Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato La aurora sobre las ruinas
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Fragmento:


El amanecer despuntó sobre el Valle Central de California envuelto en neblina, una neblina que ya no era sinónimo de humedad refrescante para las vides, sino de incertidumbre y temor. Desde la torre improvisada en lo alto del antiguo silo de grano, Rosa García divisaba la franja de campos marrones, apenas verdes en los huertos donde el grupo de Los Dorados, el nombre que habían adoptado medio en broma, medio en homenaje a la vieja fiebre del oro, intentaba cultivar suficiente comida para las cien almas que vivían en Madera, su pequeño refugio amurallado.

Duración: 10:01

La aurora sobre las ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

23 de julio de 2027.

El amanecer despuntó sobre el Valle Central de California envuelto en neblina, una neblina que ya no era sinónimo de humedad refrescante para las vides, sino de incertidumbre y temor. Desde la torre improvisada en lo alto del antiguo silo de grano, Rosa García divisaba la franja de campos marrones, apenas verdes en los huertos donde el grupo de Los Dorados, el nombre que habían adoptado medio en broma, medio en homenaje a la vieja fiebre del oro, intentaba cultivar suficiente comida para las cien almas que vivían en Madera, su pequeño refugio amurallado.

Nadie recordaba el Valle Central como un sitio donde la vida era fácil siquiera antes de la plaga —los incendios, las sequías, la incesante migración agrícola marcaban el tempo de la sobrevivencia—, pero tras siete años de caos, destrucción y hambre, todo lo que había quedado era un silencio abrumador, interrumpido por gritos lejanos o el agudo crujido de los campos secos bajo el sol.

Rosa bajó de la escalera de la torre, frotándose las manos para combatir el escalofrío matinal. Tenía veintisiete años y dos cicatrices profundas: una en el muslo, recuerdo de un zombi que la sorprendió entre las hortalizas, y otra, invisible, de haber visto a su madre perderse entre una horda en Fresno en los primeros meses de la plaga. Había aprendido desde entonces que el pasado era apenas un rumor. Ahora todo trataba sobre el hoy y sobre el siguiente día, si llegaba.

En las calles que cruzaban su fortificación cuadrada—un perímetro de contenedores marítimos y troncos cortados, reforzados con chatarra soldada—el bullicio de media docena de niños puso la banda sonora del amanecer. Jaleaban a una cabra que intentaba zafarse del corral y a la que Alfonso, el veterinario, intentaba atrapar. Los niños nunca habían visto un smartphone. Pensaban en palabras como “internet” y “aventura Disney” como en cuentos de hadas. Era 2027: sus vidas habían transcurrido enteramente en lo que los adultos aún llamaban, por hábito, “el nuevo mundo”.

Rosa cruzó al patio de la escuela —en otros tiempos, Simón Bolívar Elementary—, hoy centro del asentamiento. Sólo tres de las aulas se mantenían habitables; las demás, calcinadas o invadidas por maleza, servían para almacenamiento o simplemente eran peligrosas.

—¿Todo tranquilo en el norte? —preguntó José, de guardia en la entrada principal, rifle al hombro y mirada fija en el horizonte polvoriento.

—Nada aún —dijo Rosa—. El humo se disipa, pero siguen los montones de carroña cerca de la 99. Quizá hoy los saqueadores no se acerquen.

José asintió en silencio. En los últimos meses, la amenaza zombi había menguado; los cuerpos ambulantes estaban lentos, la carne caída a trozos. Sin embargo, los humanos —especialmente las bandas nómadas del sur y las pandillas sobrevivientes de las afueras de Fresno y Bakersfield— were el verdadero peligro. Acechaban las caravanas, robaban cultivos, a veces asesinaban para apropiarse de medicinas o gasolina.

Una ráfaga de viento levantó la lona de una de las camas de secado de tomates. Rosa la amarró de nuevo y luego cruzó el patio hacia el improvisado comedor, donde el desayuno humeaba en los leños: tortillas gruesas de harina, espolvoreadas con trozos de tomate y cebolla. Manolo, el viejo cocinero, distribuía las porciones, mientras dos niños esperaban turno.

—Hoy llega la caravana de Stockton —dijo Manolo, más como esperanza que con certeza—. Ojalá traigan semillas nuevas.

—Si llegan —replicó Rosa. Las caravanas atravesaban áreas aún infestadas o territorio de los “Reyes del Monte”, una milicia armada que extorsionaba todo lo que pasaba por la I-5. Pero el comercio era la única forma de conseguir pólvora, medicinas, piezas de maquinaria— incluso libros, para aquellos que aún intentaban enseñar a los niños a leer y escribir con algo más que viejos manuales agrarios.

**Al mediodía, bajo el sol de cuarenta grados, llegó la alarma.**

—¡Al este! —gritó Pedro, desde la torre sur—. Tres vehículos, polvo en la carretera. ¡No hay insignias!

En segundos, la pequeña ciudad bulló de actividad: mujeres llevando a los niños al refugio bajo el aula, hombres montando guardia en las hendiduras de los muros. El “no hay insignias” era señal inequívoca: ni los Ángeles del Delta ni la caravana prevista, sino resultado incierto. La escopeta recortada de Rosa pesaba en sus brazos; había disparado cinco veces en los últimos tres años, siempre con resultado fatal.

—Que no disparen primero —ordenó Matías, el jefe de la guardia, usando el viejo altavoz.

Los vehículos aminoraron su marcha a cien metros de la barricada. Del primero descendió un hombre de piel quemada por el sol, flaco, barba crecida, sombrero de paja a la usanza de los rancheros antiguos.

—¡Venimos en paz! —gritó mostrando las palmas. Cuatro más bajaron, entre ellos una mujer rubia, con un paño rojo al cuello y una niña en brazos. Llevaban armas, pero visibles, no levantadas.

—¿Tienen enfermos? —preguntó Matías. Era la pregunta de rigor; nadie permitía entrar a un grupo donde hubiera heridas frescas o síntomas de infección. Nadie quería que una nueva horda se levantara dentro de los muros.

—Sólo cansancio. Venimos de Lodi, huyendo de una quema —respondió la mujer. Había sinceridad en su voz y una desesperación apenas contenida.

Tras deliberar brevemente con otros supervivientes, Matías accedió a revisarlos: el grupo llevaba algunos alimentos, semillas de maíz, una caja de balas de siete milímetros y dos garrafas de gasolina como tributo para pedir refugio. Eran valiosos, entendían bien cómo funcionaban las cosas.

Una vez dentro, no hubo hostilidades, sólo miradas desconfiadas. A esa altura, en 2027, nadie confiaba en nadie, pero se sabía que nuevos miembros con habilidades útiles podían inclinar la balanza para un grupo pequeño. Rosa observó a la niña, cuya muñeca no era un juguete sino un pedazo de madera tallada y pintada con jugo de mora.

Se reanudó el trabajo diario. La vida, como la huerta, dependía de labor paciente: echar mano a todo, reinventar sistemas viejos con materiales nuevos. Los repuestos eran oro. Cierta vez habían resucitado una vieja bomba de pozo usando piezas de una motocicleta descompuesta y un convertidor solar medio roto. En julio, el agua lo era todo, y cuando fallaba el sistema, todos trabajaban, niños incluidos, hasta el cansancio.

Por la tarde, dos carros de la caravana de Stockton finalmente alcanzaron la entrada, remolcados por caballos. Era casi una celebración: traían rollos de alambre trenzado, clavos, dos bidones de amoníaco, sal, unos sacos de arroz, y, más valioso que todo, tres paquetes de semillas herméticas, rescatadas de un banco genético en lo que había sido la Universidad de Davis. No había medicinas, pero sí libros: manuales de botánica, una Biblia y una novela de Steinbeck. Los adultos cuchichearon sobre la novela, y Rosa anotó mentalmente que esa noche la leerían en la fogata.

—Oí rumores de Sacramento —comentó uno de los hombres de la caravana, apodado “Gringo” por más que era californiano nativo—. Dicen que han limpiado el Capitolio. Hay gente intentando reconstruir gobierno, pero sólo para las zonas seguras, del río hacia arriba.

—Si lo logran, sería una hazaña. Y un peligro —opinó Matías—. Un gobierno trae leyes, sí, pero también impuestos y nuevas milicias.

Por la noche, la fogata fue más viva que nunca. El cielo estaba despejado y las estrellas parecían más cercanas, o era simplemente la ausencia de luces eléctricas en cientos de kilómetros a la redonda lo que permitía verlas así de nítidas. Rosa, con la escopeta a su lado, escuchaba el rumor de todas las historias: de la caída de Los Ángeles, de las bandas de la Bahía, de los exploradores que juraban haber visto la costa repleta de barcos varados y miles de esqueletos.

Esa noche, leyó el primer capítulo de “Las Uvas de la Ira” a los niños mayores. Muchos apenas sabían leer, pero algunos reconocían palabras. El relato sobre migrantes, carreteras polvorientas y cosechas imposibles ya no parecía literatura del pasado, sino el eco de su propia existencia. En el fondo, todos temían que la historia volviera a repetirse de otra manera, ahora con zombis y saqueadores en vez de burócratas y banqueros.

Un estallido lejano, probablemente un disparo, interrumpió la quietud. Nadie se movió; todos sabían que las murallas y la vigilancia permanente eran su única defensa en un mundo largamente desmoronado.

Esa noche, Rosa subió a la torre con una colcha, a mirar la llanura desde lo alto. Pensó en irse —en buscar la costa, en ver por fin el Pacífico—, pero la realidad era que ese pedazo de mundo, sudoroso y salvaje, era su hogar. Mientras el sol volvía a teñir el cielo de rojo al día siguiente, ella, los niños, los recién llegados y los viejos intentarían —al menos por unas horas más— dejar huellas vivas en la memoria de la tierra.

Por primera vez en mucho tiempo, Rosa pensó: quizás, solo quizás, fuera posible no solo sobrevivir, sino reconstruir. Que la noche trajera esperanza y que el alba no llegara cargada de amenazas. Mientras tanto, vigilaba el horizonte, imaginando un futuro más allá de las ruinas, más allá de los muertos, en el corazón todavía fértil de California.

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