21 de Diciembre de 2020
La nieve caía como ceniza sobre las calles desiertas de Chicago. Era uno de esos fríos de lago, ásperos, con un viento invernal que parecía atravesar los abrigos y la piel. A lo lejos, el agua gris del Míchigan se ondulaba bajo nubes bajas, y la silueta de los rascacielos se dibujaba, ya sin luces eléctricas, sin vida, como los huesos de una ciudad muerta.
Eran las seis de la tarde, y ya era noche cerrada. El aire tenía un olor denso a carne quemada, a madera húmeda, a podredumbre y pólvora. Las calles del Loop no eran seguras desde hacía meses, pero, cubiertas de nieve y restos de barricadas destrozadas, ahora se sentían aún más traicioneras. Cada crujido bajo las botas podía ser el eco de un paso propio o de los no-muertos errantes; no era sencillo distinguirlos.
Elena ajustó su bufanda y asomó la cabeza desde la ventana de lo que había sido un café de la Wabash Avenue. A su lado, Ben sostenía un viejo fusil de caza, la culata pelada y astillada. Tenían dos velas encendidas, una linterna de dinamo y un mapa sucio extendido sobre una mesa arrimada junto a la ventana rodeada de sacos de arena.
—¿Seguro que viste movimiento allí? —preguntó Ben, los ojos oscuros fijos en el frente, por donde Broadway cortaba rumbo norte.
—Sí —respondió ella en voz baja—. Una figura. Caminaba rápido, tropezando. No era uno de los lentos, pero tampoco parecía un saqueador.
A lo lejos, la sirena de alguna alarma olvidada ululaba en intervalos irregulares, lejana, como un susurro de aquel otro Chicago que existía solo en los recuerdos.
No podían quedarse mucho tiempo. Sabían lo que habían hecho mal los grupos anteriores: habían tratado de resistir en los grandes edificios, atrincherándose en alturas que, tarde o temprano, quedaban cercadas, con las vías de escape colapsadas y comida imposible de subir. Por eso, ahora se movían. Un refugio por noche, máximo dos días en el mismo sitio. Al menor signo de carroña, cambio de planes.
El grupo original de Elena había comenzado el otoño con once personas. Ahora eran cuatro: Elena, Ben, Lana —una enfermera veterana— y Jason, un chico de apenas dieciséis, ágil y escurridizo. Los otros habían quedado atrás, cada uno con una historia de fuga o de despedida frenética.
La estructura social de Chicago había implosionado meses atrás, como decenas de ciudades. El invierno solo había empeorado todo: los infectados se movían más lento —y a veces se congelaban por completo—, pero el frío y la escasez estaban matando humanos a un ritmo igual de brutal.
Por eso, en aquel anochecer de diciembre, Elena solo pensaba en comida, fuego y silencio. El plan era claro: cruzar hacia el oeste, tratar de llegar a uno de los refugios en las afueras, donde decían que las granjas improvisadas lograban resistir, en viejas escuelas fortificadas. Pero el paso por el centro era inevitable, rodear significaba perderse entre barrios infestados con más saqueadores que zombis.
De repente, un ruido seco, como el chasquido de algo rompiéndose cerca de la puerta trasera. Ben levantó su fusil y Elena tanteó el cuchillo que llevaba atado al muslo. Aunque en algún momento usaron armas de fuego a destajo, hacía semanas que cualquier disparo era un anuncio para medio vecindario, y con los infectados nunca era buena idea llamar la atención.
La puerta tembló bajo un golpe torpe, y Jason, que estaba apostado cerca de la escalera, hizo una señal urgente: dos dedos, luego el puño cerrado, luego los abrió en abanico. Dos cuerpos, no humanos, y uno más. Sacó una varilla de hierro de la mochila, su arma preferida. Lana asintió y se preparó con la linterna.
El primer zombi entró atrayendo el olor del grupo con pasos desarticulados, medio arrastrando lo que alguna vez fue un pie. Iba vestido con lo que parecía el uniforme de un camarero del local. Apenas cruzó el umbral, Jason bajó la varilla pesado sobre su cabeza, un golpe seco y entrenado. El zombi se desplomó, pero el segundo, una mujer con una desgarrada chaqueta roja, avanzó con más rapidez de la esperada. Ben le vació una moneda de hierro en la cabeza de un palazo, pero el cráneo reventó solo a medias, y la cosa siguió forcejeando hasta que Lana le clavó el cuchillo por la base del cuello.
El tercer intruso entró corriendo, sin emitir jadeos, sin arrastrar pies. Nos vimos por un segundo, un chico de no más de veinte, la cara cubierta con una bufanda raída.
—¡No disparen! —suplicó en un susurro áspero—. No estoy infectado... lo juro, por Dios, solo... ¡Déjenme quedarme hasta que pase la horda!
Ben apuntó por reflejo, pero Elena bloqueó el cañón.
—¿Por dónde vienes? —preguntó, mientras el chico sudaba y hacía esfuerzo por no mirar los cadáveres.
—Vengo de la estación de trenes. La mitad del grupo murió en la Columbus. Los otros... creo que siguieron hacia el sur. Tengo comida, puedo compartir—se tocó la chaqueta mostrando tres latas atadas con alambre, y un par de barras energéticas, las mismas que los runners de Chicago usaban en carreras antes de todo esto.
Se oyeron gemidos cerca del callejón. El grupo dudó. Ben gruñó, pero Lana asintió. Elena cedió.
—Pasa rápido y silencio. Regla uno —apuntó—: si tienes una herida sospechosa, afuera.
—No. Solo... una mordida de perro. De verdad.
—Esa se revisa después. Ahora, ayuda a tapar la ventana.
Pasaron los siguientes minutos apresuradamente, sellando los accesos con sillas y empujando la nevera vieja contra la puerta de servicio. El chico —Sam, así se presentó— no se separó de las latas en ningún momento, pero compartió dos de ellas cuando todos se sentaron, exhaustos, bajo la penumbra.
La narración comenzó en susurros, a espaldas de los muertos apilados. Era el ritual de los vivos: contarse las historias, comprobar las cicatrices, buscar datos que convencieran de la humanidad del extraño.
Sam habló con voz rota de la caída de la estación Union: cientos esperando en el andén cuando las horda irrumpió. Cómo en un logístico reverso de la evacuación, la multitud fue absorbida por dentro, y ese sonido de golpes y crujidos, la mezcolanza de gritos en varios idiomas. Solo unos pocos alcanzaron a brincar por el techo y huir saltando vagones.
Con la tempestad afuera, decidieron esperar. Un viento aullante se colaba por las grietas. Jason tarareaba en voz baja, Lana se dedicaba a limpiar su cuchillo y, por turnos, calentaban agua y sorbían un caldo ralo de lo que quedaba de sopa instantánea.
Elena medio dormía cuando los gemidos crecieron en el exterior. Por un instante, pensó que soñaba, pero el retumbar de latas —el viejo truco de hilos colgados alrededor del local—lo dejó claro: la horda, o parte de ella, se acercaba.
El grupo se puso en movimiento —silencioso, eficaz—. Era su rutina, su mecánica de defensa. Mochilas apretadas, cuchillos listos, fusil colgado. Decidieron que la salida de emergencia de la cocina, que daba a una calle secundaria, sería la única vía. El nuevo, Sam, iba adelante, visiblemente nervioso, pero nadie tenía tiempo de juzgar. Si los zombis olían a humanos atrincherados, no tardarían en golpear hasta tumbar puertas. Era un fenómeno físico, casi matemático, como si la masa de cuerpos, con su peso y sus uñas, abriera cualquier obstáculo, tarde o temprano.
Al salir, la noche los recibió con frío ardiente y silencio, salvo por los quejidos de los muertos. La nieve caía más fuerte, limpiando la sangre de la acera, cubriendo los cuerpos infinitos que taponaban los callejones.
Una vez en la calle, la lógica era siempre la misma: avanzar rápido, entre sombras, sin correr salvo extrema necesidad. La mayoría de los zombis, en el hielo, se movían como figuras empaquetadas, torpes, lentas, pero en grupos era peligroso; bastaba uno para hacerte caer y que el resto te devorara. Chicago, cubierta de nieve, olía a humo de barriles quemados, pero también a miedo fermentado. Muchos sabían que no sobrevivirían este invierno.
Dos cuadras adelante, en la intersección de Adams y State, un bulto se agitaba entre la nieve. Jason, agazapado, anotó con señas: dos cuerpos, aplastados, sin movimiento. El grupo los ignoró, cruzando como sombras entre autos congelados y buses despanzurrados.
Les llevó una media hora alcanzar la esquina del Art Institute, ahora solo una silueta negra. Elena puso una mano sobre el hombro de Sam.
—¿Conoces los túneles?
Sam asintió.
—Siguen abiertos por Jackson, yo entré por ahí ayer. Algunos tramos están colapsados, pero puedes salir por el río.
Los túneles bajo Chicago, viejas vías de servicio y corredores de metro, eran ahora las arterias ocultas de la ciudad. Por ahí se movían supervivientes y, a veces, las bandas que saqueaban los pocos supermercados que quedaban. Entrar ahí significaba perder la orientación, pero también escapar del frío y de los ojos de los hambrientos.
Avanzaron uno tras otro, encendiendo solo las linternas para pasos críticos. Las paredes sudaban antigüedad, olor a barro, gasoil y excrementos. A ratos pasaban junto a barricadas abandonadas, a letras pintadas con aerosol: “NO PASAR”, “INFECTADOS” y, en una ocasión, “REFUGIO AQUÍ”, pero la flecha apenas era visible bajo capas de polvo.
Sam iba delante, murmurando la ruta. Lana apoyaba a Ben, que arrastraba la pierna desde un golpe reciente. Jason vigilaba atrás, siempre atento. La tensión era un hilo constante; incluso en la penumbra, la fiebre y la paranoia no perdonaban.
Pasaron junto a una pila de cuerpos congelados, todos alineados como en un hospital fallido.
—La morgue improvisada —susurró Sam—. No pudieron sacarlos. Mejor no tocar nada, hay rumores...
Elena asintió. Nadie preguntó más.
Emergieron por un respiradero cerca del río. Afuera, la nieve seguía. A lo lejos, el acero del puente levadizo brillaba por la capa de hielo. La silueta de la Torre Willis dominaba la noche, un gigante dormido. Ellos, pequeños, avanzaron cruzando entre locales saqueados, hasta la vieja comisaría en la esquina de Canal.
Allí esperaban encontrar supervivientes, la última señal de radio militar que las bandas interceptaban. Un refugio, amurallado con cajones de cemento y camiones desplazados como barricada.
Golpearon, anunciando con el código acordado —tres golpes, pausa, dos golpes cortos—, y aguardaron. Breve espera, luego un entreabierto: una mujer, armada hasta los dientes, rostro oculto por un pasamontañas, analizó al grupo.
—¿Cómo nos encontraron? —preguntó.
—Sam. Él sabe los códigos.
La mujer miró a Sam. Fue una larga inspección.
—Pasen. Silencio. Tienen cinco minutos para desinfectarse y mostrar heridas.
El grupo entró. Un anhelo de calor y seguridad les nubló las piernas. Dentro, el ambiente era duro. Decenas de personas, enrolladas en mantas, niños dormidos bajo mesas de archivo. El generador eléctrico ronroneaba. Olor a sopa y a ropa húmeda. Sin duda, la vida había cambiado, pero la vida persistía.
Elena se permitió llorar al ver una pequeña pizarra con nombres: perdidos, vivos, “en patrulla”. Esos gestos mínimos de esperanza en medio de los blastos. Ben fue a buscar vendas; Lana intentó hablar con dos mujeres heridas; Jason se perdió entre chicos hambrientos. Sam les apartó comida en su rincón, por primera vez relajado.
Pero la ciudad estaba lejos de salvarse. Afuera, la nieve caía, y en los radios, los operadores traían noticias: más muertos al norte, hospitales perdidos, saqueos cerca del Navy Pier. Elena, cansada, solo pensaba en la mañana y el próximo paso: la ruta hacia el oeste, la promesa de campos helados y menos ruido.
Quizás sobrevivir no era ya cosa de suerte, sino de ritmos: avanzar, resistir el hambre, mantener viva la chispa entre tanto hielo y muerte. Los días del Chicago brillante, del bullicio, del ir y venir sobre el río, eran mitos. Pero ahí estaban, entre puentes herrumbrosos y ceniza, bajo un cielo de invierno, sosteniéndose unos a otros.
Sobrevivir se había convertido en resistencia; recordar el mundo anterior, en un lujo. Pero Chicago, incluso así, seguía latiendo, terca y temblorosa, entre las piedras heladas y los ecos del lago.
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