Fragmento:
La ciudad de Chicago, en algún diciembre que ya no se parecía a ningún otro, era un mausoleo de concreto, hierro y nieve. Lakeview, una vez vecindario de brunches, perros corriendo junto al Lago Michigan y familias atestando cafeterías, era un desierto de ventanas rotas y hollín acumulado. Solo las huellas, profundas y torpes en la escarcha, decían que aún quedaba vida, humana… y otra.
Duración: 13:31
12 de diciembre de 2020
La ciudad de Chicago, en algún diciembre que ya no se parecía a ningún otro, era un mausoleo de concreto, hierro y nieve. Lakeview, una vez vecindario de brunches, perros corriendo junto al Lago Michigan y familias atestando cafeterías, era un desierto de ventanas rotas y hollín acumulado. Solo las huellas, profundas y torpes en la escarcha, decían que aún quedaba vida, humana… y otra.
El frío era el enemigo invisible. Peor que los zombis. Incluso las criaturas, esa masa de cuerpos con piel blanquecina cuarteada y ropa ya imposible de identificar, se movían más despacio bajo la ventisca. Por eso, la llegada del invierno había transformado la estrategia de supervivencia: moverse lo menos posible, ahorrar calorías, apilar mantas, forrar ventanas con cartón y dormir en turnos cortos. Cualquier extravío, cualquier error, y el frío se llevaría cuerpos antes de que el hambre hiciera falta.
El grupo de Julia había elegido su refugio con esmero. Era un viejo complejo de oficinas cerca de la North Broadway que, gracias a dos puertas de metal y un sótano sin accesos externos, se resistía a los saqueos y ataques frecuentes. Por turnos habían tapado todas las entradas con muebles y archivadores y, cada noche, comprobaban las trampas que crujían si se pisaba algún vidrio roto en los corredores. En una ciudad infestada de muertos y vivos desesperados, aprender a minimizar el ruido se había convertido en ley de vida.
Eran siete personas fijas. Julia, antigua profesora de biología en DePaul. Marvin, exconductor de autobuses urbanos, aún fornido pese a la desnutrición. El anciano matrimonio ruso, Ludmila y Oleg, que decían haber sobrevivido al colapso de la Unión Soviética y veían la situación actual con una resignación estoica. Terrence, un chico que antes vendía entradas en el teatro Music Box y al que la traición de otros refugiados, meses atrás, había dejado con una mejilla llena de cicatrices. Encarnaban una muestra dispar de lo que quedaba de Chicago: clases medias, obreros, migrantes, hijos de trabajadores, todos unidos por la necesidad y un resentimiento flotante por el viejo mundo que ya no era más que cenizas.
No había niños. No desde octubre, cuando una horda barrió el refugio improvisado en Ravenswood y murieron casi todos los menores. A veces, el silencio de los pasillos apenas interrumpido por el zumbido del viento o el crujido de algún ventanal hacía que Julia y los demás se preguntaran si aquello era realmente vida.
El almacén de comida menguaba. Las reservas de latas, galletas rancias, arroz y agua en garrafones ya no bastarían para un enero largo. El mantenimiento emocional era tan complicado como el físico. Contaban historias solo por la noche, cuando las velas –esas preciosidades reservadas como oro– permitían verse los rostros. Ludmila evocaba la Leningrado sitiada de sus abuelos; Marvin recordaba autobuses llenos de gente a las 6 de la mañana, cuando la vida era otra. Habían implementado ya hace dos meses el reparto simbólico de raciones: un dado de azúcar, media lata de sopa, una cuchara de manteca de cacahuate.
Pero la escasez no era solo alimento. La resistencia física al frío menguaba. La ropa, incluso con capas sobre capas a la moda del apocalipsis, protegía poco de la humedad que se filtraba por el suelo helado y las ventanas partidas. Los días buenos, subían a la azotea y recolectaban nieve limpia para derretirla. El resto del tiempo, debatían rutas de escape, posibles saqueos, y la eterna pregunta: ¿valía la pena seguir aquí, ahora que Lakeview, incluso Lincoln Park, parecía muerta?
La noche que escucharon la radio fue, en realidad, dos horas después de la medianoche. El aparato era un viejo Walkman reacondicionado con pilas de distintos dispositivos, resucitado por Oleg, que había sido técnico en Polonia antes de desembarcar en Estados Unidos. Entre estática y silbidos, emergió la voz cansada de un soldado, emitida –o eso creían– desde Great Lakes Naval Station, cincuenta kilómetros al norte:
“…nieve cubre la carretera… rutas bloqueadas por cadáveres y vehículos… recomendación permanecer bajo resguardo… abstenerse de desplazamientos salvo emergencia…”
Escuchar una autoridad –por mínima y dudosa que fuese– desencadenó una febril discusión. ¿Significaba eso que “allá afuera” quedaba algún remanente estructurado? ¿Algún refugio mayor, comunicación, búnker, cualquier cosa que no fueran grupúsculos dispersos, o bandas carroñeras armadas? Nadie durmió esa noche.
La mañana siguiente, Julia propuso buscar provisiones a dos cuadras, en una tienda que siempre habían evitado por estar en pleno cruce de Broadway y West Sheridan, pero que quizás, ahora, con el frío ralentizando a los muertos, podría ofrecer algo más que latas vacías. Todo el plan era una ruleta rusa, pero enfrentarse al hambre –o, peor, a la posibilidad de ceder a la violencia interna, a la lucha por la última lata– era una amenaza aún más inminente.
Marvin y Terrence la acompañaron. Fueron con mochilas y, lo más importante, palos largos rematados en cuchillas improvisadas. Cualquier estruendo sería señal fatal; el arma de fuego que tenían –una pistola oxidada, con seis balas y un seguro dañado– era solo último recurso.
El frío en el exterior era físicamente doloroso: oídos, dedos, narices se entumecieron al instante. El aire era tan límpido que las icónicas torres al sur de la ciudad (Trump Tower, Willis Tower) se recortaban claramente en el horizonte, sus vidrios rotos brillando como puñales bajo el relente. Las calles estaban bloqueadas, no por nieve solamente, sino por una absurda francachela de automóviles sin gasolina, autobuses volcados y cuerpos congelados. Algunas de las criaturas seguían danzando su letanía interminable entre los carros, atrapadas aún en la repetición de su “vida anterior”, deteniéndose a veces ante charcos de sangre ya azulada por el hielo.
Antes de llegar a la tienda, debieron orillar un viejo camión con la leyenda “Heartland Bread”, parcialmente calcinado. Una figura, al principio indistinta, asomó cerca del parabrisas. El miedo inmediato a un muerto se diluyó al ver que se trataba de una mujer viva, famélica, apuntándoles con una navaja oxidada, con el rostro semicubierto de jirones de bufanda.
—No queremos pelea. Solo comida —gritó Julia, enseñando sus manos vacías.
La mujer dudó un instante, después dejó caer el arma y lloró, unos sollozos cortos e infantiles, acallados rápidamente por el entorno hostil.
No se acercaron, pero dejaron a su alcance una de sus pocas galletas energéticas. Marvin murmuró que era una locura, pero Julia insistió. “La próxima podríamos ser nosotros”.
La tienda, una vez alcanzada, era un campo de batalla congelado: anaqueles volcados, bolsas abiertas, cajas de cereal abiertas y dispersas, charcos secos de sangre y, detrás del congelador, el cuerpo de un muerto, quizá hace poco (el olor aún era reciente). En silencio, Julia rebuscó entre los restos. Consiguieron media docena de latas, dos paquetes sellados de galletas de animalitos y, lo más valioso, cuatro paquetes de pilas y una pequeña linterna.
El regreso se complicó por el avistamiento de una pequeña horda –en realidad, no más de seis o siete zombis, pero todo grupo de más de dos ya era una horda– atascados en un montículo de nieve frente a una boca de incendios. Se movían lentamente, pero uno de ellos tenía aún fuerzas para golpear metódicamente el parabrisas de un auto, anunciando que, si no se apresuraban, pronto serían más. La tentación de correr casi les traiciona, pero Julia impuso calma y, bordeando la acera, lograron regresar.
En el refugio, la moral subió. No por el banquete –inexistente–, sino por la sensación de haberle ganado una mínima batalla a la ciudad-muerte. Oleg propuso racionar las pilas: dos horas de radio diaria, no más de quince minutos de linterna cada vez. Ludmila, que tejía bufandas y calcetines con lana rescatada, improvisó mantas con ropa vieja para intercambiar en caso de cruzar con más supervivientes en el futuro. Las conversaciones giraron esa noche, por primera vez en semanas, a posibilidades: ¿y si podíamos negociar con el grupo de St. Mary’s? ¿Y si intentábamos hacer trueque en la fortaleza improvisada de la biblioteca pública?
Pero la amenaza siempre era doble: desde fuera y desde dentro. La tensión del grupo llegó a su cénit cuando, una semana más tarde, Terrence encontró a Marvin escondiendo latas en una mochila. La amenaza de insubordinación o traición era tan grave como la de una horda. Se produjo una discusión violenta, y Ludmila, la más anciana, debió intervenir recordando a todos el invierno del 42 en Leningrado: “Los que roban del grupo, terminan por matarse también”. La comida fue redistribuida y Marvin aceptó de mala gana la sanción: dormir los turnos exteriores esa semana.
Afuera, la nieve seguía amontonándose. El frío mató a la mayoría de los no preparados en noviembre: solo quedaban, al decir de Oleg, “los tercos y los locos”. Los zombis se ralentizaron tanto que algunos aparecían semi-enterrados en ventisqueros o atrapados por basura congelada, convirtiéndose en cadáveres más que en amenazas. Pero esa pasividad aparente era peligrosa. Los vivos, hambrientos, se volvían más agresivos y la necesidad de patrullar aumentó.
El ambiente mental, entretanto, era una mezcla entre nostalgia, rabia y pragmatismo feroz. Cada objeto se valoraba: una pila alcalina podía intercambiarse por media caja de cereal; un cuchillo entero era aliado y pasaporte en igual medida. El trueque comenzó con grupos aislados, y en el horizonte de la ciudad, pequeñas columnas de humo indicaban nuevos nodos de ocupación: escolares amotinados en gimnasios, pastores improvisados con biblias gritando promesas de redención en mitad de Montrose Harbor, y bandas armadas dominando, desde las alturas, los túneles del L. La ciudad estaba menos muerta de lo que parecía: simplemente, se estaba transformando en otra cosa.
En los días finales de diciembre, la radio volvió a transmitir. Era una invitación: un mensaje codificado, anunciado con repeticiones de “Northwestern safe, supplies for trade, come armed but peaceful”. Nadie sabía si era trampa. El debate en el refugio fue agrio. Julia creyó que no tenían opción: “La inacción es la muerte lenta. Si queremos sobrevivir a enero, debemos aliar”.
Por fin, el grupo decidió enviar a Julia y Terrence, acompañados por Oleg. Salieron al amanecer bajo una luna pálida, cruzando avenidas vacías patrulladas solo por aves carroñeras y el recuerdo de un tráfico imposible. En Northwestern, sólo encontraron cinco sobrevivientes, todos armados, sí, pero también tan famélicos y asustados como ellos. El trueque inicial fue tenso: galletas y linterna por vendas, pilas y algo de azúcar antiguo, ya cristalizado.
La alianza, aunque breve, funcionó. El grupo de Julia obtuvo medicinas para Ludmila, que tosía cada vez más. El otro grupo recibió agujas, hilo y sal para curar heridas y conservar carne. Se estableció un protocolo: avisar, mediante señales de tela desde los techos, de la presencia de hordas o de humanos hostiles. Por unos días, una delgada red de seguridad conectó Lakeview y parte de Evanston.
Terminó el mes, y algunos en el grupo comenzaron a contar los días en voz alta, como esperando la primavera. Julia, sin embargo, sabía que el peligro real seguía siendo el hambre y la traición. El frío era el filtro de selección natural. De los miles que una vez vivían en Chicago, quedaban ahora decenas, tal vez cientos, fragmentados y espectrales.
Pero sobrevivían. Encendía velas cada noche, y esa luz amarilla en la oficina tapada por archivadores era un manifiesto silencioso, un grito de resistencia contra la entropía. Cada historia dicha junto al fuego, cada sorbo de sopa racionada, era una victoria mínima, pero suficiente.
Fuera, la ciudad dormía bajo la nieve y los cadáveres, congelada en el peor invierno jamás registrado. Sobrevivir era menos un acto heroico que una terquedad cotidiana: comer poco, dormir ligero, confiar lo justo. No quedaba espacio para la esperanza exuberante, pero, en la suma de días resistidos, se tejía una memoria distinta, una semilla de humanidad entre los restos de una ciudad fantasma.
Tal vez, pensó Julia una noche, al contemplar el lago cubierto de escarcha y edificios vacíos, no todo estaba perdido. Si alguna vez retornaba la primavera, Chicago volvería a albergar vida. Pero ese diciembre, cada aliento, cada pequeña alianza, era el verdadero milagro.
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