Fragmento:
Recuerdo bien esa noche, la que marcaría mi destino y el de otros. El invierno nos tenía arrinconados y el hambre mordía más que el frío. Habíamos escuchado por radio —la única manera de saber que el apocalipsis era mundial y no sólo nuestro— que algunas facciones saqueaban farmacias y mataban por un paquete de analgésicos. Afuera, en la ciudad, entre las torres de Loop y los parques congelados, bandas de saqueadores, zombis errantes y la inanición recorrían la noche como ratas insomnes.
Duración: 11:05
15 de diciembre de 2020
El viento, ese monstruo invisible que siempre rasgó las calles de Chicago, ahora resultaba casi un viejo amigo. Había sido testigo de la transformación de la ciudad, del silencio que se tejió entre los rascacielos cuando la enfermedad se desató, y del chillido hueco que rebotaba entre los muros de ladrillo y cristal mientras la humanidad caía como hojas en otoño.
Es difícil precisar el día en que todo se fue al traste. Algunos dicen que fue en marzo, cuando los hospitales del Southwestern y Mercy anunciaban saturación, pero los heridos no dejaban de llegar y de repente, los doctores pusieron barrotes en las puertas. Otros señalan el día en que el metro dejó de funcionar, cuando los trenes que cruzaban el inmenso vientre de la ciudad simplemente se detuvieron en medio de la noche, dejando a cientos atrapados en túneles junto a las criaturas que hasta entonces creímos imposibles. Todo ocurrió tan rápido.
Ahora, en diciembre de 2020, el frío había reclamado su trono. El invierno era letal incluso antes de que el mundo colapsara, pero bajo la sombra del apocalipsis, se había convertido en juez y verdugo. No sólo la carne humana perecía por el hambre y la violencia, sino por el hielo, que convertía derrames de sangre en esculturas macabras y osamentas heladas. Nadie salía cuando el lago Michigan escupía su aliento polar sobre la ciudad, salvo los desesperados, los condenados y los muertos que no sabían que lo estaban.
En ese escenario, yo era tan sólo uno más de los cientos —quizá miles— que se amontonaban en los restos de lo que antes fue una escuela en Humboldt Park, sobre la avenida North, cerca del lago. El viejo Roosevelt College, con su auditorio ovalado como un útero de concreto, acogía al menos a ochenta bocas hambrientas cada noche. Jugábamos a la civilización: nos repartíamos turnos de vigilancia, trueques improvisados en las aulas, refugio entre murallas de pupitres rotos y pizarras rayadas con advertencias y amenazas.
La escasez era nuestra única certeza. La comida se acababa, así como las medicinas. Algunos, como yo, aún conservábamos latas robadas a los supermercados meses atrás, aunque lo habitual era que el botín pasara por el control de los “veteranos”, como llamábamos a quienes armados de pistolas o bates patrullaban el edificio y protegían la despensa. Por algún milagro o simple resignación colectiva, aquel pequeño feudo resistía el caos que azotaba el resto de la ciudad.
Recuerdo bien esa noche, la que marcaría mi destino y el de otros. El invierno nos tenía arrinconados y el hambre mordía más que el frío. Habíamos escuchado por radio —la única manera de saber que el apocalipsis era mundial y no sólo nuestro— que algunas facciones saqueaban farmacias y mataban por un paquete de analgésicos. Afuera, en la ciudad, entre las torres de Loop y los parques congelados, bandas de saqueadores, zombis errantes y la inanición recorrían la noche como ratas insomnes.
A mí solo me quedaba una misión: cuidar de mi hermana pequeña, Sofía. Ella había enfermado la semana previa: tos persistente, fiebre alta y una ominosa mancha morada en el cuello, producto de un golpe escapando de un zombi adolescente en la estación Division. Yo había nacido de madre terca y padre ausente en La Villita, y estaba acostumbrado a la lucha, pero nada, ni la peor de las pandillas, ni la pobreza, ni la policía corrupta o el racismo, se comparaban al miedo de la muerte acechando a lo que amas.
En el improvisado enfermería del Roosevelt, una maestra jubilada llamada Ruth fungía como nuestra médica improvisada. Esa noche la encontramos dormida con las gafas quebradas sobre la nariz, acurrucada al calor de una hornilla hecha con latas de sopa. Cuando la desperté, sus ojos —grises y tan viejos como los inviernos de Chicago— reconocieron de inmediato el destello de pánico en el mío.
—La fiebre la matará antes de que la plaga lo haga, Leo —me advirtió, al acercarse a Sofía, que temblaba bajo mantas hechas jirones—. No nos queda penicilina. Ni siquiera paracetamol.
Quizás fue entonces cuando se me ocurrió el plan. Era descabellado, casi suicida, pero no podía dejar a mi hermana morir de fiebre sin intentar lo imposible. En 2016, antes de la caída, trabajé durante un verano en la farmacia Logan, al norte de la avenida Milwaukee. Recordaba bien el sótano a prueba de robos donde Don Ahmed, el dueño, guardaba lotes para emergencias. Tal vez, solo tal vez, la gente no lo había saqueado por completo.
—Tengo que ir —le susurré a Ruth—. Sé dónde puede haber medicamentos.
La anciana me escrutó en silencio. En aquel mundo de muerte, lo absurdo era la única esperanza.
Fernando, uno de los “veteranos” que controlaban la entrada principal, me interceptó antes de que siquiera pudiera atarme las botas de invierno. Era uno de esos tipos enormes que, en la vieja Chicago, hubieran sido porteros de discoteca o linieros defensivos para los Bears. Ahora imponían orden con gritos y miradas. Me miró de arriba abajo, evaluando mi determinación y mi locura.
—¿Dónde vas, Leo? —gruñó, cruzando los brazos que parecían troncos—. ¿Te llegó el rumor de una despensa mágica?
—Hay medicinas en la farmacia Logan, o al menos antes las había. Lo sé porque trabajé allí.
Fernando resopló, evaluando el riesgo y el costo.
—¿Sabes qué hay entre nosotros y esa farmacia? Cientos de ellos —dijo señalando hacia la ventana, desde donde se podía distinguir el débil resplandor de la Avenida—. Y si no te matan ellos, lo hará el frío o los cabrones de Englewood.
La duda era el mayor obstáculo. Pero cuando la vida de otro, y más aún un ser amado, depende de ti en un mundo derrumbado, el miedo es un lujo que no puedes permitirte. Conseguí convencer a Fernando para que me cediera una de las pistolas de baja munición. A cambio, prometí compartir cualquier botín con todos. Hicimos un trato. Así funcionan las cosas cuando los billetes ya no valen nada y la vida pesa menos que una caja de antibióticos.
Salí justo antes del amanecer, con el cielo encapotado y los copos de nieve cubriendo la ciudad como mortaja. Chicago estaba irreconocible. Las superestructuras de cristal del Loop reflejaban la luz mortecina de los incendios lejanos. Aún así, era bella, con un aire trágico y solemne, como una catedral vacía.
Me moví por la Ashland, sorteando cadáveres congelados, maniquíes mutilados en las vitrinas, autos abandonados y las primeras patrullas zombis, esas figuras lentas que se agrupaban entre techos y callejones, buscando calor y carne. Las calles solían atestar de turistas, ahora solo quedaban huellas difusas de botas y rastros de sangre.
El primer peligro fue humano, no zombi. Un grupo de saqueadores blandía palos y cuchillos junto a un puesto de hot dogs. Juraría que uno de ellos era un ex-camarero de la pizzería Cucina Paradiso. Cambiamos miradas a través de la niebla de vapor que exhalaban nuestras bocas, medimos fuerzas, y con prudencia mutua nos alejamos cada quien por su lado, cobardes o sabios, según la perspectiva.
La farmacia quedaba a unas quince cuadras. Cada paso resonaba en un silencio distinto al de cualquier otra ciudad; era el silencio de un cementerio gigante. A veces escuchaba el arrastre metálico de los zombis, mezclado con el gemido del viento o el chasquido de alguna rata. Dos veces casi caí sobre placas de hielo, y otra tuve que esconderme tras un contenedor al ver una horda cruzar la Milwaukee.
Cuando por fin me planté frente al local —con el letrero “Pharmacy” aún colgando, medio vencido—, mi corazón latía con fuerza. Forcé la puerta que años atrás habría abierto con una llave corriente. Al empujar, un hedor a sangre y moho me golpeó. Adentro, la luz era escasa; usé una linterna de bolsillo.
El mostrador estaba saqueado, igual que los anaqueles. Sin embargo, la trampilla al sótano seguía cerrada: un candado oxidado resistía en su sitio. Busqué por el suelo, entre cajas abiertas, hasta dar con una llave, aún colgando de un llavero con el logo del Chicago Bulls.
Lo que hallé abajo fue una cápsula del viejo mundo: estantes repletos de antibióticos, vendas, alcohol, cajas de insulina, y en una caja bajo la lámpara, un cargador de pistola intacto. Tomé sólo lo que podía cargar, culpa y gratitud mezcladas.
Antes de cerrar la trampilla, escuché un ruido sobre mi cabeza. Desde las escaleras, retumbó el arrastre de pies descalzos y secos. Dos zombis —un anciano vestido de chef y un niño uniformado— se desplazaban por el local. Esperé, conteniendo el aliento. Cuando por fin subí, con la pistola empuñada, los esquivé por un costado, ocultándome entre los frascos rotos, y salí a la avenida cubriéndome con el humo de mi propio miedo.
El regreso fue más caótico. El sol ya no calentaba nada. La nieve era más densa y los caminos, más peligrosos. Al acercarme a Humboldt Park, dos figuras corrieron tras de mí. Pensé que serían saqueadores, pero resultaron ser dos adolescentes armados con tubos. Los reconocí: vivían en el colegio. Cuando me vieron, saludaron y me escoltaron, temerosos de lo que podría seguirnos.
El aire del refugio era espeso, tenso como la cuerda de un arco a punto de romperse. Ruth lloró al ver los medicamentos. Fernando me abrazó sin palabras. Sofía, aunque febril y adormilada, abrió los ojos y me miró como si fuera el último héroe de la Tierra. Aquella noche, por primera vez desde que la plaga llegó, sentí que la esperanza era posible.
Cuando afuera el viento helaba la ciudad, dentro del Roosevelt College se tejió una pequeña victoria. Era efímera, como toda vida en aquella Chicago muerta, pero bastó para rellenar el estómago de la tribu con un poco de consuelo y calor. Sabíamos que al día siguiente habría nuevos peligros, menos recursos, más muertos, pero por esa noche, bajo la vieja pizarra y las luces del horno improvisado, Chicago aún se sentía humana.
Si perdimos la fe para siempre o solo por un tiempo, nadie lo sabía. Pero yo, mientras observaba dormir a Sofía, supe que vivíamos al filo de la extinción, y que cada gesto solidario era una llama que resistía al invierno. La ciudad seguiría congelada, y los muertos seguirían caminando, pero nosotros, los vivos, nos resistíamos a olvidarnos unos de otros, aún cuando todo indicaba que debíamos rendirnos.
Así, bajo el peso del Gran Lago y la sombra de los rascacielos, la humanidad —y mi Chicago— luchaba por no desaparecer. La esperanza resistía, tan obstinada como el frío o la muerte, en cada corazón que aún latía en medio de la noche interminable.
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