambio en lo que quedaba de la ciudad: el Mercado de Deep Ellum. Esa mañana de mayo, el calor ya maceraba los muros grises y la humedad tejana olía a piel, sudor y ganado.
Al amanecer, cuando abandonó el asentamiento fortificado de las Murallas de Trinity, Ian comprobó que su carabina Mossberg tenía aún cinco cartuchos; el resto los llevaba guardados en el fondo de su mochila, pegados a la radio de baja frecuencia y tres cigarrillos. Su hermana pequeña, Lia, le miró dormir con las trenzas deshechas y la camiseta vieja doblada bajo la cabeza a modo de almohada. Sin querer, se detuvo a observar el sol arañando el concreto de las autopistas, y pensó en lo lejos que estaban de la vieja rutina escolar y los rodeos. Ahora los rodeos eran los recorridos por los escombros, evitando tanto a los errantes como a los bandidos.
El mundo ya no tenía el estrépito de motores y cláxones, sino el crujido de grava bajo ruedas de carretas, de caballos, y el sonido siempre incómodo de los caminantes —esos zombis lentos, deteriorados, pero terribles en masa—, vagando por los huecos de viejas avenidas. Desde hacía un año, el sector este de Dallas podía considerarse más o menos limpio —una limpieza siempre relativa— gracias a los patrullajes coordinados entre comerciantes y las milicias de Trinity. Ian nunca era el primero en ofrecerse, pero tampoco el último; la supervivencia no era asunto de valentía, sino de ritmo.
Entró al mercado a pie, saludando con una referencia de la cabeza a los centinelas del portón hecho de chapas de acero y vallas de autopista arrancadas. Los soldados lo reconocieron: lo llamaban “el chico del jardín”, porque era uno de los pocos que traía zanahorias y hortalizas frescas. En un mundo de conservas, una verdura crujiente era objeto de deseo y de peligro. Esa mañana, en lugar del habitual trueque de cebollas y chalotes, Ian traía seis huevos en un estuche de cartón, un frasco de penicilina que su madre había guardado por años y tres rollos de cable de cobre.
El mercado olía a tabaco, tierra y harina rancia. Bajo las lonas y las lámparas de aceite, los líderes de la plaza conversaban en susurros sobre la próxima caravana: un intento de forzar el paso hacia el norte, donde, según los rumores, aún quedaban hospitales con generadores solares operativos. Ian buscaba a Malik, un exingeniero convertido en delegado de la milicia, encargado de lanzar los pactos de distribución y asegurar que los conflictos —si surgían— no pasaran de gritos y algún que otro puñetazo.
El estómago le gruñó, y se prometió negociar por algún puñado de grits de maíz o una barra de pan. Pensó en Lia, esperándolo detrás de las murallas, esperanzada con un colibrí de madera que le prometió conseguirle. Era un día para vivir, y no sólo sobrevivir.
—¿Vienes para la asamblea? —preguntó un hombre de barba desprolija, de los que marcaban a los recién llegados.
Ian asintió y avanzó por los corredores de mesas, donde mujeres tejían mantas y chicos vendían municiones cargadas a mano. Salpicaban los muros carteles con dibujos infantiles: “Si ves a un errante, avisa a los centinelas”; “No entres solo al río”. La memoria de los primeros días de la infección seguía viva en la carne de todos, incluso en aquellos que apenas habían nacido al mundo nuevo. Porque los muertos nunca habían desaparecido, sólo se habían hecho más lentos y, en cierto modo, más previsibles.
Al fondo del mercado, bajo una sábana verde militar, Malik conversaba con Ruth, anciana menonita y jefa del molino comunitario. Se escuchaban risas, y eso era síntoma de negocios cerrados. Ian aguardó paciente. Observó a sus espaldas, por costumbre, atento a cualquier movimiento de los grupos nómadas, esos bandoleros organizados que en ocasiones traspasaban la frontera del Viejo Oak Cliff para intentar asaltar exchanges al amparo de los vivos.
Por fin, Malik le invitó a sentarse con un gesto.
—¿Qué traes hoy? —le preguntó, sin protocolos.
Ian mostró los huevos. El frasco de penicilina suscitó una exclamación. Ruth se relamió viendo el rollito de cobre.
—Necesito baterías —dijo Ian—. Y, si queda, sal. Mi hermana tiene fiebre; la última semana estuvo picando tierra en el huerto y mordió algo.
Malik intercambió miradas con la anciana.
—Das mucho por poco —le advirtió Ruth—. Sabes que la penicilina ahora vale una pierna, chico.
—No me hables de piernas —Ian replicó, sin amargura—, que anoche arrancamos tres del seto sur.
Entre negociaciones, intercambios y el bullicio general, se decidió el acuerdo: dos baterías medianas —recicladas de viejos sistemas de alarma—, medio kilo de sal y un pequeño colibrí de madera, tallado por un artesano mudo.
—¿Por qué tanto interés por eso? —preguntó Malik al entregarle el colibrí.
Ian sonrió apenas.
—Quiero que mi hermana recuerde otro color, otro sonido que no sea el disparo o el grito.
Cuando terminó el trato, el bullicio aumentó. Un centinela subió a una caja y agitó una bandera amarilla: señal de aviso, no aún de peligro. Media docena de hombres armados se lanzaron hacia la puerta norte.
—¿Qué pasa? —preguntó Ian, mientras Ruth maldecía a los irresponsables.
—Dicen que vienen caravanas del norte —explicó Malik—. Y algunos quieren ver si traen dinamita, herramientas o animales.
Las caravanas eran la esperanza y la amenaza de aquellos días. Sonaban los nombres de ciudades lejanas como Amarillo o Tulsa, y sueños de gente que aún no había perdido del todo el acento del mundo anterior. Se decía que por la I-35 venía un grupo con caballos y un par de mulas, cargando sacos de grano y aceite de motor.
Ian se mantuvo cerca de la mesa. El instinto, forjado en casi una década de supervivencia, dictaba no ir nunca hacia el ruido ni la multitud. Observaba, aprendía, prevenía los posibles estallidos. La tensión era constante: un polvo, un cable, una palabra podía encender la chispa.
La mañana fue pasando entre idas y venidas, como un viejo mercado medieval reconstruido a base de metal oxidado y esperanza a jirones. Ian intercambió algunas semillas de girasol por dos puntas de lanza, saludó a la enfermera del puesto de atención y susurró una broma a la joven, Lena, que atendía junto al stand de las pieles curtidas.
Pero como siempre, la rutina fue rota. Primero el disparo, aislado y lejos, luego los gritos. Alguien, apurado, corrió de regreso al mercado mientras la bandera amarilla vibraba frenética.
—¡Hordas! —gritó—. ¡Vienen del Trinity, veintitantos errantes en la vía del tren vieja!
No era nada que los centinelas no pudieran controlar, pero el temor nunca se gestionaba en frío. Unos, armados de escopetas y lanzas improvisadas, se aprestaron para el enfrentamiento. Otros, acostumbrados, siguieron con el trueque hasta el retumbar cercano de los disparos y el aullido gutural de algún cazador novato.
Aprovechando la confusión, Ian se escabulló, con el corazón en vilo y las manos apretando el colibrí de madera. Cada segundo de pánico era una oportunidad para los bandidos disfrazados de comerciantes, los oportunistas a la caza de lo ajeno. Pero ese día, la amenaza era vieja y conocida: los muertos lentos, que nunca cansaban, nunca detenían su marcha sobre los viejos raíles oxidados que un día trajeron ganado y ahora solo arrastraban podredumbre.
Por un instante, al asomarse por la reja rota del taller, Ian vio los rostros desencajados, las bocas sucias de barro y dientes, la carne colgando en jirones de ropa que ya solo sugería lo que una vez fueron: un alguacil de condado, un lampiño adolescente, una madre en bata de hospital. El horror de la costumbre dolía menos, pero nunca dejaba de doler.
Retrocedió, apretando el frasco de penicilina y la batería, decidido a no gastar una bala. La táctica consistía en atraer a los errantes hacia la zanja, una trampa ritual a la que todos, vivos y muertos, estaban ya resignados.
Al regresar por la vieja cortina que funcionaba de puerta principal, Ian se cruzó con Lena, la muchacha de las pieles.
—¿Sobrevivimos? —bromeó, con una sonrisa cansada.
—Sobrevivimos —respondió, y le guiñó el ojo—. Por hoy.
Le ofreció una loncha de carne seca y un trozo de pan. Ian accedió y, por un instante, supo a banquete. Los pequeños triunfos eran los únicos legados que quedaban aún de una civilización descarnada.
El mercado comenzó a vaciarse cuando los centinelas regresaron con relatos de “sólo seis menos, dos heridos”. Ian tomó el sendero de regreso al asentamiento flanqueado de muros de concreto y estacas de madera. El mediodía calentaba el aire, y los grillos componían una banda sonora de esperanza resignada.
Antes de llegar a las murallas, vio a un grupo de niños soltando risotadas. Habían capturado un cordero, posiblemente rescatado de alguna granja improvisada en Lancaster o Mesquite. Por un minuto, la nueva Dallas, la Dallas después del mundo, parecía simplemente un pueblo viejo, un sitio donde los niños jugaban y los adultos sudaban su jornada.
Entró al recinto de las murallas, donde la bandera del chivo —símbolo de independencia y terquedad— ondeaba con orgullo junto a una pancarta: “Hoy juntos, mañana vivos”. Encontró a Lia jugando con otros chicos, su cara sonrojada pero viva.
—Te traje algo, pequeña —dijo Ian, y le entregó el colibrí.
Lia lo miró maravillada, con los ojos grandes de quien aún puede imaginar universos.
—¿Hace ruido? —preguntó, maravillada.
Ian sacudió suavemente el colibrí y un cascabel interno tintineó. Lia reía; él la miraba, y por unos segundos, todos los zombis del mundo, todos los cadáveres amontonados, los bandidos y las heridas parecían distantes.
Por la tarde, el consejo de la Muralla de Trinity se reunió. Malik llevaba la voz cantante. Decidieron nuevas rutas de patrulla y se programó el primer intento de abrir canales de comunicación con Garland, donde decían que los talleres estaban reactivando partes de una imprenta abandonada.
En la hoguera comunitaria, Ian compartió el pan conseguido y Lia exhibió triunfante su colibrí. Una anciana comenzó a contar una historia: de cuando Dallas era una ciudad de luces y música, de trenes y autopistas con embotellamientos, de vaqueros y balonmano bajo reflectores. Nadie, salvo los más viejos, recordaba en carne ese otro mundo, pero las palabras tejían imágenes sobre las ruinas.
Esa noche, mientras el cielo tejano se cubría de estrellas y murmullos lejanos, Ian le susurró a su hermana, antes de dormir:
—Mañana iremos juntos. Ya es tiempo de que veas cómo negocia la gente. Mañana, quizás, veamos el tren.
—¿Los trenes funcionan? —Lia preguntó, esperanzada.
Ian pensó en los rumores de reparaciones, en el intento de devolverle vida a las viejas locomotoras para transportar más que historias. Sonrió.
—Quizás pronto.
Mientras los coyotes aullaban y los guardias cambiaban de turno sobre los muros, la Dallas de 2028 latía en la cuerda floja entre recuerdos y posibilidades. En un mundo levantado sobre cadáveres, cada día de vida era, en sí mismo, un grito de victoria. Entre muertos que caminaban, huérfanos del viejo mundo y mercados poblados de trueques y leyendas, siempre quedaba un sitio para un sueño: una cosecha más, una canción, un colibrí, un tren.
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