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Fragmento:


Mientras ascendía, los recuerdos la emboscaban. El “Gran Escape” de las primeras hordas, cuando ella apenas era adolescente; la caída del South Side bajo los saqueadores; la pérdida de su madre, arrastrada entre zombis en las orillas mismas del río. Chicago nunca había sido una ciudad fácil, pero la plaga la transformó en un infierno plausible de sobrevivientes endurecidos, bandas, y muertos ambulantes que sólo el frío del lago podía ralentizar.

Duración: 11:21

Hijos del Lago Michigan
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Texto de ajuste de pausa.

12 de enero de 2028

Chicago. Enero de 2028. Han pasado más de siete años desde que el mundo colapsó y se fragmentó en un mosaico de óxido, polvo y cenizas. Siete años desde el invierno en que las chimeneas de las antiguas plantas industriales dejaron de arrojar humo, los trenes cesaron su vaivén, y el rugido del Loop fue reemplazado por un silencio apenas inquietado por disparos lejanos y los gruñidos de los últimos zombis, cada vez más lentos, cada vez menos peligrosos pero nunca dignos de descanso. Para los hijos de este nuevo Chicago el Viejo Mundo no es más que relatos susurrados junto a las fogatas, mitos y pesadillas heredados de padres agotados.

Ahora, entre las torres pálidas del downtown—convertidas en fortalezas de concreto y refugio, mirador y prisión—aún ondean jirones de banderas improvisadas y lonas coloridas que identifican el dominio de las milicias del lago. Este enero de 2028 es especial. Entre el hielo que asfixia el Lago Michigan y el viento lacerante que atraviesa la ciudad, por fin, algo como la esperanza parece posible.

La Torre de la Concordia era en realidad la Willis Tower, pero nadie la llamaba así desde hacía cuatro inviernos. Convertida en un búnker vertical, era el centro neurálgico de la milicia regente: los Nómadas del Lago. El edificio no tenía energía salvo por unas bombillas titilantes alimentadas por contrabando de baterías defectuosas y un generador viejo, pero allí, sobre columnas que seguían resistiendo el peso de los años y la memoria de cientos de oficinas vacías, se trazaban los destinos de los vivos.

Camila Ortiz, hija de mexicanos, nacida en Pilsen justo antes de la plaga, ascendía por las escaleras del piso 80. No había ascensor—el sistema eléctrico mayor llevaba muerto tanto como los zombis de la primera generación. Su brazo izquierdo lucía un improvisado vendaje: una mordida reciente, aunque superficial. Sabía que había tenido suerte. En su cinto, una radio militar de corto alcance y un revólver con solo tres balas.

Camila era exploradora y comerciante, una de las valientes encargadas de negociar entre las facciones humanas dispersas en los márgenes del otrora vibrante Chicago. Su meta esta mañana era reunirse con el consejo, transmitir novedades de importancia: el grupo de agricultores de Aurora había encontrado semillas guardadas en un banco genético y varias especies habían germinado. Trigo, maíz y hasta girasol crecían en invernaderos rudimentarios bajo cascadas de luz artificial rescatada de viejas instalaciones. Era un milagro en ese invierno atroz y sabían que podía cambiar el destino de la ciudad.

Mientras ascendía, los recuerdos la emboscaban. El “Gran Escape” de las primeras hordas, cuando ella apenas era adolescente; la caída del South Side bajo los saqueadores; la pérdida de su madre, arrastrada entre zombis en las orillas mismas del río. Chicago nunca había sido una ciudad fácil, pero la plaga la transformó en un infierno plausible de sobrevivientes endurecidos, bandas, y muertos ambulantes que sólo el frío del lago podía ralentizar.

En el piso superior la esperaba Ibrahim “Ibby” Musa, uno de los líderes de la comunidad. Alto, piel oscura, pelo trenzado con retazos de cinta aislante: Ibby había sido bibliotecario antes, aunque pregonar ese oficio era en sí un acto de fe. Su biblioteca ahora era una bóveda blindada en la vieja biblioteca Harold Washington, a salvo de saqueadores pero accesible para los verdaderos necesitados: quienes querían aprender a cultivar, a soldar, a sobrevivir.

—¿Qué hay, Camila? —preguntó él, viendo su vendaje.

—Nada grave. Otro caído que no aceptó el invierno —respondió ella, mostrando el paquete que llevaba. Un manojo de sobres cuidadosamente sellados: documentos, cartas, algunos tratados entre barrios.

—¿Y las semillas?

—Funcionan. Tenemos que pensar en expandir los cultivos—dijo ella—. Aurora tiene suficiente mano de obra. Si conseguimos sacar a los rezagados del sur, podríamos poblar más tierras fértiles antes del deshielo.

Se acercaron a una gran mesa de guerra montada sobre una superficie de mármol fracturado. Alrededor, hombres y mujeres de edades diversas: la mayoría nacidos ya en el caos, sólo unos cuantos tan viejos para recordar el sabor de una pizza de verdad o el zumbido de los buses eléctricos. Un viejo mapa de Chicago, con marcas de zonas limpias, rutas peligrosas y caminos transitables por caravanas, los servía de guía.

—Hay algo más—admitió Camila, bajando la voz—. Un grupo nómada de “Los Grises” ha instalado una barricada en la I-55. Dicen que buscan controlar cualquier intercambio entre la ciudad y los suburbios. Son muchos y están armados, y ayer bloquearon otra caravana de repuestos eléctricos.

Ibby frunció el ceño. Nadie confiaba en los Grises: antiguos paramilitares, mercenarios del periodo más oscuro del colapso, conocidos por obligar a supervivientes al trabajo esclavo. El problema era viejo y nuevo a la vez: en la era de los zombis, el mayor enemigo seguía siendo el hombre.

—Necesitamos negociar una tregua o un ataque relámpago —dijo uno de los presentes, una joven que llevaba el cabello teñido de verde, símbolo de una facción de antiguos universitarios ocupando el norte de la ciudad.

—No podemos arriesgar gente en esta nevada. Si pierden la vida ahí, perderemos más que personas—intervino Ibby, elevando la voz.

—Si bloquean el acceso a Aurora, perderemos toda la cosecha en semanas—añadió Camila. El silencio era denso como el concreto en ruinas.

Esa noche, Camila volvió a su refugio: el tercer piso de la antigua Union Station. Allí se instalaban familias completas, vigiladas por francotiradores que mantenían a raya a zombis y humanos igual de peligrosos. La estación, antaño epicentro de viajeros y negocios, era ahora campo de suministros, infantería y un pequeño invernadero bajo el domo de cristal reforzado: pepinos, hojas de mostaza, pequeñas ráfagas verdes contra el invierno visible desde los ventanales, donde caían copos de nieve y a lo lejos, el río congelado reflejaba un horizonte de rascacielos heridos.

De noche, Chicago era un mar de negrura, salvo por las fogatas en las azoteas, faroles artesanales y, a veces, la improbable chispa de una lámpara vieja cargada de milagro. La policía, si se la puede llamar así, era la milicia del lago y los centinelas de los barrios armados: hombres y mujeres cuya ley era tan frágil y dura como el hielo.

Antes de dormir, Camila revisó la radio militar. Encendió la frecuencia número nueve: la de los asentamientos rurales. Una voz tartamudeante y joven le llegó entre la estática.

—Aquí Estación Aurora… necesitamos refuerzos para los cultivos. Hay movimiento inusual cerca del puente de Joliet. Posibles Grises.

La alarma fue inmediata. Camila pensó en la decisión del consejo y supo que no podían esperar: un ataque ahora haría retroceder la primavera semanas, tal vez meses, y el hambre no conoce piedad.

Esa misma madrugada, Camila eligió un abrigo raído y el revólver cargado. Cruzó los escombros del downtown hacia el sur, bajo la nieve, apoyada en una bicicleta recauchutada y movida por cadenas a media vida útil. El recorrido era una danza cuidadosa entre autos oxidados, trozos de vía férrea y los pocos zombis que, como espejismos de la vieja muerte, seguían vagando erráticos, tropezando en la escarcha.

Dejó atrás murales desteñidos de héroes y víctimas, librerías saqueadas, la fachada del Field Museum convertida en matadero durante los primeros años. Atravesó una zona de silencio absoluto. En la esquina de Roosevelt con Canal Street vio dos cuerpos: uno, humano, boca abajo con las manos atadas; el otro, un zombi congelado de pie como una estatua macabra.

Al llegar al río Des Plaines, cerca del famoso puente de Joliet, divisó luces parpadeantes, señales de linternas cubiertas por trapos rojos—la marca de los Grises. Se agazapó tras los restos de un camión de bomberos y observó. Al menos siete hombres, armados con pistolas de fabricación casera, discutían ruidosamente entre sí junto a dos prisioneros encapuchados.

Camila no era una guerrera, pero conocía la ventaja del sigilo. Midiendo sus pasos entre el hielo, rodeó el perímetro hasta quedar en la sombra de un árbol muerto. Oía las palabras sueltas: “comida”, “cosecha”, “intercambio”, “bajo nuestras condiciones”.

“Bajo nuestras condiciones”, pensó Camila. Eso era lo que significaba el nuevo mundo: la negociación a punta de pistola y el futuro aplastado entre fracciones, cada recurso defendido a sangre y miedo.

Consultó la radio. Pulsó el botón en modo Morse: tres toques cortos, pausa, dos largos. Era la señal de alerta para las milicias del sur—acudir, pero en sigilo. Puede que no fuera el tiempo de una venganza, pero sí el de una demostración.

En menos de quince minutos, sombras con abrigos gruesos y bufandas rojas surgieron en los tejados y ruinas del puente. Un disparo rasgó el aire y se llevó el sombrero de uno de los Grises. Caos. Camila se lanzó sobre el más cercano y, aunque la pistola no disparó en ese momento, su grito y su determinación bastaron para espantar a dos captores, liberar a uno de los prisioneros.

Las peleas eran terribles, cortas y casi siempre silenciosas. Destellos de cuchillos, forcejeos en la nieve. Al final, tres de los Grises yacían muertos, dos huían a través de los derrumbes, y los asentados del sur recuperaban a sus hermanos.

Camila recibió un corte superficial, pero ningún mordisco. Ayudó a izar al prisionero rescatado, que soltó una palabra quebrada por la fatiga: “semillas”.

—Tenemos que volver —dijo Camila—, antes de que caiga la noche y volvamos a ser presa de zombis o peor.

El regreso fue un éxodo breve y adusto, sobreviviendo la tormenta. En la estación Aurora, los supervivientes celebraban el regreso de las semillas y los hombres. Los agricultores la recibieron con pan de maíz recién horneado, una delicia casi mística. Camila sólo alcanzó a murmurar un agradecimiento.

En los días que siguieron, los Nómadas del Lago negociaron un frágil tratado con las milicias del sur: la promesa de rutas de paso a cambio de armas, semillas y defensa conjunta. Por la radio, nuevas voces informaban del comercio reabierto. Al volver la primavera, los campos de las afueras de Chicago reverdecieron por primera vez desde el colapso.

Camila, sentada entre niños que no conocían otra estación que el invierno perpetuo, les contó de los rieles, de los trenes eléctricos, del rugido de la ciudad sobrecargada; pero mientras el hielo se derretía y el aroma del pan fresco llenaba la estación, por primera vez pensó que quizás los nuevos hijos del Lago Michigan tendrían algo mejor que recordar.

Tal vez, pensó, este invierno es el último que temeremos.

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