Fragmento:
“Silencio. Hay movimiento adelante”, susurró Liam, arrodillándose y alzando el puño. Nos paramos, ajustando mochilas y respiración. Un farol militar oxidado colgaba torcido de un poste retorcido, apenas insinuando la silueta de un cuerpo encorvado al fondo, justo en el cruce de la vía.
Duración: 10:43
21 de septiembre de 2026
Todavía recuerdo el silbido bajo, como de serpiente, cruzando los escombros oxidado del edificio donde me escondía. Chicago era un mosaico de ruinas, pero después de seis años de plaga la ciudad había cambiado su rostro, devolviendo más miedo que piedra suelta y más ecos que historia. Era el tercer otoño desde que ese grupo de nosotros, expulsados de las comunidades rurales por una mezcla de hambre y mala reputación, intentamos abrirnos camino hacia los grandes silos al sur de los antiguos campos de fútbol, donde se rumoreaba que todavía había comida y un grupo de sobrevivientes que aceptaba a gente sin preguntar demasiado por su pasado.
La lluvia de la tarde anterior había convertido las calles rotas en un laberinto resbaloso, y los escombros estaban salpicados por charcos en los que bailaban las sombras de los pocos árboles secos que quedaban en la Avenida 26. Desde la Planta de Agua, donde acampábamos, hasta el enclave de los silos por lo menos había una docena de peleas que podías encontrar; pero la más peligrosa era la que aún no veías.
Los zombis eran el telón de fondo, movedizos pero torpes, habituales ya como el silbido del viento o los graznidos de las gaviotas. Lo que de verdad nos preocupaba eran los saqueadores de la Costa. Llevaban meses presionando los bordes de las comunidades amuralladas y, últimamente, se les empezaba a ver actuando en grupos mucho más disciplinados. Había historias de que habían conseguido rifles de asalto y que podían atrapar enteros convoyes de carromatos, carne y pólvora, y hacer desaparecer a todos sus ocupantes en una noche.
Habíamos salido al amanecer, cuatro: Eddie, a quien todos llamábamos Tex por su sombrero horrendo de vaquero; Maya, cuya paciencia podía competir con el grosor del hielo del lago Michigan en pleno febrero; Liam, silencioso y metódico, siempre el primero en descargar y recargar armas; y yo, simplemente Javi, con una mochila medio vacía de recuerdos y medio llena de latas abolladas.
“Nos pegamos a la vía y cortamos por Little Village. De ahí, directos a los silos. Si parece claro, lo tomamos”, había dicho Eddie esa mañana, mordiéndose el labio mientras manoseaba la empuñadura de su revólver.
Estaba oscuro todavía, y el único sonido era el crujido de nuestras botas sobre los cascotes. Cuando alcanzamos la vieja línea del tren, la niebla subía desde el río hacia la ciudad como un manto de secretos. Sabíamos que a esas horas los saqueadores preferían las avenidas anchas, no los callejones medio inundados donde los zombis quedaban atrapados como ratas a la espera de los primeros rayos.
“Silencio. Hay movimiento adelante”, susurró Liam, arrodillándose y alzando el puño. Nos paramos, ajustando mochilas y respiración. Un farol militar oxidado colgaba torcido de un poste retorcido, apenas insinuando la silueta de un cuerpo encorvado al fondo, justo en el cruce de la vía.
Era un zombi al que ya le colgaban jirones de piel como trapos mojados. Caminaba muy despacio, con el brazo izquierdo apenas sujeto por cartílagos ennegrecidos. Cogí la honda—no gastamos balas con los lentos—y lancé una piedra. El impacto rebotó y, por un momento, el monstruo sólo giró la cabeza desubicado. Maya saltó al frente, palo de hockey en mano, y lo despachó con un golpe en la nuca que parecía casi elegante en su precisión.
Nos acercamos, y en ese instante algo pasó: en la otra punta de la vía, una luz parpadeó. Tres golpes secos de farol contra metal, una señal aprendida pero no nuestra.
Eddie susurró más por instinto que por necesidad: “Emboscada”.
Nos lanzamos entre los arbustos muertos y montículos de basura apelmazada junto a la vía. El corazón me latía tan alto que casi sentía que hacía ruido él solo. Un disparo retumbó dos calles más allá. Al principio, nada. Solo el retumbar lejano y mi propia respiración difícil entre los dientes.
Maya gateó a mi lado, con el brazo ensangrentado. No vi de dónde venía la herida y no me atrevía a preguntar. Empecé a escuchar pasos. Varios. El crujido de bota militar y el chasquido áspero de ramas desgarradas.
“Tex, ¿ves algo?”, pregunté. Eddie no contestó. Por un segundo creí oír el chantón de su revólver abriéndose, y luego una ráfaga de gritos en el viejo español de los barrios latinos: “¡Por la vía! ¡Se van por la vía!”
Eran al menos seis. Vi las figuras corriendo en zigzag, balas trazadoras cruzando la niebla como luciérnagas mortales. Nos rodeaban, pensé, ya estábamos cazados, pero la costumbre del miedo y la costumbre de sobrevivir peleaban en mi cabeza, uno incitándome a salir corriendo, el otro gritándome que me quedara quieto y rezara a los mil santos de la ciudad olvidada.
Escuché cómo los disparos iban ganando ritmo. Los saqueadores tenían viejos fusiles Winchester, que reconocí por el ruido áspero, pero también un arma semi automática, seguramente robada a un convoy militar caído meses atrás. Vi una sombra, pequeña, deslizándose entre los vagones oxidados. Liam.
Salté tras él, pateando un bote que hizo más ruido del que habría querido. Teníamos una oportunidad si lográbamos alcanzar el cruce hacia la 31st: ahí el viejo supermercado Kroger había albergado una de las primeras barricadas anti-zombi de los nuevos tiempos, y probablemente aún conservaba algunas trampas.
“¡Eddie!”, gritó Maya, pero nadie respondió. Supe lo que estaba pensando; la probabilidad de que estuviera vivo terminaba de desplomarse en la niebla. Mis pensamientos fueron arrancados por una explosión seca. Cerca. Tierra y fragmentos de madera llovieron sobre nosotros. Uno de los saqueadores tenía granadas de mano. En pleno Chicago. Apreté los dientes y corrí tras Liam, que ya abría casi a rastras una rejilla de desagüe medio tapada.
“Por aquí, rápido”, siseó.
Empujé primero a Maya. Entró rodando. Bajé el cuerpo y descendí a ese canal negro y pestilente, donde cada paso tenía el sabor y la temblorina de los primeros días de la pandemia.
El canal subterráneo era un corredor antiguo, muchas veces bloqueado, pero sabíamos que conectaba con las alcantarillas cerca del Chinatown. Ahí, en el fondo del laberinto, la batalla del exterior era solo un rumor lejano. Nos arrastramos varios minutos en fila india. Ni una palabra. El aire estaba cargado de la humedad ácida de la ciudad herida, y las ratas corrían por delante con un pisoteo furtivo.
Después de lo que pudieron ser cien o mil metros, encontramos una compuerta medio oxidada. La empujé con la chaqueta y un chirrido largo y grave delató nuestra posición. Respiramos hondo, rezando que nadie nos hubiera seguido.
Al otro lado, tomé aire—era un mundo distinto. Por fin nos alzamos, chorreando y temblorosos, en el lateral del antiguo depósito postal, justo entre el barrio de Armour Square y la ya olvidada zona de Pilsen. Allí, bajo el cobertizo de hierro, la luz era azulada, filtrada y quebrada por los vitrales rotos en el techo.
Maya se sentó de golpe. Su brazo tenía una brecha poco profunda, afortunadamente solo carne. Busqué vendas, pero sólo encontramos un retazo limpio de camiseta perdida y usamos eso.
“¿Eddie…?”, preguntó Maya. Sacudí la cabeza.
Liam miraba hacia la entrada, contando mentalmente munición. Dos balas en el cargador, otras seis en la bolsa. Yo tenía una pistola de chispa hecha en taller y una media docena de tuercas para la honda.
Nos dimos un minuto y, cuando el silencio ocupó hasta los intersticios del ladrillo, volvimos a caminar pegados a la sombra del muro.
Pero sabíamos que la emboscada no había terminado.
Chicago, en estos años, era una trampa con nombre y apellido. Por cada zombi que caía, dos humanos ambiciosos nacían en la disputa del control. Ya no se trataba de sobrevivir a los muertos; cada calle podía ser el final entre la codicia ajena y la desesperación propia.
Salimos por la parte trasera del depósito, en dirección a la bodega del viejo estadio, donde sabíamos que otro grupo de refugiados había establecido un puesto de vigilancia. Con un poco de suerte, nos darían cobijo unas horas. El camino era abierto, pero el peligro venía de arriba. Un globo de vigilancia, uno de esos antiguos de la policía de Chicago, flotaba destartalado, empujado por cables de fortuna.
Maya, con su brazo ya en cabestrillo, iba la primera. Liam la cubría, apuntando a cada ventana rota. Yo cerraba, con oídos aguzados para los pasos de los saqueadores.
Justo antes de doblar en la Avenida 29, sentí cómo el aire se afilaba y los pájaros, los pocos que quedaban, dejaban de cantar. A nuestra izquierda, desde el estacionamiento de una iglesia, salió una sombra. Luego otra. Luego cuatro más. Se movían con veteranía, sin carreras, sólo justos y medidos, como si supieran que la ventaja era suya.
Liam disparó, dos veces. Una de las figuras cayó. Maya tiró de mí y corrimos a la boca del subterráneo, un acceso mal tapado con placas de acero corroídas. Cerramos la trampilla justo cuando una bala la atravesaba con un clang ensordecedor.
Dentro, la oscuridad, la respiración en común, el roce de dedos buscando un encendedor. Un grito, dos lágrimas. Seguíamos vivos. Por ahora.
Permanecimos ahí horas, empapados por el miedo, hasta que los pasos y los disparos cesaron arriba. Sólo entonces nos atrevimos a salir, uno a uno, hacia las sombras que aún quedaban en esta ciudad rota.
No encontramos a Eddie. Nunca más. Lo buscamos durante dos noches, nos escabullimos por los tejados y por esquinas, pero era como si Chicago se lo hubiera tragado. Un día después, escuchamos entre la estática de la radio militar que alguien había visto a un hombre con sombrero vaquero arrastrándose cerca del lago. “Un loco”, dijeron, “gritando nombres al viento”.
Nunca supimos si era él o un eco más de las muchas vidas perdidas entre las ruinas y emboscadas de Chicago.
Desde entonces, cada vez que oigo un disparo entre los escombros, pienso en la caminata de aquel día. Pienso en la emboscada y en los muchos rostros que la ciudad, hambrienta de vivos y muertos, sigue arrancando a los recuerdos.
Pero seguimos avanzando—porque en Chicago, si te detienes, los vivos y los muertos te encuentran igual, y no siempre es fácil saber cuál de los dos da más miedo.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.