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Portada del relato Los ecos del muro de Trinity
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Fragmento:


Para cuando el sol del otoño tejano apenas colorea las torres maltrechas de la antigua downtown Dallas, la vida en el refugio de Trinity ya se ha vuelto rutina. La gran ciudad, antaño símbolo del progreso del sur, es ahora sombra entre sombras, con sus avenidas conquistadas por la maleza y los esqueletos retorcidos de automóviles y tranvías. Desde hacía meses, el viento frío arrastraba el polvo por las calles vacías de Main Street hasta los bloques amurallados de la comunidad de supervivientes que aprendió, tras años de caos y muerte, a llamar “hogar” a este fragmento de Dallas.

Duración: 11:08

Los ecos del muro de Trinity
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Texto de ajuste de pausa.

17 de noviembre de 2026

Para cuando el sol del otoño tejano apenas colorea las torres maltrechas de la antigua downtown Dallas, la vida en el refugio de Trinity ya se ha vuelto rutina. La gran ciudad, antaño símbolo del progreso del sur, es ahora sombra entre sombras, con sus avenidas conquistadas por la maleza y los esqueletos retorcidos de automóviles y tranvías. Desde hacía meses, el viento frío arrastraba el polvo por las calles vacías de Main Street hasta los bloques amurallados de la comunidad de supervivientes que aprendió, tras años de caos y muerte, a llamar “hogar” a este fragmento de Dallas.

Mi nombre es Alma Pineda y tengo veintiocho años. Nací en otra era, cuando la idea de que muertos caminaran por el mundo no era más que retorcido entretenimiento de cine. Las cosas cambiaron en unos pocos meses hace seis años y medio, y desde entonces la ciudad pasó del bullicio constante al lamento bajo las lunas llenas. Dallas cayó, resurgió en pedazos y, como las demás ciudades del mundo, sólo es ahora un eco de lo que fue.

Desde que los zombis comenzaron a decaer, los habitantes de Trinity se han permitido respirar sin la presión constante de una amenaza inminente. La mayoría de los infectados —si es que aún los hay— están encasillados en los suburbios devastados, torciendo sus cuerpos podridos por las avenidas del extrarradio, lejos de nuestros muros. Pero nadie es tan ingenuo de bajar la guardia. Las recientes alianzas regionales con Garland y partes de Fort Worth nos ha otorgado cierto margen; tenemos ejércitos pequeños, bien entrenados, y rutas de intercambio. Pero también han llegado nuevos peligros: pandillas errantes, bandidos de carretera, y el rumor constante de que, en algún sitio, los restos del gobierno tejano intentan alzarse de nuevo, armados y sin piedad.

Me levanto antes del amanecer. En este refugio, los horarios se dictan por turnos, por cansancio, por la luz y no por relojes. Caminé por el pasillo improvisado de sacos de arena junto al muro sur, escuchando el repique de los martillos; la pequeña “brigada de fortificación” se ocupa en reforzar un portón con lo que queda de señales de tráfico y puertas arrancadas de casas. Los chamacos mayores cargan sacos, mujeres robustas reparten café hirviendo hecho de semillas raras, y de fondo, los perros rastreadores olfatean el aire buscando el hedor familiar de la muerte. Hace años que aprendimos a asociar ciertos olores con el desastre.

Mi labor es de enlace: reúno informes. Cada asentamiento desde Oak Cliff a Deep Ellum envía mensajes escritos y señales de código con espejos o linternas de manivela. He dedicado tres años a este trabajo de mensajera y rastreadora, y sé que la ciudad es una cuerda floja: lo que hoy es seguro mañana puede convertirse en trampa mortal. Un zombi viejo, apenas pie, puede alertar a una pandilla de forasteros hambrientos; un desacuerdo entre nuestros propios patrulleros puede estallar en violencia por tonterías o por miedo. Y estos días corren rumores de que en los límites noroeste han saqueado una caravana de alimentos.

Hoy tengo una misión angustiosa: partir al refugio de Lovers Lane y llevarles un cargamento de penicilina fabricada en laboratorio casero. No es gratis: a cambio, nos cederán sacos de trigo procesados y dos generadores manuales. Aprovechando el anuncio de la reciente “Ruta Verde” —un camino despejado y protegido entre Trinity y Lovers—, se me ordena partir con cuatro compañeros armados, atravesando la franja más hostil de la ciudad, justo al borde donde, según el último mapa, aún podría haber zombis y, peor, patrullas rivales.

Salimos con las primeras luces. Luis, el líder de la escolta, revisa su rifle casero y se coloca un viejo casco de ciclista reforzado con placas. Sofía, jovencita aprendiza de boticaria, ajusta una mochila a la espalda donde guarda la arcana penicilina, envuelta en trapos y cajas de madera. Nicolás y Jorge, dos hermanos callados, cargan lanzas y bolsas con herramientas. Las armas de fuego, incluso las más rústicas, aquí son tesoro escaso, así que vamos preparados como lo hacían los exploradores del siglo XIX, confiando en el sigilo y la observación más que en la pólvora.

Descendiendo por los antiguos pasos elevados de I-35, vemos cómo la ciudad se divide entre las zonas de cultivo y las ruinas inquietantes. El antiguo distrito financiero es ahora selva vertical, con enredaderas cubriendo la entrada a los grandes bancos donde jamás volverán a circular millones de dólares. El grupo avanza en silencio. Vamos atentos, ojos y oídos alerta. De vez en cuando, Sofía susurra una señal y nos detenemos: un ruido, un grito lejano, el chasquido de ramas.

Al llegar a Oak Lawn, el primer obstáculo aparece. Una barricada improvisada, probablemente de saqueadores, corta el paso. Restos de neumáticos arden, llenando el aire de humo. Luis nos hace señas; nos apartamos y bordeamos por una avenida secundaria. Vemos cadáveres recientes, humanos caídos en algún altercado de la semana anterior. Nadie se atreve a acercarse, los cuerpos abandonados pueden atraer tanto a carroñeros como a infectados.

Durante una hora la tensión es agobiante. Cruzamos una tienda de conveniencia saqueada, donde los estantes aún conservan algunas cajas destrozadas rotuladas en árabe, testimonio de la globalización previa. En la parte trasera, ratas del tamaño de gatos hurgan entre basura putrefacta. Luis nos hace avanzar con prisa, temeroso de que el olor levante a alguna criatura olvidada. Más adelante, en la esquina con una vieja lavandería, oímos los quejidos y lamentos de uno de los llamados “quedados”: zombis demasiado antiguos, que apenas logran arrastrarse, atrapados en el lodo. Una silueta gris se revuelca a unos metros, intentando alcanzar a un pájaro que picotea su mejilla podrida.

Decidimos ignorarlo. La consigna no escrita en Dallas es evitar riesgo innecesario: un disparo sólo atraerá más peligro, y a estas alturas, no queda compasión para los muertos animados.

Alcanzamos el perímetro de Lovers Lane a media mañana. El refugio está protegido por muros de madera, vigas rescatadas de viejos almacenes, sostenidas con clavos grandes. Hay un foso angosto lleno de basura afilada, y una torre de vigilancia donde un hombre con gafas oscuras apunta con un fusil improvisado hacia nuestra llegada. Nos identificamos. Esperamos, el grupo tenso, hasta que Sofía levanta las manos y muestra el estuche de penicilina. Tras unas palabras rápidas, nos permiten cruzar sobre un tablón y, de inmediato, varias personas nos rodean; parecen aliviados.

Dentro, la vida tampoco es fácil pero se siente menos lúgubre. Hay huertos en la azotea de un viejo estacionamiento, un pozo rudimentario con sistema de poleas, y hombres y mujeres trabajando en máquinas de mano fabricando telas o piezas de metal. Un niño pequeño se nos acerca, se aferra a la pierna de Sofía y pregunta si “ya se acabaron los monstruos”.

Los líderes del refugio son cautelosos, pero tras revisar la medicina y asegurarse de que no somos espías ni saqueadores, nos invitan a comer pan áspero y carne seca. Mediamos el intercambio: penicilina por trigo y generadores. Me permito mirar alrededor. Aunque falta mucho para volver al mundo de antes, hay señales de reconstrucción: una pequeña escuela bajo una lona, donde una mujer de pelo gris enseña a niños a leer con libros fotocopiados en hojas recicladas. Un mural, hecho con pigmentos rústicos, muestra los nombres de los caídos el último año, junto a dibujos de girasoles y de la vieja esfera de Reunion Tower.

Comemos y descansamos un rato. Un hombre me pregunta cómo están las cosas en la zona de Bishop Arts. Le respondo que el muro sur de Trinity está firme, que la cosecha fue buena, y que un pequeño grupo intenta recuperar el sistema de riego improvisado a partir de cañerías viejas. Se queja, resignado, de los bandidos cruzando Mockingbird Lane, que han atacado dos caravanas y matado a un primo suyo. Me promete que transmitirán un mensaje de alerta en la próxima señal nocturna de código.

Es hora de partir de regreso. Recorremos el mismo camino, atentos a cualquier cambio: señales de lucha, huellas nuevas, puertas abiertas donde antes no las había. La ciudad es impredecible. Al cruzar cerca de Turtle Creek, oímos un disparo solitario. Todos se petrifican. Luis nos apura. El disparo ecoa, arrastra consigo otros sonidos: gritos, otra detonación. Nos ocultamos detrás de un carro oxidado. A la distancia se ven figuras, corren, se ocultan en los escombros. Una bala pega cerca. Entendemos que no estamos solos. Probablemente son una de las bandas errantes, atraídas por el comercio entre refugiados.

Luis decide que bordearemos el lago, aunque ello suponga entrar en una zona semiabandonada donde podrían quedar zombis. El corazón me golpea el pecho; me viene a la mente la imagen de las viejas noticias, las advertencias de no confiar en ninguna calma. Pero mejor arriesgarse con los muertos que con vivos empeñados en matarnos por un saco de trigo.

Cruzamos por un viejo puente. De repente, olor a carne podrida. A nuestro paso, tropezamos con varios zombis apáticos, tan dañados por los años que ni siquiera pueden mantenerse en pie. Uno de ellos, vestido con un uniforme de policía casi destruido, nos mira con mirada opaca y hace un intento de levantar una mano huesuda. Luis lo elimina de un certero golpe en el cráneo; no por piedad, sino por seguridad. Avanzamos en silencio y salimos de la zona antes de que otros puedan percibir el alboroto.

Al llegar a las cercanías de Trinity, la tarde empieza a tornarse naranja. Las sombras se mezclan con las ruinas. Al divisar nuestros muros, sabemos que, al menos esta vez, conseguiremos volver con vida y con recursos. Pero también queda claro que la amenaza principal no es ya la de los zombis, sino la de los hombres que la desesperación convirtió en bandoleros. No hay garantías en este mundo: la vigilancia y la violencia son pan de cada día.

Ya dentro, tras cruzar la compuerta y dar parte del éxito de la misión, me permito sentarme y observar cómo, en el centro de la plaza, los niños juegan con una rueda de bicicleta reconvertida en trompo, mientras los mayores discuten bajo un cartel pintado a mano: “Aquí comienza de nuevo Dallas.” Pienso en los aliados que tenemos, en los mensajes codificados que cruzan ahora los tejados, en la promesa de que mañana habrá trueque y puede que menos hambre. Todo es precario. Pero entre el frío, los peligros y la memoria de los que no están, algo parecido a la esperanza todavía se mantiene, obstinada, en estos fragmentos de ciudad amurallada.

Cuando cae la noche y el generador parpadea para dar un poco de luz, escribo un informe para la jefa de Trinity: los acuerdos se han cumplido, el trigo fluye, la penicilina salva vidas, los saqueadores aún acechan. No hay tregua, pero hay progreso; poco a poco, número a número, Dallas recompone su propio y duro renacimiento, uno que sólo puede ser contado por quienes estamos aquí, aferrados a los muros, entre las cenizas de los días perdidos y los fuegos tibios del porvenir.

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