Fragmento:
El sol no se veía desde hacía días. El cielo se mantenía de un gris monótono, cortado solo por las siluetas de los altos edificios al otro lado del río, en el Loop, los que aún resistían: barreras naturales de concreto y acero —ahora también de madera claveteada, alambre espinoso, y escombros— contra la marea que había devorado el corazón de la ciudad.
Duración: 11:52
15 de Diciembre de 2020
La nieve caía con un silencio pesado sobre los esqueletos de las avenidas y los puentes de Chicago. Desde la ventana astillada de la sala de profesores en la secundaria Crane, en el West Side, Mara observaba cómo los copos se acumulaban sobre los automóviles abandonados. Eran capas y capas de blanco, ajenas al conflicto sangriento y a la vida palpitante que luchaba aún, agazapada, bajo el rugido apagado de las hordas y el estrépito ocasional de un disparo.
El sol no se veía desde hacía días. El cielo se mantenía de un gris monótono, cortado solo por las siluetas de los altos edificios al otro lado del río, en el Loop, los que aún resistían: barreras naturales de concreto y acero —ahora también de madera claveteada, alambre espinoso, y escombros— contra la marea que había devorado el corazón de la ciudad.
Mara apretó los dedos contra la taza oxidada que se empeñaba en limpiar con el último filtro de café que había encontrado. No había café, solo una mezcla de agua filtrada en calcetines y unas gotas de licor medicinal. El calor era ficticio, pero el ritual la mantenía lúcida, la hacía recordar que no todo estaba perdido. Había sobrevivientes. Había esperanza. Había gente que dependía de ella.
En la biblioteca, entre mesas volcadas y barricadas improvisadas, otros seis se acurrucaban sobre mantas, compartiendo vapores de una sopa hecha con judías secas y restos de carne salada. Cada tanto uno levantaba la cabeza, atento al crujido del edificio o al eco lejano de un gruñido. Nadie dormía mucho. La amenaza de los zombis era omnipresente, pero en esas noches gélidas era el frío y el hambre quien más mataba.
Chicago había caído meses atrás. El primer brote serio había sido en el Mercy: un paciente desquiciado, mordidas en los brazos del personal, ataques en la sala de emergencias. El caos se extendió por el South Loop y Pilsen, arrasando con todo a su paso. Pronto, los equipos de respuesta habían abandonado el centro, replegándose hacia O’Hare y barrios remotos. Los trenes elevados se detuvieron, y solo quedaban los ecos apagados de sus ruedas retumbando en las vías cubiertas de hielo y hojas secas.
Cuando la nieve empezó a cubrirlo todo, las hordas ralentizaron su andar. El frío intenso les quitaba movilidad, pero también volvía mortales heridas que la simple infección no lograba. Las personas seguían cayendo, pero ahora, en vez de arrastrarse, muchos cuerpos colapsaban y quedaban allí, congelados, restituyendo un simulacro de paz momentánea.
Mara pensó en James y Rose, sus hijos, refugiados Dios-sabía-dónde con su exmarido en los suburbios del norte, zona donde los zombis aún no habían llegado en masa. Desde el último mensaje en agosto —una nota escrita apresuradamente en una radio militar—, solo el silencio y la incertidumbre. Con el corte de internet, el teléfono y los mensajes de texto, el mundo se había achicado hasta el rango de un tiro, el alcance de una linterna, el círculo de calor de un fogón.
Al principio hubo organización. La Guardia Nacional llegó con tanques y helicópteros Black Hawk, acordonó el downtown y el Magnificent Mile, trató de rescatar lo rescatable. Pero la ciudad era demasiado grande, la infección, demasiado rápida. Las órdenes de evacuación, los toques de queda y las patrullas resonaron apenas unas semanas antes de dejar paso al caos absoluto. Los hospitales fueron los primeros en caer, y de ahí todos los refugios sin muros ni hombres armados.
Un golpe suave en la puerta de la sala la sacó de su ensimismamiento. Era Tanque, apodo no ganado por su tamaño —era el chaval asiático más flaco del oeste—, sino por su persistencia. Cruzó apresurado, cerrando tras de sí.
—Ví algo en la esquina de la Warren con Racine —susurró. Su voz estaba tensa, pero no asustada—. No zombis. Gente.
Mara parpadeó, intentando ahuyentar la fatiga.
—¿Cuántos?
—Cuatro… cinco, quizás más. Vienen por debajo de los soportes del tren. Llevan armas.
No era infrecuente. Cuando la comida y el gas se extinguieron, surgieron los grupos: bandas armadas que saqueaban lo que quedaba en farmacias y estaciones de servicio, y en la desesperación recurrían incluso a la violencia. Algunos todavía se identificaban con viejos colores de pandillas, otros solo llevaban ropa de abrigo y una mirada dura. El hambre los movía. La muerte los seguía.
—Ponlos en observación —indicó Mara, poniéndose la parca—. Si intentan acercarse, nos dormimos en la biblioteca. Sin luces. Prepara el grupo.
Tanque asintió y se esfumó con la agilidad de quien lleva meses moviéndose en silencio.
Vestida hasta el cuello, Mara recogió la escopeta de corredera que tanto le costó conseguir —esposa de un antiguo policía, no del todo inútil— y revisó que los seis cartuchos del cargador estuvieran en su sitio. Los cristales empañados del aula ofrecían una visión de la ciudad en ruinas: faros apagados, colinas de autos, montes blancos sobre el asfalto. Entre los pliegues, a veces se distinguía el andar errático y lento de un zombi, a la deriva en busca de sonidos o movimiento. Su único consuelo era que el frío convertía esas figuras en montones de trapos rígidos, menos amenazantes, pero igual de tenaces.
Volvió a la biblioteca. Ruth, la anciana bibliotecaria, tenía a su cargo a la pequeña cordada de niñas que se habían convertido en el núcleo del grupo desde el otoño. Era increíble su capacidad de consolar mediante cuentos susurrados; historias de otras épocas y ciudades lejanas, lanzadas como antorchas para iluminar la noche.
—Vienen hombres armados —anunció Mara—. Nos escondemos si intentan entrar. Nadie hace ruido.
Casi todos asintieron. Uno de los chicos, Miguel, preguntó si podrían negociar. Mara lo pensó: a veces, el trueque funcionaba, pero no en diciembre, cuando toda Chicago estaba envuelta en una guerra de supervivencia.
—Solo si no tenemos elección —respondió, bajando la voz—. Si buscan pelea, haremos lo posible para alejarlos.
Tanque regresó media hora después, temblando, con la frente perlada de sudor a pesar del frío.
—Se detuvieron en la ferretería. Parecen revisar bolsas. Uno mira con prismáticos.
Eso los delataba como saqueadores experimentados. Usarían prismáticos para ver el humo, buscar rastros de fuego, o ropa colgada cerca de alguna ventana. El grupo de Mara evitaba cualquier señal de vida, incluso al encender las lámparas de aceite: los libros de la biblioteca servían más como combustible que como refugio intelectual. Era triste, pero salvar la vida era prioritario.
A lo lejos, tres detonaciones. Los ecos rebotaron contra los edificios vacíos. El grupo se encogió de miedo.
Mara distribuyó los silencios. Una seña bastó para que todos se dispusieran bajo los pupitres volcados, envueltos en mantas. Ruth abrazó a las más pequeñas. Mara sentía el peso de la escopeta, el pulso acelerado, la sospecha de que cualquier error podía ser el último.
La noche cayó por completo a las cuatro y media. Afuera, la nieve lo cubría todo. A lo lejos, sobre el puente de West Madison, las figuras oscurecían el blanco bajo la tenue luz superviviente de la luna. No se veía casi nada, excepto cuando uno de ellos encendió una linterna y la barrió de forma temblorosa sobre los tejados.
En la secundaria, el grupo aguardaba. Mara pensaba en las decisiones del último año: el momento en que eligió quedarse y no unirse a las caravanas de salida durante el verano, el instante en que aceptó a los niños de otras familias porque “nadie más los recogía”, la determinación para no rendirse cuando falleció Sam, el profesor de química, por una infección que no era la del virus sino la de una bala sucia.
Las horas pasaron en alerta, hasta que los pasos sobre el hielo acabaron por alejarse. Alguien, en un edificio cercano, lanzó una señal de radio: el chirrido de una baliza rota, un código que nadie entendió salvo Ruth, que había crecido escuchando emisiones de la vieja banda corta.
—Piden ayuda —susurró la anciana.
Mara sopesó la posibilidad. Quizá fuera una trampa, quizá significara compartir el magro botín del desván. Pero el helor y el hambre eran tan mortales como los saqueadores.
Dejó el arma a cargo de Tanque, salió envuelta en otra capa y cruzó el corredor hacia la escalera. Desde el tejado avistó el foco tenue de una linterna, parpadeando entre los restos de un despacho contable incendiado. Evitó trozos de cristal y bajó por la ruta segura: una salida lateral bloqueada por pupitres donde, unas semanas atrás, había tenido que disparar a un hombre infectado por la fiebre, sin rastros de mordedura.
Cuatro personas la esperaban al pie del edificio. Llevaban máscaras improvisadas (restos de bufandas y gafas protectoras), ropa de abrigo multicolor y una especie de trineo enlazado a una bicicleta descompuesta. Todos estaban flacos hasta el hueso. Mara levantó las manos y mostró que iba desarmada.
—¿Qué buscan? —preguntó.
Del grupo, una mujer de piel oscura y manos temblorosas respondió:
—Tenemos niños, uno herido. Solo buscamos agua y un poco de refugio. No traemos problemas.
Mara miró a la niña, tendría no más de cinco o seis años, la cara encendida por la fiebre, cubierta con mantas.
—Solo puedo ofrecer lo que tengo —dijo Mara al fin—. Nada de armas dentro. Si intentan robar o traicionar, están muertos. ¿Entienden?
Asintieron, y con eso bastó para que Mara suspirara y los condujera escaleras arriba, mientras el frío se metía por las junturas de sus botas rotas. Volvió a mirar al Loop, al otro lado del río, aquel lugar donde, en su infancia, compraban helados y subían a la noria del Navy Pier. Ahora era un cementerio de acero y luz extinta.
De vuelta en la biblioteca, Ruth y los otros recibieron a la nueva familia con la mezcla tensa de esperanza y miedo que era lo común desde septiembre. Mara supervisó el intercambio: comida y cobijo por la promesa de no violencia. La pequeña herida aceptó un trago de agua, apenas tibio, y se sobresaltó cuando los faros de un camión —uno de los pocos que aún funcionaban con gasolina robada— iluminaron fugazmente la calle. Se agazaparon, en vilo, hasta que pasó de largo.
Esa noche, la comunidad improvisada durmió menos que nunca. Al amanecer, el cielo era un mosaico anaranjado y azulado sobre la devastación blanca del West Side. Al fondo, podían verse columnas de humo lejanas —quizá otros sobrevivientes, quizá otra facción peleando por comida, o solo cadáveres ardiendo en viejos patios escolares— y el rumor de la ciudad envuelta en el largo invierno.
Mara tomó su turno de guardia junto a la ventana. Ahora, cada alumbramiento de esperanza debía pagarse caro, cada nueva vida era un riesgo pero también una razón. Sintió el roce de la escopeta contra los nudillos y, por un instante, volvió a imaginar a James y Rose, allá lejos, sonrientes en una casa cálida en Evanston o Wilmette. Se prometió que sobreviviría, costara lo que costara.
Así empezaba el segundo gran invierno de la plaga. Chicago era un páramo de concreto y hielo, un escenario donde el silencio era tan mortal como los gruñidos de los muertos. Pero aquí, entre libros roídos y susurros de cuentos, todavía latía la terquedad de vivir. Ese era su pequeño reino. Esa era su historia: el persistir contra la helada, la oscuridad, y el olvido.
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