15 de marzo de 2028
El sol, enrojecido por el polvo y el humo acumulados en las capas bajas de la atmósfera, apenas lograba colarse entre las ruinas de lo que una vez fue la orgullosa silueta de Dallas. Ya no había largas filas de coches camino al trabajo ni rascacielos que parecieran desafiar al cielo. El rugido de los aviones, los cláxones, incluso el tan odiado tráfico, habían cedido lugar a una suerte de silencio tenso, interrumpido únicamente por los ecos de la vida que se tejía, frágil pero persistente, en los márgenes de la gran ciudad.
Donde alguna vez estuvo la intersección de la Interestatal 35 con la 30, sobresale ahora un campamento amurallado, levantado con contenedores de carga, escombros y todo lo que sus habitantes pudieron arrastrar desde los restos de El Centro. A este punto de intercambio llegan caravanas desde Waco o incluso, en ocasiones afortunadas, desde tan lejos como Tulsa, trayendo pólvora, flechas, semillas, medicinas —lo poco que aún se podía manufacturar o rescatar de los viejos depósitos— a cambio de alimentos deshidratados, herramientas y, por encima de todo, información.
La comunidad que allí sobrevive se hace llamar “Los Tejanos”, un nombre nac&ido primero en broma y hoy pronunciado con respeto y temor. Shelby Rivers es una de los líderes: alta, de ojos claros y manos grandes, con la piel endurecida por el sol y un aire de cansancio indefinido. Ella supervisa, cada jornada, las entradas y salidas del campamento, el estado de las barreras, la organización de los turnos de vigilancia. Pero hoy, 15 de marzo, nada sigue el curso regular.
La noche anterior, en la feria de intercambio —ese precario mercado bajo lona y con vigilancia armada— una caravana recién llegada de hacia al norte había desatado un alboroto: traían muestras de pólvora fresca, perfectamente granulada, junto con una docena de ballestas restauradas y varias cajas con medicamentos etiquetados en cirílico. La competencia por estos bienes raros casi termina en sangre, y los centinelas debieron disparar dos veces al aire para evitar que la pelea se desmande.
Un rumor persistente crece con el calor matutino: los forasteros dicen haber oído transmisiones breves, en frecuencia baja y fuertemente codificadas, hablando de un convoy militar moviéndose al sur por las ruinas de Oklahoma City. De ser cierto, eso podría indicar la existencia de un asentamiento militar mucho más grande —o, peor aún, una incursión de alguna banda marcializada de fuera del “Reducto del Norte”, tan brutal como las peores leyendas.
Shelby ordena una reunión de urgencia. En la torre improvisada de vigilancia (un camión de dos niveles, reforzado y flanqueado por sacos de arena), congrega a los responsables de seguridad, comercio y defensa civil. Cuando la asamblea inicia, la luz que se filtra entre las hendijas multiplica las sombras de todos, como si el miedo y la incertidumbre no cupieran en un solo cuerpo.
—No es serio que permitamos más altercados —resuena la voz de Shelby, casi apagando los murmullos—. Si la pólvora cambia de manos por la fuerza, no nos diferenciaremos de los saqueadores de la 635.
Un hombre delgado, barba cana y chaleco de protección hecho con fundas de neumáticos, responde:
—Pero si los forasteros tienen razón, y ese convoy es real, podríamos estar en grave peligro.
—La prioridad sigue siendo el intercambio —insiste Shelby—. Nuestra única ventaja es la confianza. Rompan eso y se termina.
Mientras discuten, un chasquido de radio interrumpe la reunión. Es Riley, una de las centinelas más jóvenes y valientes. Desde su puesto en la azotea rearmada de la que fuera una tienda de electrónicos, ha visto movimiento inusual en la avenida Ross.
—¡Vehículos al sur! Dos carretas y una pick-up… reparada, pero se mueve —informa con nerviosismo—. Vienen ondeando bandera blanca.
A la señal de Shelby, todos los presentes tensan los músculos. Hay un encuadre, casi de viejo oeste, en ese momento: el aire polvoriento, las armas apuntando entre rendijas, los corazones golpeando contra las costillas. Los recién llegados se detienen al borde del anillo defensivo, hombres y mujeres con ropa de mezclilla, botas desgastadas, armas al cinto. Un niño sobresale, montado en el techo de la camioneta, sosteniendo una tela blanca en alto.
Shelby baja al portón principal, acompañada sólo de Zacharias —el herrero— y Tilda, la curtida jefa del mercado. Levanta una mano amistosa y habla con voz clara:
—Bienvenidos al intercambio de Dallas. Si buscan comercio, dejen las armas en las carretas. Si quieren pelea, mejor sigan de largo.
—Sólo buscamos noticias y algo de medicina —responde uno de los varones, acento sureño nítido—. Traemos cebada y un poco de miel.
El protocolo es claro: dos de los recién llegados entran, el resto espera. Los comerciantes urbanos examinan la miel como si fuera oro líquido; Tilda paladea una gota con la destreza de un catador. La cebada, escasa en la región, es motivo de celebración. Mientras tratan los bienes, Shelby interroga discretamente:
—¿Han oído algo de Oklahoma?
El varón asiente, bajando la voz a un susurro.
—Nos cruzamos con un grupo en McAlester. Decían que huyeron de un “barrido” militar. No sabían si eran humanos o algo peor.
Más tarde, cuando el acuerdo se firma entre apretón de manos y entrega de sellos —unos discos coloridos de plástico que hacen las veces de moneda local—, Shelby medita las consecuencias. Si un verdadero grupo militar quisiera tomar Dallas, el pequeño foco de civilización que han armado no podría resistir de frente; pero tampoco podía permitirse mostrarse débil. Y la pólvora será la clave.
De vuelta en la torreta, Shelby revisa una bitácora escrita a mano, heredada por generaciones de líderes desde los días del colapso. Lo que alguna vez fue un diario escolar, ahora lleva años de registros: movimientos de caravanas, ataques de zombis, enfrentamientos humanos, fechas de lluvia, nacimientos y muertes. Los datos más antiguos (2023, 2024) hablan de violencia constante, de mortandad agobiante. Pero a partir de 2027, surgen palabras como “estabilidad”, “comercio”, “escuela”, “intercambio”. Palabras que anuncian, tímidamente, un posible renacer.
Sin embargo, la amenaza zombie persiste, aunque disminuida: de vez en cuando, un vagabundo convulsivo entre los matorrales o una pequeña horda que emerge de la crecida del Trinity, motiva alarmas, disparos coordinados y, en ocasiones, pesadillas colectivas. Por la noche, cuando el hedor del viento sopla desde el sur —trayendo consigo los lamentos arrastrados de los no-muertos— el miedo antiguo regresa con fuerza.
El ciclo del día se completa. El comercio permanece abierto hasta que anochece, pero la mercancía más codiciada —la pólvora— es acumulada y luego resguardada en bóvedas subterráneas, vigiladas por voluntarios armados con ballestas y armaduras improvisadas de cuero y metal. Shelby se asegura de que cada ración de pólvora se distribuya equitativamente entre los centinelas.
A la hora en que ya no es seguro permanecer fuera, los puestos avanzados se cierran y el campamento se sumerge en una penumbra solo vencida aquí y allá por las linternas de dínamo o las débiles lámparas alimentadas por generadores eólicos. El murmullo de voces en las casetas, las risas apagadas de los niños que juegan con canicas hechas de vidrio recuperado, y el lejano repiqueteo de un herrero dan cierto aire de normalidad. Shelby se sienta a cenar con sus compañeros más cercanos, bajo el toldo de lo que fuera una terraza de café, y escucha historias de otros tiempos: uno recuerda la feria del Estado de Texas; otro, entre lágrimas, habla del último Partido de los Cowboys. El pasado se convierte en leyenda viva, bienaventuranza lejana, como la Tierra Prometida.
Cerca de las nueve, un disparo revienta el aire. Shelby y dos guardias corren, armas en alto, hasta el límite sur: un zombi, ya reseco y apenas humano, atrapó a un cochino del corral y no quería soltar su presa. Lleva ropas deshilachadas y una antigua pulsera de hospital aún colgando de la muñeca, prueba muda de los orígenes de toda la pesadilla. Zacharias, con gesto casi compasivo, termina con él de un machetazo. A Shelby la abate una pena difícil de describir; después de tantos años, aún duelen los vestigios de quienes alguna vez fueron seres queridos, vecinos, amigos.
Mientras limpia el arma y contempla cómo la luna se alza detrás de los restos del Bank of America Plaza, Shelby piensa —como tantas otras noches desde el colapso— en el riesgo permanente, la delgada línea entre esperanza y caída. Sabe que la pólvora no es solo un instrumento de defensa, sino también de poder y de futuro: aquel que la controle dictará los términos de esta nueva civilización que germina entre las ruinas.
Más tarde, ya en soledad, repasa mentalmente los preparativos para el día siguiente: una caravana partirá rumbo a Fort Worth a cambio de semillas y suministros para la escuela improvisada que, milagrosamente, sigue funcionando bajo la tutela de la anciana Miss Eleanor, quien fue maestra de inglés antes del año cero. La escuela es el último vestigio de algo parecido al mundo de “antes”, y Shelby se prometió mantenerla viva, aunque deban luchar por cada cuaderno, lapicera y pupitre.
Antes de dormir, anota unas líneas en la bitácora:
“Hoy, la pólvora fue motivo de tensión, pero también de comunidad. Somos menos que antes, pero más que nunca. Aún hay zombis en las sombras, y rumores de ejércitos en el norte, pero tejemos nuestras vidas día a día. Si la pólvora es la clave, que lo sea para defender la infancia, la palabra y la memoria. Dallas no caerá mientras quede alguien que crea en los demás”.
Cierra el cuaderno, apaga la lámpara y escucha, como cada noche, el susurro apagado del viento y la respiración profunda del campamento. Afuera, una estrella fugaz cruza el cielo surcado de nubes y polvo. Shelby se duerme preguntándose si la humanidad será, algún día, algo más que sobrevivientes de sí misma. Pero también sabe, en lo hondo, que mientras queden manos capaces de forjar pólvora y esperanza, siempre habrá una razón para seguir alzando murallas… y soñando con el día en que, más allá del miedo y la violencia, el mundo vuelva a abrirse, amplio y limpio, bajo el horizonte fracturado de Texas.
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