Operación ocaso
Brote
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato El Último Radio de Dallas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La “Biblioteca” es una fortaleza improvisada. Hace años los libros fueron cambiados por barricadas, pero aún quedan estanterías con manuales viejos y tomos que hoy son casi tan valiosos como la pólvora o los frascos de antibióticos. Nuestra comunidad ronda las sesenta almas: familias, solteros, un grupo de niños huérfanos, tres ancianos y media docena de tipos duros, gran parte de ellos ex-policías o miembros de bandas reconvertidos en milicianos. Todos tenemos cicatrices. Un día puedes ser padre de familia, al siguiente el vigilante nocturno.

Duración: 12:58

El Último Radio de Dallas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

14 de Noviembre de 2026

Las luces fósiles de Dallas ya no iluminaban el horizonte, y lo poco que quedaba de la ciudad centelleaba apenas como luciérnagas envueltas en la niebla. Era una noche cerrada de otoño, y la temperatura bajaba con rapidez entre los despojos de cemento y acero del centro. En tiempos mejores, el metroplex resonaba con tráfico y voces —ahora, el silencio era ley. Solo los ecos de risas lejanas, atrapados en la memoria de los edificios vacíos, parecían quedarse suspendidos bajo el cielo texano.

Mi nombre es Elena Morales. Era maestra antes del colapso ―primero en primaria, luego en la secundaria de South Dallas― y nunca imaginé que me tocaría liderar un grupo de supervivientes atrincherados en la vieja biblioteca central de Commerce Street. Desde hace meses, el mundo allá fuera ya no es dominado por humanos, pero aquí, en el corazón de la antigua ciudad, intentamos retener una chispa de civilización.

La “Biblioteca” es una fortaleza improvisada. Hace años los libros fueron cambiados por barricadas, pero aún quedan estanterías con manuales viejos y tomos que hoy son casi tan valiosos como la pólvora o los frascos de antibióticos. Nuestra comunidad ronda las sesenta almas: familias, solteros, un grupo de niños huérfanos, tres ancianos y media docena de tipos duros, gran parte de ellos ex-policías o miembros de bandas reconvertidos en milicianos. Todos tenemos cicatrices. Un día puedes ser padre de familia, al siguiente el vigilante nocturno.

Esta noche es especial: la radio está viva desde hace dos horas, repicando entre la estática. Los relatos de intercambio entre asentamientos y los avisos de las señales codificadas de alerta circulan por las ondas. Un lujo. Hace unos meses, los radios eran mudos y el aislamiento asfixiaba más que la amenaza zombi. Ahora intercambiamos frecuencias y noticias con otros enclaves: Forney al este, Mesquite al oeste, Carrollton río arriba del Trinity, e incluso hubo rumores de un asentamiento estable en Fort Worth.

El turno de guardia es de Raúl y Cloe. Raúl fue paramédico en Oak Cliff, aún lleva un chaleco antibalas bajo el abrigo y nunca se separa de su hacha de bombero. Cloe, en cambio, es del grupo de “niños crecidos”, los que apenas recuerdan el mundo de antes y han aprendido todo lo que saben en estos seis años de paranoia, supervivencia y hambre. Sale con la ballesta colgada y la mirada alerta.

Las últimas semanas han sido extrañamente tranquilas. No hemos visto hordas grandes desde septiembre; los zombis antiguos son, como dijo alguien, “más piel que pesadilla”, pero las amenazas humanas no han desaparecido. Al norte de la ciudad han surgido bandas nómadas que saquean lo que queda, y al suroeste aún se reportan “Merodeadores de la I-35”, como los llaman en las transmisiones del puesto de Oak Cliff.

Esta noche, el viento trae el aroma lejano del Trinity River, mezclando el perfume del follaje otoñal con el hedor de la descomposición que todavía yace en los sótanos y garajes, serpenteando por el distrito financiero semiderruido. Nos preparamos para dormir, turnándonos bajo cobijas hechas con antiguas cortinas y edredones recompuestos. Antes de apagar la lámpara de queroseno en mi habitación—lo que fue la sala de consulta infantil—, reviso el pequeño inventario: cinco cajas de legumbres, media docena de latas de carne, un saco de arroz, la caja de municiones casi vacía y una taza de semillas de algodón. Las semillas, encontradas por casualidad en un banco genético saqueado en el sur, son ahora nuestro mayor tesoro después del agua potable.

Martín, nuestro ingeniero y voz de la razón, entra sin llamar.

—Llegó un mensaje cifrado desde el norte —asegura, en voz baja—. Fuego visto en la Reunion Tower. Dos fogatas grandes, rodeadas.

Me levanto, interesada y preocupada. Hace meses que la Reunion Tower —aquel famoso hotel redondo y deslumbrante que antes parecía una nave espacial— está considerada como zona muerta, dominada por caminantes y saqueadores. Hacemos planes, nunca actuamos; acercarse demasiado significa la muerte.

—¿Respuesta desde Carrollton?

—Nada, pero los de Forney sugieren que podríamos estar ante una migración de una horda. Dicen que los zombis viejos se apelotonan allá en el centro, pero que otros cazadores quizás usan el fuego para atraerlos, limpiando sectores.

—¿Merece la pena investigarlo? —pregunto.

Martín se encoge de hombros—. Puede ser una locura, pero podría ser señal de supervivientes atrapados, o incluso de una nueva ruta limpia.

Salgo al pasillo, asintiendo. Los niños, agrupados alrededor de una lámpara de aceite, están restaurando un juego de mesa con tapas de botellas y fichas de dominos. Al verme, bajan la voz. Les dedico una sonrisa: en este mundo, la alegría es una rebelión.

Al improvisado comedor, con mesas rescatadas de Starbucks y sillas de los despachos municipales, se reúne el Consejo. Somos seis. Gente con pasado infranqueable y presente urgente: Alicia, la jefa de seguridad, tuerta tras el “Incidente de la 635”; Thomas, granjero de Richardson; el propio Martín; Tía Clara, corazón del refugio; Dillon, que jamás ha dejado de reírse pese a haber perdido a su hermana durante el primer invierno, y yo, elegida más por costumbre que por carisma.

Les expongo la situación. Ideas y temores circulan: ¿podría ser una trampa? ¿Serán señuelo para cazar gente como nosotros? ¿Y si es un grupo necesitado?

A las once decidimos enviar un pequeño equipo de reconocimento al amanecer. Volverán antes de anochecer y, si todo va bien, traerán noticias frescas o, quizás, algo más valioso.

***

Al alba, el equipo parte. Cloe encabeza, con Raúl y Thomas. Salen por el sur, cruzando el viejo puente rocoso sobre el Trinity. Los demás ocupamos las ventanas y el tejado, atentos con binoculares y fusiles. Hay cierto nerviosismo. Los zombis viejos solo se ven agazapados en la sombra, sus movimientos tan lentos que parecen estatuas rotas. Los jóvenes, resultado de nuevos cadáveres, son más raros pero letales. Les tememos más a los humanos; la rabia y el hambre han destrozado los últimos códigos morales en algunas zonas.

Las horas se deslizan lentas, agitadas por el nerviosismo y la radio chisporroteando. Las historias cruzan el éter: un intercambio de semillas en las afueras de Mesquite terminó en tiroteo. Hay una epidemia de “fiebres rojas” en un asentamiento al norte (una secuela del apocalipsis; las infecciones menores ahora matan rápido). Rumores de un niño milagroso en Fort Worth capaz de sobrevivir semanas solo, alimentándose de ratones y raíces.

A media tarde, la tensión sube. Cloe informa desde el walkie casi sin aliento.

—Vimos señales en la torre. Banderas blancas. Hay niños, parecen menores de diez. Los adultos tienen rifles. No parecen saqueadores, están haciendo marcas de SOS con restos de neón.

—¿Zombis cerca? —pregunto.

—Contados. Los viejos están tirados al pie de la torre. Vimos a dos adultos limpiar la entrada. Tienen perros, probablemente para cazar ratas y ahuyentar a los lentos.

—¿Riesgo? —pregunta Thomas.

—Moderado. Pero están organizados; si nos acercamos podría salir bien, o muy mal.

—Intenten contacto visual, pero no se expongan —ordeno.

La excursión termina tras el ocaso. Reunidos en el perímetro, el equipo regresa con noticias: los “okupas” de la Reunion Tower son una familia ampliada, extendida por parientes y niños adoptados. Suman veinte y están armados, pero en peores condiciones que nosotros —apenas comida, con agua filtrada de la lluvia y perros entrenados para cazar pequeños animales. Expresan deseo de intercambiar víveres por ayuda. Según Cloe, la madre y jefa parece confiable, aunque testaruda; no confían en extraños, pero la desesperación asoma en sus palabras.

Esa noche, el Consejo debate otra vez. Alicia teme una emboscada, argumentando que los saqueadores a menudo envían niños como señuelo. Thomas, más práctico, cree que podríamos reconstruir algún tipo de alianza si conseguimos ayudarlos. Hay tensión, pero finalmente decidimos preparar un paquete mínimo: arroz, una caja de latas, y un libro viejo de primeros auxilios, para presentarlos como ofrenda.

Al día siguiente, a media mañana, partimos cinco. Cruzamos la Main Street entre muros grafiteados, pasando autos fosilizados y escaparates cubiertos de polvo. A un costado del Pioneer Plaza, las imponentes esculturas de ganado parecen custodios de otro mundo. El silencio vuelve a apoderarse del entorno a medida que nos acercamos a la Reunion Tower.

Nos reciben con cautela extrema; los perros ladran, dos adolescentes apuntan con rifles, y una figura se asoma desde lo alto, ondeando un trapo blanco. Nos presentamos, lento y claro. De cerca, la desolación se hace evidente: los niños tienen ojeras profundas, las ropas son parches cosidos; una de las niñas tiene algo de fiebre, evidente en sus mejillas encendidas.

La madre, que se presenta como Naomi, acepta la ayuda. No pide ni da confianza, pero la presión de la realidad la obliga a negociar. Hablamos durante horas en el vestíbulo de la torre, compartiendo pan duro y té hecho con hierbas recolectadas. Naomi cuenta cómo llegaron a Dallas meses atrás, tras llevar a los niños desde Waco, esquivando tanto hordas como bandas humanas. Quedaron atrapados por culpa de un ataque en la I-35, perdieron la camioneta y tres adultos fallecieron antes de llegar al centro. Vivieron semanas ocultos en sótanos hasta llegar a la torre, y desde entonces no salían más allá de la plaza.

—¿Por qué resistir aquí? —pregunto, a sabiendas de que el sitio es difícil de defender, pero aún más fácil de asediar.

Naomi sonríe, cansada—. Porque aquí los niños creen que el mundo está arriba, no abajo. Cuando subes a la torre y ves la ciudad, por un instante, sientes que todo puede empezar de nuevo.

Regresamos al refugio con dos niños enfermos y una promesa de ayuda mutua. Dejamos claro que cualquier traición significará la ruina de ambos grupos, aunque en el fondo comprendemos que —en este nuevo mundo— la confianza es tan frágil como el vidrio. Las comunicaciones se establecen, intercambiamos turnos para vigilar la plaza y compartir información sobre movimientos de zombis y saqueadores.

***

Las semanas siguientes marcan el inicio de una precaria y tensa alianza. Reparar las viejas conducciones de agua entre la torre y la Biblioteca es un esfuerzo titánico. Los zombis ocasionales —y las más frecuentes incursiones de humanos— obligan a mantener la guardia alta. Sin embargo, por primera vez en años, el rumor de niños jugando llega hasta nosotros, en la distancia, por encima del lamento de la ciudad muerta.

Diciembre avanza con el frente frío, y los humanos —humanos de verdad— regresan poco a poco a Dallas, convocados por señales de radio y promesas de recursos. La escasez es crónica, pero las primeras rutas de intercambio de alimentos y medicinas abren una rendija de esperanza. Comenzamos a escribir pequeños libros de normas, a delinear el mapa de los túneles y rutas seguras, a dibujar guías para identificar zombis lentos, flechas que señalan agua potable, o símbolos de advertencia para trampas humanas.

En la Biblioteca, los niños enfermos sanan, los perros pasan a formar parte de nuestra vigilancia y, lentamente, la idea de una ciudad recuperada se transforma de sueño en posibilidad.

Dallas ya no es la ciudad luminosa de antaño, pero a la luz de pequeños fuegos —fuegos de confianza, no de destrucción—, se vuelve una fortaleza donde, como dice Naomi, “por un instante, sientes que todo puede empezar de nuevo”.

Nunca olvidamos que aquello que nos destruyó sigue ahí, acechando. Nos movemos con cautela, aprendimos de la historia reciente: a confiar con dudas, a reír bajito, a construir códigos de señales que sustituyen a los semáforos caídos. “Seremos lo que resistamos siendo”, leo cada noche a los niños desde un viejo ejemplar de Galeano, y aunque muchos no entienden las palabras, sonríen. En un mundo donde todo parece perdido, resistir es la forma más frágil y hermosa de empezar de nuevo.

Operación ocaso
Brote
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.