Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Brote
Portada del relato Los ecos del lago
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Tomó la avenida Dearborn, pasando junto a restos de coches calcinados y acumulaciones de bolsas, botellas, huesos esparcidos —a veces humanos, a veces de perro. Al doblar la esquina, se obligó a detenerse un instante para comprobar si lo seguían. Sólo el silbido del viento. En otra vida, habría encontrado grotesca la rutina de vigilar sombras. Ahora era su religión.

Duración: 12:39

Los ecos del lago
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

22 de Diciembre de 2020

El invierno caía sobre Chicago como una losa. Todo el que había sobrevivido hasta diciembre, como Nate, lo sabía bien: no eran sólo los muertos los que te mataban en la ciudad; era sobre todo el frío. Era como si el lago Michigan hubiese decidido vengarse por siglos de indiferencia humana, convirtiendo las noches en cuchillas de viento y hielo. La nieve, amontonada en los márgenes de las avenidas desiertas, parecía ocultar más cadáveres de los que el mismo apocalipsis zombi había dejado a la intemperie.

Nate avanzaba a paso lento por la esquina de State Street con Madison, enfundado en tres capas de ropa saqueada de los almacenes ya vacíos de Loop. A un lado del camino, una sombra encorvada se agitaba entre los restos de lo que alguna vez fue un puesto de hot dogs. El muerto —zombi, infectado, como sea que ahora se los llamara— carecía ya de casi toda la piel en las mejillas, y al mover la boca apenas si podía mostrar otra cosa que no fueran dientes sueltos, pero todavía tenía energía para incorporarse al oír el crujir de la nieve bajo las botas de Nate.

No le dedicó tiempo al temblor de hormigueo que recorrió su columna. Nate sujetó la barra de hierro entre sus manos y, con precisión ensayada hasta la náusea, remató el asunto de un brutal golpe de costado. El zombi colapsó en un sonido húmedo que se perdió bajo el ulular del aire. Nadie más salió de las puertas de la estación de metro adyacente.

Las estaciones del tren —el “L”, como siempre se llamó— habían sido durante los primeros meses una salvación y una trampa. Gente acorralada se escondía en pasillos subterráneos pensando que la ciudad se despertaría de la pesadilla. En vez de eso, los túneles se volvieron madrigueras para los que no sobrevivían arriba. Ahora, diciembre, sólo quedaban los necros más estúpidos, lentos, muchos de ellos congelados a media acción, como maniquíes horribles.

Nate divisó, al fondo de la calle, el edificio, todavía imponente, del Chicago Theatre. El león alado del letrero parecía mirar con ironía los destinos humanos, oculto tras el polvo y la escarcha. No era allí donde iba, pero la referencia le ayudaba a orientarse entre la niebla y las ruinas.

La prioridad era regresar con vida al refugio: la biblioteca Harold Washington, una fortaleza de cemento y libros que los suyos habían defendido desde finales del verano. Lo acompañaba el sonido quebradizo de su respiración a través de una bufanda mugrienta y el peso de una mochila semi vacía, en la que apenas había logrado reunir medio paquete de frijoles secos, dos latas de maíz abolladas y algunas pilas de linterna.

Eran once en el grupo de Nate. Ya no le ponía nombres a todos. A los que iban perdiendo se les reducía el nombre a un recuerdo fugaz, una costumbre de protección; el dolor era menos denso así. La mayoría tampoco compartía historias personales. Sólo Sabine, la doctora, mantenía esa dignidad de conversar y preguntar. El resto se aferraba a las rutinas: vigía, recolección, reparación. Por las noches, a veces, rezaban. Nate se preguntaba si eso tenía aún sentido después de ver a los sacerdotes mordiendo a sus feligreses por el sur de Pilsen durante mayo.

Tomó la avenida Dearborn, pasando junto a restos de coches calcinados y acumulaciones de bolsas, botellas, huesos esparcidos —a veces humanos, a veces de perro. Al doblar la esquina, se obligó a detenerse un instante para comprobar si lo seguían. Sólo el silbido del viento. En otra vida, habría encontrado grotesca la rutina de vigilar sombras. Ahora era su religión.

El refugio de la biblioteca era modesto, pero funcional. Tenía muros espesos, varias entradas alumbradas por focos a batería y dos plantas donde podían resguardarse del frío y de los hambrientos. No había fortuna ni futuro, sólo la inercia de vivir un día más esperando a que, tal vez, los muertos se congelaran por completo o la comida, milagrosamente, se multiplicara en alguna despensa olvidada.

Subió rápido los escalones y golpeó con el patrón acordado —tres, dos, uno— en la puerta blindada. La solapa de madera se desplazó unos centímetros, dejando entrever los ojos oscuros de Julian, que rápidamente lo reconoció y abrió. Un golpe de aire caliente le dio la bienvenida; una estufa improvisada funcionaba con algunos libros menos importantes y tablas de las estanterías.

La escena era familiar: cinco personas sentadas en el círculo lóbrego de la antigua sala de consulta, Sabine al fondo revisando las vendas de la pierna de Lila, un niño de no más de ocho años —lo llamaban simplemente Junior— durmiendo en una esquina, y el resto armando una especie de sopa usando lo que parecían restos de caldo y arroz.

“¿Eran muchos?”, preguntó Julian. Había sido policía antes, aunque ahora sólo le quedaba de eso la costumbre de mirar a todos lados al hablar.

“No más de dos afuera. El resto parece haberse ido cuando cayó la temperatura”, respondió Nate, usando el pie para cerrar la puerta tras de sí. Miró de reojo a Lila, quien, ya despierta, trataba de ver sin quitarse la venda que cubría parte del rostro.

“¿Noticias de otros grupos?”, preguntó Sabine.

Nate negó con la cabeza. “Sólo estática. La radio no capta nada y el canal militar se apagó hace dos días. Frankie y los del supermercado no volvieron, y de los del hospital St. James tampoco.”

Sabine asintió sin decir nada, y Nate se acercó para vaciar el contenido de su mochila en la mesa improvisada. Al mirar los frijoles secos, la vieja que todos llamaban Abuela Lucía suspiró como si intentara bendecir la comida.

La comida era un ritual tan importante como la vigilancia. Cucharones pasaban de mano en mano y por unos minutos sacramentales la conversación giraba en torno a datos prácticos: qué calles evitar, dónde buscar próximo, quién cuida a Junior esta noche. Vivir era una proeza de pragmatismo y renuncia.

“¿Recuerdan cuando aquí se hacía fila para los libros?”, preguntó Lucía, la abuela. Su voz evanescente, casi un hilo cortado por la artrosis y la tos. “Había calor dentro, y hasta prohibían la comida.”

Nadie respondió. Nate, menos sentimentalmente inclinado, sólo pensaba en el mapa desparramado junto a las mochilas: zonas en verde marcadas como “probablemente limpias”, otras en rojo que significaban mortalidad segura, y un par de círculos azules donde, según los rumores, algunos locos decían haber visto helicópteros.

El tema de los rumores era lo único que a menudo generaba disputas en el grupo. Que si en el norte de la ciudad habían visto un convoy militar rumbo a Evanston, que si en el Navy Pier había un laboratorio con vacunas, que si los canadienses estaban intentando tomar el control de los Grandes Lagos. Mentiras, probablemente todas, pero el ánimo requería combustible aunque fuera tóxico.

—Mañana deberemos mandar a alguien por la línea azul —anunció Sabine de pronto—. Hay señales de vida en una de las estaciones cerca de Logan Square. Consiguieron transmitir por radioaficionado hace dos noches. Un mensaje corto: hablan de comida y algo de medicina. Quizá incluso más gente.

Algunos protestaron, pero era la misma discusión de siempre. “Demasiado lejos”, “demasiado peligro”, “¿y si es una trampa?”. Nate sabía que era su turno; todos iban en parejas por orden, y la ruleta sólo tenía cada vez menos nombres que sortear.

—Voy yo —dijo antes de que otros pudieran ofrecerse como voluntarios. A nadie pareció sorprenderle su decisión.

Durmió poco esa noche, acurrucado en el saco entre dos estanterías. El frío parecía buscar huecos allí donde la ropa y la tela no alcanzaban, colándose en los huesos. A veces, escuchaba el bajo murmullo del viento colándose por las ventanas selladas, o bien el rumor ansioso de una horda lejana, ese gruñido arrastrado que sólo se oía cuando la temperatura subía durante el día.

Amaneció más gris que de costumbre. Nate y Julian, su compañero designado, salieron poco después de que el reloj solar improvisado marcara las ocho. Se movieron por callejones y avenidas cubiertas de escombros, usando los puentes elevados para evitar intersecciones peligrosas. La ciudad, despojada de tráfico y gente, era una escultura a medias de lo que había sido. Cada tienda abandonada, cada coche cubierto de nieve, era una trampa potencial: podían ocultar un zombi, un saqueador o simplemente el frío.

Avanzaron hacia el noroeste. La meta era llegar a Kedzie, cerca de Logan Square. El tren ya no funcionaba, pero el camino aéreo de las vías ofrecía algo de visión y protección, si podían trepar a una de las plataformas de abordaje.

No tuvieron problemas hasta el sector de Wicker Park. Allí, un grupo de cuatro figuras con abrigos demasiado limpios les salió al paso. No parecían infectados… pero tampoco parecían famélicos.

—Alto ahí —gritó uno—. ¿Qué llevan?

Julian flexionó el brazo, mostrando el bate de aluminio; Nate, el hierro. Había que decidir en segundos si correr, negociar o atacar. Optaron por levantar las manos y retroceder con lentitud.

—Vamos a Logan, a buscar gente —dijo Nate.

El otro los observó durante un instante que pareció eterno. Finalmente, bajó el arma —una escopeta vieja aunque aún funcional— y dijo:

—Hay más de los otros allá arriba. Unos diez, en la estación. Si buscan vivos, ya sabrán qué hacer.

Los dejaron pasar. Era una advertencia, pero al menos no los mataron en el acto. Los saqueadores, en estos días, eran tan peligrosos como los infectados. No era raro que combates entre bandas acabaran en masacres que después se sumaban a las hordas errantes.

Subieron por las escaleras rotas y, al llegar a la plataforma, el hedor del invierno mezclado con restos de carne podrida les mordió la nariz. Encontraron a cinco zombis encorvados cerca de un banco. Nate los contó, buscó con la vista posibles sobrevivientes, y finalmente avanzó, el hierro por delante. El primero de los muertos cayó rápidamente, su cráneo partido. El segundo se les arrojó encima: Julian forcejeó y terminó destruyendo medio cuerpo con el bate, recibiendo un rasguño superficial en el brazo. “Sólo la chaqueta”, murmuró, y Nate sintió un escalofrío.

El resto fue limpieza, metódica y horrible. Una vez despejada la plataforma, un débil sonido se escuchó tras una caja de herramientas: sollozos, leves, de alguien pequeño.

Era una chica. No tendría más de quince años. Vestía un abrigo gigante, claramente robado o heredado de alguien más grande. En una de sus manos, una radio pequeña. La miró con pánico pero sin lágrimas.

—No me hagan daño —susurró.

—No venimos a eso —respondió Julian, respirando con dificultad—. Tenemos refugio, comida.

La convencieron con palabras cortas y gestos amables. Le dieron una barra de cereales y la escoltaron de regreso, evitando a los saqueadores, esquivando vías bloqueadas. La chica, que se llamaba Michelle, no dejaba de repetir: “Vi a mi hermano ayer, pero ya no era él. Estaba frío. Quiso morderme.” Nate le prometió, sin saber si podía cumplirlo, que estaría a salvo, al menos esa noche.

Volvieron a la biblioteca al caer la tarde, las manos heladas y el corazón encogido. El fuego era débil, pero suficiente. La llegada de Michelle fue celebrada por el grupo como si fuera una gesta casi milagrosa. Lo poco que había de comida se extendió para una persona más, y todos fingieron que no les importaba la escasez.

Esa noche, mientras la ciudad moría más despacio y las calles se convertían en cementerios de nieve, Nate se sintió, por primera vez en meses, menos solo. No era mucho, y tampoco era esperanza. Simplemente, humanidad: el regalo de una voz nueva en la oscuridad.

Afuera, los muertos seguían deambulando, más lentos por el frío, pero sus sombras se arrastraban entre los rascacielos del Loop y las viejas farolas de la Magnificent Mile. Nadie sabía si habría un mañana, ni cuánto duraría el hielo, pero en la biblioteca Harold Washington, por primera vez en días, alguien contó un chiste. No tenía gracia. Pero todos rieron igual.

Así empezaba el invierno en Chicago.

Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Brote

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.