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Portada del relato Ecos de acero en la neblina
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Fragmento:


A sus espaldas, las murallas de contenedores y autos apilados de "Haymarket" - como llamaban todos al asentamiento central - se dibujaban recortadas contra el brillo pálido de las estrellas. Más allá de esos muros, la ciudad pertenecía a los zombis, a los saqueadores, o al infortunio. Diane se atrevía a patrullar porque era parte de la "ronda", el pequeño cuerpo armado que protegía Haymarket. Pero también porque necesitaba aire, necesitaba escapar, siquiera por un instante, del ruido denso de muchas personas hacinadas conviviendo por pura fuerza de supervivencia.

Duración: 13:58

Ecos de acero en la neblina
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Enero de 2026

La nieve caía como un manto enemigo sobre lo que quedaba del oeste de Chicago. En el silencio enorme de la madrugada, sólo se oía el aullido del viento entre los restos ennegrecidos de la antigua autopista y el crujido sordo de los postes de luz, vacíos y retorcidos. Había algo denso en el ambiente: una pesadumbre más allá del frío - casi una presencia. Noche tras noche, la ciudad parecía pedir perdón por seguir en pie, aunque fuera apenas su sombra, apenas un esqueleto inmenso de concreto hueco, repleto de secretos.

Diane sujetó su fusil de cerrojo como si fuera el único talismán real que le quedaba. Caminaba despacio, presionando sus pies contra la nieve para borrar sus propias huellas; nunca se sabía quién seguiría el rastro. Una linterna filtraba la oscuridad, solo lo necesario para ver un par de metros enfrente. Quedaban pocas baterías en el asentamiento y los generadores sólo funcionaban por turnos, así que la luz era un lujo.

A sus espaldas, las murallas de contenedores y autos apilados de "Haymarket" - como llamaban todos al asentamiento central - se dibujaban recortadas contra el brillo pálido de las estrellas. Más allá de esos muros, la ciudad pertenecía a los zombis, a los saqueadores, o al infortunio. Diane se atrevía a patrullar porque era parte de la "ronda", el pequeño cuerpo armado que protegía Haymarket. Pero también porque necesitaba aire, necesitaba escapar, siquiera por un instante, del ruido denso de muchas personas hacinadas conviviendo por pura fuerza de supervivencia.

A pocos pasos, una figura menuda la seguía con paso ligero. Caleb, su hermano de catorce años, insistía en acompañarla. Antes del colapso, Diane nunca lo hubiera permitido. Ahora, eso significaba que tendrían el doble de ojos y oídos listos. "No te separes. No dispares sin que yo lo ordene", repetía Diane en voz baja, como una vieja canción de cuna torcida por el tiempo. Caleb asintió, mordiéndose los labios.

El perímetro era un circuito de tres kilómetros. Unas treinta personas, la mayoría adolescentes y adultos jóvenes, custodiaban el área en turnos de cuatro horas, armados con lo que fuera: desde rifles a palos de hockey reforzados con clavos. El peligro era constante, pero la nieve ayudaba. Los zombis, en estos días, se movían más despacio, a veces quedaban literalmente congelados, bloqueados en las calles abiertas o bajo los puentes destruidos. Sin embargo, una horda aún podía aparecer sin aviso, alimentada por cuerpos recién caídos - el virus, lo sabían todos, seguía atento, esperando huéspedes.

"¿Ves esa mancha allá atrás?", Caleb susurró, apuntando cerca de un viejo Pontiac volcado. Diane miró. La mancha creció y luego titubeó; era un zombi arrastrando un pie mutilado. Ya casi no quedaban de los rápidos, esos primeros, los que fueron la peor pesadilla. De cierto modo, los zombis de los últimos años daban más pena que miedo, incluso cuando el peligro era real: partes podridas, huesos rotos, andar vacilante y ojos hundidos mirando sin ver. ¿Cuántos de esos habrían sido vecinos, clientes, maestros? Cuántos se habrían sentado en parques, habrían querido a sus familias… El mundo era impiadoso, Diane buscaba no pensar demasiado.

"Silencio", ordenó ella. No era necesario disparar; el zombi estaba lejos de la valla y de la patrulla. Aunque en estos días, matar a uno servía más de terapia psicológica que de medida real de protección.

Seguían avanzando. Entre los campos de nieve, sobresalían ruinas de supermercados, letreros oxidados, un semáforo que aún colgaba, puntiagudo y verde para un tráfico que jamás volvería. Un edificio de apartamentos, con una bandera blanca en la ventana – señal de otro grupo de humanos, quizás hostiles, quizás solo aterrados. Nadie se acercaba mucho.

A la media hora, el aire cambió. Diane reconoció el olor: humo de leña, mezcla con grasa, el perfume de una fogata. No era de Haymarket. Cuidando cada paso, ambos se desviaron al norte, pasando entre bloques y autos embolsados de nieve. Oyeron voces: susurros, risas contenidas y el inconfundible chasquido metálico de una lata abriéndose.

"Quizá es la gente de la escuela de Ashland", murmuró Caleb, con una esperanza vacilante. Diane no respondió; las alianzas y pactos eran frágiles, a veces traicioneros. Miró a través de los lentes del visor militar que usaba solo para emergencias. Vio tres figuras apiñadas en círculo, dos adultos delgados y un niño que vestía una parka roja.

Diane meditó si acercarse o rodear el lugar. Aunque todo contacto humano se había transformado en riesgo, los recursos escaseaban; quizás esa noche podían intercambiar algo. Así que se mantuvieron a cierta distancia, agazapados tras un capó parcialmente cubierto por la nieve.

El grupo notó su presencia. Una de las figuras, la mujer de cabello crespo y rostro surcado de hollín, instintivamente levantó un cuchillo. "Venimos en paz. Patrulla de Haymarket", anunció Diane, dejando a la vista su brazalete azul, el "salvoconducto" que todos reconocían en el sector. Intercambiaron palabras formales, tensas. El hombre, de voz cascada, explicó: "Nos movimos de la estación de tren, ahí está todo lleno de ellos. Solo queremos quedarnos al calor y tirar hasta el amanecer. Mañana seguimos rumbo a Oak Park".

No parecían amenaza. Eran sólo otros descolgados tratando de sobrevivir, como todos. Por un instante, compartieron un sorbo de café tibio en un termo abollado. El niño, que calculaba unos diez años, miraba a Caleb con una mezcla de miedo y curiosidad. Caleb sacó de su mochila un trozo de pan casi duro, lo rompió y lo ofreció. El niño lo tomó como si recibiera un premio.

"En Oak Park hay una colonia grande, dicen que se defendieron bien este invierno", explicó el hombre, aunque sin convicción. Nadie confiaba en los rumores. Saber algo, incluso falso, era una forma de mantenerse cuerdos.

Hablando, Diane se enteró de que escucharon radios de corto alcance, rumores sobre una caravana que había atravesado la Interestatal 55 hacía tres días. "Iban muy armados. Decían que buscaban generadores, munición. No preguntan, se llevan lo que quieren." Era la señal, otra vez, de que el verdadero peligro ya no eran los zombis: eran los humanos, los desesperados, los crueles, los que ya habían cruzado la frontera de la humanidad por un trozo de carne o una caja de medicinas.

No mucho después, Diane y Caleb regresaron a Haymarket, justo cuando la ronda terminaba. El guardia de la entrada los miró de arriba a abajo, registrando sus huellas en el libro gastado de entradas y salidas. Se sentía el aire cálido del interior como una caricia después del gélido afuera.

Haymarket ocupaba un área de unas diez cuadras, fortificada poco a poco. Edificios tapiados, pasillos de sacos de arena unían bloques formando muros bajos. En el centro, la "plaza": antes un estacionamiento, hoy lleno de fogatas, puestos improvisados de intercambio y refugios creados con tablas y puertas arrancadas. Allí, comerciantes, ancianos y niños formaban un torbellino de vida incesante bajo el frío despiadado.

El líder del asentamiento, Joel, un hombre enorme, barbudo y de voz severa, los esperaba junto al tablón de anuncios. "¿Todo en orden?", preguntó, escudriñando sus caras. Diane asintió y le resumió el encuentro. Joel suspiró, su aliento formando vapor. "Por la mañana, reunión de consejo. Hay que planear la distribución de medicinas y el racionamiento de agua. Los próximos días bajará la temperatura. Y alguien debe patrullar la autopista sur, hay rumores de movimiento. Pide voluntarios."

A la mañana, con el sol débil asomando entre las ruinas, la comunidad se reunió en torno a la hoguera principal. Rostros marcados por el cansancio y la desconfianza, pero también por una determinación forjada en el crisol de estos seis años de infierno. Se trataba de calcular las provisiones y el destino de los recién llegados. El consejo - cinco personas elegidas por su experiencia, no por simpatía - escuchó.

"En el hospital queda penicilina para dos semanas, y nos falta insulina", leyó Maggie, la encargada de salud. "Las reservas de alimentos aguantan quince días. Habrá que buscar más en los almacenes del Loop, aunque la ruta está infestada", añadió Frank, encargado de exploración. Todos sabían que cada salida era una apuesta, a veces suicida.

"Podemos contactar con los mercados de Cicero, aunque necesitamos al menos una docena de cartuchos para trueque", propuso Joel. La conversación se volvió tensa: nadie quería ceder armas, pero todos necesitaban algo. Así se tejía la vida en Haymarket: negociando, cediendo, sopesando cada riesgo. Para Diane, ver el rostro sucio y tupido de Joel, la espalda recta de Maggie, las manos nerviosas de Frank, era un recordatorio de la fragilidad de todo — esas pequeñas comunidades dependían del equilibrio casi milagroso entre pragmatismo y confianza.

Aquella tarde sólo seis se ofrecieron a patrullar la autopista sur. Diane y Caleb, una pareja de hermanos ucranianos expertos en cerrajería y un muchacho grande, Guzmán, nacido en el barrio de Pilsen pero endurecido por las penurias. Salieron a eso de las cuatro, cuando la luz del invierno empezaba a decaer. Sus pasos los alejaron de Haymarket, hacia la ruta vacía, cruzando las cicatrices de la ciudad — vías de tren oxidadas, estaciones convertidas en fortalezas abandonadas, búnkeres improvisados en sótanos de iglesias.

A cada paso, Chicago aparecía como una colección de memorias que se resistían a morir. Los grafitis viejos aún vivían bajo los desconchones de pintura, y los nombres de tiendas, hoteles y cines asomaban en letras caídas y color destenido. A veces, la ronda encontraba juguetes congelados en la nieve, mochilas vacías, retratos familiares. Era una arqueología de la desesperanza, pero también una evidencia testaruda de que alguna vez todo fue diferente.

En la autopista sur, los rastros de la caravana reciente eran inconfundibles: marcas de neumáticos, huellas múltiples, restos de basura reciente, manchones de sangre seca en el asfalto resquebrajado. Diane, siempre atenta, notó algo extraño: signos de trineos improvisados tirados por perros, un lujo, y señales de fogatas camufladas bajo mantas de emergencia.

De repente, Guzmán levantó el puño y todos se detuvieron en seco. Una silueta apareció acompañada de un silbido corto: el código entre patrullas. Tres figuras salieron cautelosas de entre los matorrales, con bandanas verdes en los brazos: grupo neutral, procedentes de la iglesia de San José, al oeste del río. Traían noticias: "La caravana se dirigió al norte. No eran saqueadores comunes. Vestían igual, tenían banderas negras. Bloquearon el puente de Cermak. Creemos que van a controlar el paso."

Ese dato transportaba un aire de mayor peligro. El control de puentes significaba dominio estratégico, acceso a suministro y, sobre todo, a las rutas menos infestadas. Significaba también que pronto las comunidades pequeñas podrían verse cercadas, obligadas a pagar tributos en recursos o esclavos. Diane mordió el borde de su bufanda, intentando no mostrar el miedo. Ya no bastaba con cuidarse de los muertos, había que prepararse para enfrentarse a algo mucho más inteligente y despiadado: humanos organizados en busca de poder absoluto.

Tras intercambiar señales y acordar vigilancia compartida esa noche, el grupo de Haymarket recogió algunos objetos útiles que encontraron entre los restos de autos: unas cuerdas, herramientas, incluso una radio antigua que aún podía servir para piezas. Las radios, aunque eran escasas, seguían siendo la única esperanza para coordinar alertas entre asentamientos. Nadie quería volver a los primeros años de la plaga, cuando el silencio era absoluto y cada humano un lobo solitario.

De camino de regreso, mientras el sol caía y el hielo crepitaba bajo sus botas, Diane pensó en su vida anterior. La universidad, los mensajes de texto, el bullicio constante. Ahora, el bullicio era de viento arrastrando papeles raídos, de carcajadas tímidas en una comunidad que se negaba a morir, de niños que jugaban en la nieve, imaginando monstruos que sólo existían en cuentos, mientras el verdadero horror caminaba - cada vez más lento - bajo las estrellas vacías.

Aquella noche, junto al fuego, Diane le escribió en un cuaderno lo que había visto, lo que le preocupaba, lo que soñaba con ver. Era una costumbre casi perdida, pero para ella escribir era como trazar un puente invisible con el pasado: era recordar que aun en un mundo caído cada persona tenía derecho a la memoria. Caleb dormía a su lado, abrazado al fusil de madera.

Afuera las murallas de Haymarket resistían. Afuera, Chicago seguía gritándole al cielo con sus ruinas encostradas; pero adentro, bajo la luz temblorosa, el futuro - aunque incierto y pequeño como una chispa - seguía respirando, obstinado, entre los vivos.

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