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Portada del relato La Última Niebla del Lago Michigan
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Fragmento:


Luz se rasca la mejilla, donde la piel arrugada formó una costra hace meses.

Duración: 11:41

La Última Niebla del Lago Michigan
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Texto de ajuste de pausa.

12 de Noviembre de 2024

El aire es más frío de lo normal cuando Jesse termina de subir por escalera hasta la azotea del viejo Tribune Tower, en el centro de lo que queda de Chicago. El viento salta desde el lago Michigan, empuja nubes grises hacia el oeste. Es ese frío otoñal pegajoso que cala hasta en los huesos bajo la ropa más gruesa, y que alguna vez significó solo la promesa de un invierno más. Ahora, es advertencia: pronto hasta los zombis se quedarían quietos, pegados a los escombros, y los vivos se jugarían la vida solo por combustibles o provisiones congeladas.

Jesse observa desde lo alto. Por lo menos veinte manzanas a la redonda se ven desde la torre. Pocos lugares dan semejante vista: el Loop devastado, el oscuro esqueleto del Millennium Park, columnas de humo allá en Pilsen—la señal inconfundible de un asentamiento activo, de fogatas o de alguna nueva tragedia.

Apenas a unas cuadras, sobre el puente de Michigan Avenue, varios camiones volcados bloquean el paso; los vehículos oxidados cubren la calle, pero aún se distinguen los agujeros donde la horda, hace años, devoró viva a media columna de guardias improvisados. Hay grafitis en las paredes, algunos tan viejos como el desastre: “Chicago resiste”, “Los muertos no cruzan el río”, y el símbolo de la Hydra, ese grupo que controla parte de los túneles bajo la ciudad, traficando armas y gasolina.

Ya han pasado cuatro años desde que el gobierno desapareció de las ondas—desde que las tropas abandonaron el centro en helicópteros y dejaron a los últimos sobrevivientes a merced de los infectados y de los criminales. Chicago nunca cayó completamente, pero tampoco vive: es una ciudad partida en miles de islas, asentamientos pequeños, fortines improvisados detrás de barricadas de muebles viejos, vigas, autos sin ruedas.

Cuesta pensar que hace tanto hubo tráfico, peatones, turistas, rostros sin miedo. Ahora, cada rincón es territorio disputado o trampa mortal.

Jesse baja de la torre tras examinar el horizonte con sus prismáticos. El motivo que lo lleva a poner en peligro su vida por esa vista son las señales de humo del sur: esa mañana, una caravana de forasteros había cruzado desde Indiana, y la última vez que algo así ocurrió terminó con una matanza.

El asentamiento al que Jesse pertenece no es grande, pero ha resistido. Son casi doscientos, viven repartidos entre dos torres del centro y ocupan trozos subterráneos del metro antiguo por las noches, cuando los zombis merodean menos y los saqueadores asustan más. Tienen algo de lo que otras comunidades carecen: agua limpia del río, una planta de filtrado reacondicionada y cierto control sobre los puentes. Se sobreviven, pero a cambio de constante paranoia.

Baja los pisos despacio, esquivando viejos sacos tendidos donde duermen los centinelas diurnos. Cada bajada, cada puerta, tiene una combinación de sonidos ya memorizados: un trozo de metal contra tubo, el crujido de madera, el silbido bajo de reconocimiento.

En la planta baja, Luz, una mujer recia de cuarenta largos, espera armada con una escopeta y una radio militar de onda corta:

—¿Viste algo? —pregunta.

—Sigo seguro de que son forasteros. Dos carretas, al menos cinco personas armadas.

Luz se rasca la mejilla, donde la piel arrugada formó una costra hace meses.

—Debemos decidir si los dejamos acercarse y parlanos, o los asustamos antes de que intente algo.

—Quieren comerciar, es claro —dice Jesse—. Traen caballos y carretas, no saqueadores. Quizá vendan información.

En los pasillos traseros, los niños juegan con piedritas, y las madres vigilan en grupo. Desde hace seis meses, el grupo decidió no llevar a los pequeños a patrullar. Una docena de escolares apenas han conocido el Loop como casa, y algunos nunca han visto el viejo lago: el peligro gobierna cada paso lejos del resguardo seguro.

Por la comunidad circulan rumores. Hay quienes dicen que, del otro lado del lago, una ciudad amurallada da refugio a miles. Otros creen en los laboratorios militares ocultos en los bosques; otros, más pesimistas, piensan que Chicago es apenas una trampa y que fuera, la plaga terminó hace tiempo. Jesse no cree nada de todo eso: la radio recoge algunas señales, señales débiles y en códigos. Se han extendido tan sólo treinta kilómetros más allá del área segura, y ninguna noticia habla de ciudades libres.

La reunión del consejo se celebra en los pisos bajos, donde la luz natural apenas llega. Siete adultos, todos armados, todos exhaustos. Raúl, el herrero, golpea la mesa para silenciar murmullos.

—Nos jugamos la supervivencia cada vez que abrimos los muros —dice—. No podemos expandirnos más a menos que el intercambio funcione.

Luz asiente, señalando el mapa sobre la mesa, una amalgama de papeles vieja y nueva:

—Podríamos seguir reforzando el puente Columbus, usarlo solo para el comercio.

—¿Y si traen la infección? —pregunta una anciana de voz áspera—. ¿Si es una trampa?

Jesse supone que la mayoría preferiría la cautela. Pero él recuerda el hambre de hace dos inviernos, y cómo los vivos terminaron más peligrosos que los zombis.

El acuerdo final se reduce a una simple verdad: recibirán a los forasteros en el borde de la vieja avenida State, a plena luz, y listos para disparar si las cosas salen mal. Jesse será uno de los que hará contacto.

Sale justo antes del mediodía, cuando los zombis buscan sombra entre las ruinas y las calles apenas dejan sentir paso de vivos. Tres hombres y dos mujeres lo acompañan, todos con mirada dura de quienes han enterrado amigos a paladas por demasiadas noches.

La caravana avanza despacio. Los forasteros vienen vestidos con trampas para ratones y rifles hechos polvo, traen pollos vivos atados y barriles cubiertos con lonas. Jesse alza una mano, se revela como emisario, igual que uno de los otros: un negro enorme de cara enjuta, con una cicatriz que le parte la barba.

Hablan primero en gritos, para demostrar que no hay trampa. Luego se acercan, despacio.

El hombre se llama Tayo. Su grupo viene del sur, de lo que alguna vez fue Gary.

—Perdimos cuarenta en el último invierno —cuenta—. Nos empujaron hasta la orilla del lago. Buscamos un lugar para quedarnos, pero sabemos que aquí los muros son fuertes.

El trueque es directo: gallinas por maíz, medicinas por sal, toda la transacción dura una hora bajo el ojo frío de los rifles.

Tayo ofrece información a cambio de cinco balas y una linterna:

—En Joliet queda una estación militar todavía, pero está ocupada por una banda. Dicen que tienen médicos, que usan generadores. Si quieren algo de lo que guardan ahí, necesitan ayuda.

Jesse guarda la dirección en la mente. La posibilidad de medicina real, de algo más que remedios de herbolario, vale su peso en oro y sangre.

Vuelven al asentamiento, las provisiones repasadas por los guardias para identificar enfermedades o trampas. Una gallina escapa el control y corre por el pasillo, provocando risas sorprendidas en los más pequeños—un breve alivio en medio del miedo.

Esa noche, Jesse patrulla junto a Luz por las azoteas. Miras nocturnas, linternas recargadas a pedales, un par de arcos caseros por si los disparos llaman a la horda.

Desde las alturas, la ciudad parece menos peligrosa pero más inquietante: el lago, como un párpado negro, refleja la luna casi llena. Ocasionalmente, algún chillido rompe el silencio—no siempre es un muerto; a veces los vivos suenan igual de angustiados.

Luz habla poco, apunta en silencio a dos figuras cruzando por el río con un bote inflable. Son los muchachos de la comunidad de la antigua Chinatown, que traen pescado cuando la red funciona.

—¿Crees que veremos el renacer de Chicago? —pregunta de pronto.

Jesse piensa en la pregunta, en los cimientos cubiertos de quemaduras, en los puentes rotos y los túneles plagados de historias de terror.

—Quizá no una ciudad —responde—. Pero sí algo distinto de este miedo constante.

El rumor sobre el asentamiento militar de Joliet prende entre los líderes. Se debate la posibilidad de contactar a otros grupos aliados. Si alguien pudiera limpiar el lugar y tomar lo que aún funcione, cambiaría el equilibrio en la región. Hay armas allí, y tal vez—solo tal vez—antibióticos.

Los días siguientes, el clima sigue empeorando. El viento sopla con picor a nieve; los que cuidan el huerto en azoteas apuran cosechas antes que llegue la escarcha del Lago.

Los zombis son menos topándose por las calles, la mayoría apenas se sostiene en pie, piel colgando de huesos, ojos opacos fijos en los sonidos lejanos del Loop. Pero nadie se fía: basta uno joven, uno reciente, para encender el infierno.

Por las noches, aún se escuchan a menudo los disparos al sur, y en los túneles del “L”, a veces, los más viejos rememoran los ruidos metálicos del tren eléctrico, como un eco irreal en la oscuridad más absoluta.

En la tercera noche tras la caravana, Jesse y un grupo de ocho parten hacia Joliet, siguiendo rutas del metro, alambradas, pasadizos apenas conocidos por los saqueadores. El trayecto, atrozmente silencioso, está marcado por paradas en iglesias y escuelas saqueadas, los pocos lugares con paredes gruesas todavía en pie.

Pisan tierra quemada, donde la muerte huele a pólvora y a abandono. Aquí y allá se topan con vestigios de la vieja ciudad: bares con pizarras rotas, estatuas sumidas en el fango gris, una hilera de taxis calcinados como testigos mudos del colapso.

En la estación militar, encuentran resistencia: una banda de diez, armados con pistolas y machetes, defienden el lugar. El combate no es fácil ni limpio; la munición es oro, las heridas van sin anestesia ni promesas de curación.

Al final, la banda huye, algunos caen.

El botín, aunque modesto, deslumbra: cajas de antibióticos, cinco chalecos antibalas, una radio potente y semillas—raras, intactas, marcas extranjeras.

Jesse, cubierto de sangre ajena y con las manos entumecidas, se pregunta cuánto costará reparar lo irremediable.

El regreso es lento, los supervivientes cargan tanto dolor como esperanza. En la torre Tribune, las provisiones nuevas se convierten en fiesta: agua purificada, pan de maíz, huevos y cosas inútiles de otro tiempo, como un reproductor de CD, que a pesar de los años vuelve a sonar, aunque sea solo una vez.

Los más pequeños nunca habían escuchado música así, un eco electrónico entre ruinas. Algunos ancianos lloran al recordar, no porque tengan sueños de antes, sino porque ahora creen, de nuevo, en que algo puede renacer.

Jesse finge indiferencia, pero al ver la luna reflejándose en el lago esa noche fría, sabe que en ese instante Chicago sigue viva—notablemente distinta, herida, brutalmente humana, pero de algún modo, viva.

Algún día, piensa, miles de huellas volverán a cruzar los puentes y las calles dejarán de pertenecer solo a los muertos y los desesperados. Por ahora, el mundo es fuego y ceniza, pero bajo la última niebla del Lago Michigan, los corazones de los supervivientes laten más fuerte que nunca.

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