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Portada del relato El último muro de Illinois
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Fragmento:


—Mac, avistamiento moviéndose desde la línea norte, parece grande... Es la horda.

Duración: 11:31

El último muro de Illinois
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Texto de ajuste de pausa.

12 de diciembre de 2024

Chicago era un esqueleto de acero ennegrecido, huesos de calles vacías y piel de ventanas rotas. Lo que quedaba ardiendo bajo las nubes grises era una tenacidad obstinada, más allá de la razón o el miedo, grabada en quienes aún se atrevían a llamar hogar a este cementerio viviente. Desde el último otoño, los rumores—tragados por las ondas de radio que aún vibraban entre las ruinas—hablaban de fortificaciones, de mini-ciudades amuralladas donde sobrevivientes de todo Illinois clamaban tener cientos de almas juntas, protegidas del peor invierno y de la amenaza constante: las hordas.

El cuartel de los Hines, a ocho cuadras del río Chicago y justo al borde de un antiguo polígono industrial, era una de esas fortalezas nuevas, levantada sobre las ruinas de una escuela secundaria saqueada. Cajas de ladrillos apilados, tanques oxidados, trozos de camión, placas de hormigón improvisadas, y hasta viejos remolques de tren, componían una muralla de cinco metros de alto. Detrás de ella, unas trescientas personas—mezcla de antiguos vecinos, camioneros, desamparados, incluso lo que quedaba de un escuadrón de policía—sobrevivían como podían. Junto a cada pared de la empalizada ardían bidones de basura y hogueras, alrededor de las cuales niños desgreñados y adultos con rostros curtidos buscaban en el crepitar del fuego una esperanza tenue.

La noche antes de la batalla, el aire era un cuchillo de hielo. Mackenzie Bray, ex bombero y desde hacía seis meses jefe de vigilancia, recorría el perímetro con su linterna y su viejo bate de aluminio. El silencio de la ciudad era más helado todavía: ninguna sirena, ni motor, ni el bullicio frenético de los años de la peste. Solo el lamento lejano del viento y, de vez en cuando, el ladrido desencajado de los zombis cuando uno de ellos se chocaba con alguna barricada periférica.

Por la radio, la voz de Darnell, el vigía del torreón este, rompía el silencio:

—Mac, avistamiento moviéndose desde la línea norte, parece grande... Es la horda.

Mackenzie tragó saliva.

—¿Cuántos, Darnell?

—No puedo contar, pero tapan la calle, jefe.

—En posición. Código rojo.

La alarma mecánica, una campana de escuela colgada de un andamio, repiqueteó en la helada. A los pocos minutos, los pasos apurados, botas y pies descalzos, llenaron el patio interior. Era la rutina: niños pequeños al refugio del sótano, curtidos combatientes a las posiciones. Poco quedaba del entrenamiento militar, pero sí mucho del instinto de las bestias acorraladas. Cada uno sabía lo suyo: Peter y Elia subieron los sacos de botellas con gasolina, Lucía y tres ancianos revisaron la línea de trincheras de troncos, mientras los “cazadores”—así llamaban al batallón improvisado de arqueros, lanzadores, y hacheros—examinaron flechas, machetes y piedras atadas a cabos de escoba.

Mackenzie subió a la torreta oeste. El viento helado traía consigo el hedor familiar de carne podrida. Allí, en la negrura que la luna apenas alumbraba, una masa titilante de cuerpos tambaleantes venía como oleadas de agua sucia. Los zombis, parcheados de escarcha y lentos en el frío, avanzaban arrastrando cuerpos congelados. Pero algunos, aún frescos, corrían en zigzag con frenética hambre. Este invierno había amortiguado la plaga, pero no la había detenido.

—¡A sus puestos! —rugió Mackenzie por la barandilla—. ¡Flecheros listos! ¡No tiréis hasta la señal!

Darnell y él encajaron sendos cócteles molotov en botellas, encendiendo mechas con suma paciencia.

* * *

Durante tres horas, la oleada golpeteó la muralla como la marea en la escollera. Los primeros zombis, lentos, cayeron bajo flechas y piedras; los segundos, más vivos, trepaban como bestias enconadas, tirando de las manos a los otros para hacer montículos de cadáveres por donde subírsenos. La estrategia era vieja, igual que la plaga. Mackenzie, sudando pese al frío, comandaba los fuegos.

—¡Ahora!

Y una lluvia de fuego descendió sobre las filas apiñadas y las llamas iluminaron la noche. El aire se llenó del grito menguado de la muerte, pero la horda no se detenía. Decenas, cientos, seguían viniendo, incluso cuando sus pares ardían o se retorcían en la nieve.

En el flanco sur, un estruendo: una valla, debilitada por semanas de uso y humedad, se vencía bajo el peso de la carne humana.

—¡Rompen la barrera! —gritó uno de los chavales, saltando del parapeto.

—Conmigo —ordenó Mackenzie, bajando del torreón, seguido por seis de sus mejores.

El asalto fue feroz. Cuerpos —algunos aún con los abrigos en los que perecieron el invierno pasado— empujaban, jadeaban siquiera conocían el frío, girando ojos opacos como faroles de neón muerto. Lucía descargó su martillo sobre una cabeza descarnada; Peter, con un hacha, abrió a dos de lleno mientras los otros mantenían la línea, lanzando flechas a quemarropa.

De pronto, una niña, apenas doce años, se abrió paso entre el tumulto. Mackenzie se abalanzó, la recogió, tiró contra la nieve a un zombi que casi la agarraba.

—¡Al refugio —le gritó—, ¡corre!

La pequeña se lanzó hacia un túnel excavado bajo el garaje; otros niños aguardaban al otro lado.

Cuando la brecha quedó controlada, contaron pérdidas: un par de heridos, ningún muerto propio, pero decenas de zombis convertidos en pilas humeantes o empapados de sangre negra.

* * *

El amanecer rasgó la noche como un cuchillo perla mientras la niebla ocultaba los cadáveres en la calle North May. Mackenzie se dejó caer en un barril y miró al cielo. El día 12 de diciembre sería recordado entre ellos como la Noche de las Tomasas—en honor a la vieja que, al inicio de la invasión, organizó la primera barricada con los pupitres de la escuela. Los supervivientes se abrazaron, comieron un triste desayuno de sopa de lata y repitieron promesas: resistir, reconstruir, sobrevivir juntos.

Pero el alivio era efímero. Chicago seguía infestada. Al sur, las radioseñales fragmentarias hablaban de otra horda tan grande como la recién vencida. Más alarmante aun, desde el lago, una caravana de saqueadores se aproximaba, aprovechando la distracción de la noche. El último invierno transformaba a los humanos en monstruos a su modo.

Antes del mediodía, un vigía gritó desde la Torre de Agua:

—¡Vehículos acercándose desde Ashland!

Siete camionetas, pintadas de negro y cubiertas de chapas, avanzaban a trompicones.

* * *

El estruendo de los motores —raro ya escuchar ese sonido— se mezcló con los ladridos de los perros de los Hines. Todos sabían qué venía: no eran refugiados, no traían víveres. En la radio, una voz:

—Aquí la Brigada del Lago. Entregad el arsenal, la medicina y el combustible, o pasamos por encima.

Era el nuevo lenguaje de las bandas formadas tras la caída de la policía metropolitana. Paramilitares con kalashnikovs herrumbrosos, arcos y machetes; saqueadores sin ley.

Mackenzie reunió al consejo: Lucía, Darnell, Peter y dos ancianos.

—Si nos rendimos, nos ejecutan o nos esclavizan. Si peleamos, puede que caigamos todos, pero al menos elegimos cómo morir.

Darnell tenía el gesto torcido por el miedo.

—¿Y si intentamos una trampa, usar el mismo sistema de cócteles y barriles que contra los zombis?

—A esa distancia podrían tirotearnos antes de llegar —respondió Peter—.

—¿Negociar? —intentó Lucía.

Silencio.

La decisión llegó como las demás: a mano alzada. Unánime. Resistir.

* * *

La batalla humana fue más cruel que la anterior. Los camiones rodearon la barricada por el suroeste, frenando junto a la valla rota. Los saqueadores comenzaron a disparar, más para intimidar que para matar, pero pronto cobraron bajas. Uno de los jóvenes del cuartel, apenas dieciséis y con un rifle de cerrojo, cayó de la torre con una bala en el cuello. Por el hueco de la empalizada, granadas caseras —bombas de clavos y pólvora— dejaron a tres saqueadores muertos. Pero la superioridad de armas era asfixiante.

Cuando la munición se agotó, la lucha fue cuerpo a cuerpo.

Mackenzie, manchada de sangre y ceniza, arremetía como un demonio. Clavó su bate en la mandíbula de un forastero y pateó a un segundo que subía la barricada. Lucía cayó, herida en el muslo, pero uno de los pequeños la arrastró al refugio.

La refriega duró horas; ni los zombis lograron un asedio tan sostenido. Por cada enemigo que caía, otro subía y disparaba. Dentro, las mujeres y los heridos rezaban mientras aventaban piedras y botellas por las ventanas.

Entonces, cuando el sol comenzaba a desplomarse en el horizonte y el olor a pólvora y sangre era más intenso que el de la carne podrida, algo cambió: una columna de humo se alzó hacia el sur.

Los saqueadores, concentrados en el ataque, no vieron lo que los vigías de la torre sí: la nueva horda, atraída por el estrépito y el olor de la batalla, avanzaba sobre ellos como una marea negra.

Mackenzie aprovechó la confusión:

—¡Ahora!

Todas las reservas de cocteles molotov y barriles de gasolina fueron encendidas y lanzadas hacia los vehículos. Los saqueadores, acorralados entre el fuego y los zombis, intentaron huir. Algunos cayeron bajo los dientes de la plaga; otros fueron derribados por piedras y palos de los defensores.

Para cuando la noche volvió a reclamar la ciudad, el cuartel de los Hines aún estaba en pie. Quince de los saqueadores muertos; los restantes, esparcidos o devorados por la horda. Varios caídos propios, pero muchos más todavía vivos.

* * *

A medianoche, los supervivientes se apretujaron junto a los bidones de fuego, con las mejillas surcadas por el frío, el miedo y el cansancio absoluto.

La noche del 12 de diciembre de 2024 fue recordada en todas las transmisiones de radio de la región como “La Batalla de Chicago”. Tras ella, comenzaron a llegar nuevos grupos, familias que, hartas de la soledad de las rutas congeladas, buscaban una fortaleza donde resistir el invierno.

Así, en medio de la escarcha, el hambre y la amenaza constante, nació una leyenda: en las ruinas del viejo Chicago, una muralla de residuos detuvo a los monstruos y a los hombres peores que ellos, y una comunidad de desposeídos sobrevivió una noche más bajo el acero y el fuego.

Nadie olvida quién fue enemigo o amigo en el calor de la batalla, y todavía hoy, años después, se cuentan historias de la horda y el grupo del Lago. Las nuevas generaciones, aquellas que no conocieron la vida en paz, jurarían por siglos recordar el día en que los Hines defendieron el último muro de Illinois. Y quizá, sobre los cadáveres, sobre las piras de aceite y sangre congelada, empezó un mundo que rechazaba doblegarse, aunque todo a su alrededor gritara rendición.

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