Fragmento:
Aquel noviembre era un momento bisagra para Dallas y para la región de los asentamientos del viejo Texas Central. Si durante los primeros años tras el Colapso los asentamientos habían vivido en oquedades de edificios semiderruidos, ahora Dallas ostentaba murallas levantadas a lo largo de las vías del tren y de los brazos muertos de las autopistas. El comercio incipiente de alimentos deshidratados, munición recargada y medicinas caseras era posible gracias a los caminos rurales patrullados por las milicias. El zumbido de los generadores eléctricos, raros como caballos blancos, resonaba en el corazón del asentamiento, sólo al atardecer cuando se arriesgaban unos minutos de luz en la clínica y la sala común.
Duración: 11:14
12 de Noviembre de 2026
Dallas, 12 de noviembre de 2026. El frío esa mañana todavía no calaba tan hondo como en los meses anteriores, pero la helada nocturna había cubierto las calles quebradas por la guerra y el abandono con un manto blanco y sucio. Desde la azotea del almacén reconvertido en torre de vigilancia cerca de Deep Ellum, Rodrigo escudriñaba con una vieja mira de fusil cualquier movimiento entre los restos de los rascacielos en el horizonte. Sobre su cabeza, colgado con cable de cobre reciclado, pendía el símbolo de su comunidad: una estrella de cinco puntas, recortada de la carrocería de un Cadillac oxidado, pintada a mano de azul y rojo. No era patriotismo, era la última broma privada para los vigías: “Todavía somos Estrella Solitaria, aunque la estrella se va apagando”.
Abajo, en el patio interior rodeado de muros hechos con paneles de tráfico, sacos de arena y viejos automóviles, niños de diferentes edades corrían por una improvisada cancha de fútbol. A un costado, junto a las ruinas de una vieja pizzería, un grupo de mujeres y hombres apilaba leña húmeda para las fogatas que arderían cuando atardeciera: ya casi todo el combustible industrial de Dallas se había agotado, y la leña escaseaba sobre la tierra gris, pero mantener la vista y el ánimo cálido era una cuestión de supervivencia.
Aquel noviembre era un momento bisagra para Dallas y para la región de los asentamientos del viejo Texas Central. Si durante los primeros años tras el Colapso los asentamientos habían vivido en oquedades de edificios semiderruidos, ahora Dallas ostentaba murallas levantadas a lo largo de las vías del tren y de los brazos muertos de las autopistas. El comercio incipiente de alimentos deshidratados, munición recargada y medicinas caseras era posible gracias a los caminos rurales patrullados por las milicias. El zumbido de los generadores eléctricos, raros como caballos blancos, resonaba en el corazón del asentamiento, sólo al atardecer cuando se arriesgaban unos minutos de luz en la clínica y la sala común.
Rodrigo bajó la mira y se frotó los ojos. Había estado de guardia desde las dos de la mañana. Le parecía imposible que un hombre pudiera acostumbrarse al sueño entrecortado, a las noches que se llenaban de voces ansiosas preguntando “¿Has visto movimiento en la estación de autobuses?” o “¿Volvieron los saqueadores?”. A esa hora, sentía los huesos viejos, como si tuviera setenta años, aunque apenas había cumplido treinta y dos. Recordaba, vagamente, los tiempos en que Dallas era una ciudad viva, los atascos de la 75, la música en los bares, el olor dulce y punzante de la parrilla en los juegos de los Cowboys.
Ahora, esa memoria era tan lejana como una leyenda.
Al bajar por la escalera interior, escuchó los chillidos y las risas de los niños afuera. Recordaba cuando en el 2021 los niños no reían. Ahora lo hacían, porque la generación nacida en la guerra tenía miedo solo de lo que podía oler o ver. Los zombis eran una amenaza siniestra, pero distante detrás de las fortificaciones y los patrullajes, y los niños nuevos temían más a los hombres violentos, a los forasteros silenciosos o a las muertes lentas y apagadas del hambre y la fiebre.
En la entrada principal del complejo, Mara lo esperaba. Era la líder de la comunidad, aunque nunca usara ese título. Tenía una cicatriz en el pómulo izquierdo —se la había hecho bloqueando el machete de un saqueador, hacía dos años—, el pelo negro atado con una cuerda. Al verlo, asintió apenas.
—¿Viste algo?
Rodrigo negó con la cabeza. —No más de lo mismo. Unos perros desgarrando algo en los escombros cerca del viejo cine. Gente, sólo un par, cruzando la 8th hacia el río, cargaban sacos. Nada fuera de lo usual.
Mara le tendió una taza de aluminio con café fuerte y denso. El café era como oro aquí: cultivado por una comunidad aliada al sur, intercambiado a precio de cuchillo afilado y antibióticos. Pero el verdadero lujo era el tiempo no interrumpido, la extraña posibilidad de sentarse a mirar el sol rasgando la neblina entre las franjas de acero caído de los rascacielos muertos.
—Hoy, a mediodía —dijo Mara, mirando hacia el horizonte dorado—, tenemos la reunión con los representantes de la Alianza del Brazos.
Rodrigo parpadeó, echando una mirada fugaz a los muros. Se había hablado mucho de la Alianza durante ese otoño. Eran cinco asentamientos grandes al oeste, cerca de Fort Worth y Weatherford, que habían comenzado a organizar pequeños ejércitos, y eran duros negociadores. Pero también, se rumoreaba, tenían mejores armas y acceso a uno de los antiguos laboratorios de biología de la universidad local. Nadie sabía si era cierto, en un mundo de rumores, mitos y medias verdades.
—¿Crees que vendrán armados? —preguntó.
—Vendrán —dijo Mara—, porque quieren nuestra pólvora y las semillas que recuperó Luisa del banco genético del Fair Park. Pero van a tantearnos, a ver si merecemos confianza o si sólo somos otra ciudad en ruinas. Debemos mostrarles unidad y fortaleza, pero sin arrogancia. Aquí, quien bosteza, pierde la cabeza.
Rodrigo suspiró y sorbió el café, notando el ligero temblor de sus propias manos. Sabía que, más allá de los zombis que aún merodeaban los suburbios fangosos de Garland y Richardson, el verdadero reto ahora era el hombre. El enemigo podía tener la cara del vecino o del extraño, del forastero armado o la muchacha desesperada. No era una guerra, era la lucha de todos por no volver atrás, al sálvese quien pueda.
A la hora propuesta, cuando el viento del noroeste traía un olor acre, mezcla de tierra reseca, cuero y ozono (de los rayos silenciosos de la tormenta eléctrica del sur), llegaron los delegados de la Alianza. Venían en tres camionetas atiborradas de hombres con sombreros descoloridos y rostros curtidos, armas largas a la vista, pero en alto. Habían limpiado el camino de zombis con grupos montados a caballo, a juzgar por la fila de bestias relinchando junto al estacionamiento improvisado. Uno de los forasteros traía la insignia de la estrella blanca entre las solapas, una pieza de hojalata en la que se leía, con caligrafía infantil: “Unidad”.
Mara y Rodrigo, seguidos de cinco milicianos armados, salieron a recibirlos en el patio, bajo la sombra larga de una viga quebrada. El saludo fue breve. La líder de la Alianza, una mujer enjuta con la piel de cobre y el pelo rapado, habló en voz alta para que todos los hombres y mujeres del patio escuchasen.
—Venimos a tratar de comercio —dijo—. Venimos porque sabemos que aquí han parado las hordas de zombis y nadie ha muerto en semanas. Sabemos que su maíz crece, que sus niños juegan y que su hospital tiene algo de vida. Lo que queremos saber es si la palabra Dallas todavía significa confianza.
Mara no dudó.
—Significa, y también significa que nunca más permitiremos que hombres o criaturas nos pasen por encima. Aquí compartimos, pero si alguien se presenta con las manos manchadas, aquí no vuelve a salir.
La tensión era un metal invisible delgado como cable de telégrafo. Rodrigo, con el estómago hecho nudo, activaba en la cabeza sus recuerdos de los primeros días del Colapso: cuando se creía que la supervivencia era un acto de fuerza bruta, de acopio irracional, de quitarle al otro antes de que te quitaran a ti. Ahora, las promesas valían más que las balas; el prestigio, más que el cañón de un rifle. Si caía la confianza, Dallas sería asaltada primero por los hombres, luego por las hordas rezagadas, luego por el olvido.
La reunión duró hasta el atardecer, cuando una tormenta se desgajó desde el sur y la temperatura cayó de golpe. Las negociaciones fueron mezcla de trueno, amenazas veladas y relatos, a veces fantásticos, de asentamientos enteros borrados por accidentes o traiciones. Se firmó un acuerdo, sencillo y brutal: un saco de semillas híbridas por cada dos barriles de pólvora casera; un botiquín completo por cada fardo de grano; protección, en caso de ataque humano o zombie, a cambio de patrullar juntos las rutas entre Fort Worth y Dallas.
Rodrigo fue uno de los encargados de sellar, con sangre de una incisión en el pulgar, el papel maché casero donde quedaba escrito el pacto, en tinta de residuos de imprenta rescatada del centro. Esa noche, después de la tormenta, se permitió una pequeña celebración: canciones a media voz, la ronda de carne seca, el lujo de una linterna encendida más de treinta minutos.
En un rincón de la sala común, Rodrigo se encontró con Luisa, la joven que en primavera había dirigido la expedición para rescatar las semillas del banco genético. Llevaba el cabello cubierto por un pañuelo colorado y en la mirada una chispa, mezcla de juventud y fatalismo.
—¿Crees que valga la pena? —preguntó, con un suspiro, viendo la sala llena de niños que bailaban entre los adultos—. Todo esto. Los acuerdos, la vigilancia, los sacos de maíz y la pólvora. ¿O solo estamos retrasando el fin?
Rodrigo la miró largo. Pensó en las décadas por venir, en la posibilidad —remota, grandiosa y aterradora— de una Dallas sin alambradas, donde los niños pudieran cruzar el Trinity sin temer ni a los zombis ni a los hombres.
—Todo vale la pena —replicó—. Aunque sea por un solo día sin miedo.
Luisa sonrió, y juntos salieron un momento al patio, solo para ver las estrellas entre jirones de nube. Era la misma noche de siempre, pero por primera vez en años, el aire de noviembre tenía el olor tenue de la esperanza.
Al día siguiente, mientras la ciudad amurallada despertaba con el sol temblando sobre los restos de las antiguas torres, Rodrigo subió de nuevo a la torre de vigilancia. Desde allí, divisó la caravana de la Alianza alejándose por la autopista cubierta de maleza y mugre, cruzando el puente Mustang, donde todavía colgaban algunos muertos, señal de advertencia a los forasteros. Tomó la vieja mira, enfocando primero la lejanía, luego el propio asentamiento, los muros, los cultivos cercados, los niños brincando, los adultos quemando basura en el extremo sur. Era poco, pensó, pero era suyo. Era Dallas, en el año 2026, aún viva bajo la sombra de lo imposible.
Bajó la mira y trazó, en su cuaderno raído, la lista de cosas pendientes: patrullar el perímetro, reparar el generador, enseñar a los más pequeños a distinguir entre amigo y enemigo a simple vista. Era una rutina, pero, tras la firma de aquel pacto, algo comenzaba a cambiar. Por primera vez en años, no eran solo sobrevivientes: luchaban por volver a ser humanos. Y esa, supo, era una rebelión mucho más grande que cualquier zombi o cualquier hombre armado.
Así terminaba otro día en Dallas. Afuera, los ecos de los caídos resonaban en la memoria, pero los vivos, rodeados de alambradas y promesas, seguían caminando.
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