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Portada del relato Ciudad Sombría: El Albor del Orden Nuevo
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Fragmento:


Seth dirige el puesto de herramientas junto al antiguo Deep Ellum, donde las vías del tren eran ahora el eje vital de la ciudad resucitada. Su “taller” es una fragua elemental con restos de motores Ford y piezas agrícolas de viejas haciendas al sur. Durante las noches apenas duerme, temiendo que una de las bandas nómadas de saqueadores lance un nuevo asalto. Pero durante el día, Seth es uno de los “pacíficos”: defiende las ferias de intercambio, organiza cuadrillas y enseña a los niños cómo mantener un yunque caliente, cómo templar el metal y cómo afilar cuchillas. Es joven, veinteañero, pero el rictus de su boca es el de un superviviente que le debe a cada mes el peso de un año.

Duración: 12:13

Ciudad Sombría: El Albor del Orden Nuevo
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Texto de ajuste de pausa.

18 de noviembre de 2028

El sol de Texas comenzaba a descender, tiñendo las planicies que rodeaban Dallas de un ámbar tibio, mientras las murallas improvisadas silueteaban la vieja ciudad con líneas desiguales y parches de diferentes materiales. Ahora eran la declaración de la humanidad: “Hemos resistido”. Para quienes vivían dentro de estos muros reconstruidos, la amenaza zombie era ya casi un susurro lejanísimo. Pero el silencio, ese silencio tan costoso, nunca era absoluto. Quedaba el mundo humano: el comercio, la política, los miedos antiguos que la peste no pudo anular del todo.

Era noviembre de 2028 y las paredes de Dallas contaban su propia historia. Años atrás, los zombis erraban en masa por la autopista I-35. Las patrullas, voluntariosos, los cazaron uno a uno entre edificios, solares y cloacas. Los supervivientes arrastraron piedras, metales y cualquier escombro para formar barreras, y los incontables fuegos que ardieron durante los primeros meses de la catástrofe dejaron la marca del humo sobre las fachadas encaladas, imperecedero testimonio de lo que costó. Ahora la muchedumbre humana era la que marcaba el pulso: un nuevo comercio renacía, y cada uno luchaba con tenacidad por su pequeño montón de esperanza.

Seth dirige el puesto de herramientas junto al antiguo Deep Ellum, donde las vías del tren eran ahora el eje vital de la ciudad resucitada. Su “taller” es una fragua elemental con restos de motores Ford y piezas agrícolas de viejas haciendas al sur. Durante las noches apenas duerme, temiendo que una de las bandas nómadas de saqueadores lance un nuevo asalto. Pero durante el día, Seth es uno de los “pacíficos”: defiende las ferias de intercambio, organiza cuadrillas y enseña a los niños cómo mantener un yunque caliente, cómo templar el metal y cómo afilar cuchillas. Es joven, veinteañero, pero el rictus de su boca es el de un superviviente que le debe a cada mes el peso de un año.

Esa mañana, antes que asomara la luz, Seth fue despertado por el retumbar de la sirena baja: code signal red, significaba viajeros aproximándose al muro sur. Su primera reacción fue de alarma vieja, casi instintiva, como cuando los zombis marcaban todavía los días. Pero ese sonido también podía significar caravana de comerciantes o delegaciones de otras ciudades fortificadas. Desde la primavera, los intercambios de alimentos secos, herramientas y pólvora se habían vuelto frecuentes.

Mientras las patrullas movían troncos y chapas para abrir la puerta vieja de Main Street, Seth se arropó y corrió hacia allí. Encontró a Sara, la capitana de la milicia nocturna, apostada tras el parapeto. En las claraboyas improvisadas se veían las lanzas, pero ninguna munición real a la vista. Desde la llegada de la caravana de febrero, apenas quedaban balas. Los rifles se reservaban para emergencias; la pólvora era de fabricación casera y cada cartucho se cambiaba por un día de pan.

Luces de antorchas se acercaban. El sol levantaba una bruma color naranja sobre la llanura que bordeaba la vieja autopista I-45. Por un instante, todos los presentes contuvieron la respiración, soñando con que no fueran ni saqueadores ni burócratas del “reino” de Austin, sino uno de los grupos amistosos: quizás la caravana de Gainesville o los expertos en semillas de Tyler.

Las puertas se abrieron despacio. De la polvareda emergió un cortejo de cinco caballos y dos mulos, cargados de bidones y cajas, acompañados por cuatro hombres y una niña. Los animales iban cargados hasta las ancas; sus amos mostraban caras curtidas, con gorras de cuero para protegerse del sol. Seth reconoció la bandera rudimentaria cosida en la mochila de uno: era la cruz azul de Sherman, un asentamiento conocido por sus peritos en repuestos de motores y riego a manivela.

Sara los saludó al modo del “poscontagio”: manos juntas sobre el pecho en señal de no portar infección, aunque hacía años que casi no llegaba nadie portando la enfermedad —los zombis, incurables, ya no se acercaban a los núcleos fortificados—. Pero la costumbre era ahora ley, y el gesto resultaba más un recordatorio que un protocolo sanitario. Se cruzaron nombres, se repartieron dosis de antiséptico casero, ofrecido de un lado a otro. Los visitantes querían pólvora y, como pago, traían semillas, flechas forjadas en talleres de Denton, y una novedad: papel.

Hacía meses que flirteaban con la idea de resucitar una imprenta. Ahora, sobre las alforjas, relucían rollos de papel artesanal; hacía mucho que no se veía tanto en Dallas. Entre el grupo emergió la niña, llevando un ejemplar doblado de lo que las caravanas llamaban “El Correo del Nuevo Mundo”: boletines escritos a mano y luego reproducidos en imprentas rudimentarias. Lo mostró a Seth. La caligrafía era tosca, las ilustraciones de una sencillez conmovedora. En las primeras páginas, relatos sobre una comunidad en San Antonio que había logrado reabrir una fundición para herramientas, y algo sobre la inminente apertura de un canal navegable hasta Houston. “Intercambio es futuro”, rezaba el titular coloreado.

Seth sintió el peso de la noticia. Recordaba, por boca de los viejos, cómo Dallas había caído al caos durante los primeros meses: las hordas, los saqueos, el éxodo masivo hacia el norte y las masacres entre bandas rivales. Ahora, un pedazo de futuro viajaba en mulas, impreso con tinta improvisada y sueños infantiles. El intercambio se hizo rápido, con Sara revisando pólvora y flechas, calculando la paridad entre munición y semillas, y los de Sherman revisando cuidadosamente, siempre al acecho de signos de engaño, como si cualquier disparidad pudiera volver todo en un instante a la anarquía. Los días del “todo vale” ya no existían, pero la memoria de las traiciones seguía viva, filtrándose en cada gesto de desconfianza.

El trueque terminó con la entrega de la edición del Correo y varias semillas de tomate antiguo, una rareza inmensa: el clima texano era duro, y solo comunidades con acceso a bancos genéticos o viejos graneros podían darse lujos semejantes. Alguien aplaudió, y a los pocos minutos, la feria renació.

El aire en la incipiente tarde bullía entre los escaparates precarios: queso seco de ternera, cecina, tamales de maíz, tachuelas, botas reparadas, trozos de cuerda y mantas. Los niños jugaban entre la gente, saltando entre los charcos de las lluvias recientes. El bullicio y los gritos no eran solo alegría: ser visto en público, mostrar fuerza colectiva, era la mejor defensa. El castillo humano era ahora más fuerte que el miedo al pasado.

Lo que no sabían ni Seth, ni Sara, ni los de Sherman, es que, por tercera noche consecutiva, un grupo de saqueadores acechaba. Eran una cuadrilla de lo que antes fueran presos, ahora transformados en nómadas. Conocían bien los caminos del río Trinity y se escabullían al amparo de la sombra, esperando que la feria les diera distracción suficiente para abrir alguna de las compuertas menores. Nadie les prestaba atención, pues llevaban días sin dar señales, pero la amenaza estaba siempre latente.

Al atardecer, una reunión de consejo tomó lugar en la vieja estación de trenes. Allí, entre vigas herrumbradas y bancos desportillados, se sentaban los líderes de las cuadrillas agrícolas, los herreros, los responsables de las milicias, algunos sabios y, desde hacía poco, dos maestras. El tema era el de cada semana: reforzar las patrullas, optimizar el intercambio, evitar que los peleadores de Fort Worth, organizados en otra región, monopolizaran los cargamentos de pólvora. La conversación se tornó acalorada cuando salió a colación la oferta de Tyler: facilitar acceso a semillas de algodón, a cambio de dejar el control de dos de los pozos artesianos al este de Pleasant Grove. El agua era oro y Dallas procuraba no regalar ni una gota.

Seth intervino, sugiriendo que usaran parte de la pólvora recién adquirida para reforzar los cierres nocturnos de las compuertas. Sara insistía en que era impensable destinar tal recurso a simples alarmas, cuando cada cartucho podía significar una vida en el próximo ataque. La discusión fue frenada por Franklin, un viejo sobreviviente conocido por haber dirigido una comunidad de bibliotecarios durante los peores años. Con su voz triste y serena, habló del “futuro”: del día en que Dallas debería negociar desde la fuerza, pero jamás desde la desesperación.

Al salir de la reunión, Seth se topó con la niña de Sherman, quien tarareaba una melodía mientras leía una hoja del Correo. Era la primera vez que le veía sonreír. “¿Cómo te llamas?”, preguntó él. “Ruth”, contestó sin mirarle directamente. “¿Y tú?”. Seth le habló de la fragua, de su taller y de cómo había aprendido, siendo apenas un chiquillo, a fabricar cuchillas con los restos de coches sin dueño. “La última vez que vi Dallas estaba llena de niebla y gritos”, le contó la niña. “Ahora parece más un hogar, aunque esté cansado”. En esas palabras Seth reconoció el anhelo de todos: que el esfuerzo de construir y defender su ciudad no fuera solo sobrevivir, sino existir con un propósito.

Rayos de luna comenzaban a filtrarse cuando, de pronto, estalló un estrépito en el muro norte. Gritos y silbidos de alerta recorrieron las calles. Seth corrió a su taller, tomó una lanza larga hecha con la espiral de un hierro y se dirigió a la agitación. Muchos pistones y resortes, desechos industriales del pasado tecnológico de la ciudad, sirvieron ahora como armas de defensa.

No eran zombis, como temían los más jóvenes, sino los saqueadores, que intentaban colarse entre los barricadas menos protegidas. La respuesta fue rápida pero dura: la milicia, entrenada en innumerables escaramuzas, logró repeler el ataque. Un par de disparos retumbaron, resonando como truenos sobre la llanura. Varios de los asaltantes cayeron heridos; otros huyeron, burlados pero peligrosos. Nadie celebró: la victoria era solo un recordatorio de la fragilidad de la vida tras los muros.

Al amanecer, la ciudad se arremolinó en torno a las noticias. El Correo del Nuevo Mundo circulaba de mano en mano: cada uno buscaba, más allá del recuento de desgracias, historias de resistencia, de logros en otras ciudades, referencias al futuro. En el consejo, Sara resolvió organizar turnos dobles en todos los accesos, y Franklin prometió recopilar para el próximo boletín una historia de los niños que nacieron después de la plaga y nunca vieron un zombi, ni un coche funcionando, ni la banalidad de una calle llena de neón y turistas. “Ellos son la garantía de que Dallas no muere, solo se transforma”, dijo, y aquella frase quedó impresa, más firme que ninguna orden.

Una semana después, la caravana de Sherman se despidió, con la promesa de volver antes de la primavera. Seth les regaló una navaja recién templada y un ramo de tallos secos: “Para cuando vuelvan, Dallas será más fuerte”. En esas palabras, en cada gesto y cada intercambio, la ciudad fue reconstruyéndose, casi imperceptiblemente, sobre la esperanza, el coraje y la memoria.

El mundo como fue —con sus coches veloces, sus edificios imponentes, su red eléctrica incansable— ya solo vivía en las leyendas. Los niños crecían sabiendo tallar madera y reconocer el sabor del agua potable, descubriendo el valor de la calma, del trabajo compartido y de la palabra. Dallas, tras la catástrofe y la peste, se erigía sobre el polvo con la certeza de que, aun entre amenazas nuevas y antiguas, la vida merecía ser defendida, vivida y, sobre todo, recordada.

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