18 de septiembre de 2026
Dallas solo existe en los recuerdos boicoteados de los que sobrevivieron a las primeras olas de caos. La gente se refiere todavía a la ciudad como un lugar, aunque ni las fronteras ni los nombres importan mucho; últimamente, los límites de cada sector cambian cada vez que una horda decide cruzar el río o cuando los clanes de las afueras intentan tomar lo que se resguarda tras las murallas internas. Yo nací aquí, dicen otros, como si ese "aquí" tuviera una forma definida o el pasado pudiera regresar solo porque uno lo nombre en voz alta.
Hoy amaneció ventoso, y eso, para quienes vigilamos el rumbo de las hordas no es un mal augurio: el viento desplaza los olores humanos y puede hacer perder el rastro a los zombis deteriorados, que más parecen fantasmas harapientos que hombres. "Plaga residual", murmura la radio militar cada noche, sí, pero nadie se arriesga a abrir puertas de más. Después de todo, el peligro —decía mi madre justo antes de morir y convertir su cuerpo en una advertencia— no desaparece, solo cambia de forma hasta que lo olvidas.
Estoy apostado en la parte alta de una bodega recuperada, un almacén que alguna vez sirvió para guardar hileras interminables de autos justos y sedanes de colores insípidos. Ahora hay camas rústicas, estantes con maíz, bidones de agua, redes de pesca remendadas y una hilera de anzuelos oxidados. El último grupo del este llegó hace tres días trayendo algo de leña y rumores de que Fort Worth finalmente había librado los siete bloques del Broadway. Uno de los líderes —el capataz, como nos obliga a llamarlo— dice que si las líneas de comercio no se rompen, tendremos al menos un mercado estable hasta el próximo invierno.
En la planta baja, más de veinte personas trabajan empaquetando maíz y chiles secos. Hay niños corriendo entre los adultos, portando cubos de agua y sacos de harina como si ese simple trajín fuera toda la vida posible. Son pocos quienes recuerdan los días en que se tomaba café en las esquinas del barrio de Bishop Arts, o cuando un tractor amarillo recorría los suburbios, recogiendo la poda de los jardines. Ahora todo es trueque o vigilancia, e incluso dormir es una tarea asumida por turnos y confiada, a lo sumo, al letargo propiciado por el agotamiento.
Hudson, un tipo de unos cincuenta años con la piel completamente tatuada, se acerca murmurando la lista de pendientes. Lleva el pelo corto y gris, la mandíbula siempre apretada.
—Hoy toca carga para el sur —dice, sin mirar exactamente a nadie—. Si los chicos cruzan el Trinity antes del mediodía, llegaremos a tiempo al intercambiador de la I-20.
—¿Cuántos vamos? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Seis y un chico joven, el del galpón de la esquina. La última vez respondió bien ante los disparos.
Eso significa que algo ha sucedido en los límites, pienso. Nadie lleva a los chicos a un cruce importante si no esperan problemas.
El grupo se prepara en cuestión de minutos. Mozos que apenas han superado la adolescencia y adultos mayores curtidos por el sol y el hambre, todos empuñando armas de fuego desgastadas, escopetas de cañón recortado y gruesos cuchillos construidos en algún taller improvisado. El aire huele a sudor y a hierro pulido, pero también a miedo. Nadie pronuncia oraciones ni improvisa arengas; lo que nos sostiene en movimiento es una disciplina básica: avanzar, observar, no encender luces, no responder a provocaciones. Dicen que los nómadas del sur han regresado tras perder una caravana en Waxahachie; los rumores de saqueo son persistentes, y las alianzas fechadas no duran nada.
Salimos de la bodega en fila cerrada, y el silencio de la madrugada se rompe solo cuando bajamos a la antigua Swiss Avenue. Allá, las viejas mansiones, ahora derruidas o tapiadas con ladrillos, alojan familias enteras solo protegidas por rústicos muros de madera y centinelas armados con ballestas caseras. A veces pasan días sin que una sola criatura, viva o muerta, cruce esta avenida. Pero Dallas tiene memoria: en los tejados todavía cuelgan banderas raídas, y algunos aún pintan símbolos en las puertas, recordando que hace solo seis años, toda la ciudad fue devorada por el grito y el fuego.
Nos movemos rápido, sobre todo por la costumbre: cuanto menos tiempo pase uno a la interperie, menos posibilidades de atraer mirones indeseados. El muchacho nuevo, al que llaman Ángel, se tropieza con una raíz de roble que asoma entre el asfalto levantado. Hudson lo ayuda a recuperar el equilibrio sin mirarlo directamente.
—No pierdas la pisada, chico —gruñe Hudson, como si una caída fuera sinónimo de castigo mortal.
Al llegar al cruce con Bryan Place hacemos una pausa rápida; dos de los nuestros exploran la zona mientras el resto cubre los flancos. Hay una vieja parada de tranvía convertida en puesto de intercambio. Un par de mujeres con sombreros de cuero custodian sacos de cebada, alineados junto a bidones de aceite de cocina reciclado; intercambian miradas cautelosas, pero no dicen una palabra hasta que nos reconocen. El respeto se mide en miradas, porque aquí nadie está a salvo. La mayoría sabe que a veces, la próxima comida depende de entregar lo que tienes, sin preguntas.
Alguien, desde una esquina, lanza una piedra. Ruido seco, y Hudson nos insta a avanzar sin mirar atrás. No hay más tiempo para demoras. El sol empieza a asomar y el calor será nuestra mejor defensa: los zombis viejos no resisten el mediodía, pero una horda rezagada puede acechar entre los inmuebles derruidos. Si bien muchos zombis apenas pueden caminar, aún pueden sentirse atraídos por un disparo accidental o los gritos de una pelea.
El río Trinity aparece entre los escombros como una cicatriz profunda. Los puentes viejos han sido reclamados por distintas facciones; solo nos queda el vado improvisado, cubierto por bolsas de arena y maderas. Dos hombres con rifles cuidan la entrada; uno parece dormido y el otro tiene una herida reciente en el brazo.
—Solo hasta mediodía —gruñe el de la venda—. Después de eso, si vuelven, los de la orilla norte pueden abrir fuego. Son órdenes del consejo.
El consejo es solo una palabra. La “autoridad” aquí dura lo que dura la comida o la pólvora. Intercambiamos unas cuantas mazorcas y un paquete de semillas de calabaza por el pase. Avanzamos finalmente hacia el sur, atentos a cualquier ruido. Cruzar al sur del Trinity es entrar en territorio áspero; los cultivos crecen mal, y los canales de irrigación rara vez funcionan, pero es el único camino para llegar al intercambio por municiones.
El aire se vuelve más denso y el calor anota su marca en la piel. Miro hacia el horizonte, donde alguna vez brilló el skyline de Dallas, todo acero y cristal. Ahora, solo quedan esqueletos de torres y manchas oscuras donde el fuego prendió hace años. Un cuervo pasa volando entre los alambres y se pierde tras un edificio parcialmente colapsado. Pienso que si sobrevivo a este año, ya no tendré memoria fiable de la Ciudad Vieja.
Llegamos a la zona de intercambio, en lo que alguna vez fue un pequeño centro comercial. Unos destartalados camiones escolares ofrecen sombra, y una docena de personas aguardan sentadas en bidones. El jefe de la caravana, un tipo rubio de barba trenzada, se levanta apenas nos ve llegar.
—Tarde, como siempre —dice, sin sonrisa—. Trajeron todo?
Hudson responde desplegando uno de los paquetes de granos. Los cambiamos por dos cajas de munición y media docena de cuchillas nuevas. Ángel observa cómo se realiza el trato con mucha atención, asimilando así la primera lección de lo que implica sobrevivir en estos tiempos: nunca preguntas si el otro necesita o si tiene familia; solo cuentas los bienes, acuerdas el cambio y te marchas antes de que la sombra de la desconfianza sea demasiado pesada.
Sin embargo, el bullicio del intercambio es interrumpido por un murmullo creciente; una columna de humo negro se alza unos cientos de metros al oeste, cerca de la antigua autopista. Un muchacho, armado con un viejo revólver, corre hacia nosotros balbuceando palabras entrecortadas.
—Horda... vienen por la I-35… están al menos a dos cuadras… es grande.
El grupo entra en alerta de inmediato.
Lo que sigue es una cadena de decisiones impulsadas por la experiencia y el instinto. Hudson ordena dispersarse, no volver por el mismo camino. Nos dividimos en tres grupos; yo me quedo con Ángel y otro chico más joven. Corremos entre los árboles y los restos de coches calcinados, atentos al mínimo ruido detrás de nosotros.
A lo lejos, los gruñidos guturales y los tropiezos de pies muertos sobre el concreto se hacen inconfundibles. Ahora, una horda de zombis, aunque menores en número y movilidad, sigue representando un peligro para cualquier grupo desprevenido o para quienes cargan demasiado peso. En estos días, basta un solo mordisco para que tu muerte no sea ni limpia ni digna. La infección sigue activa y el miedo la mantiene viva en el imaginario de todos los mayores de quince años; los pequeños, los nacidos después del gran invierno, solo ven en los zombis un peligro vago, como los perros salvajes o las trampas para ratas.
Corremos hasta que no sentimos más que el latido de la sangre en los oídos. Nos refugiamos en lo que queda de una vieja biblioteca —la central, según una placa medio carcomida—. Allí, entre estantes vacíos y restos de muebles, nos atrincheramos y tratamos de escuchar sobre el ruido de la respiración apresurada.
Ángel, que apenas ha dejado de temblar, busca respuestas en mi rostro.
—¿Siempre es así? ¿Cada vez que salimos?
—No —respondo, aunque la mentira pesa—. A veces es peor.
Él se encoge de hombros y se sienta en el suelo, cubriéndose la cara con las manos embarradas.
Un rato después, la horda pasa de largo y el silencio nos devuelve el sentido del peligro. Decidimos volver al almacén antes del anochecer. Todo lo que cambiamos por la munición parece un precio justo; como dicen ahora en los intercambios, el hambre traiciona, pero la pólvora protege.
De regreso, observamos cómo el sol pone al rojo los tejados y las viejas fábricas donde alguna vez nacieron gadgets de consumo. Ahora, el único brillo azul que queda es el del cielo cada vez más profundo sobre nuestras cabezas, ajeno a la muerte lenta de las cosas humanas.
Al llegar a la bodega, Hudson ya está de vuelta. Ha perdido a uno del grupo, pero nadie pregunta cómo; las ausencias se suman a la lista diaria de pérdidas. Algunos hacen recuento de municiones, otros revisan los depósitos de comida. Alguien prende una pequeña lámpara alimentada por un molino nuevo; la luz es débil, pero suficiente para reunir a todos antes de la noche.
Las noticias fluyen en voz baja: la caravana del norte fue atacada, pero resistió; en el mercado de la I-20 ahora se trafica con sal extraída de pozos próximos a Garland; un grupo de forasteros ha intentado negociar herramientas a cambio de dos adolescentes. Nadie habla demasiado alto.
Antes de quedarnos dormidos, uno de los niños —el hijo de una de las familias refugiadas en el tercer piso— me pregunta si algún día volveremos a tener colegios, si algún día volverán a pasar aviones. No sé qué decir. “Vamos a necesitar mucha pólvora y mucho maíz”, le respondo finalmente, sin convicción.
Dallas duerme, al igual que sus fantasmas, bajo la vigilancia de decenas de centinelas inexpertos y la promesa rota de un mundo que nadie puede recordar. Solo queda avanzar, cada día, calculando el precio de la supervivencia hasta que el alba traiga, al menos, una tregua.
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