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Fragmento:


Hoy me tomé la tarea de releer las notas de otros días. En la Navidad pasada, nos preguntábamos si aún existiría gente en Nueva York o Los Ángeles. Ahora, la pregunta es si sobreviviremos al final del mes.

Duración: 10:16

El sol bajo la ceniza
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Texto de ajuste de pausa.

14 de enero de 2024

Hoy me despierto bajo el mismo techo oxidado, con el mismo sonido sordo del viento golpeando las tablas que sellan las ventanas de lo que antes era un tercer piso con vista al lago Michigan. Son las 5:47 am. El frío entra hasta el núcleo de los huesos; en enero de Chicago nunca se puede engañar al clima, aunque años atrás bastara un buen calefactor. Ahora, la única defensa es una montaña de mantas que recogimos hace meses, y apilarlas sobre mí y Jody en cada amanecer.

Hay poco de lo que uno pueda considerarse afortunado en este mundo, pero aún así, estoy vivo. Mi nombre es Alex Márquez. Tengo treinta y uno. Era periodista en los viejos días, cuando los artículos de fondo sobre la violencia en los hospitales de la ciudad resultaban morbo y noticia, no el pan nuestro de cada día. Nunca fui bueno en esto de escribir para mí, pero tras todo lo perdido, este diario es lo único que me recuerda quién era antes que el mundo cayera a pedazos.

Desde la ventana, el lago parece más apacible que nunca, una plancha azul cristalizada. Nadie se atreve a acercarse al muelle; hay historias de cuerpos atrapados bajo el hielo. Chicagolandia se ha vuelto una colección de relatos de miedo: los más viejos, de los zombis; los más recientes, de bandas de saqueadores. Los primeros pasaron a ser casi parte del paisaje urbano, como el silbido de los trenes fantasma; los segundos, en cambio, requieren vigilancia real.

Nosotros, los que quedamos en lo que alguna vez fue River North, dependemos de los escasos trueques que surgen una vez por semana en el cruce de las calles Grand y Clark. Sin teléfonos, sin internet, y con la radio militar cortada desde noviembre, la comunicación es el rumor y poco más.

Es de este invierno que puedo decir, sin mentir, que es más humano el frío que cualquier otra cosa. Anota Jody cómo cada amanecer parece más corto; al anochecer, buscamos leña, y quemamos muebles que antes realzaban los lobbies de los edificios altos que ahora parecen mausoleos.

Hoy me tomé la tarea de releer las notas de otros días. En la Navidad pasada, nos preguntábamos si aún existiría gente en Nueva York o Los Ángeles. Ahora, la pregunta es si sobreviviremos al final del mes.

8:21 am

Salgo de mi refugio apenas la iluminación permite distinguir a un humano de un zombi. Es lo que todos hacemos: si tienes que arriesgar, que no sea con la sombra, sino con la certeza. Me uno a Jody y Malik, un antiguo profesor de biología, en la vigilancia del pasillo principal del edificio. El ascensor dejó de funcionar hace dos años, cuando una horda atacó la planta baja y la luz se cortó para siempre después de un incendio.

Decidimos no salir aún. Esperamos noticias de Bruce, el explorador del grupo. Bruce dice que permanece cuerdo gracias a sus recorridos; para nosotros, cada salida es una moneda lanzada al aire. Aguantamos el hambre con unas papillas heladas de avena y dos manzanas, pequeñas y arrugadas. Jody reparte entre todos un poco de azúcar, y la dulzura es tan intensa como un lujo extinto.

11:13 am

Por la ventana vemos a dos figuras cruzar la esquina de Grand y Wells. Uno camina a trompicones, la cabeza ladeada y la ropa arrancada en jirones, la típica silueta de los zombis clásicos de este infierno. El otro va pegado justo a la pared, agachado, cada tres pasos se detiene y mira atrás. Probablemente un explorador de alguna otra comunidad. No nos mezclamos con los de la zona sur desde que intentaron robarnos el generador en septiembre pasado.

Solo cuando la figura humana desaparece comprobamos que la horda no anda cerca. La mayoría de los zombis que quedan en el Loop son lentos, partes de cuerpos que apenas se sostienen. Pero hace una semana, una mujer —Vivian, sobreviviente del grupo del puerto— fue herida en un altercado por alimentos y, según los testigos, los infectados la olfatearon al caer la noche. Amaneció sin rastros, solo sangre y trozos de tela en la vereda. El ciclo sigue.

Cada día repaso los peligros: humanos desesperados, bandas armadas, zombis emboscados en los parkings subterráneos y, tan letal como todo, el hambre. En 2024, en Chicago, sobrevivir es volverte invisible, un rumor, un nombre pronunciado apenas entre susurros.

1:34 pm

Bruce vuelve con las mejillas y los guantes ensangrentados. Malas noticias: cruzó hacia el supermercado de la Wells y halló la puerta principal abierta, saqueada en su totalidad. No encontró ni unas pilas. Trae consigo, sin embargo, algo más valioso: un trozo arrancado de cable de cobre y un par de latas abolladas de sopa. El cobre, dice, se cambiará en la próxima feria por balas o medicina.

Nos reunimos en la antesala del refugio, la única habitación donde todavía hay un ventanal robusto y seguro. Malik cuenta cómo, en las primeras semanas tras la caída, los hospitales reventaron con tanta rapidez que ni dieron tiempo de quemar los cadáveres. Ahora son ruinas; lugares de paso peligroso, pero también de oportunidad. Rumores de antibióticos escondidos atraen todavía a muchos, pero los pisos suelen estar saturados de sangre seca y trampas.

Repasamos el horario del día: uno debe salir al atardecer hacia el trueque del cruce. Me ofrezco, aunque Jody insiste en acompañarme; no la culpo. Desde que murió su hermano en un ataque de una banda armada, no soporta separarse del grupo ni un minuto.

3:18 pm

Jody y yo bajamos usando la antigua escalera de emergencia, que tuvimos que despejar con un hacha semanas atrás. Cargar armas es obligatorio —yo porto una pistola Browning, con tres balas; ella, un cuchillo de cocina atado con cinta a un palo de golf. Nada sofisticado, pero suficiente si encuentras a un rezagado en los pasillos.

La calle huele a basura congelada, a excremento y humo de todos los muebles quemados en hogares que ya no existen. Los autos abandonados son carcasas amarillentas cubiertas de grafitis y sangre seca. Cada tanto, las paredes recuerdan lo que fuimos: "VIVIMOS", "NO ABRAS LA PUERTA". Me topo con un mural donde se distingue el perfil del skyline y, detrás, una horda de sombras devorando el horizonte. Arte del miedo.

En Grand y Clark, la feria de trueque es un círculo de mesas improvisadas bajo la mirada de un trío de vigías. No hay más de veinte personas. Reconozco a Mabel, que viene del área de Lincoln Park. Le ofrezco el cobre, ella rebusca entre su bolsa y me muestra: tres balas, un bote casi vacío de vaporub, una caja de fósforos usada. Me decido por las balas. Nadie discute mucho; es peligroso conversar demasiado tiempo —las bandas pueden marcarte y seguirte después.

Jody busca comida, encuentra media bolsa de frijoles secos que intercambia por una vela y un peine, cosas que cuidábamos en la normalidad sin pensar. Un niño se acerca ofertando una baraja de cartas pero lo ignoro; juegos y distracción no valen nada en esta Chicago hecha escombro.

A poco de marcharnos, una explosión ensordece la cuadra. Nos tiramos al suelo por puro instinto. Polvo, gritos: parece que detonan una trampa en una de las entradas a la subterránea del ‘El’ para ahuyentar zombis. La pólvora vieja suelta un humo fétido pero suficiente para arrasar a una pequeña horda. Vemos a dos tipos encapuchados arrastrando bultos: carros de comida robada, o cuerpos frescos, no sé.

Nos ponemos de pie. Jody tiembla, murmura "Rápido". Corremos por la tercera avenida, evadiendo un par de cuerpos que gimen detrás de un ventanal reventado. El sonido de los disparos dura apenas, los ecos se mezclan con el ulular lastimero del viento por las calles rotas.

5:09 pm

Volvemos al edificio justo antes de que la oscuridad caiga. Bruce recibe las balas con una sonrisa breve —hace días no sonreía. Lo de la pólvora es una señal: algunos grupos están fabricando explosivos improvisados, puede que cerca, puede que en otro barrio. Debemos estar alertas. Malik cuenta las provisiones: poca agua, mucha ansiedad.

Se decide que mañana intentaremos acercarnos al Navy Pier. Hay historias de un grupo grande reparando una barcaza para cruzar a la otra orilla y buscar leña en las ruinas del sur de la ciudad. Nadie quiere quedarse quieto mucho tiempo en un refugio tan expuesto, pero moverse es igual de peligroso.

Cuando anochece, el cielo se ilumina con una aurora anaranjada: un edificio arde en la distancia, probablemente saqueado y quemado por otra banda. A lo lejos, los aullidos de los infectados resuenan como advertencia. Sé que en otras partes de Chicago, tal vez en Pilsen o en Englewood, otros grupos están viviendo su propio infierno.

Nos reunimos todos para cenar. La ración del día: sopa aguada y trozos de pan seco. Malik lee un fragmento de una vieja novela de Steinbeck que encontró en una caja la semana pasada. Escuchar un poco de arte es como recibir oxígeno puro.

Antes de dormir, repaso los hechos en mi diario. Hay silencio en la ciudad, el tipo de silencio que uno asocia con el olvido. Jody y yo hablamos de marcharnos al norte, quizá a Evanston, si las cosas se ponen aún más duras. Mañana, sin embargo, todavía estaremos aquí. Hay que sobrevivir veinticuatro horas más.

Pienso en el mundo del que vengo, la Chicago de avenidas iluminadas, museos y jazz, y me esfuerzo por recordar cómo era oler el café antes de salir a la redacción. Lo apunto: “Hoy sobrevivimos. Y mientras uno escriba, existe la posibilidad de que mañana cuente otra historia”.

Cierro el diario. Escucho a Malik tararear una melodía que no reconozco. Me duermo con el sonido de la hoguera crepitando en la caja metálica donde una vez hubo archivos de la oficina. Hay esperanza, lejana y diminuta, pero para nosotros aquí en Chicago, hoy, es todo.

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