Fragmento:
La nieve caía como una cortina silente sobre las ruinas de Chicago. Al sur del río, cerca de lo que una vez fue LaSalle Street, los adoquines rotos y las fachadas desgarradas parecían vestirse de blanco con una dignidad impuesta por el frío, como si el invierno intentara tapar el horror que se había apoderado de la ciudad. Era un día cualquiera, si eso existía todavía. Marca el final de un año que borró la palabra ‘rutina’ de todos los vocabularios.
Duración: 13:07
15 de diciembre de 2020.
La nieve caía como una cortina silente sobre las ruinas de Chicago. Al sur del río, cerca de lo que una vez fue LaSalle Street, los adoquines rotos y las fachadas desgarradas parecían vestirse de blanco con una dignidad impuesta por el frío, como si el invierno intentara tapar el horror que se había apoderado de la ciudad. Era un día cualquiera, si eso existía todavía. Marca el final de un año que borró la palabra ‘rutina’ de todos los vocabularios.
Nadie salía ya sin necesidad urgente. La ciudad que alguna vez fue un cúmulo de voces y estruendos, trenes y ambulancias, ahora persistía sumida en un silencio cortante, sólo interrumpido por el viento y, ocasionalmente, por el arrastrar de pies sin vida. Bajo el cielo encapotado, docenas de cadáveres helados yacían en las esquinas, la carne endurecida por la escarcha, los ojos abiertos mirando a ninguna parte. Los zombis —decían, ya se movían menos con el frío, y era cierto. Pero seguían ahí, como un murmullo maligno bajo cada puente, en cada sótano.
Ese 15 de diciembre, el grupo de Lena se despertó sólo porque el hambre así lo ordenó. Llevaban once días viviendo en un aula de la Benton Elementary School, ahora conocida como “la fortaleza”. Sus miembros eran diecisiete, un número demasiado alto para poder moverse sin ser notados y demasiado bajo para resistir una embestida. Dormían sobre mantas, escritorios y pizarras destrozadas. El aula de química, con sus ventanales orientados al este, ofrecía vigilancia a la avenida Ashland y a los trágicos restos de la escuela secundaria vecina, donde las hordas más grandes solían desviarse en busca de carne fresca.
Lena se desperezó, su espalda protestando. Había dormido con la mochila como almohada y el bate de béisbol de aluminio cruzado sobre su regazo. Su hermano menor, Davey, se acurrucaba contra ella, sujetando una linterna sin pilas. El rostro del niño, tan manchado de mugre y soledad, era la imagen de una niñez negada. La muchacha se incorporó, comprobando que los otros aún estaban respirando: Helen, la exprofesora de arte, ya no se separaba del martillo; Owen, el guardia de seguridad, miraba por el ventanal con sus prismáticos; Ana bajaba la cabeza sobre el cuaderno, en el que escribía sobre “lo que comimos”, como si llevar cuentas pudiera devolverles el control.
El desayuno fue lo de siempre: latas de judías verdes compartidas entre todos y agua derretida de la nieve, hervida en el hornillo improvisado. La escasez era la regla —y el hambre, un nuevo integrante del grupo. Cuando se reunieron para el informe matutino, Owen les habló de la noche anterior. “Los muertos apenas se movieron. Los vi cerca de la vieja comisaría. Pero vi humo en el almacén de la esquina de Clark. Puede que haya gente.” O puede que haya algo peor, pensó Lena, pero no lo dijo.
Aquella mañana, una decisión —la más importante desde que la horda les obligó a perder la biblioteca, dos semanas antes. Helen, que llevaba la voz de mando desde que perdieron al líder original, propuso una expedición a Wrigleyville. Se rumoreaba que las torres de apartamentos alrededor del estadio todavía guardaban reservas, incluso algún generador intacto. La idea era peligrosa, pero quedarse era agonizar. Las historias del invierno matando tanto a los muertos como a los vivos eran ciertas; de hecho, Lena había visto más personas morir de frío y hambre que de mordiscos.
Salir era casi un suicidio, pero la alternativa era una muerte segura.
La caminata comenzó poco antes del mediodía. El grupo avanzó dividido en dos escuadrones, cinco por delante, los otros a distancia vigilante. Wrigleyville estaba a unas quince manzanas; la distancia era peligrosa, pero calculable si se sorteaban los puntos críticos de concentración zombi. Chicago, bajo la luz blanca, parecía otra ciudad: las pistas del tren elevado cubiertas de nieve, las señales de tráfico dobladas, los escaparates vacíos de las tiendas de recuerdos frente al campo de béisbol.
Avanzaron por Clark Street con pasos de sigilo, siguiendo el muro de un antiguo estacionamiento, siempre esquivando cualquier crujido innecesario. Lena sentía la nieve filtrarse en sus botas y el tirón doloroso de la ansiedad en el pecho. Davey iba a su lado, su menuda figura visiblemente tensa.
Pasaron junto a la parada del Red Line, donde los vagones abandonados se mecían suavemente, impulsados por el viento. Un zombi, gracias a Dios, atrapado bajo escombros, sólo podía alzar la cabeza y chasquear los dientes, los labios tiesos de escarcha. Lena lo miró—no sentía compasión, ya no, sólo una inquietud antigua, humana. El tren, pensó, ¿cuántas veces había cruzado la ciudad sobre estos rieles? Una eternidad, cuando todavía había mundo.
El peligro los aguardaba en la esquina de Addison. Allí, las hordas se aglutinaban en invierno, como si persiguieran un calor imposible. Pero el destino quería otra cosa ese día; ningún muerto nuevo les interceptó. A las dos de la tarde, ya estaban junto al estadio. El famoso letrero de “Welcome to Wrigley Field” se veía cubierto de carámbanos, y las banderas ondeaban tristes, suásticas de tela desgarrada.
Fue entonces cuando Helen vio la señal: humo saliendo de uno de los apartamentos al sol de invierno. Un brasero casero, pensaron. Comprobaron los alrededores. El silencio era total, excepto por el crujir de la nieve y los chirridos lejanos de la estructura metálica del estadio.
Owen rompió la puerta de acceso con el martillo. El edificio, un vestigio de los días sin miedo, todavía olía a madera húmeda. Avanzaron despacio, revisando cada puerta. En el tercer piso encontraron el origen del humo: una anciana sola, armada con una escopeta. No disparó. “¿Conocen el frío mejor que yo?”, murmuró, sin bajar el arma. Helen habló primero, en voz calmada: no buscaban pelea, sólo refugio. Y, tras unos minutos tensos, la mujer les permitió entrar.
Dentro, el calor era milagroso.
Durante esas horas, el escuadrón aprovechó para buscar comida y pilas. Davey encontró un paquete de barritas de granola debajo de una cama; Lena, una radio portátil sin señal. La anciana, que resultó llamarse Mrs. O’Reilly—antigua bibliotecaria, les sirvió té de agua hervida y les contó historias. “Leí sobre pandemias antes”, dijo. “Pero ninguna así. El frío nunca mató tanto como la soledad.”
El grupo se repartió para dormir y vigilar turnos. Uno de ellos, Serguei, flaco y con barba, juró que había escuchado pasos en el pasillo. Nadie encontró nada. El invierno, decían, apagaba las hordas, pero no las desesperaciones humanas. Lena se aferró al bate y permaneció despierta mucho después del final de su turno.
A la mañana siguiente, la nevada arreciaba. Era casi imposible distinguir la ciudad, sólo formas blancas y muros negros de hollín.
Al despuntar el día, Ana bajó corriendo las escaleras, casi sin aliento: “¡Alguien está afuera! ¡Vivo!”
Se asomaron. Un hombre, cubierto con un abrigo naranja y portando un rifle, hacía señales a través del ventanal helado. No lo conocían, pero tenía esa expresión propia de los últimos sobrevivientes: la mirada de un perro acorralado, la voz temblorosa pero contenida. Gritó, sin atreverse a entrar: “¡Vengo del norte! ¡Mi grupo fue devorado anoche en Ravenswood! ¡Busco refugio!”
Helen fue la primera en decidir. Bajó, hablando despacio, con el rifle en alto, pero apuntando al suelo. Después de una breve inspección, dejó pasar al hombre, quien se presentó como Albert. No traía nada encima salvo el arma y un morral con vendas, agua y pedazos de carne salada.
Durante las horas que le siguieron, supieron su historia: el último grupo de Ravenswood fue arrasado por una fuerza combinada de frío y zombies. Hordas pequeñas, famélicas, seguían asolando en manada a los hambrientos. La mayoría de los desplazados morían en la huida, pero a veces, algunos conseguían encontrar refugio, como Albert. Tenía heridas varias, entre ellas una mordedura en la pantorrilla, no reciente; lo revisaron, asegurándose de que no fuese reciente, porque la infección, según su experiencia, tomaba horas para hacer su trabajo.
Aquella mañana cayeron en cuenta: los recursos del apartamento dejarían de alcanzar para dieciocho personas. Era necesario dividirse. Helen, con la voz firme, tomó la decisión: Lena, Davey, Owen y el propio Albert formarían un grupo para buscar otra ubicación al sur, cruzando hacia el Loop, con esperanza de hallar más reservas en los sótanos de algún antiguo banco o almacén.
Antes de partir, Mrs. O’Reilly le ofreció a Lena un libro fino y gastado: “Poemas de Carl Sandburg”. “Por si quieres recordar el viento antes de todo esto”, le dijo, con una sonrisa triste.
El cruce hacia el Loop fue el pasaje más peligroso; si bien el invierno había mermado la velocidad de los zombis, no los había exterminado. Chicago estaba llena de trampas: coches cubiertos de nieve que ocultaban cuerpos, parches de hielo negro en los escalones, cristales frente a los locales vacíos que reflejaban figuras errantes.
Terminaron atravesando la vieja avenida Michigan casi al anochecer. Owen iba abriendo camino, siempre cubriéndoles la retirada. En el parque Grant, junto a una estatua decapitada por las llamas de un incendio reciente, descansaron y comieron un poco de pan duro y agua hervida. En su trayecto vieron rastros de otros grupos, huellas humanas sobre la nieve, una bicicleta abandonada con manchas de sangre congelada, un mensaje pintado con espray: “LOS VIVOS MALDICEN A LOS VIVOS”, en letras rojas, goteando sobre la pared de un edificio de oficinas.
Los ataques eran siempre breves, bestiales. Un grupo de tres zombis apareció de la nada junto a la entrada de un estacionamiento y sólo pudieron repelirlos cuando Davey, aterrado, les arrojó una vieja trampa de madera que encontró en el camino. Las criaturas eran lentas, sí, pero en esta clase de combate bastaba un descuido, un resbalón.
Esa noche pernoctaron en el sótano de un banco. Lena encontró aceite de lámpara, y Owen, con paciencia, logró encender una hoguera mínima, que les permitió calentarse y sentirse humanos por unos minutos. Albert dormía con el rifle entre las manos, la herida de la pierna palpitando como única compañía.
El grupo hizo guardias toda la noche. Lena, insomne, leyó en voz baja un poema a Davey: “Chicago, ciudad de los hombros anchos”, mientras afuera, bajo el cielo despejado y glacial, los muertos acechaban, y la esperanza rezumaba como la última llama del viejo mundo.
Al tercer día, Lena despertó temprano, incapaz de soportar la ansiedad. La situación era desesperada, pero al mismo tiempo, un resabio de posibilidad le palpitaba en la sangre: habían sobrevivido otra noche, tenían comida para una más, las hordas se movían menos y al menos uno de los radios captaba una señal lejana: “Unidad 4, respondan. Seguimos vivos. La estación LaSalle aún resiste…”
Justo antes del amanecer, Lena se acercó a la ventanilla, viendo la ciudad sumida en su niebla y destellos blancos de nieve. El lago Michigan, una extensión de hielo, brillaba frío y callado. Sintió a Davey abrazarla por la espalda, siendo de repente la hermana mayor que lo protegía, pese a la certeza del peligro.
—¿Crees que podremos regresar a casa alguna vez? —preguntó el niño, y Lena notó por primera vez en mucho tiempo que la palabra “casa” no era sólo una dirección, sino la promesa de algo más.
—Claro que sí —le dijo, mintiendo, como se miente cuando todo está perdido pero el amor sobrevive.
Ambos miraron los rascacielos desnudos, los tejados cubiertos de nieve y el leve movimiento de una docena de zombis aferrados a la reja de la estación Metra, como pidiendo paso hacia una vida que no era suya.
El viento, afilado y azul, arrastró el aliento de la ciudad muerta. Pero en el sótano iluminado por una lumbre pálida, Lena, Davey y los otros se abrigaron en torno al fuego, compartiendo cuentos, compartiendo miedo y la determinación —absurda, testaruda, humana— de vivir un día más en Chicago, bajo la nieve y la amenaza, con la esperanza diminuta de que, en la siguiente mañana, algún tren vuelva a cruzar la ciudad, trayendo consigo la promesa de otro comienzo.
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