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Fragmento:


Benidorm, ese pedazo de costa que fue una leyenda del ocio, ahora era una nación diminuta atrincherada entre las montañas al norte y el Mediterráneo resplandeciente al sur. La población no superaba el millar, tras años de guerras, plagas, saqueos y marea incesante de zombis que bajaban como arroyos lentos desde las afueras, tambaleándose por las avenidas anchas, amontonándose en las bocacalles, aguardando siempre el descuido, el fallo en el muro, la frontera débil entre la vida dura y la muerte interminable.

Duración: 11:18

La rebelión de Benidorm
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Texto de ajuste de pausa.

24 de septiembre de 2027.

Amanecía sobre Benidorm y los primeros rayos de sol pintaban de dorado la línea del mar, reluciendo sobre las viejas torres de hoteles abandonados, cuyas plantas superiores ya no se distinguían entre la herrumbre y los huecos negros de ventanas rotas por las tormentas y los años de abandono. A pie de playa, el rompeolas improvisado de contenedores volcados y sacos de arena —aún embarrados tras el último aguacero— marcaba el límite entre el territorio considerado “seguro” y la tierra de nadie, ese largo paseo marítimo que alguna vez vibró con los gritos y risas de turistas y ahora solo recibía el murmullo del viento y el eco lejano de pasos, a veces humanos, a veces de otra cosa.

En la mañana de aquel 24 de septiembre la rutina comunitaria ya estaba en marcha. Los centinelas del puesto alto, justo en lo que fue el balcón del hotel Bali, pasaban lista, escudriñaban el horizonte marino en busca de columnas de humo, reflejos inhabituales u otra señal de vida —o de muerte—. Desde las alturas, entre las antenas destartaladas, divisaban los campos de cultivo que la comunidad había levantado sobre campos de golf y solares, improvisando bancales y plantaciones de patata, judía, tomate y, en los márgenes, tabaco silvestre que servía tanto de moneda menor como de calmante en las noches largas.

Benidorm, ese pedazo de costa que fue una leyenda del ocio, ahora era una nación diminuta atrincherada entre las montañas al norte y el Mediterráneo resplandeciente al sur. La población no superaba el millar, tras años de guerras, plagas, saqueos y marea incesante de zombis que bajaban como arroyos lentos desde las afueras, tambaleándose por las avenidas anchas, amontonándose en las bocacalles, aguardando siempre el descuido, el fallo en el muro, la frontera débil entre la vida dura y la muerte interminable.

El liderazgo recaía en un consejo plural, los “Cincuenta”, compuesto por antiguos funcionarios municipales, enfermeros, cocineros, agricultores, mercenarios retirados, y un puñado de jóvenes nacidos ya bajo el yugo de la plaga: niños y adolescentes para quienes las antiguas fotografías de rascacielos iluminados por luces de neón parecían irreales, cuentos que escuchaban con desconfianza cuando se sentaban a comer gachas con los veteranos.

Aquella mañana, Rosa —la hija menor de los Núñez, una familia originaria del barrio de Foietes— se despertó sobresaltada por un tiro lejano. Su hermano mayor, Lucas, la tranquilizó apoyando una mano sobre su hombro:

—Cazadores, arriba en la sierra. Ayer dijeron que avistaron perros salvajes.

Rosa, de diecisiete años, tenía la piel tostada y las manos siempre manchadas de tierra. Era famosa por saber distinguir cuándo una semilla brotaría y cuándo no, y porque podía trepar a los tejados de los hoteles en ruinas sin hacer ruido, una habilidad impagable para una recolectora y exploradora. Aquella mañana, debía acompañar a una patrulla más allá de la avenida Mediterráneo, buscando señales de los nómadas del sur, bandas de saqueadores que desde la primavera pasada rondaban las periferias, camuflados entre los campos de cañas y naranjales salvajes.

La reunión del consejo fue rápida. El miedo a lo inesperado, esa tensión perenne que acompaña a los muros y las armas cargadas, volvía las conversaciones cortantes, eficaces, sin rodeos.

El primer turno fue para Lucio, un ex-técnico de mantenimiento del ayuntamiento, ahora jefe de la defensa:

—Noche tranquila. Vimos dos fuegos en El Albir. Probablemente, la gente de Alfaz, refugiados. No hubo señales de ataque.

—Pero escuchamos disparos, —saltó Julia, la nueva lideresa de la comunidad sanitaria,—. A la madrugada.

—Cazadores, probablemente perros, —repitió Lucio con aire cansado,—. Pero no podemos bajar la guardia. La semana pasada, dos nómadas intentaron colarse por el Poniente.

—¿Y los infectados?

—Algunos siguen cruzando la rambla. Pero son pocos y lentos. Los mantendremos a raya.

Rosa se apartó pronto de la reunión, pues su tarea era reunirse con la cuadrilla de exploración. Cruzaron el mercado central, improvisado en la planta baja del Neguri Gane, entre viejos puestos de souvenirs y duchas de playa convertidas ahora en depósitos de agua potable y abrevaderos. El trueque allí hervía desde el amanecer: pan seco por sal, ropa de abrigo por tabaco, herramientas por munición. Nadie ocupaba un cargo fijo, salvo los patrullas armados que velaban por que los tratos fueran honestos y el orden se mantuviera.

Fuera del mercado, el aire ofrecía el aroma dulzón de las bugambilias mezclado con el metal oxidado de los marcos de las ventanas; aquí y allá, se vislumbraba el caparazón calcinado de un coche, el esqueleto de una terraza invadido de maleza, hasta que uno se habituaba y solo prestaba atención a los detalles que importaban: una pisada sobre la arena, una sombra entre las ruinas.

La patrulla, de cinco personas —Rosa, Lucas, Ahmed el mecánico, la abuela Consuelo (que nunca soltaba su vieja carabina) y Silvia, la exploradora del Rincón—, caminaba en fila, evitando el asfalto abierto, pegados a las paredes o agachándose entre los setos. Sabían que los infectados ya no eran la principal amenaza; no todos los zombis se marchitaban, y algunos aparecían todavía, frescos, desde el fondo de garajes o sótanos, alertados por el ruido o el olor de la carne humana. Pero el mayor miedo eran los humanos, bandas que irrumpían en la ciudad tras cruzar kilómetros de caminos polvorientos, buscando comida, herramientas, mujeres, niños, lo que fuera.

Se adentraron más allá del viejo parque de la Aigüera, que alguna vez acogió conciertos y ahora era un lodazal cubierto de hierbas altas, refugio provisional para algunos forasteros. Sobre el escenario, el óxido de la barandilla dibujaba arabescos rojizos; en las gradas aún quedaban grafitis con lemas de campañas políticas antiguas y corazones atravesados.

Exploraron durante casi tres horas, fijándose en las huellas sobre la tierra húmeda, en el olor de la putrefacción o la frescura relativa de charcos y rastros. Rosa fue la primera en advertir los restos de hoguera, cenizas aún tibias, cerca de un chalé de la zona de Levante. Ahmed tanteó con la culata el hollín, y Silvia se agachó a inspeccionar unas latas de conserva recién abiertas, aún manchadas de aceite sobre las piedras.

No estaban solos. Lucas levantó su mano y la patrulla se detuvo. Del interior del chalé, abierto de par en par, llegó un murmullo casi inaudible, semejante al ronroneo irregular que los experimentados sabían identificar: no era humano. Dos zombis, uno medio desnudo y otro todavía con el uniforme de camarero de hotel, salieron tambaleándose en dirección a la luz. Rosa, más rápida, les apuntó con su ballesta —las flechas caseras de varilla y punta de chatarra— y disparó. Lucas remató al segundo de un tiro de escopeta, cuidando de no gastar más munición de la necesaria.

Ahora, el peligro era doble: el ruido atraería a otros zombis… o alertaría a humanos ocultos. Con la rapidez de quien conoce el terreno, la patrulla registró la casa: tres colchones apilados, mantas raídas, envases de comida china de hacía pocos días, huellas diversas que conducían al fondo, a una piscina casi vacía.

—Se han ido de prisa, —susurró Silvia,— o piensan volver.

—¿Saqueadores?

—O refugiados.

—Da igual. Hay que avisar al consejo.

Reiniciaron el camino de vuelta, acelerando el paso. El sol pegaba ya sobre los tejados y las primeras nubes de tormenta asomaban tras el Puig Campana. El aire se cargaba de electricidad. Era casi mediodía cuando alcanzaron de nuevo la zona segura. Allí, la vida tenía otro tempo: niños chapoteando en un estanque imitado con lonas y agua clorada, agricultores transportando sacos de patatas y habas, artesanos forjando piezas adaptadas para sistemas de riego, mujeres hilando viejas cuerdas y lonas para reparar redes. El ritmo rezumaba una normalidad insólita, tensión y esperanza en equilibrio.

Esa tarde, el consejo debatió los hallazgos. Se tomó la decisión de fortificar el sector Levante, bloquear los accesos traseros y reforzar la vigilancia. Benidorm era uno de los centros de comercio más activos de Alicante —los intercambios con las colonias de Villajoyosa, Albir y La Nucía eran constantes— y aunque gran parte de las rutas viajaban bajo escolta armada, el miedo a algo peor seguía anidando bajo los techos inclinados, ante el rumor de nuevas bandas violentas que atacaban cada vez más hacia el sur.

Durante el crepúsculo, Rosa y Lucas compartieron una comida mínima bajo el porche de una caravana aparcada junto a la plaza de toros, reconvertida en corral para cabras y almacén de grano. Había una cierta magia amarga en la familiaridad de aquel sitio que alguna vez atrajo a miles de extranjeros y ahora era casi “hogar” para un puñado de supervivientes.

—¿Crees que los de la hoguera volverán?

—Tendrán miedo, como todos, —contestó Lucas.— Hace unos años, la gente disparaba primero y preguntaba después. Ahora buscamos juntos cierta paz.

—Pero no todos, —Rosa sopesó sus palabras.— Mañana bajarán del consejo a marcar los muros nuevos. Ojalá sigamos creciendo, no solo sobreviviendo.

Más tarde, cuando la noche se adueñó de las calles y el resplandor del fuego rescató el dorado de los tejados, las historias circulaban de boca en boca. Una abuela contaba a los niños cómo, antes, Benidorm era un refugio de alegría y noches interminables. Otros recordaban a quienes se marcharon o fueron devorados por la plaga. Alguien aventuró la esperanza: algún día, las luces volverían a encenderse en la isla de la bahía, señalando que la vida, por frágil que fuera, seguía encontrando su lugar.

En los días siguientes, la patrulla encontró ropa abandonada y colillas frescas cerca del chalé. No era descabellado pensar en una alianza con otros grupos errantes, incluso peligrosos. Los tiempos pedían inventiva y mano firme, justicia y cuchillos afilados. Si Benidorm había resistido hasta ahora, era porque sus hombres y mujeres entendieron cómo ser puente y muro al mismo tiempo: tender la mano sin dejar de vigilar el horizonte.

Así, entre las ruinas y los huertos, se tejía un nuevo relato. Benidorm, la ciudad de vacaciones, era ahora fortaleza, semillero y mercado. Una comunidad que, pese a las sombras nómadas y la amenaza menguante de los zombis, aprendía a sobrevivir —y, con suerte, a vivir— bajo el cielo azul del Mediterráneo. Con cada cosecha, cada patrulla, cada historia intercambiada al anochecer, los supervivientes seguían apostando, tercos y quizás ingenuos, por esa posibilidad de futuro, aunque el mundo anterior fuera ya solo un mito.

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