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Portada del relato El invierno sin voz
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Fragmento:


—Las partidas al Hospital de Sant Pau han traído poca comida. Los víveres se racionarán aún más esta semana. Hay informes de movimiento al sur, cerca de Passeig de Gràcia. Lo más probable: otro grupo. Recordad: nadie debe salir de las zonas seguras sin escolta. Seguimos sin novedades de la patrulla de Marina, y hay que reforzar la vigilancia en la muralla del Poblenou. Algunos zombis siguen saliendo de los túneles al Raval.

Duración: 11:37

El invierno sin voz
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Texto de ajuste de pausa.

15 de enero de 2027.

Nadie volvería a llamar a Barcelona por su antiguo nombre, pero susurros entre puestos de trueque y torres de vigía aún contaban historias de cuando las Ramblas hervían de gente y los turistas reían a la sombra de la Sagrada Família. Ahora, en el 15 de enero de 2027, tras siete inviernos de ruinas, fuegos y sangre, la ciudad era apenas un cúmulo amurallado de refugios donde resistía una de las comunidades humanas más grandes de la región, peleando cada día por sobrevivir a los últimos zombis y a los humanos que cazaban como lobos hambrientos.

El aire frío del alba silbaba entre los huecos de las barricadas, levantadas con piedras, chapa y cemento improvisado sobre lo que alguna vez fue la Plaça de les Glòries. En el barrio de Can Baró, la vida comenzaba antes de que el sol iluminara el mar. Clara, con el rostro hundido bajo una montura de bufanda gastada, observaba desde el tejado de uno de los edificios fortificados el lento despertar de su sector. Calles desiertas, toldos convertidos en parches multicolores, y más allá, el humo de las fogatas de otros grupos que resistían en la distancia. Por la noche los rezos se alternaban con disparos, pero por la mañana todo era un gran silencio, como si la ciudad estuviera esperando el próximo golpe.

Clara apretó la culata de su vieja escopeta, regalo de un padre desaparecido y de una época en que las armas eran simples piezas de colección. Ahora valían más que el oro. Bajó por el andamio interior, saludando a Álex, compañero de vigía, que le alcanzó un termo de agua tibia.

—Nada en el sector oeste. El último conato fue hace dos noches —informó Álex, bajito, pelirrojo, con una cicatriz rebelde en la ceja.

—¿Han vuelto a la muralla los del grupo de Marina? —preguntó Clara, mientras bebía un trago tibio.

—Solo dos. El resto, bueno... No han vuelto. Dicen que los atraparon cerca del templo viejo.

—¿Zombis?

Álex negó con la cabeza—. Humanos.

La palabra bastaba. En 2027, los zombis eran una amenaza menor si uno era prudente, pero los cazadores, aquellos que sobrevivían saqueando, matando y capturando, se habían convertido en el verdadero terror de las comunidades estables. Especialmente durante el invierno, cuando la comida escaseaba y la carne humana volvía a ser moneda.

El comandante del bloque, un tipo robusto llamado Martí, convocó a la reunión diaria en el patio principal: un antiguo hueco de ascensor cubierto con planchas de metal y redes de pesca. Medio centenar de rostros atenazados, mujeres, niños, ancianos, y los más jóvenes armados con todo tipo de herramientas, cuchillos, palos, armas caseras, machetes. Martí subió a una plataforma y habló, voz áspera:

—Las partidas al Hospital de Sant Pau han traído poca comida. Los víveres se racionarán aún más esta semana. Hay informes de movimiento al sur, cerca de Passeig de Gràcia. Lo más probable: otro grupo. Recordad: nadie debe salir de las zonas seguras sin escolta. Seguimos sin novedades de la patrulla de Marina, y hay que reforzar la vigilancia en la muralla del Poblenou. Algunos zombis siguen saliendo de los túneles al Raval.

El grupo aceptó las nuevas reglas con una mezcla de resignación y miedo. No era la primera vez; la escasez de alimento y noticias no era ya noticia desde hacía demasiados meses. Clara buscó la mirada de Martí, quien le hizo una seña discreta para que se acercara tras la asamblea.

—¿Te atreverías a coordinar la próxima salida a la biblioteca de Sant Pau? Quizá quede material útil para la escuela que queremos montar.

Clara asintió. Era su forma de avanzar en la jerarquía: quien tomaba riesgos ganaba voz. Sus propios temores se arrugaban ante la posibilidad de perder la poca comunidad que le restaba. Barcelona, para ella, era ya solo el puñado de gente tras los muros, las viejas rutas saqueadas donde cada paso podía ser el último.

Salió al patio con su pequeño grupo: Pablo, un colombiano huesudo con mirada triste; Mireia, la médica más joven del asentamiento, y Raül, antiguo guía turístico, ahora encargado de los mapas. El plan: avanzar por el Carrer de la Indústria hasta la biblioteca, entrada rápida, revisión del sótano y vuelta. Una hora, quizás dos.

Nada te preparaba realmente para el aspecto de la ciudad. La Diagonal era un cementerio de coches oxidados; árboles muertos, cristales y huesos bajo la escarcha. Miraban con respeto los grandes bultos de ropa apilada en forma de muros, rodando entre cadáveres de vehículos, mientras, de vez en cuando, una figura tambaleante atravesaba una esquina y desaparecía: uno más de los zombis viejos, tan podrido y lento que sólo suponía amenaza en grupo o si te distraías.

En el cruce con Passeig de Sant Joan, Pablo señaló los restos calcinados del antiguo tranvía. —Mi madre adoraba estos paseos —dijo, casi para sí mismo. Nadie contestó. El pasado se tragaba, se tragaban los recuerdos igual que los zombis devoraron a los suyos.

Entraron a la biblioteca a través de una ventana reventada. Raül se adelantó, cuchillo en mano, escaneando el vestíbulo. Hulía a papel mojado y polvo. Mireia se tapó la boca; la peste era peor dentro, la humedad y restos de algún zombi descompuesto desde hacía tiempo. El interior guardaba una paz extraña, los rayos de sol cruzando entre los estantes, iluminando páginas dispersas de algún Quijote y manuales de historia moderna con manchas de moho.

Buscaron cualquier cosa útil: libros para enseñar a leer a los nuevos niños nacidos en la posguerra, guías de cultivo, libretas, material de papelería. Pablo llenó una bolsa con pilas de folios y lapiceros. Clara eligió volúmenes de anatomía y cuentos infantiles. Raül no paraba de mirar hacia fuera, nervioso. Un golpe seco los sobresaltó. Alguien —o algo— intentaba forzar la puerta principal.

—Rápido, a la escalera de incendios —susurró Raül—. Si es un cazador o un lote de zombis, tenemos que salir por el tejado.

Subieron corriendo, lamentando la pérdida de cosas útiles. Se arrastraron por la escalerilla exterior, mientras desde abajo la puerta cedía entre quejidos y gemidos. Pablo se asomó y vio que no eran zombis, sino dos hombres envueltos en mantas gruesas, con el clisé de cazadores adornando sus miradas: hambre, sospecha, violencia.

Uno de ellos alzó la vista y los vio. Gritó, y el eco resonó más allá de la biblioteca:

—¡Quedaos ahí! ¡Bajad y os dejaremos vivos!

Mireia lloró en silencio. Clara no se permitió el lujo. Miró el tejado y pensó en la distancia hasta el siguiente bloque, apenas unos metros, sorteando antenas y placas solares desvencijadas.

—Salta cuanto antes, nos siguen —ordenó. Uno a uno pasaron a la azotea del edificio contiguo, y cruzaron una pequeña pasarela improvisada —antigua cuerda de escalada y tablones de madera—. En el salto, Mireia cayó de rodillas, hiriéndose la pierna, pero lograron alejarse antes de que los cazadores lograran rodearlos.

Dejaron la biblioteca atrás, con el trofeo de libros y materiales que quizás ayudarían a los profesores improvisados del bloque. A la vuelta, el barrio parecía una fortaleza sitiada a punto de rendirse. La muralla estaba reforzada con neumáticos y vallas de metal, la entrada custodiada por Fina, la mujer más hábil con el fusil. Les abrió en cuanto los vio.

—¿Quiénes eran? —preguntó.

—Dos tipos, muy armados. Siguen ahí fuera —dijo Raül, temblando—. Iban tras nosotros.

El incidente, uno más en la cadena de peligros cotidianos, encogió el ánimo de todos. Pero mientras Mireia era atendida por la anciana doctora, Clara reunió al consejo de bloque en la vieja sacristía, ahora reconvertida en sala de estrategia.

Martí escuchó el informe y soltó un bufido.

—No podemos seguir así. Cada vez hay más cazadores y menos espacio seguro.

Alguien propuso negociar con otros bloques: compartir información sobre los cazadores, unir esfuerzos para proteger las rutas de recolección. Pero otros temían que abrir la muralla a extraños trajera traiciones o más violencia.

La discusión fue larga, áspera, ocurrida a la luz de las linternas y entre mapas trazados en papel reciclado. Finalmente, Clara, con voz grave, lanzó la idea que marcaría el futuro de Can Baró:

—Debemos buscar alianzas, sí. Pero también fortalecer lo que tenemos. Que la escuela arranque es prioridad. Si dejamos de educar a los niños, todo se pierde.

El consejo asintió. Al día siguiente, entre la escarcha del amanecer, instalaron una pequeña aula en lo que había sido el sótano de la finca, donde los niños dibujaban y leían en voz muy baja, para no atraer a los que acechaban afuera. Mireia, en muletas, compartía el cuento “El Principito” con los más pequeños. Clara, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

Aquel invierno no trajo grandes cambios: los zombis seguían atacando en pequeñas hordas, los cazadores rondaban acechando a los más débiles y el frío apretaba. Pero entre patatas raquíticas, fuegos encendidos y promesas rotas, algo empezaba a brotar en Barcelona: la sensación de que la vida podía ser más que sobrevivir.

Las noches eran largas. Desde las torres, los vigías intercambiaban señales de linterna con los barrios vecinos. El código era simple: una luz, todo seguro; dos, peligro; tres, ayuda urgente. Habían aprendido que incluso en el final del mundo, las alianzas podían marcar la diferencia.

En la quietud de la madrugada, Clara subió de nuevo al tejado que Miranda la ciudad. Vizcaína de nacimiento, barcelonesa adoptada por los años de infierno, veía las luces dispersas que titilaban entre las barriadas ocupadas. Se preguntó si en Horta, Sants o el Born también alguna jefa de patrulla estaría soñando con escuelas nuevas, mercados protegidos, y algún día, tal vez, con volver a pronunciar la palabra “ciudad” sin miedo.

Un gemido distante rompió el silencio. Alguien —o algo— vagaba por la Diagonal más abajo. Clara cargó su escopeta, pero no disparó. Observó la silueta tambaleante, arrastrando los pies sobre el asfalto helado. El zombi era, ahora, casi una figura de piedad: lento, mutilado, condenado a vagar hasta que el tiempo o el hambre acabaran con él.

Mientras el mundo parecía hundirse en la oscuridad, en el corazón congelado de la ciudad vieja, personas como Clara, Martí y Mireia gestaban en silencio la oportunidad de un futuro. Una palabra escrita, una semilla plantada, un niño protegido: gestos diminutos, sí, pero que guiaban los días y noches de la nueva Barcelona.

Así empezó el año 2027 para el bloque de Can Baró. Nadie sabía si sobrevivirían otro ciclo de estaciones, si la civilización volvería, o si los zombis y los hombres bestias acabarían por consumirlo todo. Pero aquí y ahora, tras el humo, el miedo y el frío, mientras la ciudad yacía dormida bajo la escarcha, alguien en un tejado juraba no dejar apagar la voz de Barcelona. Porque mientras uno solo resista, entonces habrá, aún, esperanza.

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