Fragmento:
Salgo de nuestro piso —el tercero del bloque Huron, en Noble Square, reformado con muros dobles y troneras en los pasillos— y bajo al vestíbulo donde se agrupa la cuadrilla de vigilancia. Ramos, un hombre con la piel curtida y tos ferrosa, rebana un trozo de pan seco y nos señala la lista de turno.
Duración: 11:11
17 de Enero de 2028
Hay crujidos de madera en los marcos de las ventanas reforzadas, y el resplandor rosado de un amanecer glacial pinta geometrías industriales sobre el horizonte. Chicago, en 2028, ya no es una maquinaria de acero y comercio. Ahora ruge por el rumor contenido de los vivos, esquivando a los pocos muertos que aún deambulan, y por la estrategia constante de los que aprendieron a sobrevivir. El Loop, la zona de negocios otrora impasible y brillante, es solo una postal de ruinas bajo nieve: la vida se mudó a los anillos de la ciudad, donde las antiguas barriadas se transformaron en fortalezas humildes y mercados vigilados.
Mi nombre es Alicia Vélez, y a los diecisiete años he vivido más inviernos en este mundo nuevo que los que llegué a disfrutar del anterior. Cuando salgo del refugio a inspeccionar el corredor común, me cruzo con los mismos muros garabateados de mensajes y los tablones agujereados por siglos recientes de balas. Extrajo del bolsillo interno de mi chaqueta el pin con el lema de nuestra comunidad: “Los altos sobreviven, los unidos viven.” Es un juego de palabras que intentó mi madre, para arrastrar un poco de sentido del humor a estos corredores fríos. Y ahora, hasta duele rezar el lema, porque ella ya no está.
El amanecer marca el inicio del día más importante desde hacía meses: el día de feria. Las caravanas llegan del sur y oeste, cruzando calles vacías y apartando cualquier forma de vida no invitada. El intercambio es limitado a ciertas fechas pactadas, protegidas por acuerdos armados con las milicias del río y los centinelas de Southside. Son las pocas jornadas en que podemos cambiar semillas, pólvora, hojalata, herramientas y medicinas. Los niños más pequeños lo viven como una fiesta; para los mayores es la tensión de la vigilancia constante.
Salgo de nuestro piso —el tercero del bloque Huron, en Noble Square, reformado con muros dobles y troneras en los pasillos— y bajo al vestíbulo donde se agrupa la cuadrilla de vigilancia. Ramos, un hombre con la piel curtida y tos ferrosa, rebana un trozo de pan seco y nos señala la lista de turno.
—Vélez, te toca con Carroll en la segunda ronda. Nada de desviarse del perímetro, ¿queda claro?
Asiento, recogiendo la tela azul que hace de brazalete para distinguirnos del resto, y busco al grandullón de Carroll cerca de la puerta exterior. Él verifica su rifle recortado y sonríe, mostrando dientes mellados pero ojos vivísimos. No necesita hablar para darme confianza; nos une el hecho de haber encontrado juntos, en una patrulla nocturna dos inviernos atrás, a un niño perdido con las manos cubiertas en sangre y los ojos vacíos de todo. Desde entonces, existe una complicidad silenciosa entre ambos, como si el simple acto de mirar alrededor fuera un lenguaje propio de este lado del mundo.
La mañana es fría, y los ríos secundarios que serpentean cerca del lago están medio helados. Cruzamos callejones entre casas agrupadas en arcos, cables recogidos y señales codificadas en las puertas: círculos con dos líneas si se trata de una familia, una X si la casa está vacía o maldita por el mal olor de la infección reciente.
La feria se instala en la vieja Randolph Street, donde los puestos están protegidos por sacos de arena y chatarra reciclada. Llegan los comerciantes: hay un grupo de latinos con mulas adaptadas a los trineos; tres mujeres polacas que traen manojos de semillas y un boticario de Uptown que luce en la solapa una medalla oxidada de los antiguos hospitales. Entre los habitantes de la zona, los recién llegados son mirados con recelo respetuoso, y los rifles descansan sobre las mesas como simple formalidad.
En este Chicago, la muerte no acecha solo tras un humeante cadáver. Ahora ronda tras la traición comercial o el olvido de las normas. Por eso, cada trato se efectúa ante testigos, y existe una corte improvisada —un círculo de ancianos mezclados con veteranos de los primeros días— que decide qué es justo y qué, una afrenta.
Mi encomienda esta mañana, más que patrullar, es encontrar insulina para Víctor, mi hermano. Él es demasiado joven para recordar la época del supermercado en línea. Su existencia depende ahora del tráfico irregular de medicamentos que cruzan la vieja Eisenhower edición guiada por pistoleros y custodios. Tengo para ofrecer: dos cajas de balas calibre .22, tres cucharadas de pólvora casera y unas gafas de seguridad que alguna vez pertenecieron a un ingeniero eléctrico.
La primera vuelta al mercado es simple observación: identificar caras, evaluar humores. Las conversaciones son susurros, comparando precios, intercambiando miradas tensas entre clanes. Carroll decide establecerse junto al vendedor de tabaco secado; su sola presencia impide problemas menores. Yo avanzo entre las tarimas, allí donde los agentes del trueque anotan las cantidades en trozos de cartón.
La segunda vuelta es para negociar. Abordo a la mujer polaca —Una con ojos felinos y acento marcado, llamada Elzbieta— y le pido que me muestre su caja de medicamentos. Ella, desconfiada, mira primero mi credencial de la comunidad:
—Es para un niño —aclaro—, menor de doce. Si encuentras la insulina, te doy esto.
Le muestro las balas y la pólvora. Ella vacila, consulta con otro hombre y, después de un intercambio de dos palabras en su idioma, asiente. El trato se sella con un apretón largo, demasiado serio para una chica como yo. Me promete tenerlo todo en un rato, pero quiere asegurarse de la pureza de la pólvora y el número de balas.
Regreso junto a Carroll, quien me aparta con la barbilla hacia la calle lateral.
—Vehículo —dice, con la voz baja y cortante—. De los Estrada, parece.
Reconozco la señal. Los Estrada son otro grupo de comerciantes, conocidos por el humor ácido y la propensión a pagar con servicios o favores en especie. Carroll me pasa una radio oxidada:
—Quédate aquí, no te expongas.
Pero es mi oportunidad para observar la segunda ronda del juego: las negociaciones clandestinas y los rumores de caravanas que han sido emboscadas en el oeste, a la altura de Oak Park. Nombres conocidos cruzan los callejones: “Han desaparecido dos de Rogers Park”, “Dicen que los del sur no volverán a traer antibióticos”, “Alguien escuchó disparos junto al río.”
Aprovecho el movimiento general para buscar a otro personaje esencial: Desmond, el herrero de mercado. Hace semanas que necesito una hoja afilada: mi machete perdió filo y en estos barrios, donde las hordas aún pueden brotar de un solar mal tapado, el filo puede ser la diferencia entre la vida y una muerte malograda. Desmond accede a afilar la hoja y yo, a cambio, le reservo un lugar para su hijo en las clases de lectura que retoman este invierno en nuestra escuela improvisada.
Cuando vuelvo con Elzbieta, ella ya tiene la caja de insulina y mira apenas un poco más amable. El intercambio es breve; ninguna exhibe debilidad.
—Aquí tienes lo tuyo —me dice—. ¿Tienes hielo?
Asiento. Tenemos un congelador pequeño, de los que aún funcionan con dinamos pedaleados en turnos nocturnos. Sé que hoy dormiré bien: Víctor tendrá insulina hasta mediados de marzo.
La tarde se avecina sobre la feria. Carroll y yo tomamos posiciones en una de las azoteas: la vieja costumbre de vigilar las avenidas, observar los humos y cualquier movimiento inusual. La perspectiva desde aquí es sobrecogedora: la silueta congelada de la Willis Tower, aún más sombría bajo el cielo encendido en ámbar y violeta, las calles como venas abiertas cubiertas de nieve y residuos de lo que alguna vez fue un festival de luces. Más allá del río, unas columnas de humo nuevo alertan de que otra comunidad está encendiendo fogatas de señal.
Recuerdo los primeros meses, cuando toda la ciudad era solo horror y estampida. El sonido metálico de los helicópteros sobrevolando, las sirenas fundiéndose en un solo aullido, las hordas de infectados desgarrando trenes de la L. Ahora, la calma sólo engaña a los ingenuos; la amenaza del hombre es más sutil, pero nunca duerme.
Carroll mastica un trozo de carne seca y me observa.
—¿Piensas quedarte aquí el resto de tu vida, Vélez?
Me tienta mentir, decirle que voy a buscar el mar algún día; pero, la verdad es que la idea de dejar Chicago, incluso así de desfigurada, me estremece.
—Este es mi hogar —respondo—. Nadie más va a cuidarlo.
La conversación se interrumpe por un crujido metálico: unos niños juegan junto a los postes con trineos improvisados. Ríen, arman competencias para ver quién desliza más lejos sin chocar con las barricadas. Por un instante, la ciudad revive bajo sus gritos. El futuro, pienso, se parece más a ellos que a nosotros los cansados.
La feria sigue hasta el crepúsculo, cuando los líderes del círculo revisan las cuentas y sellan los últimos acuerdos. Hay celebración modesta en algunos puestos: alguien destapa una botella de alcohol apurados y otro toca un trozo de madera a modo de violín. El aroma de pan tostado y carne de venado flota entre los puestos. Por unas horas, la vida se siente casi recuperada de aquel mundo anterior, donde Chicago era la ciudad de los vientos y las oportunidades.
La noche cae temprano en enero, y los ecos de los forasteros marchándose retumban por las calles heladas. Carroll y yo iniciamos la ronda de cierre, echando polvo sobre las huellas y repasando los puntos de acceso. En el puesto de vigilancia, el grupo cambia historias rápidas antes del toque de queda. Ramos, siempre atento, pregunta por la insulina y aprueba el intercambio con una palmada que resuena en la sala.
En mi habitación, junto a una ventana que ahora mira a un horizonte en paz frágil, reviso la caja de medicamentos y anoto en el registro de la comunidad: “Día de intercambio exitoso.” Es solo una línea más, pero rinde homenaje a una rutina de resistencia. Le paso la primera dosis a Víctor y le acaricio la cabeza.
—Hoy seguimos ganando, hermano.
Él sonríe, dándose vuelta en la improvisada cama de mantas y libros viejos.
Antes de dormir, registro en mi diario las impresiones del día:
“El mundo después no es menos humano, solo más delgado, más afilado. Chicago ya no tiene miedo de sí misma. Vive en el filo de su memoria, pero mira adelante en cada risa de los pequeños, en el lento pulso de los mercados y la aspiración de que, alguna vez, seremos nuevamente algo más que nombres en una lista de supervivientes. Hoy, la muralla sostiene. Mañana, quizás, reconstruiremos el neón y la música. Pero esta noche, es suficiente estar juntos en el frío.”
El silencio del invierno cae, pesado y sin amenazas en este rincón de la ciudad.
Y así, Chicago sobrevive, reinventándose a golpes de coraje y trueque en cada amanecer congelado.
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