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Portada del relato Los Últimos Días de la Gran Ciudad
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Fragmento:


—Puedes entrar, pero si pasa algo... —Dejó la frase colgando porque la respuesta ya era conocida.

Duración: 12:47

Los Últimos Días de la Gran Ciudad
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Texto de ajuste de pausa.

12 de Agosto de 2020

En Dallas, el calor de agosto ya no era solo un recordatorio implacable del verano texano, sino el telón de fondo de un mundo que se desmoronaba a velocidad imposible. El aire seguía apestando a asfalto recalentado y a carne muerta, a basura que nadie sacaba y a cuerpos que nadie reclamaba. Una niebla densa de polvo y humo flotaba suspendida desde hacía días; los vientos, alguna vez tan refrescantes bajo la sombra de los olmos, ahora solo arrastraban el hedor desde los vecindarios vacíos. Fue en esa atmósfera, opresiva y eléctrica por el rumor del desastre, donde Diana Hall, una enfermera de casi treinta años, apretó el mango de la escopeta heredada de su abuelo y caminó por última vez hacia el hospital Parkland.

El hospital había sido su mundo durante los meses previos, desde que la ciudad entró en emergencia total a finales de abril. Al principio la crisis era confusa: noticias contradictorias, órdenes de cuarentena que casi nadie cumplía y esa misteriosa enfermedad que al principio confundieron con la mutación del COVID-19. Pero nadie tosía ni perdía el olfato: los cuerpos se movían después de muertos, surgían ataques a médicos, y al cabo de unas semanas, Diana había visto a compañeros desmembrados, clientes devorados, y más sangre de la que hubiera imaginado en sus peores pesadillas.

Ahora, en el segundo verano de la pandemia, Parkland era poco más que una ruina. Viendo cómo el edificio se perfilaba contra el amanecer, Diana no pudo evitar sentir un estremecimiento. Las ventanas del nivel inferior habían sido tapiadas con lo que quedaba de las puertas de ginecología y radiología; bolsas de plástico negras colgaban como trapos en los marcos astillados. En los tejados, una pancarta pintada a mano se deslizaba a medio colgar: “No entren. Muerte adentro”. La letra roja se desvanecía rápido bajo el sol texano.

El estadio de los Cowboys, al otro lado de la autopista, seguía siendo visible a lo lejos. Había servido en sus mejores días como centro de evacuación, pero ahora nadie sabía qué quedaba allí. Algunos decían que fue arrasado por una horda a finales de junio; otros que los militares aún resistían entre las gradas vacías, arrastrando a la gente para experimentos siniestros.

Diana solo sabía que la esperanza era un lujo imposible.

Dejó su vieja bicicleta oculta tras un seto, entrelazando cuidadosamente la cadena y cubriéndola con ramas para evitar llamar la atención de saqueadores o de esas cosas que merodeaban por la zona desde hacía un par de noches. Cruzó el aparcamiento vacío, esquivando el cadáver de un policía que llevaba semanas petrificado junto a la garita de seguridad. Había olor a descomposición caliente y a pólvora vieja, una combinación familiar para quienes seguían vivos en la ciudad.

Subiendo por la rampa de acceso de ambulancias, Diana vio a Milo. Antes de todo esto era celador en la planta de quemados, ahora fungía como centinela y ocasional recolector de cuerpos. Vestía el chaleco amarillo que anunciaba su papel, un viejo revólver oxidado y una máscara antigás que llevaba la palabra “Hope” garabateada en el filtro.

—Hoy es tarde, —le dijo murmurando, aunque nadie cerca podía oír—. La última ronda fue anoche.

—Lo sé, Milo. Pero falta la doctora Reyes.

Él asintió con cansancio; no era la primera vez que uno de los suyos tardaba en regresar tras una incursión. A nadie se le exigía ya heroísmo. Quien salía lo hacía por decisión propia, esperando encontrar suministros, algún medicamento, comida, o simplemente las balas que escaseaban más que el agua potable. Diana se ajustó la mochila, repitiendo su rutina de siempre: comprobar la munición, revisar los vendajes, cerciorarse de que la linterna aún alumbraba. Cuando terminó, ambos intercambiaron una mirada y Milo indicó hacia la puerta lateral.

—Puedes entrar, pero si pasa algo... —Dejó la frase colgando porque la respuesta ya era conocida.

Nadie volvería a arriesgarse por salvar a otro. Era el nuevo código de cada uno para sí.

Diana caminó por los pasillos oscuros, alumbrando cada esquina con su linterna. El antiguo hospital era ya un mausoleo, y sus pasillos, un escenario de horrores recientes: manchas de sangre cubrían las paredes, camillas volcadas formaban barricadas improvisadas, y en cada esquina flotaba una electricidad a punto de estallar. Si tenía suerte, solo encontraría el eco de su propia respiración.

Al pasar la sala de espera, oyó ruido arriba. Bajos, casi sordos, como un arrastrar insistente. Se detuvo, conteniendo el aliento, y empezó a retroceder, lenta y a la vez decidida. Algo la empujaba a seguir adelante: la promesa rota a la doctora Reyes, la posibilidad de encontrar medicamentos, o quizás solo una estúpida necesidad de rutina.

Tres pisos arriba, la sala de descanso había servido como último bastión para el personal médico. En un rincón aún se apilaban mochilas con provisiones, y una pizarra manchada de sangre listaba los nombres de quienes seguían presentándose. Diana buscó con la linterna, enfocando un rincón donde una silueta se movía con tirones nerviosos. Apretó el gatillo, tensa.

Era Reyes.

La doctora se apoyaba en la pared, blanca como un fantasma. Sostenía un frasco entre las manos ensangrentadas. El rostro mostraba el estigma del horror: una mordida a la altura del antebrazo, vendada de forma apresurada con una sábana. Diana la reconoció antes de que hablara, aunque la voz de Reyes apenas era un susurro:

—Lo siento, lo siento. No pude, no pude...

La enfermera se arrodilló junto a ella, sin soltar la escopeta. Evaluó la herida, sabiendo que no tenía cura. Ningún vendaje, ninguna dosis de antibióticos ayudaría ahora. Los infectados podían tardar minutos o hasta media hora en cambiar, dependiendo de dónde estuviera la herida.

—¿Encontraste algo? —preguntó Diana, obligándose a no pensar en el destino casi seguro de Reyes.

La doctora extendió el frasco, una botella de analgésicos que ardía en la penumbra como un tesoro.

—Ahí… hay más abajo… pero están cerca, —jadeó.

No necesitaba decir quiénes eran “ellos”.

Unos golpes secos sonaron en la planta inferior. Diana sintió esa punzada helada en la espina dorsal, la señal inequívoca de que un grupo de “muertos andantes” –así les llamaban en la radio militar– había encontrado la forma de entrar.

La enfermera apretó la mano de Reyes con fuerza, contemplando una decisión que nunca habría imaginado hace un año: regresar a salvar a alguien que, por todas las probabilidades, estaba condenada. Miró los ojos de su compañera. La esperanza se desmoronaba ahí, igual que las paredes de la ciudad.

—Puedes dispararme, —dijo la doctora con súplica seca—. No quiero convertirme.

Diana dudó, los nudillos blancos en el cañón de la escopeta. El código no escrito de ese mundo era simple: al infectado, un disparo rápido, sin dolor. Había visto lo que sucedía si se demoraban.

Tomó una decisión silenciosa.

—Te llevo conmigo. Intentaremos salir.

Reyes asintió, ya sin energía para discutir. Diana la ayudó a levantarse y ambas descendieron trabajosamente las escaleras. A cada paso, el ruido crecía: arriba gemidos, abajo aquel golpeteo rozando los portones.

El vestíbulo principal había caído. Desde una de las puertas laterales, entraban los primeros cuerpos, avanzando a paso tardo, los ojos vacíos de toda humanidad que alguna vez hubo en ellos. No sintió miedo; solo fatiga, una resignación plena. Tal vez el miedo era lo primero que se había evaporado bajo el sol de Dallas.

Con un grito seco, disparó contra el rostro moribundo-del-primer-infectado, y los fragmentos salieron despedidos manchando el mármol. Siguió disparando, guiando a Reyes a través de pasillos congestionados por el eco de la muerte. Cuando se quedó sin balas, usó la culata, y cuando el ruido retumbó suficiente, Milo apareció en la esquina, cubriéndolas con el revólver.

—¡Por aquí! —gritó.

Corrieron. Reyes tropezaba. Diana la arrastró, sentía los dientes de la desesperación rasgándole las piernas, pero no frenó. El sol del mediodía caía sobre ellas cuando cruzaron el aparcamiento, esquivando el mismo cadáver inmutable del policía, y llegaron al seto donde aguardaba la bicicleta. Subieron como pudieron: Milo empujó, Diana se aferró al manubrio con la vida de ambas pendiente.

Detrás, los muertos salían por docenas, trastabillando y frenando solo cuando los rayos del sol quemaban lo que quedaba de su piel.

Tomaron rumbo al oeste, hacia Oak Cliff.

***

A esa hora, Dallas entraba en una nueva era sin internet. Las radios emitían sólo mensajes entrecortados: “Si puede escuchar esto, no confíe en nadie. Refúgiese. Mantenga cerradas las puertas”. Las grandes avenidas convertidas en cementerios de coches calcinados, las autopistas de circunvalación bloqueadas por barricadas, la ciudad estaba surcada de columnas de humo que ascendían donde antes brillaban los neones. Donde una vez la vida nocturna latía en Deep Ellum, ahora sólo ruinas y sombras.

El calor de mediodía era visible, como una bruma distorsionando los campos secos fuera de la ciudad. Diana pedaleaba con furia robótica, los músculos tensos al límite. Milo, herido, intentaba mantener la calma. Reyes gemía, a ratos inconsciente, su herida palpitando con un ritmo propio.

En el camino pasaron junto a lo que había sido una tienda Walmart; ahora, la fachada llena de grafitis y mensajes: “Aquí resistimos”, “No queda nada”, “Vuelvan a casa, si tienen una”.

Encontraron refugio en una estructura improvisada en una antigua estación de servicio. Allí, bajo una lona sostenida por unas vigas, se reunían unas doce personas, la mayoría provenientes de barrios periféricos. El ambiente era tenso: nadie confiaba en nadie, y cada encuentro era un juego peligroso de miradas y silencios calculados. El único factor de contacto era una anciana llamada Ms. Green, que tenía una radio de banda corta y se empeñaba en transmitir actualizaciones sobre movimientos de zombis por la ciudad.

Diana se derrumbó junto a la sombra de un surtidor, dejando que el sudor le recorriera la frente. Reyes, pálida, se recostó contra una columna. Milo vigilaba con el revólver.

—¿Crees que podamos aguantar aquí? —preguntó él.

—Solo hasta que se calme allá afuera —respondió Diana, mirando el cielo—. Luego iremos al sur, hacia sus primos en Austin. Ahí dicen que algunos grupos tienen huertos. No habrá milagros, pero sí comida.

No sabían si creían la promesa, pero la necesidad de aferrarse a algo era todo lo que quedaba.

Por la noche, la estación improvisada retumbó con el rugido de la desesperación. Desde el este venía una familia entera, manchada de sangre, gritando por ayuda. Los que estaban dentro dudaron: no abrieron de inmediato, la desconfianza colándose como un nuevo veneno. Cuando finalmente los dejaron pasar, solo el hombre sobrevivía: traía a su hijo envuelto en una frazada, el cráneo abierto y sin vida. Se sentó en el suelo, llorando, mientras Reyes se desmayaba a un lado.

La humanidad, pensó Diana, era tan frágil como las baterías de esa vieja radio.

***

Pasaron las horas. Dallas era un hongo de silencio y gemidos. De vez en cuando, un disparo. Las luces de la ciudad, alguna vez un faro para todos los que vivían en la vastedad de Texas, ahora ya casi nunca titilaban. Solo las bengalas ocasionales, disparadas desde algún grupo atrincherado, recordaban que la vida seguía arañando bajo la losa del polvo y los escombros.

Por la mañana, Reyes murió. Diana le disparó en la cabeza, sellando el pacto silencioso. El sol caía como una losa de plomo cuando Milo y Diana recogieron lo poco que les quedaba.

La ciudad seguía ardiendo a lo lejos, y aún se oían caminantes en las avenidas. Pero bajo la lona improvisada, entre la escasez de todo y el rumor de una esperanza que ninguno podía nombrar por temor a perderla, Diana supo que solo importaba continuar moviéndose.

El mundo solo podría ser domado por aquellos que, al menos por hoy, siguieran diciendo sí a la vida. Aunque fuera en Dallas, al borde del colapso, bajo la sombra de un hospital, y con el sol ardiendo más fuerte que nunca.

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