Fragmento:
Aquel día, la atmósfera en Dallas era tensa. Por el sur, rondaban rumores de un grupo nómada que había saqueado la pequeña aldea de Tarry Town hacía tres noches. Nadie confiaba en los forasteros. Sin embargo, cuando la caravana de Austin, que viajaba escoltada por tres jinetes y una camioneta Ford antigua reconstruida, se detuvo en las afueras de la ciudad, el consejo de Mirasol se reunió de inmediato. Dolóres, Martín y tres otros ancianos, junto con la joven Adalia —experta en medicina improvisada— decidieron recibirlos, armados pero sin mostrar hostilidad.
Duración: 12:40
12 de septiembre de 2028
Nadie recuerda ya cuántos años han pasado desde que Dallas dejó de ser una ciudad y se convirtió en un territorio salvaje de asfalto y ruinas. Algunos sobreviven porque nunca se acostumbran. Otros, porque aprendieron a olvidar lo anterior, la vida de antes, cuando la ciudad respiraba y el único miedo eran las tormentas o el calor extremo. Ahora, hasta el clima parece haber cambiado, aunque dicen que las estaciones siguen su curso en el bosque y en el llano. Pero aquí, bajo el abrigo de los muros y las alambradas, solo hay dos estaciones: la de resistir y la de reconstruir.
Era septiembre, el aire tenía ese frescor inmenso que precede las primeras lluvias. En las afueras de Dallas, detrás de la antigua I-30, surgía la comunidad de Mirasol, una de las tantas que reclamaban rincones de la ciudad para amurallarse y sobrevivir. Las astas oxidadas ondeaban trapos blancos y verdes, símbolos de que aquí los forasteros podían negociar pero no entrar sin permiso. La muralla era una trenza inacabada de contenedores, camiones volcados y bloques de hormigón perforados por agujeros de bala. A ambos lados, en improvisadas garitas, observadores armados con viejos rifles Winchester y escopetas bien conservadas hacían guardia en turnos estrictos.
Mirasol había sido fundada cinco años atrás, en pleno auge de la violencia entre grupos nómadas y las pequeñas aldeas resistentes. Al principio, solo eran familias escondidas en sótanos, creyendo que podrían esperar a que todo pasara. Cuando se convencieron de que aquello no terminaría pronto, comenzaron a cavar trincheras, a: cerrar calles, a utilizar las casas de ladrillo rojo, antes orgullosas de su patio delantero, como bloques para una nueva estructura: defensa, vigilancia, supervivencia.
En una de esas calles, Dolores Estrada se levantó antes del amanecer. Sus cabellos, atrapados en un moño apretado, estaban más grises de lo que reconocía. En la vieja vida, había sido bibliotecaria en Oak Cliff, madre y esposa de un profesor de matemáticas jubilado. Ahora recorría la muralla de Mirasol de extremo a extremo, encargada de supervisar que todo estuviera en su sitio antes de que el sol quemara la llanura. Saludaba a los guardianes, revisaba las torretas, comprobaba que el depósito de agua, hecho con tanques recuperados, estuviera lleno. Sobre todo, se aseguraba de que la colina al este, donde aún vagaban algunos zombis rezagados, no estuviera demasiado cerca.
Los zombis eran menos que antes, pero el peligro nunca desaparecía del todo. “Una plaga residual”, decían los forasteros, como si los no-muertos fueran ratas salvajes o perros rabiosos. Pero Dolores sabía que bastaba uno para tornar cualquier noche en una carnicería. Los más antiguos apenas caminaban ya, podridos hasta los huesos, ojos sin luz, tropezando hasta volcarse y ser pasto de los cuervos o los jabalíes. Pero en los días calurosos, la infección podía reaparecer si algún viajero moría sin que nadie lo advirtiera. Bastaba una herida mal curada, un descuido en la vigilancia.
Al centro de Mirasol, el mercado se preparaba para abrir. Las viejas placas de la Universidad de Dallas colgaban sobre los puestos, relucientes de tanto sol y polvo. Era época de trueque: frijoles por balas, maíz por cuchillos, medicinas por semillas. El cultivo había mejorado desde que, hacía un año, encontraron en el sótano de una escuela unas cajas de semillas fechadas en 2018 y protegidas en sobres aluminizados. Gracias a eso, la comida ya no era solo ración y desesperanza. Ahora había tomates, cebollas, incluso sandías, y alguna vez, con suerte, berenjenas y calabacines.
Mientras el bullicio del mercado crecía, Martín Acosta, el herrero de la comunidad, golpeaba metal sobre un yunque improvisado. De una batería de coche vieja usaba la electricidad cuando no había sol. Tenía los brazos endurecidos por los años, la espalda marcada por antiguas cicatrices y las manos firmes incluso después de una década de golpear y soldar. Fabricaba todo con lo que contaba la comunidad: cuchillas improvisadas, puntas de flecha, palas, bisagras, cerraduras, y cuando la suerte le sonreía, alguna pieza de recambio para las bicicletas o los carromatos.
Aquel día, la atmósfera en Dallas era tensa. Por el sur, rondaban rumores de un grupo nómada que había saqueado la pequeña aldea de Tarry Town hacía tres noches. Nadie confiaba en los forasteros. Sin embargo, cuando la caravana de Austin, que viajaba escoltada por tres jinetes y una camioneta Ford antigua reconstruida, se detuvo en las afueras de la ciudad, el consejo de Mirasol se reunió de inmediato. Dolóres, Martín y tres otros ancianos, junto con la joven Adalia —experta en medicina improvisada— decidieron recibirlos, armados pero sin mostrar hostilidad.
Los forasteros traían buenas y malas noticias. Habían logrado cruzar el Bosque Nacional Sam Houston sin encontrar olas de zombis, lo que se celebró como una señal de que la plaga menguaba. Sin embargo, en la región de Tyler, una comunidad fue atacada por otro grupo humano: saqueadores, antiguos militares según decían, que cobraban peaje en las rutas más transitadas. Nadie era dueño de la seguridad en esa época.
Martín, que había vivido una juventud sin grandes sobresaltos, asistió a la reunión con expresión austera. —Debemos reforzar las patrullas nocturnas—, propuso. —Y advertir a las otras aldeas a través de las señales de humo o los ciclistas mensajeros. Si esos bandidos llegan hasta aquí, podríamos perder todo lo que hemos logrado.
Esa noche, Dolores patrulló con los jóvenes de la milicia. Dallas era un espectáculo desolador en la oscuridad. Los edificios del downtown, antes imponentes, perdían su majestuosidad y parecían mausoleos gigantes vigilados por la luna. Allá, la torre Reunión solo era un esqueleto de acero y cristal; el viejo puente Margaret Hunt Hill, oxidado, ahora actuaba de referente para los exploradores que intentaban orientarse en el mar de ruinas.
Durante la ronda, escucharon aullidos provenientes de la zona sur. Sabían distinguir los de los zombis de los de los lobos y coyotes. Los zombis, ahora escasos, se mantenían al borde del sonido, como si temieran adentrarse en territorios humanos. Pero los animales salvajes se habían acostumbrado a la presencia de los vivos y, a veces, cruzaban las barreras atraídos por el olor de los despensos.
Adalia, la médica, estaba en la enfermería improvisada; había aprendido mucho más de lo que alguna vez creyó necesario. Sabía improvisar antibióticos con mohos, coser con hilo de pescar, reducir fiebres con baños de agua y alcohol. Había perdido a su familia cuando intentaron huir a Oklahoma durante el tercer invierno de la plaga. Ahora, estaba decidida a que ningún niño muriera por algo evitable, ni ningún adulto por una herida infectada.
La vida en Mirasol seguía un ritmo marcado por el peligro, pero no exento de pequeñas celebraciones. El nacimiento de un niño representaba la victoria sobre el entorno hostil; cada cosecha, una fiesta en la que la comunidad se reunía alrededor de un fuego a compartir historias o simplemente el silencio del mundo que ya no era. La radio militar, alguna vez la única fuente de noticias, ahora apenas emitía transmisiones esporádicas desde Fort Worth o, a veces, desde lo que quedaba de Houston.
Un día, llegó un jinete solitario desde el este. Traía noticia de que habían despejado un tramo de las vías del tren y que grupos en Terrell pensaban intentar un trayecto experimental con una locomotora reparada. No era mucho, pero era algo: la promesa de conectar comunidades, de crear un corredor seguro para el intercambio. Dolores reunió a los líderes y envió dos mensajeros en bicicleta, con mapas dibujados a mano indicando posibles paradas, depósitos de agua y zonas inseguras infestadas aún por zombis lentos pero letales.
Para muchos, el mundo se había hecho pequeño e insoportablemente lento. Para otros, era oportunidad de escribir una nueva historia, aunque los libros ahora fueran sobre papel arrancado de cuadernos, y la tinta, mezcla de hollín y grasa. Las maestras, como la joven Marisela, reunían a los niños en el salón de la vieja biblioteca y les relataban historias: algunas ciertas, otras inventadas, todas necesarias para que recordaran que el mundo no siempre fue ruina y miedo.
Los zombis, cada vez más, eran vistos como parte del paisaje. Mirasol enviaba cuadrillas a limpiar los alrededores de la muralla: les ataban piedras al cuello y los lanzaban al fondo de charcas o los quemaban en fosas. A los niños se les enseñaba a reconocer el sonido peculiar de sus caminatas arrastradas y a no confiar jamás en ningún extraño que no conocieran por nombre y fe de vida.
En septiembre de 2028, el comercio prosperaba entre las comunidades más seguras. Las caravanas protegidas podían cruzar hasta cien kilómetros si el clima y la suerte lo permitían. Había trueque de alimentos secos, municiones, herramientas e incluso ropas. Una vez, una mujer de Amarillo llegó con un pequeño generador eléctrico y una radio vieja: la conectaron en la plaza de Mirasol y, durante tres noches, escucharon música gringa y viejos anuncios de un mundo extinto. Fue como si la ciudad entera, por un instante, recordara que todavía era posible bailar, aún si los bailes eran torpes y lentos sobre tierra batida.
La amenaza principal ahora era humana. Bandas organizadas de saqueadores, a veces agrupadas en reinos improvisados alrededor de líderes carismáticos, intentaban apoderarse de los pocos recursos disponibles. Las patrullas de Mirasol capturaron a dos de estos saqueadores una madrugada: muchachos andrajosos, armados con machetes y un viejo rifle inutilizado. En consejo, decidieron liberarlos tras despojarlos de sus armas y advertirles que cualquier intento de agresión sería respondido con cero piedad. Pero nadie era ingenuo. Sabían que la violencia era una moneda que se devaluaba con cada intercambio.
Sin embargo, en medio de la hostilidad, también surgían alianzas. Tres comunidades, Mirasol, Bosque Rojo y El Arroyo, pactaron un acuerdo de defensa y comercio. Ahora, los caminos entre ellas estaban señalados con marcas de cal y postes pintados de amarillo: si uno encontraba una señal caída, había que aproximarse con suma cautela, porque normalmente sonaba la alarma de algún ataque o de una oleada rezagada de zombis.
En la mesa del pequeño consejo, una noche, Dolores abrió un libro gastado: la Constitución de 2020, rescatada entre los escombros de la biblioteca pública. —Tal vez deberíamos pensar en escribir nuevas reglas —propuso—. No leyes tan rígidas como las del pasado, pero sí normas, acuerdos; algo que diga quiénes somos ahora, no solo para sobrevivir, sino para vivir un poco mejor.
Martín asintió y murmuró: —El hierro no aprende si no se golpea. Nosotros, igual.
La vida en Dallas, en septiembre de 2028, era dura, pero por primera vez en muchos años, no desesperada. Los niños corrían por las calles polvorientas, los adultos renovaban sus casas, plantaban, enseñaban, aprendían. Las amenazas no habían desaparecido del todo. Al contrario, la memoria de los años peores aún los mantenía alerta, a veces demasiado cautos, a veces cruelmente desconfiados. Pero la esperanza —ese bien escaso— parecía brotar de los mismos surcos en los que sembraban el futuro.
Fuera de los muros, la ciudad yacía en ruinas, cruel testigo de lo que sucedió cuando el mundo ardió y los muertos caminaron. Pero dentro de Mirasol, y en las comunidades alrededor, una idea renacía en cada saludo, en cada reparto, en cada historia contada al fuego: que incluso en la noche más larga, el día puede volver. Quizá Dallas nunca volvería a ser una metrópolis, pero ahora, bajo el cielo texano y tras cinco años de lucha, era casa de quienes elegían pelear por algo más que la supervivencia: la dignidad, la memoria y la promesa de un mundo nuevo.
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