Fragmento:
Los días pasan lentos, aunque parece que la historia mundial galope rápido allá fuera de nuestros muros. He reunido estos papeles desde julio, cuando comenzaron las ferias de intercambio estables y la ciudad empezó a respirar algo de esperanza. Ahora, a mediados de noviembre, las paredes de nuestra “mini-ciudad” parecen tan permanentes como las colinas de Trinity River. Anoche apenas dormí, porque un grupo de centinelas regresó sangrando del sector este. No encontraron zombis, sino otro grupo armado intentando acercarse a nuestras reservas de agua. Eso es parte del mundo ahora: los zombis apenas son plaga residual, pero los vivos, los otros vivos, son la amenaza que nos mantiene con el dedo en el gatillo.
Duración: 12:40
14 de noviembre de 2028
Querido Diario,
El amanecer sobre Dallas tiene hoy un color distinto, más pálido que ayer. Al menos eso me pareció al ponerme de pie junto a la tronera del refugio sur y ver cómo el sol sorteaba las ruinas del downtown. Las primeras luces bailaban sobre los tejados reforzados, sobre las barricadas viejas, rebotando en las tiras de aluminio que alguna vez fueron ventanas lujosas de oficinas. Sé que el brillo no es nuevo, más bien lo que ha cambiado soy yo, soy nosotros. Cada día en la Nueva Dallas es una suma de rutinas, precauciones y esperanzas minúsculas. Sin embargo, hoy, mirando ese pálido dorado, sentí el vacío de los aniversarios, la presión de los años que nos han ido cambiando.
Los días pasan lentos, aunque parece que la historia mundial galope rápido allá fuera de nuestros muros. He reunido estos papeles desde julio, cuando comenzaron las ferias de intercambio estables y la ciudad empezó a respirar algo de esperanza. Ahora, a mediados de noviembre, las paredes de nuestra “mini-ciudad” parecen tan permanentes como las colinas de Trinity River. Anoche apenas dormí, porque un grupo de centinelas regresó sangrando del sector este. No encontraron zombis, sino otro grupo armado intentando acercarse a nuestras reservas de agua. Eso es parte del mundo ahora: los zombis apenas son plaga residual, pero los vivos, los otros vivos, son la amenaza que nos mantiene con el dedo en el gatillo.
A las seis me tocó relevo en la muralla sur. Bajé las trivialidades de la vieja vida —lavarme la cara en agua caliente, buscar café— a lo esencial: coger mi réplica casera del AR-15, revisar el cargador de municiones producidas en el taller de la Compañía del Hierro, y atarme las botas forradas de tiras de duct tape. Todo es reciclado, remendado, adaptado en Dallas. Cada semana los feriantes traen algo nuevo: carbón de Tyler, tabaco de lo que una vez fue Mississippi, munición, sal. Compramos y vendemos usando monedas de latón acuñadas —el rostro de la “Madre Dallas” estampado en ellas, una abuela negra con la mirada firme y sin sonrisas—, y a veces intercambiamos favores, equipo o la sombra de un trato rápido.
La jornada comenzó con la alarma de la torre este: tres disparos cortos, uno largo. Nadie entra en pánico ya, porque la mayoría aprendió a leer la alarma: “posible hostilidad humana, no confirmada”. Salté de mi posición y bajé al segundo nivel de la muralla usando la cuerda trenzada con fibra plástica. Allí estaban Jeong, el coreano mecánico, y Dulce, la armera mexicana. Sus caras reflejaban lo mismo que la mía: anticipación. Por la neblina, detectamos una silueta cruzando las vías del tren de DART, junto a los viejos proyectos de viviendas. No llevaba nada claro, ni bandera ni intento de contacto. Jeong apuntó con el viejo visor y bufó:
—Otro saqueador… o un perdedor del norte.
Dulce murmuró por la radio la contraseña de la jornada. La prosodia era casi un canto: “Houston florece, Dallas resiste.” La contestación de al otro lado significaba que sólo era un solitario. En 2028, la soledad es casi peor que la infección. Decidimos dejarlo acercarse hasta la primera línea de alambre y gritarle que girara sobre sí mismo antes de admitirlo en la puerta pequeña. Eso es todo: la vida se reduce a pequeñas decisiones, donde un error puede suponer la muerte de todos.
El tipo, un hombre menudo de unos cincuenta años, tenía los ojos tan hundidos que parecía ya muerto. Traía una bolsa pegajosa y, para sorpresa de todos, dijo que venía de Fort Worth. Nos miraba temblando, pidió agua y un trozo de pan. Se lo dimos porque aquí en Dallas hemos jurado todavía tratar de ser humanos. Luego, como todos los que llegan medio deshechos, le preguntamos si traía alguna mordida, si podía recitar el juramento de acceso rápido y, sobre todo, qué sabía del exterior.
“Carrollton arde,” fue lo primero que dijo, y nadie en la torre se rió. Se refería a una de las últimas bandas de saqueadores que aún sobreviven en el margen del orden. A veces son erráticos, saquean comunidades pequeñas, pero según el forastero, esta vez prendieron fuego a tres granjas para hacer salir a los niños escondidos. Los capturaron y se llevaron a dos mujeres jóvenes. Sentí rabia, tristeza, y algo más antiguo, como una furia contenida en el estómago, intentando no dejar salir el grito colectivo. A veces me descubro pensando que cuando los zombis dejen de ser tema, la humanidad no encontrará redención alguna.
Tras la guardia, correspondía la revisión semanal de las bodegas al oeste, cerca del viejo estadio de los Mavericks. Lideré el grupo, seis en total: dos armeros, una médico, una joven aprendiz de ingeniera (Maddie, de 16 años, que se obstina en restaurar algún día los puentes del Trinity), Jeong y yo. En las bodegas guardamos no sólo comida, sino también todo lo que consideramos “capital de futuro”: semillas, libros, piezas de repuesto para generadores, alcohol medicinal, viejos routers, y una imprenta a pedal que conseguimos en el mercado hace dos meses. Ahora que algunas comunidades han comenzado a producir manuales y documentos, el comercio de libros es casi tan valioso como la pólvora.
Había una inquietud extraña en el aire, aún antes de entrar en la penumbra de las bodegas. Nadie quiere reconocerlo, pero tememos siempre a las trampas de otros humanos más que al hedor de los muertos viejos. El olor a papel, sudor frío y aceite quemado me reconfortó al cruzar la puerta de blindaje. Revisamos los alimentos secos: maíz, harina negra, frijoles, nueces, carne salada. Todo en orden, aunque ya casi no queda azúcar real. Buen momento para anotar: una petición urgente para el próximo convoy al sur. Lo malo es que los caminos están abiertos sólo de día, y aunque los viajes largos prosperan de nuevo, cada kilómetro puede cambiar tu destino.
Mientras Maddie calculaba los niveles de batería de los generadores, recordé a mi padre. Él no sobrevivió al segundo año de la crisis: confió demasiado en un grupo de “aliados” del este de Texas. Lo asaltaron camino a Kaufman, por comida, casi nada más. Cuando supe de su muerte, lloré una semana entera. Ahora apenas me atrevo a recordarlo, no sea que la nostalgia me quite la precisión de los disparos o me distraiga al oír pasos en la noche.
Mi otro deber hoy era instruir a los más jóvenes en lectura y escritura. Desde septiembre tenemos una “escuela”: doce niños, una sala compartida con el hospital, dos pares de pizarras con trozos de tiza. Les cuento historias del viejo mundo —cómo eran los parques de atracciones, los teatros, los veranos en plano y lento calor—, y al mirar sus caras siento el peso de educar a una generación que nunca conoció la electricidad realmente estable, ni los supermercados, ni los teléfonos. Para ellos, el pasado es una mezcla de cuentos de brujas y leyendas, igual de inalcanzable que la mismísima resurrección. Me preguntaron por los zombis, claro.
—¿Es cierto que se están terminando? —pregunta Ana, la más lista.
Apenas puedo responder. Los zombis son pocos aquí, pero aún llenan los túneles de la antigua red de trenes o se arrastran entre los pasillos húmedos de los hospitales caídos. No son la amenaza dominante, pero cada muerte inesperada —cada disparo mal dado, cada “accidente”— puede sumar una silueta más a la horda que deambula por la periferia. Les digo que el peligro verdadero ahora es aprender a protegernos de los peores humanos, y allí, Ana y los otros bajan la mirada.
Tras las clases toca la reunión del consejo. Durante el último año, los asentamientos de Texas han intentado —sin mucho éxito— crear alianzas regionales. San Antonio, Austin y partes de Houston están en proceso de formar una “Confederación del Río Bravo”, pero Dallas sigue en el limbo, entre la desconfianza y la esperanza. Aquí nos gobierna el Consejo de Diez, electos cada seis meses: tres jefes de milicia, dos técnicos, un médico, dos agricultores, un maestro y una representación forzada de los “nómadas internos”, gente que vive en refugios móviles o fuera de los muros principales. Intentamos, al menos, que la voz de todos suene. El gran reto es decidir cómo y cuándo reabrir los accesos a la ciudad para recibir ferias mayores y establecer contacto con las rutas de Oklahoma y el oeste de Arkansas.
A veces las reuniones tornan a gritos. Anoche discutimos casi tres horas por la autorización de fabricar más armas de fuego: los más pacíficos argumentan que sólo aumentará las guerras locales, mientras los otros insisten que sin ellas no resistiremos ni a saqueadores ni a eventuales hordas. Yo voté a favor, porque la seguridad no sólo depende de muros. Sabemos que pronto los líderes de varias “mini-ciudades” —Waco, Sherman, Lancaster— se reunirán en la frontera para negociar un pacto de paso seguro y comercio de excedentes agrícolas. Me han pedido acompañarles, pues hablo algo de francés y español. Me da miedo salir otra vez; las últimas alianzas terminaron en emboscada.
Hoy, sin embargo, una noticia reanimó el ánimo: llegó el rumor de que un taller al norte, cerca de Grapevine, comenzó a fabricar pequeñas bombas hidroeléctricas. Si eso es cierto, podremos distribuir energía por al menos un par de horas al día en la zona oeste. Imaginé las luces encendidas de nuevo, aunque fuera sólo unas lámparas y radios. Qué ilusión tan grande, tan simple. Cuando lo conté en la escuela, los niños preguntaron cómo se veía la ciudad de noche, y yo cerré los ojos recordando: las avenidas repletas de neón, el Camp Bowie resplandeciente, el skyline como una corona de joyas. Ahora, sólo luciérnagas y fogatas.
Cerca del mediodía, la vida dentro de los muros parece casi normal. El olor a pan recalentado, las conversaciones murmulladas, el martilleo incesante por encima del estrépito de los más jóvenes jugando con arcos de madera. Una señora de la tercera edad, Rosalinda, repasa las sábanas junto a la clínica improvisada, cuidando de otros como si fueran su propia sangre. Alcanzar la normalidad aquí es una hazaña diaria. Nos recordamos unos a otros que, a pesar de los saqueos, el hambre y la amenaza constante, debemos mantener rutinas: limpiar las armas, cuidar los cultivos, enseñar a los niños, escuchar los partes radiales que llegan desde la Confederación.
El día se va cerrando y la luz cae filtrada por el polvo en suspensión. Salgo al pasillo norte, miro por encima del muro reforzado de camiones apilados y escucho el rumor lejano de disparos. No hay alarma esta vez; sólo la señal de que la tierra sigue viva, que no todo descansa en paz. Jeong me encuentra y me entrega una carta: una misiva real, escrita a mano, con un sello de cera burdo. Es de Cora, mi compañera de cuando estaba en los convoyes del sur. Su letra es breve pero precisa: regresará en cuatro días, trae noticias del taller de granito. Siento un temblor de esperanza, esa antigua sensación de que los humanos aún pueden volver, pueden quererse, pueden reconstruir. Aunque nada sea igual.
Antes de dormir, subo al tejado más alto, ese donde soldamos una campana para emergencias. Miro el oeste —Trinity River, los suburbios convertidos en campos de cultivo, y más allá, los cimientos de lo que fue el aeropuerto— y pienso en todo lo que hemos perdido y lo que seguimos por perder. Pero también en lo que hemos aprendido: cómo reparar motores antiguos, cómo purificar agua en pequeñas cantidades, cómo reír a pesar de la tristeza. Escribo estas líneas con los dedos fríos y la intención de que algún día alguien lea este diario y sepa que en Dallas, en noviembre de 2028, los humanos aún resisten. Que la civilización no se apaga de repente, sino que arde bajo las cenizas, lista para renacer. Que somos más que los muertos, y entre los restos del viejo mundo, la invención del mañana es nuestra última y mejor esperanza.
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