Fragmento:
Habían pasado seis años y medio desde que la civilización colapsó. La ciudad, otrora un mosaico dinámico de futuro y pasado, se había convertido en un campo de ruinas y silencio salpicado de ráfagas de disparos lejanos, aullidos nocturnos y el incesante rumor del viento entre edificios destripados. Los zombis, esqueléticos y lentos, seguían rondando los bulevares y trincheras improvisadas, pero ya no dominaban todo. Las comunidades humanas, desesperadas y violentas, peleaban entre sí cada día por recursos, territorio y venganza.
Duración: 09:49
27 de noviembre de 2026
La mañana había empezado como todas en las últimas semanas; un frío húmedo colándose por las placas de madera que tapaban parte de las ventanas del antiguo hotel en el Loop, donde cerca de doscientos sobrevivientes malvivían apiñados alrededor de fogatas de escombros y latas. Desde el piso diecisiete, Mia podía distinguir el lomo oscuro del lago Míchigan en la distancia, las aguas agitadas y desiertas envolviendo la ciudad de Chicago como un foso helado.
Habían pasado seis años y medio desde que la civilización colapsó. La ciudad, otrora un mosaico dinámico de futuro y pasado, se había convertido en un campo de ruinas y silencio salpicado de ráfagas de disparos lejanos, aullidos nocturnos y el incesante rumor del viento entre edificios destripados. Los zombis, esqueléticos y lentos, seguían rondando los bulevares y trincheras improvisadas, pero ya no dominaban todo. Las comunidades humanas, desesperadas y violentas, peleaban entre sí cada día por recursos, territorio y venganza.
Mia había nacido en los suburbios, en Oak Park, hija única de migrantes mexicanos. Hablaba inglés y español con la misma naturalidad, aunque la primera lengua de sus recuerdos era la voz de su madre llamándola desde la cocina. Papá desapareció el primer invierno de la plaga, cuando intentó ir en busca de víveres en una tienda saqueada. Mamá había sobrevivido apenas un año más, sucumbiendo de fiebre durante la primavera fangosa de 2022. Desde entonces, Mia fue adoptada por la pequeña comunidad del hotel, convirtiéndose en una más de la generación que jamás conoció la ciudad viva, salvo en relatos repetidos y distorsionados por el tiempo y el miedo.
El grupo al que pertenecía estaba liderado por la “señora Gillian”, una anciana exprofesora de historia de la Universidad de Illinois, cuya voz mandona y memoria de los viejos tiempos la había convertido en cabeza natural. Bajo su guía, los demás restauraron parte de la estructura del hotel, instalaron barricadas en las salidas y trazaron rutas ocultas entre ruinas para recolectar leña y cualquier resto de alimento. La disciplina era férrea. Afuera, otras bandas de saqueadores y nómadas acechaban, y la muerte se cernía en cada esquina.
Aquel 27 de noviembre Mia despertó antes del alba. Helada, se acercó al fogón del comedor principal y compartió unas sobras de carne ahumada con tres niños pequeños. Sobre la mesa había mapas dibujados a mano, botellas de agua, y un viejo radio portátil, su mayor tesoro. De las transmisiones radiales recientes sabían que en el sur del estado varias comunidades agrícolas resistían con éxito, intercambiando alimentos por munición y medicinas. Pero en la ciudad, la vida era otra cosa. El hotel era constantemente amenazado por bandas armadas, por las hordas despistadas que aún emergían del sistema de túneles subterráneos, y por la escasez de cualquier cosa valiosa.
El plan del día era peligroso y audaz: cruzar el puente de State Street hasta un antiguo depósito de herramientas abandonado cerca del campus del Columbia College. Al parecer, en las últimas nieves un grupo de saqueadores había muerto ahí tras una explosión, pero en los escombros aún quedaban generadores portátiles y piezas metálicas. Si lograban recuperarlas, podrían arreglar la vieja bomba de agua en el sótano, reduciendo la necesidad de salir a buscar agua al río contaminado.
Mia integraba el pequeño equipo de exploración junto a Jasper, un afroamericano robusto y silencioso, especializado en abrir cerraduras y cargar con peso; Lila, una ingeniera cincuentona del viejo barrio ucraniano, siempre reacia pero indispensable cuando se trataba de maquinaria; y Felipe, chico flaco de mirada viva, uno de los pocos con experiencia previa en peleas de bandas, útil tanto para tratar con humanos como con zombis.
Salieron pasadas las siete, cubriéndose el rostro con bufandas y gorros, abrigados con una mezcolanza de prendas raídas. La ciudad, envuelta en niebla espesa, parecía tragarse sus propios sonidos. A cada paso, la nieve crujía bajo las tablas que usaban para no dejar huellas. Cruzaron Wabash, rodeando torres de oficinas partidas y autos carbonizados, moviéndose siempre a la sombra.
—Recuerda las señales —susurró Jasper a Mia—. Si ves un trapo rojo amarrado en la esquina de un callejón, cambio de ruta. Tres piedras apiladas: peligro humano. Cuerda colgante: zombi atrapado, zona despejada.
No había errores posibles; cualquiera suponía la muerte. O peor: convertida en una de esas cosas que alguna vez fueron humanos y ahora vagaban eternamente en busca de carne, apenas sostenidos por la inercia de la plaga.
Llegaron al borde del puente hacia las ocho. El río Chicago fluía lento, cargado de lodo y basuras, testigo indiferente de las catástrofes de humanos y monstruos. El arco del puente, cubierto de grafitis recientes (“NO CRUCES, DOGS”, “Z VIGILAN”, “GILLIAN MIENTE”), estaba plagado de escombros y rastros de sangre seca, probablemente señal de los últimos encuentros brutales en la zona.
Felipe saltó primero la barrera, cuchillo en mano, revisando entre los restos de una camioneta abandonada. Mia iba detrás, atenta a la respiración entrecortada de Lila. El aire olía a aceite rancio y muerte antigua. Había cuerpos podridos amontonados cerca del costado, algunos mordidos hasta quedar irreconocibles, otros aún vestidos con ropas de policía.
Jasper ajustó una navaja y guiñó un ojo.
—Tres hombres armados ayer. No sabemos si quedan. Hay que entrar, revisar rápido y nada de ruido, ¿sí?
Avanzaron con sigilo. El depósito estaba apenas a dos manzanas del puente, aunque el trayecto implicaba zigzaguear por corredores de ruinas y saltar charcos de agua aceitada. La entrada al almacén seguía medio abierta, una cortina de metal ladeada por una explosión pasada. Adentro, el olor era peor: mezcla de quemado, carne, óxido y gasolina derramada.
Comenzaron la búsqueda rápido. Lila recuperó tres baterías de auto, un generador pequeño y una caja con herramientas oxidadas. Mia encontró unos tramos de cableado, quizás útil para el sistema eléctrico improvisado del hotel. Mientras Jasper intentaba mover una estantería caída para abrir paso al sótano, Felipe pegó la oreja a la pared, atento a cualquier ruido inusual.
Por un instante todo pareció ir bien, hasta que Lila tropezó con una trampilla suelta. El crujido llamó la atención de algo —al principio fue solo un arrastre, luego un lamento gutural y, finalmente, dos zombis aparecieron tambaleándose desde un rincón oscuro.
—¡Dos, izquierda! —gritó Felipe.
Mia no dudó. Blandió un tubo de acero y le acertó en la cabeza al primero, mientras Jasper empujaba el otro contra la pared y le partía el cráneo con una palanca. Lila, temblando, logró no gritar. El combate fue breve pero el ruido podía haber alertado a otros o, peor, a humanos.
—Rápido —susurró Jasper—. Saca lo que puedas, los arrastramos si hace falta.
Reunieron pocos objetos más; el tiempo apremiaba. Al salir, Mia temblaba de adrenalina, sintiendo la vida colgar de un hilo. Escucharon pasos en la calle y todos se ocultaron tras una nevera volcada.
No eran zombis. Tres hombres, armados con rifle y un machete, pasaron al trote, con miradas nerviosas.
—Se han llevado todo del hospital —escuchó Mia que murmuraba uno—. Solo queda basura por aquí.
Esperaron diez minutos; luego, regresaron hacia el puente. Pasarían dos horas antes de llegar sanos al hotel, con un carro improvisado repleto de piezas. Gillian supervisó personalmente la descarga en el sótano, felicitando a todos con gravedad.
Esa noche, reunidos alrededor de un fuego, se discutieron los logros y pérdidassemanales:
—Toda la semana sin bajas —dijo Gillian—. Y con suerte, el generador ayuda a tener luces las noches de niebla. Mantendremos turnos dobles; los saqueadores aún cruzan por Clark y LaSalle.
La vida era así: ráfagas de peligro intercaladas con pequeñas victorias. Mia, exhausta, sintió orgullo. Habían traído herramientas, matado zombis, sorteado humanos armados y regresado vivos, todo en el mismo día. Afuera, el viento ululaba entre los rascacielos fracturados. En el hotel, en cambio, algunos niños reían bajo las mantas, un viejo tocaba la armónica y Felipe bromeaba sobre la próxima misión.
Antes de dormir, Mia subió al piso diecisiete a revisar el radio. Sintonizó las frecuencias acordadas. Ruido blanco, estática… y luego, una voz temblorosa: “Este es el asentamiento O’Hare, solicitamos ayuda médica… repito: O’Hare, solicitamos ayuda médica. Horda avistada en Higgins. Necesitamos refuerzos”.
Apuntó en su libreta: “27 nov 26. O’Hare sigue. Horda por Higgins”.
Quizás, pensó Mia, en esa noche helada, Chicago aún podía soñar, aún podía resistir, y una chispa de futuro ardía, tenue, en aquel hotel medio derruido, rodeado de muerte, pero con corazones fieles a la esperanza. Porque al final —cuando los zombis languidecían y los humanos aprendían a sobrevivir y, tal vez, a confiar otra vez— el verdadero milagro era seguir vivos, seguir luchando, noche tras noche, ante la oscuridad que nunca terminaba.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.