11 de noviembre de 2027
Había una bruma rojiza sobre el río Chicago, arremolinándose entre los rascacielos espectrales. El viento barría hojas secas y cenizas por las calles amplias, vacías ya de autos y ese ruido eléctrico que Ziggy, quien me acompañaba, añoraba incluso en sueños. A nuestro alrededor, las murallas nuevas se hundían en la neblina: bloques de hormigón, planchas de acero y camiones volcados, todo rodeando el corazón de la ciudad como una cicatriz de guerra que nunca terminó de sanar.
Chicago, en noviembre de 2027, era una sombra de sí misma, pero también otra cosa: esperanza elemental, mezcla de miedo y aguante, con la promesa terca de que, después de la larga caída, los humanos podríamos volver a hacer algo parecido a vivir. Mientras avanzábamos, los disparos de advertencia de las patrullas se oían a lo lejos, perforando el aire frío. Sabíamos lo que significaban: algún saqueador hambriento o, más posiblemente, una manada rezagada de zombis, de las que aún pululaban por las zonas del sur, en busca de calor, sangre o de un último empellón de instinto podrido.
Por la radio, las noticias hablaban de un acuerdo frágil: las comunidades al norte y oeste de la muralla habían enviado emisarios para negociar intercambios. Comida seca por herramientas, medicinas por munición. Era el primer noviembre que se anunciaban ferias estables —“acuerdos armados”, los llamaban— y nadie sabía aún si durarían lo suficiente para que el invierno no matara de hambre a los que estábamos dentro.
El reloj solar que algún manitas había puesto en el Parque Millennium parecía ignorarnos: las sombras no decían la hora, sino el peso del tiempo perdido. Me preguntaba cuántos adultos quedábamos que aún supieran leer la hora en un sol de invierno.
Ziggy y yo caminábamos pegados al muro de granito, armas a la vista, abrigos remendados y gruesas bufandas. Ambos sabíamos qué pasaba con los solitarios atrapados en las avenidas cuando caía la noche. No eran sólo los zombis: hacía meses que el peligro mayor eran las bandas de saqueadores —grupos migrantes marcados por brazaletes pintados, algunos esclavistas, otros simples forasteros desesperados—, y dentro de los muros, la vigilancia era estricta, pero no infalible.
—¿Te acuerdas de los trenes? —preguntó Ziggy, ajustando el fusil al hombro.
—Llegaban cada tres minutos en hora pico —dije, y le sonreí intentando que el gesto fuera algo más que un recuerdo amargo.
—Hoy dicen que uno funcionó, apenas, hasta la estación Clybourn… ¿Te imaginas? —Su voz era casi infantil entre tanto silencio. Ziggy tenía veinte años, y no recordaba la vida antes del virus más allá de la vaga imagen de sillas de colores en un aula de jardín.
—Yo no confiaría en esos rieles —dije—. Hay zonas donde los muertos siguen atrapados entre vagones.
La línea roja ahora era una frontera, custodiada por soldados de la milicia local con chaquetas improvisadas y escarapelas cosidas a mano. Para entrar a la zona amurallada de Near North Side, había que franquear tres controles, mostrar credenciales —papeles hechos en imprenta recuperada, sello azul y firma ilegible— y prometer, ante un notario con pistola enfundada, que no portabas mordeduras frescas ni enfermedades visibles.
Pasamos el primer control al anochecer. El guardia, un tipo macizo de barba oscura, me escrutó los ojos, revisó mi garganta, olió mi boca.
—¿Cuántos días desde el último ataque? —inquirió.
—Cuatro. Por el Loop. Los matamos a todos.
—Entren rápido. No queremos rezagados afuera.
Detrás, el portón se cerró con un chirrido de cadenas. El interior del perímetro era distinto: lo que habían llamado “la mini-ciudad” nacía de los escombros, calles despejadas, barricadas decoradas con pintadas que intentaban ser humorísticas (“Favor de no alimentar a los zombis”), y, en cada cruce, una especie de mercado improvisado, estufas humeando, niños corriendo entre bidones de agua, mujeres con bates o lanzas caseras.
En la plaza junto a lo que quedaba del Instituto de Arte, una docena de comerciantes descargaba sacos de cereal, carne seca de venado y herramientas forjadas en talleres que antes eran garajes. La policía de la nueva república de Chicago —el nombre era pomposo para un grupo armado con fusiles viejos— vigilaba atentos. Cualquiera que hiciera trampa, o robara, acababa corregido de inmediato: veinte latigazos o, si el delito era grave, el destierro al otro lado de la muralla.
Ziggy se perdió entre los puestos de los artesanos. Yo fui a la esquina donde las enfermeras voluntarias reunían a los nuevos refugiados: la gripe seguía llevándose gente, y había un miedo atávico a cualquier síntoma raro.
En una mesa de madera, la Dra. Harper se abría paso entre vendas sucias y botellas de penicilina local. A su lado, un niño lloraba silenciosamente mientras le cosían una herida.
—¿Tienes fiebre? —me preguntó, casi sin mirarme.
—No. Estoy limpio.
—Toma esto. —Me arrojó una máscara hecha de retazos. Era inútil, pero las reglas eran reglas—. Si tienes síntomas, ve a la sección cuarentena.
Observé el movimiento a mi alrededor, tratando de anotar mentalmente rostros, actitudes. Nadie sonreía. El hambre era la emoción dominante. Y, sin embargo, ahí seguíamos.
En la tienda de repuestos, traté de intercambiar balas por cuerda y sal. El encargado, Gregor, un tipo rubio de piel roja y manos como palas, me miró hoscamente.
—Oro blanco —dijo, señalando la sal—. Sólo la doy por penicilina pura o herramientas de metal.
Saqué una daga fabricada con un trozo de raíl pulido, envuelta en tela de jean. La examinó bajo la luz de un farol, asintió.
—Eso sirve. Puedo darte medio kilo.
A pocas cuadras, una hoguera iluminaba un pequeño escenario improvisado. Un par de mujeres tocaban violines desafinados. A su alrededor, la gente aplaudía, algunos lloraban. Era la noche de los ecos: historias contadas como antes, con voz temblorosa, llenas de fantasmas.
Me acerqué cuando una de las violinistas dejó el instrumento y empezó a contar cómo su hermano había cruzado el río en marzo, solo, con una barca robada, hasta el zoológico, para buscar cerdos salvajes. No volvió nunca.
Al fondo, en los muros de la biblioteca, un mural con rostros sonrientes desmentía la realidad. “Los muertos duermen. Nosotros vivimos”. Me pregunté hasta cuándo seguiría siendo cierto.
Busqué a Ziggy. Lo encontré cerca de las antiguas escaleras del L, admirando un catalejo armado con piezas de lentes rotas.
—Dicen que hoy llegó una caravana desde Evanston —me dijo—. ¿Crees que puedan llegar hasta el centro algún día?
—Si consiguen mantener abiertas las rutas, sí. Pero no apuestes.
—Hoy dieron café —susurró como si fuera un secreto sagrado—. Caliente. De verdad.
Recorrimos a pie las calles iluminadas por lámparas de aceite y generadores manuales; casi todas las ventanas de los edificios estaban tapiadas, aunque en algunas titilaban luces tenues. Por donde pasábamos, olía a madera quemada, ajo y sudor.
Nos dirigimos al muro occidental, donde se decía que descansaban los guardianes más duros. Allí, el capitán Rodríguez controlaba los horarios de vigilancia. Lo encontramos en un puesto improvisado, consultando un mapa sucio y ajado.
—Hay movimientos entre Ashland y Roosevelt —me dijo sin levantar la vista—. Si tienes tiempo, patrulla ahí al amanecer. Hay rumores de que quedan “andarines”.
Asentí, sin muchas ganas. Sabía qué implicaba: caminar entre los edificios donde aún olía a podredumbre, esquivando manadas pequeñas, limpiando pasadizos y, si hacía falta, rematando rezagados.
A la mañana siguiente, el frío se clavó en los huesos apenas salimos del refugio. La escarcha cubría las calles, y los pocos autos abandonados parecían piezas de museo de otra vida. Yo iba delante, Ziggy detrás, ambos atentos al más mínimo ruido.
En la avenida Roosevelt, cerca de la vieja estación de trenes, encontramos los restos de una manada de zombis. Los cuerpos estaban negros, rígidos, apenas móviles. Dos estaban aún animados, arrastrándose a paso de tortuga. Un disparo seco bastó para que dejaran de moverse.
Ziggy fue el primero en acercarse a recoger lo útil: botas, cinturones, una mochila con una lata de atún sin abrir.
—Esto es un banquete —murmuró, y supe que, en estos días, cualquier lata era una fiesta.
Vigilamos el área una hora. Un pájaro cruzó el cielo invernal. Era raro ver aves. No sabíamos si estaban volviendo, o simplemente eran los últimos buscando refugio en un mundo demasiado duro incluso para ellos.
Al regresar al mercado, el ambiente era otro —nervioso, expectante—. Dos comerciantes discutían furiosamente por un saco de arroz. Una miliciana intentaba calmar los ánimos, pero la situación se tornó tensa. Alguien sacó un cuchillo; la muchedumbre se arremolinó.
En otro tiempo, eso hubiera bastado para provocar un tiroteo. Ahora, los guardianes actuaron rápido: desarmaron al agresor, lo esposaron y lo llevaron al consejo de justicia. El rumor de las consecuencias —del latigazo público— recorrió el mercado y, por un momento, el silencio se instaló entre todos. Era un recordatorio brutal de la fragilidad de la paz en aquellos años.
Esa noche, una periodista retirada leyó, con voz temblorosa, una selección de “noticias buenas”. Por primera vez en años, hubo cinco nacimientos en la ciudad durante la semana. Se reportaron progresos en la restauración de una pequeña planta hidroeléctrica en las afueras. Se había firmado un acuerdo de intercambio con comunidades polacas en el sur. Cosas pequeñas, pero suficientes para levantar el ánimo.
Sentado ante el fuego, Ziggy preguntó:
—¿Cuánto cree que durará esto?
Miré las murallas, el cielo cubierto de estrellas y las luces titilantes de generadores eléctricos.
—No lo sé —dije—. Pero tampoco lo sabían los que vivieron la primera Chicago, después del gran incendio. Y, aún así, la reconstruyeron.
Esa noche soñé con trenes. Vagones llenos de pasajeros, luces de neón cruzando puentes. Chicago, sobreviviente mil veces, rugía como antes, pero distinta, como si la ciudad se empeñara en no morir del todo, mientras los hombres aprendíamos otra vez a construir y a recordar.
El frío, la vigilancia constante y el hambre eran reales, pero también lo era el fuego inapagable de quienes se negaban a rendirse. Al amanecer, cuando salimos otra vez al muro, Ziggy levantó el catalejo y me susurró:
—Hoy los muertos duermen. Nosotros aún vivimos. Ojalá así siga siendo mañana.
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