Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato Las últimas luces sobre Elm Street
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Fragmento:


Mientras la vida diaria florecía brevemente en la plaza, vendedores abrían lonas para mostrar bienes valiosos: arroz, frijoles secos, herramientas de metal, balas cazadas con esmero. Desde que la región había consolidado su propia alianza de defensa –nuestros ejércitos, como decían orgullosos los voluntarios–, el comercio regular volvía a tomar impulso. Los productos llegaban mediante caravanas protegidas con pólvora propia, avistadas días antes y recibidas con el sonido impaciente de los generadores eléctricos, mantenidos como oro en tela por los ingenieros locales.

Duración: 11:59

Las últimas luces sobre Elm Street
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Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2026

La radio vieja chisporroteaba en la esquina del improvisado centro de mando, incrustada en medio de lo que una vez fue la oficina del sheriff. El olor a polvo, pólvora y sudor impregnaba el aire, mezclando el miedo y la esperanza que reinaba entre las cuatro docenas de personas apretujadas entre sacos de arena y bancadas de madera que habían sobrevivido desde aquellos días caóticos de 2020. Afuera, más allá de las ventanas entabladas y las barricadas de autos oxidados, Dallas se extendía: un laberinto de ruinas, autopistas recubiertas de maleza y calles desiertas en las que, a menudo, solo el viento arrastraba la memoria de viejos tiempos.

A esa hora temprano, poco después de que las patrullas nocturnas regresaran, la ciudad bullía en la Plaza de los Tres Reflectores. Era el lugar más seguro del sector, custodiado por las milicias de tres barrios aliados: Oak Cliff, Deep Ellum y una sección de Preston Hollow ocupada por familias que se resistieron a abandonar la urbe cuando las hordas de infectados cubrían la I-35 y la US-75 como si fueran agua fluyendo hacia una presa rota.

El comandante Núñez repasó los informes escritos a mano con letra apretada mientras escuchaba los zumbidos de la radio. Los asentamientos al norte reportaban alarma: un enjambre de zombis, lento pero denso, se había avistado moviéndose por la zona de Richardson. La estimación más optimista los ponía en las periferias de Dallas para la noche siguiente si nadie los desviaba.

Pero el enemigo había cambiado con los años: los zombis ya no eran aquella masa inquieta y veloz del comienzo, sino figuras andrajosa, huesudas, que se desmoronaban a tramos. Más peligrosos, ahora, eran los saqueadores que aún sobrevivían en el margen, los exmilitares desleales o cualquier banda foránea atraída por la fama de los mercados protegidos y la abundancia relativa que Dallas había conseguido al cabo de los años.

El amanecer era la hora para las decisiones. Núñez salió a la plaza, frunciendo el entrecejo bajo el gorro de lana y el abrigo militar. El aire era frío y cortante, inusualmente limpio para un noviembre texano. Tres camiones formaban parte del cordón defensivo, y más allá, los viejos edificios del ayuntamiento y la catedral emergían entre la niebla como fantasmas de la civilización caída.

Mientras la vida diaria florecía brevemente en la plaza, vendedores abrían lonas para mostrar bienes valiosos: arroz, frijoles secos, herramientas de metal, balas cazadas con esmero. Desde que la región había consolidado su propia alianza de defensa –nuestros ejércitos, como decían orgullosos los voluntarios–, el comercio regular volvía a tomar impulso. Los productos llegaban mediante caravanas protegidas con pólvora propia, avistadas días antes y recibidas con el sonido impaciente de los generadores eléctricos, mantenidos como oro en tela por los ingenieros locales.

Anaïs, la líder de la cooperativa agrícola del sur, se abrió paso entre el gentío. Era pequeña, de pelo crespo y sonrisa radiante, pero nadie en toda la ciudad ponía en duda su autoridad desde que, en el invierno anterior, había negociado el reparto del último cargamento de armas entre los asentamientos.

—Comandante, —lo llamó— ¿tienes ya la lista de los que irán al intercambio en Oak Cliff mañana?

Núñez asintió, extendiendo un trozo de papel. Anaïs lo repasó, moviendo los labios al leer en silencio.

—¿No deberíamos sumar a Marcus? —preguntó—. Es bueno con las caravanas, aunque algo impulsivo.

—Está en la patrulla de Greenbelt —respondió Núñez—. Prefiero dejar a alguien así protegido en caso de problemas.

Anaïs asintió, mordiendo su labio inferior. Por un momento, la tensión flotó entre ambos. La paz era frágil, y todos lo sabían.

El resto de la mañana transcurrió en la rutina aprendida: patrullas que partían a revisar las barricadas, reuniones de consejo improvisado entre los representantes de las distintas “zonas libres”, como ahora las llamaban. Los niños, custodiados por dos de las maestras supervivientes de los viejos colegios, practicaban lectura y matemáticas bajo una techumbre repleta de grafitis y huellas de balas. La recuperación de la ciudad era real, aunque lenta y llena de amenazas.

La alarma saltó poco antes del mediodía: una bengala azul iluminó el cielo sobre el estadio abandonado. La interpretación era inmediata: ataque humano, probablemente saqueadores. Núñez se tensó; enviaron tres escuadras armadas y la zona sureste de la plaza volvió a vaciarse. Desde un ventanal entablado, pudo ver cómo la columna de hombres y mujeres salía a correr, equipados con escopetas y lanzas de forja casera.

Entre tanto, la radio volvió a chisporrotear: “Aquí estación Trinity One, intercambio de información. Hordas detectadas cerca del zoo. Precaución al operar en la vecindad.” Eso significaba problemas: la ruta de las caravanas comerciales bordeaba esa zona, y de perder uno de esos cargamentos, la red de intercambios corría peligro. Núñez envió mensajeros a caballo para avisar a los líderes de los barrios rurales al sur.

En el interín, llegó el grupo de exploradores que había partido a primeras horas hacia West Dallas. Avanzaban en una formación curiosa, entre militar y rural, visiblemente agotados pero satisfechos.

Su líder, Hugo, se acercó con paso rápido.

—Limpiamos otra manzana. Pocos infectados, muy deteriorados. Encontramos un viejo banco de semillas en un almacén de Trillium Farms. Maíz híbrido, un poco de trigo. Si logramos plantarlos, para primavera podría mejorar mucho la dieta común.

El anuncio fue recibido por Núñez y Anaïs con una mezcla de grata sorpresa y cautela. Cada fuente de alimentación era una esperanza para la comunidad. El hambre, el azote más constante incluso cuando los zombis languidecían.

En el atardecer, las patrullas regresaron de la zona de la bengala. El ataque había sido breve: un grupo de saqueadores, ya famélicos y temblorosos, intentó hacerse con una de las despensas de la periferia y pagó caro el atrevimiento. Los supervivientes, apenas adolescentes, fueron desarmados y puestos en custodia. Anaïs recorrió la fila junto a Núñez, observando en silencio el reguero de miedo convertido en ley y orden improvisados.

—¿Cuánto tiempo más crees que aguantaremos así? —preguntó ella, en voz baja.

Núñez no respondió al instante. Había aprendido que, en esta nueva era, las predicciones no solo eran inútiles, sino peligrosas.

—Mientras tengamos algo que perder, seguiremos peleando —musitó por fin.

Anaïs le dirigió una sonrisa cansada. Sabía lo que aquello implicaba: los nuevos regímenes que surgían en otras regiones ya imponían jerarquías estrictas y justicias rápidas. Dallas, sin embargo, seguía intentando una convivencia, una comunidad lo más justa posible, aunque a menudo la violencia asomara bajo la piel.

Quedaba poco para la reunión de la noche, donde los líderes de todos los sectores decidirían cómo responder a la amenaza de la nueva horda. Aquella noche, la asamblea se celebró en la antigua sala del consejo. Las paredes, cubiertas de mapas y listas de nombres de caídos, devotos y desaparecidos, eran testigos mudos del precio pagado. Debatieron durante horas: unos proponían consolidar aún más el perímetro y dejar las rutas comerciales abiertas solo a los aliados leales; otros, apostar por una salida coordinada para empujar a la horda hacia las riberas menos pobladas.

Marta, la joven escolta de la caravana que llegaba desde el sur, habló por todos cuando dijo:

—No podemos quedarnos esperando a que todo mejore. Si damos un paso atrás, la ciudad muere un poco más.

Ese espíritu fue el que prevaleció. Al terminar la asamblea, con las últimas teas apagándose y el frío ganando el recinto, se decidió que un destacamento partiría al amanecer. Harían ruido al este, con sirenas y hogueras, para desviar a la horda y ganar tiempo. Era una táctica peligrosa, pero Dallas había aprendido a sobrevivir al filo de la audacia.

En la silenciosa madrugada, mientras la ciudad dormía (o al menos intentaba hacerlo), Núñez recorrió una vez más el perímetro. Desde la vieja torre de la catedral, la vista era brutal y hermosa a la vez: luces temblorosas marcando las murallas, los generadores relinchando en la distancia, y la silueta negra de una ciudad que se negaba a morir. Recordó el Dallas de los anuncios de neón, los partidos de los Cowboys, el bullicio en los bares de Deep Ellum. Ahora, cada día era un duelo con la muerte, pero también un acto de renacimiento.

Arriba, en la sala de radio, dos voluntarios peleaban el sueño para seguir las transmisiones de los asentamientos vecinos. Claves simples, códigos de luces para alertar de movimientos de hordas o tropas hostiles. El nuevo lenguaje de la confederación regional tejía una red precaria pero surgida del sufrimiento común. Cuando una señal en morse titiló con insistencia –tres puntos, seguida de dos rayas–, supieron que los aliados de Garland necesitaban ayuda. Al menos ya no estaban solos; la antigua rivalidad entre barrios, tan feroz en otros tiempos, había sido suplantada por una fraternidad forjada a fuego, plomo y hambre.

El día siguiente trajo, como siempre, su dosis de esperanza amarga. La misión para desviar la horda fue un éxito parcial: lograron redirigirla, aunque uno de los camiones volcó sobre la US-75 y dos hombres murieron. Sin embargo, el comercio pudo reanudarse, y la comunidad retuvo acceso a comida y medicina.

A la tarde, las patrullas regresaron trayendo consigo otra rareza: cuatro caballos asustados, que habían huido probablemente de alguna hacienda lejana. Aquello parecía una broma de mal gusto pero, en esos días, cada animal salvado era una herramienta más, un respiro en la lucha interminable.

Se celebró una pequeña feria esa noche. Sobre mesas improvisadas, la gente amontonó lo poco que tenía: semillas, telas, cigarrillos hechos a mano, frascos de medicina. Los músicos, ancianos en su mayoría, resucitaron viejas melodías de country bajo la débil luz de linternas y teas. Los niños, acurrucados, escucharon una historia sobre “el mundo de antes”, apenas capaz de imaginarlo.

Núñez permaneció en un borde de la plaza, Anaïs a su lado. A lo lejos, se veía el dorado reflejo de una fogata contra la cúpula de la catedral.

—Mi abuela nació aquí, en West Dallas —murmuró Anaïs—. Jamás habría imaginado que veríamos esto… Pero tampoco que fuéramos capaces de construirlo de nuevo.

—No sé cuánto durará —admitió Núñez—. Pero mientras podamos elegir con quién sobrevivimos, vale la pena.

Tanto Anaïs como Núñez sabían que, incluso con la consolidación de las nuevas alianzas regionales y la aparición de ejércitos propios, el futuro era frágil. Pero esa noche, entre risas ahogadas, música y la promesa de otro amanecer, Dallas demostraba que la humanidad, aunque golpeada y reducida, era capaz de renacer entre las ruinas.

La última línea de cada informe, memorizada por la mayoría de los habitantes, guiaba sus noches más oscuras: “Aquí no solo resistimos, aquí vivimos.”

Y así, esa noche en noviembre de 2026, Dallas volvió a tejer un día más de supervivencia en el crisol ardiente de su plaza, con la esperanza temblando bajo la piel sembrada de cicatrices, pero firme como nunca, ante la posibilidad de construir un mañana entre los escombros del mundo perdido.

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