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Portada del relato El Pulso de la Ciudad Muerta
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Fragmento:


—Irémos esta tarde —decidió ella—. Me llevo a Malik y a Julia. Necesito que tú y Vanessa se queden a montar vigilancia.

Duración: 10:27

El Pulso de la Ciudad Muerta
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2020

El viento cortante del Lago Michigan se colaba como un depredador ártico por cada rendija entre los edificios derruidos de Chicago. Era ya diciembre y el frío no daba tregua, pero, por una vez, los sobrevivientes celebraban la llegada del invierno. El hielo y la nieve eran barreras naturales, un ralentizador brutal pero efectivo para aquellos que, a falta de nombre más preciso, todos llamaban "los muñecos", los zombis. Chicago, antaño una metrópoli vibrante, apenas era reconocible bajo las capas de silencio, polvo y muerte.

Nadie podía haberse preparado para esto. Casi un año atrás, el ruido de las sirenas era el acompañamiento cotidiano de las manadas de autos apresurados y gentío en las calles. Ahora, los únicos sonidos importantes eran los golpes secos de puertas selladas, disparos lejanos o, más común, el quejido gutural de los muertos entre las avenidas heladas. La ciudad se había convertido en una red de refugios y fortificaciones improvisadas. Enviaba sus exploradores por túneles y pasajes ocultos entre escombros. Era un gigantesco tablero, y cada movimiento requería astucia y suerte.

Gina, con el rostro curtido y las manos enfundadas en guantes de trabajo, miraba por un ventanal resquebrajado del piso quince de la antigua sede de una aseguradora en la Loop. Desde ahí, la vista del downtown era tan sobrecogedora como deprimente: la mayoría de las fachadas estaban ennegrecidas por los incendios y el abandono; las luces de navidad, que en otros años habrían titilado en diciembre, yacían enredadas e inútiles, como hilos de otro tiempo. Ella ajustó la mochila al hombro y escuchó el crujido opaco del suelo bajo sus botas.

Detrás de ella, en una sala convertida en refugio, unos pocos hombres y mujeres compartían latas abiertas, juntaban mantas y discutían en susurros. Sobre el ventanal, un trapo blanco hacía de cortina y, en una esquina, una radio de corto alcance escupía estática interrumpida por mensajes militares en clave. Gina era una líder natural, aunque nunca buscó serlo. Ella había trabajado como médica antes de la pandemia, y su compostura había salvado más de una vida durante los peores meses: el colapso hospitalario, los primeros levantamientos, la llegada de los muñecos a los barrios altos de la ciudad.

—¿Algo? —preguntó Greg, su sombra como un oso, a su lado. Era un exguardia de seguridad del aeropuerto convertido en su segundo de confianza. Tenía una voz que parecía un ronquido y el ceño fruncido era su estado por defecto.

—Se mueven menos por Michigan Avenue —le respondió Gina. Su aliento formaba nubes pequeñas en el aire—. Pero hay al menos dos docenas entre nosotros y el puente de la Avenida State. Si queremos buscar suministros, tendremos que dar un rodeo por Wabash o ir por las vías del tren elevado.

Greg gruñó y miró hacia la calle. Un grupo de cadáveres de piel azulada y ropas congeladas tambaleaba cerca de un bus atravesado en la esquina de Madison, chocando entre sí en su lenta e incesante peregrinación.

—¿Cuánto tenemos de comida? —preguntó.

—Dos días —respondió Gina—. Y apenas agua porque las cañerías, más allá del piso diez, están heladas.

Allí, todo era racionamiento. Lo que antaño era un aire acondicionado ahora era un improvisado respiradero para el humo de pequeñas hogueras, y el lujo era tener una lata de sopa sin óxido o pastillas de cloro suficientes para desinfectar nieve derretida. El frío era un enemigo más, quizá el más implacable: no necesitaba mordisquear carne para matar.

—Irémos esta tarde —decidió ella—. Me llevo a Malik y a Julia. Necesito que tú y Vanessa se queden a montar vigilancia.

Greg asintió. No preguntó; la confianza era lo que mantenía unido a ese grupo.

El resto de la mañana transcurrió en la rutina forzada del nuevo mundo. Vanessa, menuda e incansable, catalogaba medicinas: era la última farmacéutica del grupo. Malik, un adolescente de origen bosnio, sacaba agua derretida de la nieve en bidones mientras tarareaba algo que recordaba de su infancia. Julia, estudiante de ingeniería casi graduada cuando el fin llegó, revisaba mapas a mano y trazaba rutas posibles en servilletas robadas a un Dunkin' Donuts abandonado.

Desde la ventana, cada esquina evocaba una historia personal. Gina recordaba el café donde ella y su novio celebraron la residencia médica, la librería donde Julia trabajó alguna vez los veranos, la tienda deportiva con la que soñaba Malik. Cada lugar era ahora solo un riesgo potencial, un almacén saqueado o una trampa mortal.

El plan era sencillo: aprovechar el abrigo del frío para moverse por calles cubiertas de hielo, deslizarse por los corredores del Loop, buscar en el sótano de un gran supermercado de la avenida Roosevelt. El equipo se preparó con el mismo ritual de todas las salidas: cuchillos de cocina, tubos de metal, un revólver con cinco balas y, lo más preciado, una antorcha improvisada a base de linternas con velas pegadas.

**El descenso comenzó poco después del mediodía**, cuando la luz era suficiente para ver y el frío, miserable pero útil, ralentizaba la actividad zombie. Salieron por una escalera de incendios lateral, tapados con capas de ropa, bufandas y gorros, moviéndose como sombras al ritmo de los vientos que azotaban la ciudad. Gina iba al frente; su sentido de la orientación era infalible y su instinto casi siempre marcaba la diferencia entre regresar o no.

—Silencio total. Nada de radios —ordenó por lo bajo—. Si hay que correr, corran. No esperen si caigo.

Fue una regla no escrita desde que perdieron a dos miembros en septiembre; los muñecos siempre cazaban en tumulto.

Al llegar a la planta baja, el recibimiento de la ciudad fue un doloroso recordatorio del peligro: un par de cuerpos congelados cubrían la entrada, víctimas, quizás, de un enfrentamiento entre pandillas humanas y los zombis a días de la tormenta anterior. Gina apartó la vista; preguntarse quiénes habían sido, o cómo murieron, era un lujo emocional que ya no podía permitirse.

Chicago era ahora una selva de concreto atravesada por el hielo. Cada cuadra era una frontera. Avanzaron rápido, zigzagueando entre los autos cubiertos de nieve y utilizando pasillos subterráneos siempre que podían. Observaron a los muñecos moverse torpemente sobre la avenida Michigan, a veces atrapados en charcos de hielo, otras apilados contra escaparates como polillas desorientadas por la luz. Uno, con la mandíbula colgando y el abrigo de un policía municipal desgarrado, los olfateó brevemente. Gina apretó los dientes, contuvo la respiración, y el grupo se pegó contra un contenedor de basura hasta que la criatura se alejó, perdiéndose entre los ventanales de Marshall Field.

Unas cuantas calles más al sur, giraron por Roosevelt y llegaron a la entrada lateral del supermercado objetivo. Julia comprobó el candado oxidado. Gina preparó el tubo de metal, por si acaso. Dentro, el supermercado era un mundo muerto por partida doble: artículos esparcidos por los suelos, charcos congelados, luces de emergencia titilando todavía. El olor era el de un féretro: putrefacción, humedad y sebo rancio. Aun así, era mejor que nada. Buscaron primero en los estantes abandonados, luego en la trastienda, donde Malik rescató cuatro latas de conserva y una bolsa de arroz casi intactos. Gina encontró un botiquín sin abrir, y Julia, medio paquete de pilas.

Entonces escucharon el ruido: era un gorjeo extraño, como si un animal pequeño se hubiese colado tras una pila de cajas. Gina apuntó la linterna. El chasquido sordo de una madera astillándose heló la sangre del grupo. Un niño apareció desde la zona de refrigerados; tenía la piel casi negra por el frío, pero —milagrosamente— parecía cuerdo, abrumado, con los ojos abiertos de par en par. Llevaba puesto un abrigo de hockey gigante y tiritaba.

—¡Hey, hey! —susurró Gina en cuanto vio que no era uno de ellos—. Tranquilo, no vamos a hacerte daño.

El niño no respondió. Sostenía un bate, temblando, y estaba tan sucio y hambriento que apenas mantenía la vertical.

—¿Estás solo aquí? —insistió Malik, en voz baja, pero sólo obtuvo un gesto afirmativo.

Apenas hubo cierta calma, el chico aceptó seguirlos. El grupo salió apresuradamente, pues ese supermercado ya no era seguro: donde hay un niño, podría haber otros humanos, o peor, muñecos al acecho. Las reglas, una vez más, imponían moverse antes de que el hielo cediera y los muertos lo notaran.

La vuelta fue más lenta: la tarde caía y la temperatura descendía. El grupo evitó una patrulla errante de zombies siguiendo un pasillo por la Adams, cruzando sobre raíles oxidados y dejando atrás la sombra enorme de la torre Willis. Llegaron exhaustos al improvisado refugio poco antes de que la noche los envolviera.

De vuelta en el piso quince, el grupo celebró en silencio: repartieron la comida, ofrecieron mantas al niño, que apenas articulaba palabras, pero devoró una lata de frijoles sin calentarlos siquiera. Gina se quedó junto a la ventana:

—Otro día, otra noche —dijo para sí misma, viendo los copos posarse sobre las ruinas—. Quizá mañana podamos buscar más allá del South Loop, si el río está lo suficiente congelado para cruzarlo.

Afuera, la ciudad parecía un cementerio interminable. Bandadas de cuervos anidaban sobre las cúpulas de las antiguas catedrales, y los muñecos se agrupaban en plazas y estaciones de tren. Sobre el lago, un banco de niebla lo cubría casi todo, y la luna, solitaria, brillaba entre jirones de nube.

Esa noche, Gina anotó en un cuaderno raído, otro de sus rituales:

15 de diciembre de 2020: Sobrevivimos al día más frío del invierno. Encontramos a un niño. Seguimos siendo seis. Chicago resiste, cada vez más callada, pero no vencida.

Las esperanzas, como la nieve, aún caían lentas sobre la ciudad. Y en el corazón helado del miedo, la humanidad luchaba por no apagarse.

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