Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Incubación
Septiembre zombie
Brote
Operación ocaso
Portada del relato La Plaga y la Gran Muralla de Texas
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Fragmento:


El protocolo era rígido: nadie, absolutamente nadie, cruzaba los barbacanas del Puente Grande sin ser inspeccionado y desarmado. Sin embargo, los jinetes mostraban claramente insignias de la Confederación de Las Nuevas Ciudades. Uno de ellos, una mujer envuelta en un poncho raído, se adelantó mostrando las manos vacías.

Duración: 12:05

La Plaga y la Gran Muralla de Texas
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2029

Había pasado ya tanto tiempo desde que las luces de neón de Dallas habían iluminado la noche como estrellas artificiales, que la gente difícilmente recordaba cómo eran en realidad. Ahora, la ciudad palpitaba con una vida distinta: la de los generadores hidráulicos resucitados en el Trinity River y el murmullo sordo de los molinos de viento improvisados en viejos tejados, la de pasos de patrullas, el chirrido de ruedas de carretas reforzadas, y las cero y una notas de código Morse entre puestos de vigilancia.

Asomada tras un parapeto de sacos de arena y placas de acero corroídas, Zoe ajustó la mira del viejo fusil Winchester. Su padre le decía que ese rifle era más viejo que ambos, pero de algún modo seguía disparando, cuando la ocasión lo requería. Vigilaba la autopista I-30, ahora una cicatriz polvorienta que cortaba la urbe amurallada. El asfalto, quebrado y tapizado de maleza, se alejaba como el recuerdo de la vieja Dallas—la que solo pervivía en cuentos que los adultos evitaban contarle a los niños pequeños.

Esa mañana, como otras tantas desde hacía meses, una niebla viscosa cubría la ciudad hasta la mitad de las torres abandonadas del centro. El grupo de Zoe controlaba el acceso este, el “Puente Grande”, donde una vez miles de autos aceleraban hacia la urbe. Ahora era una arteria por donde deseaba que solo pasaran comerciantes de Tyler o refugiados rezagados, pero siempre quedaba la posibilidad de que apareciera algo peor. La calma era siempre precaria.

A dos metros de Zoe, el coronel Morales ajustaba su boina roja y le pasaba lista a su grupo. Consideraban a Morales su autoridad natural, aunque nadie recordaba muy bien si realmente era ex militar o solo uno de los primeros en tomar el mando tras la caída. Su voz rasposa se elevó por encima del rumor de la brisa texana y las gaviotas que cruzaban en dirección al lago Ray Hubbard.

—Siete minutos para el cambio de guardia. ¿Todo tranquilo, Zoe?

Ella asintió. —Nada por aquí. Hace días que no vemos movimiento de hordas. ¿La radio ha dicho algo nuevo?

Morales negó con la cabeza. —Sólo que la caravana de Austin llegará tarde. Niegan problemas, pero ya sabes cómo es… Siempre dicen que todo es seguro hasta que ves venir la nube de polvo sobre el asfalto. Y el transmisor de Fort Worth volvió a fallar.

A lo lejos, un grupo de mulas asomaba entre la niebla: seis figuras sentadas sobre animales robustos, seguidas de una carreta protegida con planchas de acero y escoltada por un par de jinetes armados. Llevaban una bandera blanca, un gesto formal en tiempos donde la traición podía costar vidas y recursos incalculables.

—Tengo contacto, —avisó Zoe.

El protocolo era rígido: nadie, absolutamente nadie, cruzaba los barbacanas del Puente Grande sin ser inspeccionado y desarmado. Sin embargo, los jinetes mostraban claramente insignias de la Confederación de Las Nuevas Ciudades. Uno de ellos, una mujer envuelta en un poncho raído, se adelantó mostrando las manos vacías.

—¡Traemos semillas y herramienta para intercambiar!— gritó con voz clara.

Morales bajó el fusil y levantó el puño, señal de alto. Había un clima de tensa cordialidad en aquel gesto. Las mercancías pasaban a través de intercambios estrictos y códigos de honor inquebrantables, custodiados por la mutua convicción de que cualquier ruptura podía apagar el frágil renacimiento de la civilización que había comenzado hacía apenas unos años.

Zoe soltó una breve exhalación. No podía creer lo rápido que aprendieron todos a vivir en ese mundo de desconfianzas y asedios, de pactos y traiciones. En su mente asomaron los relatos de sus padres: el colapso, la ley marcial, la caída de las autopistas y aeropuertos, la desaparición del internet, los días en que los zombis eran más que una molestia residual. Ahora, nueve de cada diez zombies estaban podridos y torpes, cadáveres andantes incubando putrefacción por años. Pero aún quedaban hordas pequeñas y, lo verdaderamente peligroso, grupos de saqueadores y fanáticos religiosos que veían en la violencia el único modo de redención.

La caravana pasó la inspección con disciplina. Zoe pudo atisbar sacos de cereales, herramientas tan relucientes que debían ser recién forjadas, e incluso una caja de baterías reacondicionadas. Cuando los comerciantes se retiraron a preparar su tienda improvisada dentro del refugio de los “jazzeros”, un club de Deep Ellum recuperado por las patrullas, Morales le hizo una seña a Zoe para que bajara del muro.

—Te he visto inquieta estos días, —le dijo el coronel mientras tomaban café de achicoria sentados junto a un barril convertido en fogón. La mirada de Morales recorría el horizonte, más allá de la defensa de sacos, como si seguía vigilando incluso cuando no estaba de guardia. —¿Temes un ataque? ¿O piensas en los rumores de una horda que viene del sur?

Ella negó de inmediato. —No es eso. Pienso en… el futuro. Llevo escuchando que estamos reconstruyendo hace años, pero veo las mismas caras cansadas, las mismas dudas en la radio, los mismos pactos que parecen que van a romperse en cualquier momento. Solo los niños que nacieron aquí, dentro de los muros, parecen no tener miedo.

Morales asintió. —La memoria es un arma poderosa, muchacha. Pero el miedo también preserva. Quizá nuestros nietos ya no necesitarán esta desconfianza. Mientras tanto, nuestro trabajo es que lleguen vivos hasta allí.

Su conversación se vio interrumpida por el chirrido de una bicicleta que descendía por la cuesta cercana al río. Olivia, la encargada del sistema hidráulico, detenía el vehículo de ruedas recauchutadas con admirable equilibrio. A sus veintinueve años, vestía un overol de mezclilla decorado con parches, sellos y hasta chatarra reciclada, y portaba un machete al cinto.

—¡Tenemos noticias!, —anunció sin perder el aliento—. La hidroeléctrica del lago Lewisville está a punto de reconectarse. Si logramos estabilizar la red, encenderemos el alumbrado dentro de una semana en todos los sectores del lado este.

Morales sonrió por primera vez en la mañana. Zoe quiso saltar de alegría; su casa quedaba justo en el sector este, donde las velas escaseaban y las linternas se vendían a precios astronómicos. El “lujo” de la luz eléctrica de modo constante era la promesa de seguridad, de noches menos largas y oscuras, de aprender a dejar de temerle tanto a la noche.

Olivia bajó la voz. —Pero hay un problema. Uno de nuestros vigías observó movimiento cerca del Parque White Rock. No eran zombis. Demasiado organizados. Esa zona quedó parcialmente desalojada hace meses, pero… podrían ser saqueadores o, peor, fanáticos. Los hermanos del Final han estado dejando símbolos en los muros del lago. Creo que buscan templos para sus rituales.

Zoe miró a Morales en busca de instrucciones, pero fue Olivia quien tomó la iniciativa.

—Necesito un par de voluntarios. No para combatir: solo para estudiar el terreno. Lleva días eligiendo a gente joven para las patrullas, Zoe, y tú conoces ese parque mejor que nadie. Si puedes ayudarme, te lo agradeceré.

La joven asintió. Olivia, Zoe y un tercero, Anthony—un ex estudiante universitario convertido en rastreador—, partieron al mediodía. Vestidos con camisas de camuflaje, chalecos reforzados y armados con cuchillos y ballestas, cruzaron antiguos barrios donde mosaicos coloridos y eslóganes oxidados recordaban otros tiempos: “Dallas Strong”, “Texas Forever”; promesas de unidad que el Apocalipsis había forjado a fuego, sangre y cenizas.

Cruzaron la zona de Lower Greenville en silencio. Algunos solares estaban cubiertos de jardines improvisados; otros, por esqueletos de autos y estructuras viviendas que el paso de las hordas nunca había permitido reparar. Llegar al White Rock Lake era como visitar una selva olvidada. Donde antes había senderos para bicicletas, ahora trepaba la maleza y árboles se arqueaban hacia el agua. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el lejano graznido de un chotacabras o el bramido de algún animal merodeador.

Anthony apuntó alrededor. —Mira las señales, —susurró, y señaló una secuencia de símbolos pintados en un banco de madera semiderruido: círculos cruzados por flechas.

Olivia frunció el ceño. —Los he visto antes. Esos son del culto del Final. Usan las rutas del lago para moverse. Necesitamos informar de inmediato.

Pero antes de iniciar el regreso, Zoe distinguió una figura humana asomando entre los sauces cercanos al embarcadero. Era una mujer, delgada, de cabello sucio cayendo sobre la cara. Vestía ropa militar improvisada y llevaba a una niña de la mano. Ambas se tambaleaban, pero su caminar no era el errático de los zombis: avanzaban con cautela.

Olivia mostró la palma abierta, el saludo estándar de los pacíficos. La mujer se detuvo, levantó las manos y la niña hizo lo mismo. Zoe se adelantó lentamente.

—¿Están solas?, —preguntó.

La mujer asintió. —Las encontramos anoche afuera del muro del estadio. Nos perseguían los “hermanos”. Tomaron a mi esposo. No sé si vive. Solo quiero entrar. Ayuda…

Olivia asintió con lentitud. —Debemos llevarlas y avisar en la radio. Pero venid muy despacio; debe haber vigilancia cerca.

Mientras se aprestaban a regresar, oyeron disparos a la distancia, cerca del viejo acueducto. No se detuvieron a investigar; avanzaron tan rápido como les permitían las zarzas y los troncos caídos. Cuando llegaron a la garita más cercana de la zona segura, el sol se estaba ocultando y la mitad de la ciudad ardía con los colores de la tarde, naranjas y sangres profundos.

El control de acceso era vigilado por dos adolescentes, armados con pistolas viejas. Inspeccionaron rápidamente a las recién llegadas y las dejaron pasar. Olivia activó la radio, envió un informe codificado, y rezó porque Morales oyera toda la información antes de que la interferencia nocturna perturbara las ondas.

—¿Quiénes son estos “hermanos”?, —susurró Zoe.

La mujer abrazó a la niña, temblando. —Cazan a quienes no obedecen. Dicen que son los elegidos por la enfermedad. Llevan tatuajes, rezan, llevan siempre una bandera negra con círculos… Queman libros, siembran cadáveres para atraer a los infectados.

El relato fue interrumpido por un suave zumbido: las luces del sector este comenzaron a encenderse una tras otra, como luciérnagas artificiales reclamando la noche. Un murmullo excitado recorrió el refugio cuando por primera vez en años la oscuridad no era completa. Zoe sintió una oleada de esperanza tan intensa como el miedo que acababan de traer de White Rock Lake.

Morales los encontró en el club “Blue Note”, transformado en sede administrativa, mientras la comunidad se organizaba para montar una expedición armada y rastrear el posible nido de los fanáticos. Tamañas decisiones no se tomaban a la ligera: un ataque frontal podía atraer hordas de infectados. pero ignorar la amenaza podía reavivar el terror en la estación más oscura del año.

Sentados junto a una mesa iluminada por una bombilla, Morales dio la orden de enviar exploradores nocturnos. —Cada vez que avanzamos un paso adelante, recordad lo fácil que es retroceder dos. Pero mientras haya luz—y señalando las primeras farolas encendidas tras las murallas—, mientras haya coraje, Dallas no caerá. Lo peor ha pasado. Ahora somos nosotros quienes contamos la historia.

Zoe salió justo a tiempo para ver a una docena de niños bailar bajo el incipiente resplandor, lanzando gritos de júbilo y palabras nuevas, que hablaban de luz, de futuro, de días mejores. Sus padres los miraban con una mezcla de incredulidad y orgullo.

Por primera vez en años, Dallas parecía un lugar donde, bajo la amenaza persistente de la plaga, la humanidad no solo sobrevivía. Había empezado, al fin, a vivir de nuevo.

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