Fragmento:
Luis tenía a su lado la vieja escopeta y la lámpara de dinamo. El generador principal solo funcionaba de noche, para el sistema de vigilancia interna de la pequeña ciudad. De vez en cuando, un temblor en la línea de chapas avisaba que un guardia cerca daba su ronda o alguien pasaba el relevo de centinelas. Apreció el calor de la brisa de septiembre y atendió a los sonidos de la noche. Hubo grillos y lechuzas. Y, de pronto, ruido de voces: era su hija, Marta, que se acercaba para relevarlo.
Duración: 12:08
24 de Septiembre de 2028
La noche sobre Dallas era distinta. Ya no brillaban neón ni luces de semáforo; los viejos edificios del centro recortaban su silueta contra un cielo, limpio de la contaminación lumínica que durante décadas había ocultado las estrellas. Las estrellas, ahora, eran la única compañía silenciosa de centinelas apostados en las murallas improvisadas. Eran demasiados años de oscuridad, demasiados ayeres rotos. Había llovido poco y esa tarde la brisa traía el olor a tierra seca y madera quemada, mezclado con el vago hedor de la descomposición que a veces el aire cargaba desde los barrios desiertos.
En el puesto norte de la muralla, hecho de camiones volcados, bloques de concreto y chapas rescatadas, estaba Luis Herrera. Ya no era joven. Sus sienes canosas y las arrugas en la frente decían de años bajo el sol y el miedo. Pero aún venía de vez en cuando a hacer guardia: sentía que debía hacerlo. La seguridad era una tarea de todos, y la costumbre era el último consuelo para los pálpitos del corazón en las noches inalteradas.
Observó a través de la rendija en la plancha de metal. Allá abajo, la vieja Interestatal 35 —donde alguna vez el tráfico era un rugido incesante— era una herida de asfalto y maleza, rota, ocupada solo por el rumor del viento y la amenaza apenas intuida de los muertos. Pero hacía meses que, salvo algún grupo disperso, los zombis no eran el problema principal; ese mes se habían reportado más ataques de “buitres”, bandidos nómadas, que de infectados. El deterioro hacía su trabajo: los cuerpos de la primera generación de infectados apenas podían todavía arrastrarse. El peligro era que los nuevos caídos, los que morían por heridas, hambre o violencia, aún reanimaban.
Luis tenía a su lado la vieja escopeta y la lámpara de dinamo. El generador principal solo funcionaba de noche, para el sistema de vigilancia interna de la pequeña ciudad. De vez en cuando, un temblor en la línea de chapas avisaba que un guardia cerca daba su ronda o alguien pasaba el relevo de centinelas. Apreció el calor de la brisa de septiembre y atendió a los sonidos de la noche. Hubo grillos y lechuzas. Y, de pronto, ruido de voces: era su hija, Marta, que se acercaba para relevarlo.
"Baja papá, te toca turno en la cocina —le dijo ella, con la voz bajita y una sonrisa cansada—. Hoy hay pan. De verdad."
Luis asintió, se puso de pie despacio, dejó el arma apoyada en la pared de chapa y abrazó a Marta. Atrás quedaba la ciudadela: una Dallas en miniatura, de apenas 2100 almas, defendidas por el río Trinity al sur y el sistema de canales, alambradas de púas y viejos residuos de autopartes que conformaban su perimetría. La ciudadela, delimitada entre lo que alguna vez fue Victory Park y el West End, era solo una fracción del Dallas de antes, pero para todos allí adentro era el único mundo posible.
Luis bajó por la torre de guardia, saludando a Juanita, que dormitaba sentada con un bebé envuelto en paños de colores sobre las rodillas. El niño dormía, ajeno a los problemas. "Ya falta menos", dijo Juanita, y Luis no supo si hablaba del fin de la guardia o de una esperanza aún más lejana.
El comedor general estaba en lo que fue la estación de trenes Union, ahora fortificada y adaptada con hornos de leña y un sistema de cosecha de lluvia para agua potable. Allí, la vida hervía: gente probando panes recién salidos, niños corriendo entre mesas hechas con tablones y barriles, jóvenes intercambiando semillas o historias. Había música: dos mujeres tocaban guitarras fabricadas con trozos de muebles viejos y cuerdas de metal, mientras un grupo de adolescentes coreaba algo de Johnny Cash. Era una Dallas diferente, pero no completamente borrada del pasado.
Luis fue saludando a los suyos. Había llegado desde Oak Cliff en 2020, tras perder a su esposa en los primeros meses del brote, y había criado a Marta solo, en medio de corredores infestados y huidas improvisadas. Ahora, Marta era parte del Consejo de Vigilancia, y Luis era un miembro reconocido de la Cooperativa de Panaderos. Había encontrado, en todo aquel desastre, una manera de servir y sostener.
La comida abundaba más que en años anteriores. Tras hallar, aquella primavera, un pequeño banco de semillas rescatado en los sótanos de la Universidad Metodista, las cosechas habían mejorado. Había trigo, algo de maíz, cebollas. En los techos de los edificios viejos crecían tomates y pimientos, custodiados como si fueran oro. El consejo de Dallas comerciaba a distancia, por rutas vigiladas, y, al oeste, hasta Fort Worth, habían reabierto ferias —espacios protegidos—, donde la gente venía a intercambiar herramientas, munición, medicinas y, a veces, cartas de otras comunidades.
Luis se lavó las manos con cuidado y saludó a Tina, la jefa de cocina. Tina, de pelo trenzado y sonrisa imperturbable, era la matriarca indiscutible de la comida y el orden. “Pon los panes en la mesa grande, Luis, y cuida que nadie se robe uno extra antes de bendecir la mesa”, le pidió ella, con tono alegre, pero firme.
El olor de la panadería era embriagador. Luis apoyó los ocho panes —hechos con una mezcla de trigo fresco y masa madre de años atrás— y se permitió, solo un momento, imaginarse en una vida distinta: los sacos modernos, la harina AMC, los supermercados. Pero ese pensamiento le pareció distante, casi indigno. No quería sentir nostalgia. Quería agradecer.
La cena era el principal evento social y político. Esa noche, en especial, se discutiría una noticia importante: sobre el regreso de una de las caravanas comerciales, que había cruzado hasta Tyler y Jefferson para adquirir yeso y algo de plomo. Había rumores persistentes de una banda de saqueadores, los “Dogos”, que se desplazaba por las viejas autopistas atacando asentamientos pequeños.
El Consejo se sentó alrededor de la mesa, y se sirvieron los platos. Alguien leyó, en voz baja, fragmentos de una vieja Biblia hallada entre los escombros de la biblioteca municipal. No todos eran religiosos, pero el rito de lectura era una costumbre cálida, casi mágica. Se habló de lo que se había conseguido ese mes: leche en polvo, dos bidones de gasolina, placas solares rescatadas de Garland. Se agradeció a los exploradores. Ángela, la comerciante en jefe, anunció la apertura de un nuevo pozo de agua, al este.
Pero la noticia que heló el ánimo fue la de la desaparición de dos vigías, Carlos y Brenda, la noche anterior, cuando patrullaban cerca de Deep Ellum. “Pudieron haber sido los Dogos. Pudieron ser zombis nuevos. No sabemos”, declaró una miembro del consejo. Se debatió media hora sobre si cerrar las rutas externas y resistir en la ciudad, o si organizar una partida armada para buscar a los desaparecidos. Luis no habló. Recordó a su propia esposa, desaparecida una noche parecida cuando todo era aún más caos, y supo que el miedo, aunque fuera el mismo, tenía ahora otro fondo: miedo a perder a los suyos, ese pequeño nuevo mundo.
Tras la cena, evitar la oscuridad era faro de cordura. Las familias se reunían junto a la entrada del comedor, donde el generador encendía luces LED recicladas. En esos minutos, antes del apagón general (eran estrictos con el consumo de energía), se escuchaban historias: quién recordó las primeras semanas del brote, la caída de Fort Worth, el derrumbe del Bank of America Plaza. Los niños preguntaban por cosas del pasado: "¿Qué era un avión?, ¿En serio había máquinas que volaban? ¿Y qué es el internet?" Las respuestas eran vagas o contrariadas. Para los nacidos después del brote, la vida anterior era apenas un confuso mito.
Luis volvió a su cuarto, en un antiguo vagón de tren acondicionado. Se sentó junto a la pequeña ventana, escribió en su libreta de tapas verdes —un diario que tenía desde el primer año del apocalipsis—:
"24 de septiembre de 2028: Hace años creí que mi historia terminaba con un zombi rompiendo la puerta de casa. Ahora, mi mundo es Dallas dentro de las murallas, donde Marta ríe y cocina, donde los niños ya no temen tanto y el pan huele a grano fresco. No sé si la civilización volverá a ser lo que fue. Lo que importa es que, ahora mismo, existe futuro."
Un rato después, los disparos rompieron el aire. No eran zombis: el sonido seco de los rifles y las explosiones aisladas apuntaban a una incursión. Luis corrió, a oscuras, por el pasillo de vagones hasta la muralla oeste. La gente salía al ruido. Algunos armados con ballestas, otros con escopetas, otros solo con palos de metal. En los tejados, las luces de vigilancia apenas marcaban siluetas moviéndose en el parque de las ruinas, cerca de la antigua estación Victory. Luis pudo distinguir sombras desplazándose ágiles y silenciosas. No eran zombis.
Sonó el silbato de alarma. El Consejo apareció en la torre principal, dando instrucciones por megáfono y lanzando luces de bengala viejas. “¡Todos a posiciones, defiendan la muralla! ¡No disparen a menos que sea imprescindible!”, gritó Ángela.
Luis cargó la escopeta, revisó el parche del cañón. La costumbre era usar las armas de fuego solo en caso de peligro extremo: la munición era preciosa. Entonces, un grito desgarrador, la sirena manual aulló y la noche se llenó de caos. Vio a uno de los atacantes —carapintada, barba, chaleco y fusil improvisado— encaramarse al camión que hacía de portón. Alguien disparó una flecha, el atacante cayó, y el resto de la banda se dispersó por las vías del tren, chocando con la línea de defensa.
Durante quince minutos, el destino de Dallas pendió de un hilo. Marta, con la radio militar de corto alcance, coordinaba el perímetro mientras ordenaba a los niños esconderse en la bodega más interna. La vieja tirolesa, desplegada como solución de emergencia, sirvió para evacuar a algunos civiles de una sección a otra. Luis disparó una vez; creyó dar en el blanco. No sintió miedo: esa emoción la había gastado toda hace años; ahora era solo instinto, deber, deseo de que el pan de la mañana tuviera sentido y justificación.
Al alba, la calma volvió de golpe, repentina. Cinco atacantes muertos y otros tantos heridos quedaban fuera de las murallas, y uno había logrado colarse, pero fue capturado en el interior, atado a una columna con sogas y bajo vigilancia. Los cuerpos fueron quemados lejos, siguiendo el viejo protocolo anti-infección. No hubo muertos entre los defensores, pero sí heridos. Los niños, apiñados en la bodega, salieron al sol pálido con miedo y admiración.
El consejo se reunió, pálido pero firme, decididos a no dejarse vencer ni por muertos ni por vivos. Decidieron reforzar las rutas comerciales, reorganizar las rondas nocturnas y, sobre todo, reestablecer el mensaje al resto de asentamientos de la zona: Dallas había resistido, y así seguiría. Sacaron la vieja radio militar, instalaron baterías de bicicleta y transmitieron:
"Aquí Dallas. Resistencia. Esta noche, el pan se compartió, y la ciudad sigue en pie."
Horas después, la vida retomó su ritmo: los panaderos encendieron los hornos, los niños cortaron cebollas en la huerta compartida, los mecánicos repararon el generador y los exploradores salieron a revisar el perímetro. Luis volvió a su puesto en la muralla y pensó en lo que su diario decía cada año:
"Estamos vivos, seguimos aquí, y el mundo todavía puede llamarse futuro."
Sobre Dallas, más allá del humo y el polvo, el sol asomaba en un firmamento limpio. Por primera vez, Luis creyó posible la esperanza de reconstrucción, más allá de la amenaza zombi y del miedo al otro. Se juró hacer, de cada día, un acto de resistencia. Y ese, pensó, era el verdadero milagro entre las ruinas.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.