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Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato Días oscuros en el norte de Texas
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Fragmento:


—Las casas están más saqueadas que los edificios. Allí no queda casi nada, y los zombis se agrupan durante el día en los suburbios, por la sombra.

Duración: 11:45

Días oscuros en el norte de Texas
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Texto de ajuste de pausa.

14 de julio de 2020

El bochorno de Dallas mordía incluso antes del amanecer, pegajoso y pesado, con el aire inmóvil como una losa que sellaba los gritos y gemidos dispersos por la ciudad. El calor sería insoportable al mediodía, pero nadie pensaba ya en la incomodidad del verano: lo único que importaba era sobrevivir otra noche, esquivar otra horda, evitar convertirte en uno de ellos.

Despertar era siempre una lotería. Emmett lo sabía. Llevaba contándose los días desde que los servicios de electricidad cedieron por completo en su bloque, cuatro días atrás, aunque el reloj en su muñeca —herencia de su abuelo— hacía que el tiempo aún existiera, al menos para él. Despertó con un sobresalto cuando el estruendo de una alarma de auto, a tres calles hacia el sur, rasgó la penumbra de su refugio. El sonido era tan anacrónico y absurdo como una fiesta escolar; algo que uno encontraba tan normal y, ahora, aterrador.

A su lado, Sonya dormía con la escopeta aún entre las manos, un brazo bajo la cabeza y el otro cruzando el pecho. Detenidos ambos en una oficina del duodécimo piso de un edificio en ruinas de Elm Street, tenían una buena vista de los lotes vacíos, algunos autos volcados y una nube tenue de polvo moviéndose lentamente sobre la I-35. Abajo, Dallas parecía menos ciudad y más esqueleto; el otrora rugido del tránsito era solo memoria, desplazada por el chillido a veces inhumano de los zombis y el ruido salvaje de los saqueadores cuando uno se cruzaba en el camino del otro.

Emmett sentía la tensión en cada músculo, el temblor de quienes han dormido poco y mal durante meses. Lo último que quería era moverse. Lo primero que debía hacer era huir.

—¿Otra vez la alarma? —susurró Sonya, incorporándose apenas. Tenía las ojeras clavadas en la piel, pero la voz firme.

Emmett asintió. —No hay tiempo. Anoche escuché pasos en la escalera. Debemos irnos antes de que venga alguien más. O algo más.

No hacía falta decirlo dos veces. Tantas semanas juntos los habían vuelto eficientes. Sonya metió el cargador en la escopeta, revisó el tubo de los cartuchos y puso la pequeña navaja en la bota. Emmett enrolló la manta, la metió en la mochila, echó un vistazo furtivo a la calle desde la ventana.

No parecía haber movimiento inmediato abajo, pero el eco de la alarma viajaba como latigazos por el barrio, jalando monstruos y sobrevivientes como un imán. Se tiraron los dos escaleras abajo, tensos.

Trepar once pisos era una tortura muscular, pero bajarlos en silencio, a oscuras, era otro infierno. Cada huella sobre los vidrios quebrados, cada crujido de escombros tensaba aún más el aire. Dallas era un tapiz de edificios abandonados y perdidos, hot-spots Donde solo importaba no hacer ruido, no llamar la atención de otros animales hambrientos. Abajo, el vestíbulo olía a excrementos, humedad y sangre añeja.

Salieron al asfalto de la calle, pegados al muro, seguros de que cualquier movimiento podía descubrirlos. Eran las 5:30. El cielo apenas azuleaba; aún no había suficiente luz para distinguir bien, pero sí para ver siluetas moviéndose entre los carros y los montones de residuos. Todo era silencio expectante, como si la ciudad estuviera conteniendo la respiración antes de gritar. Los aislantes del tendido eléctrico colgaban, redes caídas como telarañas de cobre sobre semáforos muertos.

—La última vez que recorrí Commerce, vi menos de media docena —musitó Emmett—. Si tomamos Riverfront, podríamos alcanzar el Trinity y usar la ribera para salir de la zona.

—O caer en alguna banda, o toparnos con una horda más grande. ¿Por qué no ir al norte, hacia las casas? —preguntó Sonya.

—Las casas están más saqueadas que los edificios. Allí no queda casi nada, y los zombis se agrupan durante el día en los suburbios, por la sombra.

Ambos sabían lo inútil que era discutir. Llegaría un momento, en los próximos minutos, en que deberían tomar una decisión: tentar el este, donde probablemente los saqueadores seguían cazando; el norte, tal vez con infectados bajo los puentes y garajes; o el sur, hacia el río, más desprotegido pero menos transitado.

Se inclinaron y caminaron pegados a los muros desconchados, pisando trozos de yeso secos y envoltorios de comida aplastados. Las tiendas de la zona baja habían sido saqueadas tres veces. Al pasar frente a un restaurante destrozado por incendios, Emmett notó la silueta de dos cuerpos inertes, ambos con la ropa desgarrada y manchas oscuras manchando el asfalto. Ni siquiera miró: si seguían ahí, o estaban muertos o demasiado lentos para suponer problema inmediato.

El plan era sencillo: mover las mochilas, cruzar la avenida, dirigirse a la autopista I-30, ya casi intransitable, y de ahí colarse entre los árboles y los ribazos del Trinity River. El problema era pasar desapercibidos por las rutas en las que hordas y bandas armadas alternaban territorio y muerte.

El zumbido lejano de un helicóptero —imposible, pensó Emmett, pero sí, un helicóptero— les hizo agacharse entre los arbustos secos de un parque pequeño. El aparato sobrevoló dos veces para luego alejarse hacia Deep Ellum. La ley marcial aún existía, al menos en el aire, y de vez en cuando los militares barrían el área rastreando supervivientes, aunque nadie sabía para qué.

Tomaron una calle lateral, donde los muros de ladrillo casi los tragaban. Casi sin darse cuenta, Emmett agarró la mano de Sonya y apretó. Un gesto humano, en medio de la inhumanidad.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—¿Y quién no?, pero seguimos vivos.

La respuesta bastaba. El miedo era lo que los mantenía con vida, lo que los hacía moverse. Vivir sin miedo era el verdadero peligro.

***

Al llegar a lo que antes fuera un supermercado 24 horas, pasaron junto a un grupo de tres figuras encorvadas, tambaleantes, con las ropas colgando sobre la piel putrefacta. Sonya se agachó detrás de un coche y Emmett la imitó; contuvieron la respiración. Los zombis no los olieron, o simplemente estaban demasiado ocupados arrancando algo del parachoques. El hedor era un muro invisible.

Cuando pasaron, Sonya susurró: —Por la derecha, el callejón.

Llegaron al paso detrás del supermercado y atravesaron entre dos casas, saltando una valla. Todo era silencio, salvo por el aullido lejano que alguna vez fue un perro.

El viaje hacia la autopista se volvió una carrera de obstáculos: incendios dispersos, autos volcados, gritos a lo lejos, algún disparo ocasional quebrando el aire como un látigo. Dallas ardía desde hacía días; la caída de Londres y Roma se sentía lejana, pero todos sabían ya que la capital de Texas era solo otro nombre en la lista de ciudades condenadas. El gobierno local había caído; solo quedaba el ejército, y el ejército cada vez patrullaba menos.

A las seis, el horizonte se tiñó de rojo y violeta: otro amanecer mientras el infierno no aflojaba su garra. El calor asciende, las sombras se acortan, y la ciudad se encoge a medida que los corredores —los pocos, los rápidos, los que no esperan consejo ni orden— intentan huir.

Emmett y Sonya buscaron refugio bajo un paso elevado, cerca de un antiguo taller mecánico. Dentro, hallaron las huellas recientes de otros como ellos: pisadas, manchas de sangre en la pared, una caja de mangos secos abierta y vacía. El aire olía a aceite y polvo. Allí pararon para reorganizarse.

—No queda comida —dijo Sonya, observando su mochila—. ¿Cuánto tenemos?

Emmett sacó dos barritas de cereal y una botella de agua pequeña. El tesoro de los nuevos tiempos. Dividieron la barra; Sonya le ofreció la mitad pero él negó con la cabeza. —Comerás tú —insistió—. Prefiero que tengas fuerza.

La tensión los empujó a seguir, cruzando patios traseros y saltando cercas. De improviso, una figura los sorprendió en un camino lateral. Dispararon: el primer balazo falló y rebotó en el metal de un contenedor. El desconocido, en vez de retirarse, alzó las manos en señal de paz.

—No disparen. ¿Van al río?

Era un hombre joven, pelo ralo, sonrisa amarilla. Vestía botas de vaquero y un chaleco militar cubierto de polvo.

—¿Quién eres? —preguntó Emmett, aún con el arma firme.

—Solo un sobreviviente —dijo el otro—. Mi nombre es Trent. Vengo desde Arlington. El Trinity es lo único seguro aquí… si sabes moverte. Vienen hordas por la autopista. Hay un grupo de saqueadores más al oeste.

Desconfiaron, pero en la desesperación te aferras a cualquier rostro humano.

—¿Por qué ayudarnos?

Trent encogió los hombros. —Porque tres tenemos más posibilidad de salir que uno. Y si me traicionan, al menos no muero solo. Un hombre quiere morir con dignidad.

No tenían opción. Emmett bajó el arma, resignado a la compañía.

—Vamos, antes de que el sol suba de verdad.

***

El Trinity River, ancho y lento, era su esperanza. Bordearlo entre camalotes secos y ramas caídas era cansado, pero allí la vista era más clara, y menos probable encontrarse con hordas. Los altos pastizales ocultaban, sin embargo, otros peligros: bandas, cadáveres recientes, y la amenaza creciente de no tener qué comer ni agua que beber. Dallas, la insomne, parecía estar muriendo a plazos en cada uno de sus habitantes.

El trío cruzó cerca de la escollera de cemento y se arrastró sobre el lodo. La ciudad quedaba atrás en jirones, edificios de oficinistas vacíos, barrios altos sitiados por la muerte. El centro, con su Reunion Tower como una carcasa hueca erguida hacia el cielo, parecía una broma cruel de tiempos mejores.

Avanzaron varias horas, casi sin hablar. Solo el repiqueteo de municiones contra los bolsillos y el revoloteo ocasional de alguna rata rompía el silencio.

Al pasar bajo el puente de la I-30, descubrieron lo que temían: una masa de zombis, docenas, vacilando, atrapados como presas en una trampa. Los cuerpos amontonados al final del puente auguraban la imposibilidad de pasar a campo abierto.

—Debemos regresar —dijo Sonya. Pero Emmett negó, observando una vieja lancha atada a una estructura destruida al costado del río.

—Podemos usarla. Si alejamos a los zombis, podríamos remar, al menos un trozo, y acercarnos después a algún suburbio menos infectado.

—¿Y si nos ven? —preguntó Trent.

—¿Y si nos quedamos? Aquí morimos.

El tiempo apremiaba. Apenas discutieron: cada cual ocupó su sitio en la tímida lancha, pequeña y cubierta de remiendos. Usaron los remos, y pronto el agua fangosa se tragó todo ruido. Aún podían escuchar el rugido de una horda en algún punto, retumbando en sus huesos. El sol ardía. Aún quedaba esperanza, tan pequeña y frágil como una chispa en el vendaval.

Nadie habló mientras el río los arrastraba lejos del centro de Dallas y del infierno que quedaba atrás.

Por un segundo, sintieron el alivio del escape, la promesa de otra oportunidad más allá. En Texas, el miedo era moneda común, pero la huida era el arte de sobrevivir. En la corriente del río, mientras los gritos se ahogaban en la distancia, Emmett, Sonya y Trent se aferraron a la vida, aferrados a una esperanza tan esquiva como la aurora en la ciudad de los huidos.

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