Fragmento:
Pero eso no bastaba. La comida era nuestra batalla diaria. Las casas cercanas habían sido saqueadas desde los primeros días de julio; las tiendas grandes estaban selladas, pero apenas oscurecía, veíamos luces y escuchábamos golpes: bandas armadas, merodeadores disfrazados de supervivientes, o —algunas veces— movimientos inexplicables. En los primeros meses, la amenaza era la horda. Ahora éramos presas unos de otros.
Duración: 12:27
19 de diciembre de 2020
La nieve caía sobre Chicago como una mortaja. Era la tercera tormenta en dos semanas, pero nadie se molestaba ya en quitar la escarcha de los capós o las aceras; el mundo se había detenido hacía meses y la ciudad se transformó en un laberinto blanco, donde los esqueletos de autos y humanos se mezclaban bajo sábanas heladas. Chicago, la gran urbe del Lago Michigan, ahora era una tumba abierta llena de silencios, ecos de disparos lejanos y, a ratos, el lamento de los que aún respiraban.
Nunca imaginé —ni siquiera cuando viajaba por el Loop para trabajar en el hospital de la Universidad— que terminaría viviendo en un aula del Instituto Whitney Young, junto a un grupo de desconocidos armados y hambrientos. Antes, la idea de dormir en un colchonete escolar con una pistola cargada bajo mi brazo me resultaba absurda; ahora, todo eso era más normal que el café o el desayuno.
Mi nombre es Diego Ledesma. Nací en el barrio de Pilsen, crecí con la promesa de que Chicago era una ciudad indomable. Cuando los primeros reportes de los “agresores” salieron por televisión, la mayoría aquí pensó que sería como la otra pandemia—un encierro, un par de semanas de ansiedad global, algún muerto en hospitales pero, al final, el sistema volvería a imponerse. Nos equivocamos.
El invierno en la ciudad siempre fue duro, pero éste… éste era inhumano. La temperatura caía algunos días a los -20°C, y el viento —ese viejo enemigo— soplaba entre los edificios quemados de la Avenida Madison hasta colarse bajo todos los resquicios. El frío mató a más gente que los zombis en diciembre, al menos en nuestro sector. En la radio de onda corta, uno de los pocos ingenieros que quedó decía “En los inviernos, Chicago se puede congelar hasta el tiempo.” Qué razón tenía.
A nuestro alrededor, el barrio estaba cubierto de trampas. Los accesos a la secundaria estaban tapiados con pupitres y mesas, el gimnasio bloqueado con tablones y bancos del parque. En el techo, habíamos armado una pequeña torre de vigilancia, usando los casilleros caídos y un mástil de bandera para la antena de la vieja radio militar. El frío, pensábamos, haría lento a cualquier cosa que intentara acercarse.
Pero eso no bastaba. La comida era nuestra batalla diaria. Las casas cercanas habían sido saqueadas desde los primeros días de julio; las tiendas grandes estaban selladas, pero apenas oscurecía, veíamos luces y escuchábamos golpes: bandas armadas, merodeadores disfrazados de supervivientes, o —algunas veces— movimientos inexplicables. En los primeros meses, la amenaza era la horda. Ahora éramos presas unos de otros.
Éramos catorce adultos, siete adolescentes y seis niños esa mañana, cuando despertamos con el ulular de la sirena del hospital abandonado en la esquina de Damen con Ogden. Nadie se movió al principio: sabíamos lo que ese ruido significaba.
—Es el tercer día seguido —susurró Mindy, una paramédica jaspeada de pecas, que se había erigido como jefa improvisada del grupo.
—¿Eso significa más movimiento? —preguntó Óscar, el salvadoreño que se encargaba de mantener cerrados los accesos de noche.
Asentí. No elucubré: estaba demasiado cansado, hambriento y con fiebre. No era el “virus,” al menos no el de los zombis, sino una gripe común que se negaba a irse. El estómago gruñía. La ración del día consistía en media barra de granola y dos dedos de agua, todo lo que quedaba de la última operación en la despensa de un supermercado Target. La comida se estaba acabando. Y el invierno recién empezaba.
En la secundaria, habíamos creado —quiero creer que logramos, a pesar de todo— una comunidad. Nos cuidábamos. Tomábamos turnos de guardia. Había reglas: nada de violencia injustificada, nada de ruidos excesivos. No quedaban medicinas, salvo unos cuantos antibióticos, y el miedo de infectarse de algo (cualquier cosa) era tanto o más grande que temer a un zombi. Porque, aunque la horda era el monstruo del que todos hablaban, la humanidad misma se estaba volviendo más peligrosa.
Esa mañana debíamos salir en busca de alimentos. Envíe a dos de los adolescentes, Richie y Danielle, a explorar la farmacia Walgreens en Roosevelt con Halsted, mientras Mindy, Óscar y yo nos encargaríamos de cachear una pequeña despensa sobre la calle Taylor. Antes de salir, nos pusimos todas las capas de ropa que encontramos. La ropa abrigada se cambiaba como botines: el que salía tenía derecho a las mejores botas, el mejor gorro y un abrigo militar que arrastraba hasta el suelo.
Salimos en fila, siguiendo el ritual: escuchábamos los callejones, golpeábamos dos veces cada puerta para asustar a quien estuviera del otro lado —vivo o muerto— y avanzábamos agachados entre coches congelados y motos cubiertas de nieve. El barrio pertenecía a los cuervos y las ratas; incluso los perros se habían extinguido en Pilsen.
En la esquina de Taylor, la ventisca era tan fuerte que no podíamos ni respirar. Los pasillos estaban cubiertos con neblina blanca y trozos de vidrios caídos. Llegar a la despensa no fue difícil; forzar la puerta, sí. La cerradura no cedía, así que le dimos tres golpes con una vieja pata de banquillo y finalmente se abrió, chirriando, como si gritara a todo el barrio: “Aquí hay gente”.
Dentro, el espectáculo era desolador. Los anaqueles vacíos, bolsas de arroz abiertas y piso cubierto de latas rotas. Encontramos cuatro latas de atún y una cajita de crackers en mal estado. Mindy guardó dos de las latas en la mochila. Óscar se adelantó al fondo. Yo me quedé junto a la puerta, escuchando. El silencio, tras la ventisca, era alarmante.
Fue entonces cuando lo escuché: un gemido bajo, apenas un susurro, detrás de la sección de cereales. Avancé a tientas, desenfundando la pistola. La linterna captó dos figuras en el suelo: una mujer y un niño. Por un segundo, pensé que estaban dormidos. Luego, vi cómo la piel azulada temblaba, los ojos opacos miraban sin ver, la boca babeaba. No eran hombres. No eran ya humanos.
Retrocedimos todos al mismo tiempo, cubriéndonos con una vieja mesa. Mindy disparó dos veces, rompiendo la cabeza de la mujer. El niño se arrastró hacia nosotros, chillando. Óscar le pateó la mandíbula; el cráneo se partió contra la estantería. La sangre —oscura, espesa— fluyó sobre el hielo. Y entonces llegó el verdadero terror: el ruido atrajo a otra cosa.
Desde un apartamento sobre la despensa, un rugido, como el de un animal herido, nos llegó de improviso. Un hombre, gigantesco y cubierto de harapos, saltó desde una ventana destruida. En la boca tenía un trozo de carne. Sus ojos, profundamente hundidos, nos miraban como presas.
No había tiempo para pensar. Corrimos. El viento nos azotó de nuevo. Mindy gritó —algo sobre que el acceso norte estaba libre— y Óscar disparó su escopeta. El monstruo cayó, pero en vez de detenerse, arrastró su cuerpo hacia nosotros, chorreando sangre y vómito. Disparé un tiro limpio a la cabeza, y la frente explotó en un chorro gris. El cuerpo se contorsionó y quedó inmóvil sobre la nieve.
Salimos con el trofeo miserable: dos latas de atún, peor de lo que esperábamos, y una certeza aún más cruel: el ruido iba a atraer más caminantes.
Al regresar a la secundaria, el grupo estaba nervioso. Danielle y Richie aún no podían volver; la radio chirriaba, pero los códigos —tres pitidos cortos, uno largo— indicaban que estaban siendo observados. Nos encerramos, subimos al techo y contemplamos las calles: ningún movimiento humano en tres cuadras, pero sí vimos una pequeña horda de seis o siete zombis arrastrándose por la Avenida Harrison, como si la tempestad blanca no les importara.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo Mindy, por la tarde. Sus ojos, rojos de fatiga, miraban por la ventana del aula.
—¿Pero adónde? —le respondí. La pregunta nos perseguía desde el comienzo.
Nos sentamos junto al pequeño fogón improvisado (una lata de pintura, carbón y un mechero de alcohol). El calor era apenas suficiente para entumecer los dedos. Los niños dormían en una esquina, envueltos en mantas y abrigos de los equipos de béisbol de la escuela. De vez en cuando, uno sollozaba; otro tenía pesadillas. Nosotros también.
Después de ese día, se impuso el invierno. Las incursiones se hicieron más difíciles. Nos quedamos sin leña, sin queroseno. El frío nos recordaba que los humanos somos animales de sangre caliente, hechos para el sol. Cada noche, el conteo: trece, luego doce, luego nueve. Entre el hambre y el frío, y alguna infección que no pudimos controlar, la comunidad se diezmó.
En enero, Richie regresó con Danielle. Habían encontrado a un pequeño grupo de refugiados ucranianos en una iglesia al norte. Llevaban consigo algo increíble: pan fermentado a partir de harina recuperada y una botella de vodka artesanal. Lo compartieron en silencio, como si fuera un acto sagrado. Bebimos un trago cada uno y por primera vez en meses, reímos. Lo poco que quedaba de nuestra humanidad salió en esa risa ahogada y triste.
En febrero, el Lago Michigan se congeló lo suficiente como para cruzarlo a pie en algunos tramos. Algunos hablaron de huir hacia Indiana o Wisconsin. Pero sabíamos que el verdadero problema no era la geografía, sino el tiempo. Cada semana morían dos, tres, en otras partes. La radio traía noticias de cientos de cadáveres apilados en el Loop, donde la Guardia Nacional había hecho una retirada sangrienta. Otros supervivientes, aislados, creaban mercados de trueque bajo puentes o en los pasillos del metro.
En la primavera, cuando el hielo comenzó a romperse y los brotes verdes asomaron en los huecos de las calles, comenzamos a perder el miedo constante. No a los zombis: a la muerte inútil, la desesperanza, el olvido. En el corcho del aula, colgué una postal de la ciudad: la Torre Willis en el atardecer, con las luces encendidas, tomada años atrás. Nadie recordaba ya esa visión, pero la fotografía fue un faro, un recordatorio de lo que fuimos.
En ese Chicago moribundo, la esperanza floreció. Mindy empezó a organizar clases para los niños, enseñándoles a leer y a contar usando envoltorios de comida, viejas latas, y fragmentos de revistas. Óscar enseñaba a los jóvenes a hacer trampas para animales en el parque Douglas bajo la nieve, aunque la mayoría de las veces solo atrapaba ratas.
Lo que nunca dejamos de hacer fue escuchar. Por la noche, en la azotea, con la radio militar chisporroteando, todos nos reuníamos a la luz del fuego, casi en silencio. Esperábamos alguna señal de otras comunidades, algún rumor sobre la caída de Nueva York, el renacimiento en Iowa, o lo que fuera. Cuando el mundo entero se rompe, cualquier voz es un ancla.
Y así pasamos el último invierno de la ciudad del viento: entre el frío, el miedo y la camaradería forzada, resistimos. Cuando la primavera truena sobre la nieve de Chicago y los lagos se descongelan, sobreviven los que aprendieron a construir un nuevo nosotros desde los restos —y el fuego— de la ciudad caída. Porque, en el fondo, la gran urbe nunca fue sus rascacielos ni sus puentes: fue su gente.
Ahora, me despido al pie de la vieja escuela, mirando cómo el sol resquebraja las placas de hielo en el patio. Las calles siguen hostiles, pero los niños juegan, y uno de ellos ríe de verdad. Quizá es el primer rastro de un futuro distinto, la promesa de que incluso entre los ruinas, la vida puede abrirse camino.
El Lago Michigan refleja un cielo despejado esa mañana; Chicago, herida, no está muerta. Este es nuestro invierno, y también nuestro comienzo.
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