Fragmento:
El olor dulzón del descompuesto impregnaba la brisa. Las aves, pocas estos días, chillaban desde los tendidos eléctricos partidos y salían disparadas si surgía alguna horda errante. Isaac apretó los dientes y pensó en el botín: vendas, medicamentos—amoxicilina, paracetamol, cualquier cosa para bajar la fiebre y controlar las infecciones. Metió la mano en un bolsillo y apretó lo que quedaba de una pastilla triturada de ibuprofeno; el último intento de curar la tos de Nora, que solo les había ganado una noche de respiro.
Duración: 11:27
21 de noviembre de 2025
El amanecer filtraba una luz fría y pálida sobre los cascotes ennegrecidos del viejo centro de Dallas. Solo los muy valientes, los muy desesperados o los condenados seguían viviendo donde la civilización una vez había alzado sus torres; ahora, el concreto servía más de tumba que de refugio. Miles de ventanas rotas brillaban con escarcha. Los zombis—algunos arrastrándose casi disueltos, otros todavía lo bastante ágiles para cazar en manada—quedaban relegados a las avenidas más abiertas, donde las hordas sin voluntad se deslizaban en círculos erráticos entre los restos de coches y carteles caídos.
Para quienes, como Isaac Moreno, sobrevivían resguardados entre los escombros y las sombras, la ciudad había dejado de ser un hogar y se había convertido en el escenario de una caza constante. Pero esta vez, la presa no llevaba carne ni aullaba; llevaba botes de plástico, frascos de vidrio y la promesa de otra semana de vida para su pequeña comunidad, apenas protegida en los restos de un viejo complejo de apartamentos al suroeste, en Oak Cliff.
El mundo había cambiado tantas veces desde aquella primavera fatídica en 2020 que los recuerdos de Isaac parecían retazos rotos y confusos: la fiebre, la avalancha de noticias, la pandemia rápidamente superada en horror por algo nuevo, hambriento, imposible. Para cuando los ejércitos ya poco podían hacer más que defender las últimas aldeas y los gobiernos solo existían en señales radiales desesperadas, Dallas, como miles de ciudades, había caído en la desolación absoluta.
Isaac tironeó de su abrigo, mal remendado y grueso a fuerza de muchas capas superpuestas. Había atravesado la noche en guardia, apostado en la ventana sin vidrio de un segundo piso desde donde se divisaba la farmacia que se erguía, milagrosamente intacta, en el cruce de Jefferson y Beckley. Sus manos temblaban de nervios y frío. Había escuchado los rumores: una partida de supervivientes, llegados de Garland, habían explorado otras partes del vecindario y aseguraban que el sótano de ese edifico aún guardaba suministros médicos. Nadie había logrado abrir la trampa que protegía la entrada. Nadie, hasta esta mañana.
Isaac palmeó la culata del viejo rifle recortado. Recordó el mapa mental que rebobinaba una y otra vez: evitar mercados incendiados, saltar las vallas de Taco Bueno y escapar a campo traviesa tras la obtención. Lo más peligroso, sin embargo, no era cruzar avenidas repletas de carcazas vacías o sortear humo de incendios aún activos en las gasolineras: era el ser humano, tan desesperado como fiero.
En el piso de abajo, Nora aguardaba envuelta en una manta vieja y un suéter infantil que le daba un aire aún más frágil; tenía fiebre, una tos seca y, bajo sus palabras débiles, la letalidad de la neumonía. Isaac había visto morir a demasiados por infecciones triviales en los días anteriores, pero Nora era dura, incluso para una niña de nueve años. Le entregó la única botella con agua tibia que tuvieron anoche, antes de salir: “Vuelvo antes de la segunda campanada,” le prometió. La niña asintió en silencio.
* * *
Por las calles, la caza era un arte y una condena simultáneos. Isaac avanzaba agazapado por los patios enmontados, saltando entre vallas desmanteladas y autos oxidados como si fueran trincheras improvisadas. Cada tanto, detenía el paso y se acuclillaba junto a restos de neumáticos o una señal caída, atento al menor susurro o movimiento anómalo. Sabía que a esas alturas, los zombis viejos solían perderse en su propio delirio: algunos tropezaban entre sí, otros seguían rastro de olor pero sin la velocidad ni la fiereza de sus ancestros recién convertidos. Aun así, un solo descuido bastaba para que se agruparan varios y emboscaran a cualquiera sin posibilidad de escape.
El olor dulzón del descompuesto impregnaba la brisa. Las aves, pocas estos días, chillaban desde los tendidos eléctricos partidos y salían disparadas si surgía alguna horda errante. Isaac apretó los dientes y pensó en el botín: vendas, medicamentos—amoxicilina, paracetamol, cualquier cosa para bajar la fiebre y controlar las infecciones. Metió la mano en un bolsillo y apretó lo que quedaba de una pastilla triturada de ibuprofeno; el último intento de curar la tos de Nora, que solo les había ganado una noche de respiro.
Sacó la linterna y la acolchó con trapos: ahora, la luz debía ser mínima, casi un delgado hilo apenas suficiente para orientarse. Alcanzó el acceso trasero de la farmacia; justo como describieron los forasteros, la entrada principal estaba cerrada con una reja cruzada y pintada con sangre seca: advertencia antigua contra curiosos. Pero la noche anterior, un disparo había hecho saltar el candado del portón lateral. La apertura era apenas lo bastante grande para que Isaac, flaco a fuerza de hambre, se deslizara reptando.
Por dentro, la penumbra era casi tangible, una neblina sucia cargada del olor rancio de medicamentos caídos y polvo estancado. Isaac avanzó a ciegas, tanteando con la linterna amortiguada. Tropezó con cajas de cartón, saltó una hilera de frascos destruidos y, al llegar a la pequeña escalera descendente que daba al sótano, se detuvo. Una respiración susurraba en alguna parte, acertando apenas el borde del umbral del oído humano. Isaac guardó la linterna y desenfundó el viejo machete que cargaba en el cinturón.
“Sé que estás ahí,” murmuró una voz áspera, apenas más que un gruñido. “Si buscas medicinas, tendrás que negociar.”
La sombra emergió de entre los anaqueles colapsados. Era un hombre de edad incierta, ataviado con un abrigo militar y una máscara de tela negra improvisada con vendas antiguas, sostenía una ballesta hecha con piezas de paraguas y resorte de camión. Sus ojos brillaban de cautela y hambre, pero no había locura en ellos.
Isaac alzó las manos, mostrando que solo llevaba el machete, sin soltar el rifle colgado a la espalda. “Mi hermana. Niño. Fiebre. Neumonía. Dame unos frascos; no busco líos.”
El guardián evaluó a Isaac, escudriñando el lenguaje corporal y la desesperación apenas contenida. Luego asintió, levemente. “Abajo. Hay antibióticos. Pero también hay otros... menos amistosos.”
“Se unirán,” añadió, con tono amargo, “cuando huelan esto.” Y agitó un frasco de aspirinas en el aire; el fragor del plástico resonó en la escalera como una campana.
Issac avanzó primero, bajando con lentitud. El otro cubrió su retaguardia, moviéndose como un cazador acostumbrado a ser tanto presa como depredador. El sótano era un pasillo largo, iluminado por la luz mortecina colándose por rendijas de ventilación. Las cajas de medicamentos se apilaban, algunas abiertas y saqueadas. Había torniquetes, vendas, antibióticos en polvo; al fondo, una nevera portátil y frascos de insulina. Isaac apretó las mandíbulas: hacía años que no veía tan variada farmacia.
Pero entonces, el hálito inconfundible del peligro asomó por las escaleras: pasos arrastrados, el repiqueteo de uñas o huesos en el concreto. El guardián levantó la ballesta, Isaac preparó el machete y ambos se miraron, entendiendo al instante. No solo humanos husmeaban en la caza. Dos figuras descendieron junto a la penumbra: un zombi joven de ojos lechosos y una mujer, acuchillada pero aún completamente consciente, arrastrándose con una herida abierta en el tórax.
Hubo un grito, un estallido de lucha en el aire. Isaac hundió el machete en la espalda del cadáver ambulante, mientras el guardián disparaba el virote contra la mujer herida. No dudó: a esas alturas, cualquier herida hecha en la última semana era potencial condena. El combate duró segundos, pero el ruido atrajo nuevos ecos: los gemidos erráticos reverberaron en el hueco de la escalera.
Sin tiempo para vacilar, Isaac llenó su mochila con frascos de amoxicilina, vendas y pastillas de paracetamol. Echó la botella de insulina aunque no la necesitaba—quizás podía cambiarse en el mercado de trueque. El guardián, malherido en un brazo tras forcejear, recogió su ballesta y unos frascos de morfina. “Saldrán por el patio trasero. Yo iré por el tejado. Que la fiebre no mate a tu hermana.”
Un grito, esta vez lleno de ira animal, sacudió las paredes. Los supervivientes habían atraído más muertos, y quizás algún humano que no buscaba medicinas, sino botines de carne y sangre. Isaac corrió por el pasillo contrario, saltó una ventana y cayó en un basurero repleto de bolsas destripadas y papeles mojados. El hedor lo mareó, pero le permitió avanzar entre el caos sin ser detectado, mientras las hordas que invadían la farmacia se abalanzaban por el ruido, ignorándole pues la senda del silencio es la mejor aliada del cazador que huye.
* * *
El regreso fue aún más peligroso: la mañana, antaño momento de seguridad, era ahora una transición peligrosa. Los zombis antiguos reducían su figura a siluetas arrastradas, y los humanos hambrientos acechaban en las esquinas como lobos que nunca aprendieron a confiar. Isaac avanzó de patio en patio, ocultando el botín bajo una vieja puerta de madera cuando escuchó disparos a lo lejos. Un grupo de saqueadores, armados con hachas y la voz de mando de una mujer de carne reseca y manos llenas de cicatrices, iban rebuscando entre las casas, saqueando no solo medicina sino también personas que pudieran vender como esclavos más allá de los límites de Dallas.
Isaac se ocultó, apenas respirando. Cuando al fin se dispersaron, emergió y aceleró el paso. Al llegar al edificio de apartamentos de Oak Cliff, llamó la contraseña—tres golpes y un silbido, grave y corto. El portón oculto se abrió. Nora, con las mejillas sonrojadas de fiebre, lo esperaba detrás de una barricada de muebles y colchones. Isaac rompió la amoxicilina, midió la dosis con las instrucciones que recordaba y le dio a la niña el primer sorbo de líquido mezclado con agua.
Media docena de sobrevivientes se acercó. Uno era Jamie, antiguo farmacéutico, que lloró al ver la insulina y el paracetamol. “Esto nos da otra semana. Quizás para todos,” murmuró. Isaac compartió el botín, reservó media caja de vendas para los heridos recientes y se sentó al fin, extenuado.
“Dallas no volverá a ser como antes,” pensó, escuchando los truenos lejanos de disparos y chillidos entre las calles. Pero el verdadero acto de cacería no era ya contra muertos o animales, sino contra el tiempo mismo, cada día luchando por arrancar a la muerte unas horas más de vida para quienes sobrevivían.
Esa noche, mientras el viento ululaba entre las ruinas y los sobrevivientes compartían pan duro y risas breves, Isaac sintió que sí existía una cacería más profunda que la de la medicina o la carne. Era la caza de la esperanza, una presa indómita y frágil a la vez. Y en Dallas, entre escombros y farmacias saqueadas, ese trofeo era, quizás, el más valioso de todos.
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