Fragmento:
Hablando de líderes, en primavera siete de nosotros intentamos sumarnos a un grupo que afirmaba estar armando una comuna subterránea bajo la antigua estación de la Línea Azul. Nunca regresaron. Desde entonces, hemos aprendido a confiar solo en lo que podemos ver y tocar, aunque cada día el círculo es más pequeño.
Duración: 10:29
20 de diciembre de 2020
Diario de Andrew Wilkes, antiguo profesor de historia de la Universidad de Illinois en Chicago, ahora refugiado, superviviente y, sobre todo, testigo.
Han pasado exactamente nueve meses y veinte días desde que todo empezó a tambalearse. La ciudad que alguna vez fue sinónimo de bullicio, de semáforos y ríos de gente, es ahora una sucesión de ruinas grises, cubiertas a ratos por la nieve sucia del inicio del invierno y a ratos por la sangre coagulada de quienes ya no están con nosotros… o de quienes, en cierto sentido, nunca se han ido del todo.
Desde la ventana blindada del tercer piso de lo que una vez fue la Biblioteca Pública de Chicago, miro la nevada caer sobre las calles llenas de escombros. El lago Michigan hombrea el horizonte: congelado en su mayoría, pero aún surcado de grietas que los más desesperados se arriesgan a explorar en busca de agua no contaminada o, cuando la escasez aprieta, para intentar pescar bajo el hielo. Desde aquí, puedo ver las luces mortecinas de otros refugiados, parpadeando en la distancia como luciérnagas pobres, recordando al mundo —y a mí mismo— que aún queda algo de humanidad dispersa en la penumbra.
No duermo bien. Nadie duerme bien estos días. Hace dos noches, escuchamos en la radio militar que aún emite de vez en cuando desde lo alto del John Hancock —ese viejo edificio que aún desafía a los zombis con su robustez y elevador manual— que la última caravana que partió hacia el sur no regresó. Algunos creen que se perdieron entre la nieve, otros que cayeron víctimas de los saqueadores que se hacen pasar por supervivientes solo para robar las pocas provisiones que quedan. Pero la mayoría, en el fondo, sabemos que lo más probable es que hayan sido devorados por uno de los enjambres que cruzan la ciudad de tanto en tanto, desplazados por el hambre y el frío.
Dicen que la nieve ha resultado un inesperado aliado: los zombis se mueven más lento, sus cuerpos helados se entumecen y quedan pegados al asfalto, especialmente aquellos que llevan ya meses vagando por ahí, con los músculos destruidos y la carne encartonada por el hielo. Aun así, algunos siguen siendo terriblemente peligrosos; los recién convertidos, por ejemplo, se mueven con una furia ciega, y los gritos que se oyen cuando asaltan algún refugio sacuden los muros hasta el alma.
En este invierno de muerte, la ciudad se retuerce sobre sí misma, envuelta en el rugido lejano del viento y los esporádicos disparos de quienes aún tienen munición. Nosotros, en la Biblioteca, somos dieciséis. Solo dieciséis de los que éramos más de cuarenta a mediados de octubre. Perdimos varios durante la última oleada; otros se rindieron al frío o a la desesperación. Casi todos votamos para quedarnos juntos, al menos hasta que la primavera dé señales de querer volver. Si es que vuelve.
Hoy, a falta de mejores tareas, me dediqué a revisar los pisos superiores, junto con Ruby, una chica de veinte años que antes era estudiante y ahora es la encargada de la vigilancia nocturna. Armados con una escopeta oxidada y una linterna de dínamo agrietada, barrimos los pasillos colapsados por las estanterías caídas. En uno de los rincones encontramos a dos ratas asfixiadas, entre las páginas abiertas de un libro de medicina: aún hay ironía en el mundo. Reduje a Ruby dos barras de pan mohoso que conseguí rescatando de una mochila, y un brick de zumo abollado; ella me pagó con una mirada de resignación, pero también de esperanza. La pequeña red de trueque improvisada aquí adentro sostiene la moral mucho mejor que el discurso de cualquier líder mundial.
Hablando de líderes, en primavera siete de nosotros intentamos sumarnos a un grupo que afirmaba estar armando una comuna subterránea bajo la antigua estación de la Línea Azul. Nunca regresaron. Desde entonces, hemos aprendido a confiar solo en lo que podemos ver y tocar, aunque cada día el círculo es más pequeño.
El frío nos defiende, pero también nos mata. Dos de los más viejos, el señor Baldocchi —un bibliotecario jubilado con nombre de novela— y Martin Schlesinger, que alguna vez fue enfermero en el Rush Hospital, murieron de fiebre hace exactamente una semana. Los enterramos bajo la nieve, en lo que quedó del parque Grant; hago un esfuerzo mental por recordar sus voces, para no olvidarlos por completo en este limbo de recuerdos y cuerpos vacíos. Algunas noches me pregunto si somos los últimos testigos de la antigua Chicago, en la línea divisoria entre lo que fue y lo que es.
El día empezó con una ventisca brutal y la certeza amarga de que habría que salir a buscar comida pronto. Las reservas están bajo mínimos; las latas de sopa y los frascos de miel se agotan a una velocidad desesperante, y la última expedición, tan al sur como la Roosevelt, no arrojó más que algunas patatas podridas y dos latas de espárragos en conserva. Nadie se quejó, pero todos compartimos la misma conciencia de que la siguiente salida podría ser la última.
Mi compañero Tomás —un hombre robusto y reconcentrado, rapado al cero, trabajado en los astilleros— propone siempre la misma ruta: cruzar hacia el oeste, por Jackson Boulevard, hacia los supermercados que aún se mantienen en pie. Dice que hay rumores de unos “cachés” de comida ocultos por el ejército antes de evacuar el centro. Algunos lo creen; otros, no tanto. Los más jóvenes, en cambio, parecen aferrarse a cualquier esperanza, aunque ello implique salir a pelear por una bolsa de arroz.
A las nueve de la mañana nos reunimos en la sala principal. Bajo la quebradiza luz de las velas, planeamos la expedición. Esta vez seremos cinco: Tomás, Ruby, Alice —una enfermera que se ha revelado excelente rastreadora—, yo mismo, y Chuy, un chico latino de apenas diecisiete años, pero con unos reflejos envidiables y una puntería que ya quisiéramos muchos veteranos.
Nos preparamos en silencio. Cuerdas, linternas, dos pistolas —una Glock rescatada de un policía muerto y un revólver que nadie sabe cuándo llegó aquí—, la escopeta y, sobre todo, el cuchillo de carnicero, bien afilado, que tomé prestado del restaurante abandonado junto al río.
A las nueve y media salimos por una de las ventanas traseras, cubriéndonos con mantas y plásticos para evitar que el calor corporal delate nuestra posición a los zombis, que parecen percibir el calor tanto como el ruido. El aire quema los pulmones, y el crujido de las botas en la nieve parece un propio grito.
Avanzamos casi en fila india, entre coches abandonados y carros de supermercado cubiertos por capas de hielo. Hay silencio, un silencio húmedo y denso, apenas roto por el lamento intermitente del viento. En las bocacalles, aparecen de vez en cuando cuerpos congelados: algunos aún en posición de huida, otros arrodillados, mirando ciegamente hacia el lago. Me pregunto qué es peor, si terminar devorado o dejado solo para morir congelado, en la espera de una salvación que nunca llegaría.
De repente, desde la esquina de la South Michigan, escuchamos un ruido nuevo: un gruñido bajo, pero persistente. Giramos y lo vemos. Un zombi —recién convertido, a juzgar por el color aún rojizo de su carne—, atrincherado junto al portón de una tienda de conveniencia. Tomás levanta el machete, pero Alice le detiene; pocos movimientos, menos ruido. Ruby se adelanta y lo distrae lanzando una batería vieja contra la acera opuesta. El zombi se gira, torpe pero famélico, y eso nos da el tiempo necesario para cruzar corriendo hacia el supermercado.
El interior está tan destruido como cabría esperar, pero aún hay estantes con restos de galletas, caramelos, alguna caja de harina a medio abrir. Recolectamos lo que podemos: cinco latas de atún, una bolsa de arroz roto, media docena de bebidas energéticas inválidas. Pero, en un rincón, descubrimos algo más útil aún: un botiquín de primeros auxilios casi intacto. Alice lo abraza con una devoción que roza la plegaria, y yo la entiendo.
El regreso es igual de tenso, pero logramos volver. Perdimos a uno de los zombis que había empezado a seguirnos; parece que el frío le paralizó las piernas justo en el cruce de Wabash. El resto de la calle, silenciosa, nos devuelve a la realidad:
Chicago es un tablero de ajedrez congelado, en el que cada ficha —humana o zombi— busca su sitio en la penumbra.
Por la tarde, en la Biblioteca, compartimos los hallazgos. El arroz, convertido en sopa aguada, sabe a gloria comparado con el agua oscura con la que lo cocinamos. El botiquín se guarda como tesoro bajo siete llaves. Ya nadie discute: lo esencial une más que lo accesorio, y hasta los más amargados sonríen un instante.
Mientras la noche cae —rápida y espesa—, encendemos la radio. Ha habido rumores de grupos paramilitares que merodean el barrio ucraniano; por ahora parecen evitar el Loop, pero más vale estar alertas. También se escuchan, de fondo, llamadas entre supervivientes, códigos susurrados, promesas de ayuda. ¿Es genuino? ¿O somos presas fáciles para quien quiera hacerse con los restos de nuestro pequeño bastión?
Repaso mis notas antes de dormir. Me obligo a escribir cada día, aunque sea solo unas líneas que resistan el olvido, como si temiera desaparecer entre el eco de tantos gritos mudos que habitan ya las calles. Este diario es todo lo que me queda para recordar quién fui alguna vez, y para darle un sentido a esta forzada supervivencia.
Afuera, la nevada sigue cayendo, tapando poco a poco las cicatrices de la ciudad. Mañana saldremos de nuevo, quizá tengamos menos suerte que hoy, o quizá descubramos por fin un refugio donde pasar el resto del invierno. Lo único seguro es que ninguno de nosotros piensa rendirse sin pelear.
Si alguien en el futuro encuentra estas hojas, que sepa que los últimos días del viejo mundo no fueron solo de miedo y muerte, sino también de pequeños actos de coraje, de solidaridad y de una terquedad brutal por sobrevivir. Somos Chicago, y mientras uno solo de nosotros respire, esta ciudad no habrá caído del todo.
Andrew Wilkes,
sobreviviente en la Biblioteca Pública
Chicago, invierno de 2020
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