Fragmento:
Sara se envolvió en el abrigo militar tomado a un guardia muerto en State Street. Afuera, el lago Michigan aparecía invisible bajo el aluvión de nieve, y la avenida Wabash era un túnel blanco, desierto incluso de monstruos. Los zombis aborrecían el frío, decían los fanáticos, porque la nieve era "el manto que Dios arrojaba sobre el mundo para limpiarlo". Esa mañana, sin embargo, ni los muertos ni los vivos parecían tener planes de trajinar.
Duración: 12:27
17 de diciembre de 2020.
Todavía quedaban cenizas esparcidas en los techos de la ciudad, residuos de una noche que nadie había conseguido dormir: el ataque de una horda arrastrando pies entumidos en el hielo, babas heladas manchando los portones del Loop, y disparos sueltos que, cada vez, sonaban menos. Chicago, como cadáver bajo nevada, resistía, pero ya solo eran fragmentos dispersos. Los fanáticos, esos locos aferrados a la religión y al delirio, habían encontrado su espacio entre los escombros, y la ciudad era su nuevo patio de pruebas.
Desde la muerte de Julia, el frío se había vuelto doblemente mortal para Sara: una mordida podía acabar contigo, pero el calor del fanatismo —que surgía tan fácilmente en las ruinas— era a menudo aún peor. Por eso, esa noche había dormido en la biblioteca Harold Washington, entre manuales húmedos y escritorios opacados por moho, acurrucada junto a otros seis sobrevivientes. Sobre los anaqueles aún colgaban frases católicas y citas del Antiguo Testamento, esquelas del grupo que, la semana anterior, se había atrincherado allí expulsando a punta de escopeta casera a los últimos estudiantes y sin techo que quedaban.
Sara se envolvió en el abrigo militar tomado a un guardia muerto en State Street. Afuera, el lago Michigan aparecía invisible bajo el aluvión de nieve, y la avenida Wabash era un túnel blanco, desierto incluso de monstruos. Los zombis aborrecían el frío, decían los fanáticos, porque la nieve era "el manto que Dios arrojaba sobre el mundo para limpiarlo". Esa mañana, sin embargo, ni los muertos ni los vivos parecían tener planes de trajinar.
Junto a la barricada de mesas, Marc, el bibliotecario, despejaba la escarcha de una ventana y seguía a la vista las antorchas del extremo norte: la señal de que los “Portadores” habían empezado su ronda. El grupo se hacía llamar "El Redil de la Última Llama". Vestían mantas blancas, máscaras de hockey y crucifijos enormes, y recorrían el centro de la ciudad, predicando y cazando. Su profeta, el Pastor Clay, era un hombre alto, tan rubio como un fantasma, que una vez predicó por radio y ahora recitaba salmos ante los muertos vivientes mientras sus fieles arrojaban gasolina y cerillos bajo los puentes.
—Hoy van hacia el puente de Madison —murmuró Marc—. Están buscando conversos... o sacrificios.
Sara tembló, pero no por la temperatura. Miró a Jackie, la niña de once años que dormía envuelta en atlas y mapas, la única que aún tenía ilusiones de que “papi volvería alguna vez” desde la zona sur. Miró a Enrique, antiguo médico, que ahora fijaba su único ojo en el reloj, midiendo los minutos de silencio antes que la ciudad rugiera de nuevo.
El silencio se rompió con un grito turbulento desde la calle:
—¡Hermanos! ¡Acercaos a la Última Llama! ¡El castigo del Señor está aquí, el río de carne se alienta en la tiniebla!
Era uno de los Portadores, acompañado por otros tres. Portaban antorchas y sostenían tablas de madera con palabras escritas a carbón: "La Resurrección es para los puros", "El Fuego lava la vieja carne". Uno de ellos —una mujer con la boca cubierta por vendas, la mirada demente y lúcida— sostenía algo que parecía una biblia pero, al acercarse, Sara vio que era un cuaderno de bitácora de hospital, ahora lleno de versículos improvisados.
Martín, el ingeniero argentino que les acompañaba, se asomó tras la barricada y susurró con urgencia:
—Si nos ven aquí... mejor que tengamos algo que trocar. O nos sacan a la fuerza.
Jackie se despertó sobresaltada, el largo sueño la había transportado a tiempos lejanos, y durante unos segundos ni siquiera recordó a su padre, ni a los zombis, ni el miedo cotidiano.
—¿Vienen los Portadores? —preguntó, aferrada a un libro de astronomía que marcaba el día en que Saturno estaría en oposición—. ¿Me dejarán quedarme?
Sara se agachó junto a ella, tratando de ofrecerle una seguridad que no sentía. Afuera, unos minutos después, los Portadores golpearon la puerta de cristal, tres golpazos secos, con el ritual de la secta.
—Abrid y encontraréis el perdón. Negadnos, y hallaréis la muerte, como Sodoma y Gomorra —entonaron.
Marc les miró a todos. —No tenemos elección. No hoy. No con Jackie aquí.
El ingeniero se acercó con lo único valioso: una caja de ampollas de morfina y un puñado de libros de medicina. Carmela, la antigua enfermera, trituraba nerviosamente unas pastillas mientras se persignaba, mitad por costumbre, mitad por pánico sincero.
Abrieron la puerta. El aire entró con la fuerza de un puño helado. Sara sintió cómo la amenaza tomaba cuerpo, más real y desesperada que cualquier rumor de hordas.
El Pastor Clay, erguido y enjuto como una estatua de sal, fue el primero en entrar. Sus manos colgaban limpias de armas, pero su mirada era tan afilada como los cuchillos de cocina que colgaban de los cinturones de los suyos.
—Hijos del hierro —dijo con voz serena, extendiendo los brazos—, el castigo recae sobre Chicago y el mundo, pero aquí hemos hallado aquellos dignos de la redención. El Señor quiere deciros algo.
Nadie respondía. Solo el crujir del hielo y el resuello de los Portadores, olorosos a sudor, madera y gasolina. Clay caminó despacio por la biblioteca, observando los símbolos dibujados en las paredes —cruces, estrellas, cálices— y sonrió, como quien comprende una broma secreta. Se detuvo junto a Jackie y le acarició la cabeza, con un gesto paternal que a Sara la hizo estremecerse.
—¿Puedes leer, pequeña?
Jackie asintió. —Mucho… leo todo el día.
—Eso es bueno… porque sabrás, cuando llegue tu hora, reconocer el verdadero Libro.
Sara se interpuso, intentando mostrarse desafiante, aunque sus hombros la traicionaban. —Tenemos morfina. Y medicinas. Y sabes que aquí hay comida… Nos quedaríamos, si lo permites.
El Pastor Clay suspiró. —Vuestro trueque no se reduce a comida. No existirá paz, ni siquiera bajo las llamas, sin Fe. El fuego expulsa la peste de nuestro mundo, pero primero cura las mentes corruptas.
Sara vio el destello en los ojos de Clay: el mismo que destellaba en las pupilas delirantes de los contagiados antes de morir, como si la infección residiera no solo en la carne sino en los sueños rotos.
Enrique intervino, recitando casi el Juramento Hipocrático, afirmando que podía ayudar con los heridos si los dejaban vivir allí.
Martín ofreció los manuales técnicos, sugiriendo que había formas de generar calor sin quemar toda la biblioteca.
Pero la lógica no servía con los Portadores: habían fundido religión y apocalipsis en una sola doctrina. “El fin del mundo separará a los puros de los falsos”, repetían como un cántico. Y a los falsos… los apartaban.
Sin embargo, Clay era astuto. Propuso una “prueba”: pasar la noche afuera, junto a las fogatas de los Portadores, velando y rezando por la salvación del mundo. Quien resistiera sin dormir, volvería purificado. Quien se rindiera, sería expulsado. El frío, razonaba él, separaría a los dignos.
Carmela casi llora: —Moriremos ahí, de frío… O los zombis...
Clay sonríe sin piedad: —Una noche basta para discernir la fe de la carne débil.
A Sara le costó decidir. Pero entendió que, si rehusaban, la violencia sería inmediata. Salieron. Marc sugirió hacerlo en turnos. Enrique, más viejo, pidió estar con Jackie para vigilarla de cerca.
En el exterior, el fuego de los Portadores lanzaba chiribitas contra la nieve que caía sin tregua. Los cánticos eran inquietantes, salmos mezclados con amenazas veladas y relatos de los profetas del Antiguo Testamento. “Hemos sobrevivido porque somos elegidos”, decía Clay, repartiendo pan duro entre los suyos, mientras al fondo, cada tanto, sonaban disparos intermitentes, quizá disparos al aire, quizá a zombis, quizá a desafortunados.
La noche avanzó. Jackie, aturdida, murmuró cuentos aprendidos de memoria. Sara, helada hasta la médula, recurrió a todo instinto animal para mantener el calor en el cuerpo de la niña. Enrique se acercó a uno de los Portadores, reconoció el olor entumecido de sus ropas, la mirada perdida: no todos estaban convencidos. Había miedo entre los fanáticos, tan palpable como el odio.
A la medianoche, unos gritos hicieron girar la cabeza de todos: dos figuras tambaleantes, envueltas en mantas, se arrastraban por el callejón oeste. Los Portadores rodearon a los muertos; Clay, en medio de un rezo, impregnó su mano en gasolina y lanzó la antorcha. El fuego bailó en los pantalones rotos, consumiendo los cuerpos helados entre vapores y destellos. Los fanáticos aplaudieron en silencio la purga de los impuros.
Sara se tapó los oídos de Jackie, pero sus propios ojos no podían esquivar esa visión: la única piedad era el fuego, y el fuego era inhumano.
Las horas se derritían en delirio. Carmela comenzó a entonar un Padrenuestro en voz muy baja. Martín, con la cabeza entre las rodillas, repitió fórmulas físicas para distraerse de la hipotermia. Marc intentaba recordar los títulos de todos los libros que había catalogado, usando cada uno para componer un rezo literario particular, acaso una súplica al dios de la memoria.
En un descuido, uno de los Portadores —el más joven, apenas un adolescente con la barba rala— se aproximó, murmurando: —Puedo ayudaros... Si Robin ve que no puedo más, os cubriré. Pero haced ver que rezáis.
Sara aprovechó y preguntó: —¿Por qué sigues aquí? ¿Crees en esto?
El chico tragó saliva. —Es esto, o los monstruos. Aquí al menos puedo dormir sin que me arranquen un brazo. Pero… Clay se ha vuelto peor que los zombis.
Casi como respuesta, el pastor giró y gritó a la oscuridad: —La aurora premiará a los fuertes. Cuando llegue el sol, los salvados entrarán al calor del Redil.
La temperatura cayó a -19 grados. A las cuatro de la mañana, Carmela cayó desmayada; Martín la cubrió con su pelo, rogando que la brisa profunda no la matara. Jackie gimió en sueños. Sara luchó contra el sueño y el miedo. Recordó a su hermana, muerta por un asalto semanas atrás. Recordó la promesa que le hizo a Jackie: sobrevivirían.
El alba, finalmente, comenzó a ruborizar el horizonte sobre el lago. De los seis, solo cuatro seguían conscientes. Clay levantó los brazos, pronunciando el “veredicto”:
—Hoy, Chicago ha parido nuevos hijos de la Llama. Entrad, permaneced. Los demás... deben marcharse.
Carmela estaba muerta. Un Portador la tomó por los tobillos y la arrastró hasta el fuego. Marc, febril, apenas logró erguirse. Jackie lloraba en silencio.
A Sara la admitieron. Pero comprendió el precio: cada día, los fanáticos ganaban terreno no solo sobre los zombis sino sobre la voluntad humana. No había posibilidad de permanecer neutral en el nuevo mundo, solo elegir entre el fervor de los fanáticos, la amenaza de los monstruos y la muerte blanca del invierno.
De vuelta tras los libros, Sara arropó a Jackie, contemplando —a través de las rendijas de la barricada— cómo la fanática esperanza de los Portadores ardía en la nieve, brillante y venenosa. En Chicago, la piedad era más peligrosa que la lengua del hambre o los dientes de los muertos.
Sara comprendió ese día que, en el nuevo orden, no sobrevivirían los más fuertes, ni siquiera los más astutos, sino aquellos que aprendieran a fingir la fe hasta el momento de poder huir otra vez.
El fuego siguió ardiendo. Afuera, el lago Michigan mantuvo sus aguas bajo el hielo. En la biblioteca, mientras el Pastor Clay predicaba, Sara planificaba su próxima huida, aferrada más que nunca a Jackie y al invierno interminable. Entre fanatismo y muerte, había que inventar un nuevo nombre para la esperanza.
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