Fragmento:
Hoy me tocó inspeccionar las defensas de Deep Ellum. Hace años que no entramos a celebrar conciertos ni probar los briskets bajo luces de neón. Ahora los locales son refugios para los turnos de noche: camas hechas de mantas y tablones, pequeños calabozos donde los centinelas duermen en turnos iguales.
Duración: 11:09
21 de Julio de 2027
Me llamo Owen Bellamy, y este es el sexto verano tras el invierno perpetuo que, para muchos, comenzó en marzo de 2020. No nací para ser cronista, mucho menos héroe; fui gerente de una tienda de herramientas en Plano, al norte de Dallas, antes de que el mundo se rompiera en pedazos. Ahora, llevo este cuaderno como si fuera uno de esos amuletos mexicanos de buena suerte: una promesa de que, si sobrevivo, otros podrán recordar lo que fue y lo que somos hoy.
Mi relato empieza al alba, a las cinco y media, cuando los gallos —sí, hay gallos otra vez en la vieja ciudad— anuncian la llegada del día. Camino la muralla desde el puesto sur hasta el este, de vigía, con mi fusil Garand restaurado colgado en el pecho. Allá abajo, donde antes rugían vehículos en la interestatal 30, veo campos de maíz y trigo, surcos de girasoles, y a lo lejos, a la izquierda de la sombra raída de lo que fue Reunion Tower, circulan los primeros carros tirados por bueyes, las ruedas reventando charcos formados sobre el asfalto reventado.
Dallas no es la Dallas de la que escriben los libros. Poco queda de pantallas luminosas, de campanarios de iglesias ardiendo en Navidad, de los partidos en el AT&T Stadium. Las ruinas han sido barridas, los huesos esparcidos. La ciudad que sobrevive es una fortaleza: cinco kilómetros de muros de bloque, alambradas y barbacanas improvisadas, con portones de acero fundido de viejos hospitales y camiones encastrados. Cada sección está pintada cristalinamente con los emblemas de nuestras milicias: la Estrella Solitaria, el cráneo de longhorn en llamas, la bandera de la Nueva Confederación Occidental (NC Occ), que no es más que un trapo teñido con pintura ferrosulfatada pero significa esperanza.
Hoy me tocó inspeccionar las defensas de Deep Ellum. Hace años que no entramos a celebrar conciertos ni probar los briskets bajo luces de neón. Ahora los locales son refugios para los turnos de noche: camas hechas de mantas y tablones, pequeños calabozos donde los centinelas duermen en turnos iguales.
En la muralla me encontré con la patrulla de Rebecca Cadwell, la “Jefa” para todos menos para su hijo pequeño, Jacob. Su sombrero de vaquero, teñido de marrón oscuro por el sudor, tiene la flor de lis, legado de su abuela. Ella encarna lo que es liderar aquí: dura, justa, capaz de levantar con una mano el ánimo y con la otra el rifle, si hace falta.
—¿Todo limpio? —pregunta, su mirada se pasea por el horizonte de rejas, alambres y campos sembrados.
—De momento, sí. Solo oí dos disparos esta madrugada. Uno fue de cazador en el norte. Del sur, suele haber problemas cuando cruzan forasteros en busca de comida.
La radio crepita en el bronco de la garita principal:
“¡Atención, patrulla uno! Informe visual de movimiento en el ramal oeste, cerca del río Trinity. Aproximadamente seis figuras, lento avance, parecen desarmados. Confirme si son marchantes o rezagados”.
Rebecca maldice en voz baja.
—Otra vez nómadas, seguro —me dice—. Siempre llegan en grupos pequeños por el oeste. Hay que salir a recibirlos antes de que se metan entre el maíz.
Y allí vamos, cuatro personas armadas; para estos tiempos, es casi un desfile. Salimos por la poterna de madera, con la bandera blanca de cordialidad ondeando en una caña. Lo que antes era una autopista hacia Fort Worth es ahora territorio de sorteo diario: puede ser libre o el infierno encarnado.
A unos doscientos metros nos topamos con el grupo: ancianos en harapos, una mujer embarazada, tres niños sucios, un hombre delgado que lleva lo que fuera una clásica mochila militar. No son saqueadores ni bandidos—parecen almas errantes, más asustadas que peligrosas. Uno de los niños tiene una tos seca, que me revuelve los miedos viejos: esa tos, ese jadeo, fundó las leyendas de la plaga.
Rebecca saluda, firme y clara.
—¿De dónde vienen?
—De Arkansas —dice el hombre—. Cruzamos Texarkana y el Red River hace diez días. Hemos perdido familiares, pero logramos evitar las grandes hordas.
Los revisamos; ni mordidas, ni fiebres, pero la desconfianza es ley. No hay abrigo espontáneo en Dallas: la supervivencia exige sospecha, control y, cada vez menos, un mínimo de compasión. A cambio de trabajo, comida y cuchillos, permitimos el ingreso de dos adultos saludables. El resto, por cuestiones de espacio y ley, los enviamos al campamento de transferencia fuera de la segunda muralla, donde los sanadores revisan a los posibles infectados y deciden si pueden integrarse.
Regreso con Rebecca al puesto de guardia. Sus ojos azules miran el horizonte más allá de nuestra zona clara. A lo lejos, la nube inconfundible de polvo y ceniza del sur: es la señal de otro asentamiento, quizás de una caravana de NC Occ.
Sentado en la alambrada, echo una mirada al recuerdo de Dallas: es como si la ciudad entera estuviera en proceso de curación, aunque la herida aún sangra. Entre los solares expropiados a la maleza, los niños juegan con pelotas hechas de trapos, mientras algunos adolescentes practican el tiro al blanco con arcos rudimentarios.
Vuelvo al “Foro”, el antiguo ayuntamiento transformado en sede de gobierno: tablones de madera sobre el mármol, nuevas ventanas hechas de botellas recicladas, banderas zurcidas en las paredes. Hoy es día de feria: comerciantes llegan con caballos, pequeñas carretas llenas de habas verdes, semillas, piezas de metal, lingotes improvisados de plomo fundido, arcos tallados a mano.
Observo el trueque: una esposa entrega dos gallinas a cambio de una pala reforzada; otro vende papel hecho a mano por sal a granel. El nuevo dinero es la promesa de supervivencia, lo tangible del hierro y la pólvora.
En la plaza, los niños se sientan en círculo mientras la señorita Flanders les muestra un libro encuadernado a mano: “Historia de Dallas, Anuario Escolar 2019”. Un texto tan valioso como cualquier fusil. Ellos escuchan, no comprenden del todo qué es la electricidad, ni por qué antes los hombres volaban sobre nosotros. Esos relatos son mitos; para ellos, la vida es un eterno ahora.
No todo es orden ni ferias de intercambio. Un incidente cerca de Lakewood: una banda de forasteros, cazadores nómadas, intentó saquear la reserva de agua. Los milicianos de la cuadrilla de Frank O’Malley lograron disuadirlos con dos tiros al aire, aunque quedó claro el deterioro de la ley en los márgenes del amurallado.
Por la tarde, participo en la reunión semanal del consejo de líderes. Hay representantes de los Barrios Altos, de Oak Cliff, y un puñado de delegados de los campos agrícolas extramuros. La discusión gira en torno a tres puntos: cómo asegurar la nueva cosecha ante brotes tardíos de “los lentos” (así llamamos a los zombis postrados que aún amenazan las afueras), cómo repartir la pólvora a las nuevas patrullas armadas, y cómo responder a las noticias de caravanas con bienes de México, que ofrecen remedios milagrosos a cambio de armas.
El turno de la palabra lo toma el doctor Vasquez, uno de los últimos médicos:
—La mayoría de los lentos ya no pueden morder ni correr, pero su putrefacción sigue contaminando riachuelos y, peor aún, asustando al ganado. No debemos bajar la guardia. Insto al consejo a planificar una purga sistemática de las zonas industriales, antes de que el calor del verano nos traiga otra ola de moscas… y quién sabe cuántos problemas más.
El pastor Jenkins, al mando de la cuadrilla de norte, sugiere lo que muchos temen:
—Hemos fabricado más munición, nuestras patrullas resisten, pero los forasteros han aprendido a copiar nuestra señal de luz. Sufrimos dos asaltos la semana pasada. Pido que aumenten los turnos dobles.
La discusión se tensa; el hambre, la fatiga y la sombra de la violencia siempre acechan detrás de cada decisión. Es martes, y cada martes enfrentamos la pregunta: ¿cuánto más podemos crecer antes de volvernos vulnerables? ¿Dónde trazamos la línea entre solidaridad y supervivencia?
Anochece; desde mi ventana veo los fogonazos de las antorchas, el silbido de la brisa sobre los tejados de hojalata. Las cigarras siguen cantando, como siempre. El sonido de la vida, aunque sea después del desastre, reconforta. Le doy las buenas noches a mis vecinos, paso por un puesto de control y escucho la última señal de la radio local:
“…La ciudad de Tyler reporta calmada. Caravana de Waco llegó sin incidentes. Se agradece a la cuadrilla quince por proteger la cosecha este fin de semana…”
En mi cuarto, repaso el inventario: tres latas de chiles, arroz salvaje cosechado en los humedales, el último lápiz casi gastado, dos carbones para escribir. Aparto una espada improvisada debajo de la almohada, una costumbre de estos tiempos, aunque aquí dentro los zombis son menos amenaza que los sueños de lo que hemos perdido.
Antes de dormir, pienso en la relación con las nuevas generaciones. Los nietos de mi vecina Arlena nunca conocieron el cine, ni los juegos electrónicos, ni la sensación de ir a la escuela en bus amarillo, escuchar la voz del maestro a través de un altavoz. Para ellos, el mundo es este, de muros y cosechas, de relatos en torno al fuego, de lluvias esperadas y tormentas temidas con la esperanza de que los zombis no se animen durante las noches húmedas.
Esta mañana, al volver a guardar el diario en mi mochila, noto a Jacob, el hijo de Rebecca, sonriente, cubierto de tierra hasta las orejas porque en la huerta halló una vieja placa de sheriff. Para él, es un tesoro. Para mí, un recuerdo de que alguna vez pensamos que la ley bastaría para asegurar el futuro.
En Dallas, la ley ahora es la comunidad; la fe, el esfuerzo diario. No hay redención, pero sí reconstrucción. Los lentos son solo lo que queda de nuestra antigua arrogancia. Los verdaderos desafíos están en las manos y mentes de quienes quedan.
Mañana será otro día de patrullas, trueque y reconstrucción. Sobrevivimos, porque el mundo, aunque partido, todavía gira. La vida avanza, y los muros, al final, no están hechos solo de ladrillos y cemento, sino de esperanza, a fuerza de memoria y trabajo.
Firmo esta página, esperando que alguien la encuentre en el futuro y comprenda que no todo fue desesperanza. Que incluso entre ruinas, en la Dallas de 2027, supimos reconstruir el hogar, ladrillo a ladrillo, entre el maíz y el sol ardiente del sur. Que la plaga no nos quitó la vida —sólo nos obligó a recordarla y reinventarla.
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