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Portada del relato El último invierno sobre la Explanada
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Fragmento:


Paula asintió. No había buenas noticias, solo noticias menos malas. Observó a los suyos: ancianos y niños, jóvenes desbordados por el miedo, adultos convertidos en centinelas de un tiempo que ya no existía. Trató de recordar la fecha: era casi diciembre, el último mes del año más largo de la historia. Cada día era una cuenta atrás. El invierno no les traía regalos, solo una tregua precaria; los zombis se movían menos, pero el hambre se sentía como un animal atrapado en el estómago.

Duración: 11:58

El último invierno sobre la Explanada
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Texto de ajuste de pausa.

10 de diciembre de 2020.

El hielo se colaba entre los resquicios de las ventanas apenas tapadas con tablas clavadas a toda prisa. Los cristales rotos, vestigios de la noche en que una horda cruzó la avenida de Maisonnave como una marea de carne podrida, se negaban a dejar el frío fuera, dibujando patrones de escarcha sobre las marcas de sangre seca. El hospital general de Alicante, fortificado a toda prisa en los primeros meses del desastre, había caído hacía semanas. Ahora, apenas una veintena de personas resistían entre los pisos superiores de un bloque de apartamentos en la Plaza de los Luceros, un antiguo símbolo de celebración, hoy frontera invisible entre la vida y la muerte. O, quizás, entre la vida y aquello que la había borrado casi por completo.

Paula, la maestra del grupo, revisaba la escasa leña que habían recopilado de muebles troceados y puertas arrancadas hacía días de locales vacíos. El frío no solo te helaba la piel, también te ralentizaba el pensamiento, y en aquel diciembre de 2020 era lo único que la separaba, a ella y los suyos, de las criaturas que seguían pululando por las calles. Cádiz, desde su improvisada atalaya en lo alto del edificio del Banco de España, había avisado por radio: la horda principal se había detenido junto a la Rambla, tiritando bajo la inusual ola de frío que azotaba la costa. Cuantos más morían de hambre, menos quedaban para inquietar a los vivos.

Paula se envolvió en una manta raída y bajó las escaleras, evitando las zonas donde el suelo se había venido abajo tras una explosión accidental hacía más de un mes. Debajo, en el antiguo vestíbulo, el resto del grupo había iniciado la rutina: uno de los hombres, Alejandro, revisaba las armas —una escopeta de caza, un par de cuchillos, una barra de hierro que nadie soltaría ni dormido—; dos mujeres mayores recontaban las latas de comida, apiladas junto a tres sacos de arroz y una pequeña bolsa de almendras duras rescatadas de un almacén. Un niño, Sergio, jugaba a delimitar territorio con un hilo y tapones de botella, marcando las “zonas limpias” donde, según él, nunca llegarían los muertos.

El silencio era una presencia constante, solo roto de vez en cuando por sirenas lejanas o el inesperado tronar de algún disparo, seguro de aquellos que, como ellos, trataban de sobrevivir en la ciudad. Hacía dos días que no recibían transmisiones regulares de las radios militares, pero por la noche se captaban murmullos, mensajes saltando entre frecuencias, pidiendo ayuda o informando de nuevas caídas. Alicante no estaba completamente perdida, pero sentía la corrupción del olvido despacio, como una enfermedad que primero carcome los barrios periféricos, avanza por Gran Vía y finalmente instala su reino podrido en el corazón de la ciudad.

—Han llegado noticias de San Vicente —dijo Alejandro, al ver que Paula bajaba—. Un grupo logró cruzar desde Mutxamel, arrastrando un carro de comida. Pasaron por la carretera vieja, pero dicen que la vía está cortada. No saben hasta cuándo aguantarán ahí.

—¿Hay algún refugio sólido? —preguntó Paula.

—Dicen que han acondicionado la biblioteca universitaria. Están fortificando, pero están peor que nosotros, tienen a los muertos cerca de la entrada.

Paula asintió. No había buenas noticias, solo noticias menos malas. Observó a los suyos: ancianos y niños, jóvenes desbordados por el miedo, adultos convertidos en centinelas de un tiempo que ya no existía. Trató de recordar la fecha: era casi diciembre, el último mes del año más largo de la historia. Cada día era una cuenta atrás. El invierno no les traía regalos, solo una tregua precaria; los zombis se movían menos, pero el hambre se sentía como un animal atrapado en el estómago.

Por la mañana, un grupo reducido descendió hacia la Explanada de España. En otra época, la gente paseaba entre las palmeras con helados de turrón al sol; ahora las baldosas onduladas, que antes reflejaban los colores del mar y el cielo, estaban desgastadas y cubiertas de cenizas. A pocos metros, en una charca congelada, los cuerpos de dos muertos —uno con chaleco reflectante, el otro con ropa de oficina, ambos irreconocibles— se aferraban a la barandilla, bloqueando el paso a la playa.

Los vivos avanzaban en silencio, siempre en fila, alertas a cualquier sonido. Los comercios de la Explanada habían sido saqueados mil veces, pero la esperanza no se extinguía del todo; era posible hallar algo, alguna galleta olvidada, algún paquete de café escondido en una trastienda. Quizás, con suerte, un botiquín en la farmacia del Passeig, un puñado de pilas en el estanco cerrado con candado.

Una vez oyeron un ruido tras la cristalera de un restaurante. Alejandro, el encargado de la seguridad, levantó su escopeta, hizo una seña y Paula escondió al niño detrás de una columna. No era raro: en ocasiones, los muertos quedaban atrapados en los interiores. Pero esta vez, aquello que reptaba tras la barra era un hombre, un superviviente, con el rostro cubierto de hollín y sangre, e incoherentes palabras en un idioma extranjero deslizándose entre dientes helados.

Miraron a Paula, su gesto de maestra imponiendo calma. Tras unos instantes, el hombre bajó los brazos y se acurrucó en el suelo, suplicando en ruso. Sergio lo miró con miedo. Paula sacó de su mochila un trozo de pan duro y, casi como un gesto sagrado, se lo ofreció. Era esto o matarlo: los instintos más básicos mandaban. Pero la mirada del hombre dejó claro que no tenía fuerzas ni para luchar.

En cuanto encontraron algo de valor —una lata de piña a medio abrir, dos botellas de agua y una bolsa de sal— regresaron a la base.

Al anochecer, el grupo se apiñó junto a dos fuegos pequeños, escuchando la radio de onda corta. Paula pensaba: ¿cuánto tiempo más podrían resistir? Incluso con el hielo como aliado, la comida escaseaba y la proximidad de la muerte era una realidad constante. El mar, telón de fondo antes amable y apacible, ahora era solo una promesa lejana; cruzar a la isla de Tabarca era una idea tentadora, pero apenas quedaban barcas y las rutas estaban plagadas de cadáveres descompuestos amontonados en el puerto.

Las noches en Alicante eran una sucesión de ruidos, de ladridos de perros salvajes, de gritos apagados de quienes no alcanzaban un refugio antes del anochecer. En algunas esquinas de la calle San Francisco aún brillaban las luces navideñas, pero nadie se atrevía a conectarlas; la electricidad era un lujo, los generadores otro tesoro casi inalcanzable.

El ruso —Andrei, según su pasaporte mugriento— se unió al grupo. Sabía de mecánica y se ofreció a intentar reparar un generador hallado en los bajos de una carnicería. Alejandro, aunque receloso, aceptó. Era mejor sumar manos; cada día había algún enfermo, alguien que no resistía la fiebre del hambre. Paula sentía que cada mes el grupo se volvía más pequeño y vulnerable.

Días después, un murmullo tembloroso iluminó la madrugada: la radio chirrió y alguien, desde el otro lado de la ciudad, llamaba con desesperación. “Refugio en San Gabriel, solicitando ayuda. Tenemos niños. Hospital derruido. Heridos. Zombis cerca. Por favor.”

La duda era atroz: salir suponía cruzar avenidas infestadas, arriesgar la vida por desconocidos, pero nadie quería pensar qué ocurriría si un día fueran ellos los que pidieran auxilio. Tras una tensa asamblea, Paula y otros tres decidieron salir al amanecer. Alejandro preparó la escopeta, Andrei una mochila con algunas piezas de repuesto del generador, una linterna y algo de comida.

Atravesaron la avenida Oscar Esplá, un fantasmagórico corredor de coches volcados y cristales, y llegaron al antiguo barrio pesquero. Casas con puertas abiertas, ventanas rotas y graffiti sobre las paredes: “No hay comida”, “Sálvese quien pueda”, “Muertos al norte”. Se movieron despacio, esquivando cadáveres helados y algún zombi muy lento, cuyas articulaciones parecían haberse convertido en piedra.

En un pasaje resguardado, hallaron el refugio. Un padre joven, una madre herida y dos niñas, con las mejillas ajadas por el hambre y el frío. El padre se llamaba Rubén. Les ofrecieron comida, la poca que tenían. Andrei revisó la herida en la pierna de la mujer; era una mordedura, pero superficial, sin los signos claros de la infección. Les vendaron la herida y, tras horas de indecisión, los escoltaron de regreso a Luceros. No era prudente sumar bocas, pero la humanidad no era solo sobrevivir, había que proteger lo que quedaba de ella.

El regreso fue más peligroso: una pequeña horda, atraída por el olor del aceite del motor que Andrei había intentado arrancar, bloqueaba parte del camino. Alejandro disparó una vez a un zombi que intentó abalanzarse sobre la niña, y de inmediato todos corrieron. El sonido del disparo resonó por toda la Rambla, probablemente delatando la presencia de vida a todo lo que aún deambulase por las inmediaciones.

Al llegar, el niño Sergio preguntó, mirando a la madre herida:

—¿Y si la muerde cambia?

Paula lo miró y respondió con la verdad. Ahora los niños sabían más de la muerte que de los juegos.

—La cuidaremos. Pero si enferma y quiere hacernos daño... entonces no será ella.

La franqueza resultaba salvaje. Pero era la única moneda que valía en el nuevo mundo.

Durante los días siguientes, las temperaturas descendieron aún más. Cada incursión requería más abrigo y decisión; algunos viejos murieron esa semana, otros desaparecieron al salir por leña y nunca volvieron. Un día, desde la terraza del edificio, Sergio divisó fuegos lejanos cerca de la playa del Postiguet: señales de otros supervivientes, quizás avisos de ayuda, quizás trampas. Había rumores de caníbales en la Playa de San Juan, y se decía que en los túneles del tranvía se escondía gente peligrosa.

Navidad llegó, silenciosa, solitaria. Las risas ausentes solo reflejaban el dolor de los presentes. Paula reunió a los niños bajo la única vela intacta. Les contó una historia de antes: de cuando Alicante se inundaba de luces, villancicos y alegría junto al Portal de Elche. Los niños no sabían si creerle, tal vez pensaban que eran cuentos. Para ellos, el mundo siempre había sido un lugar helado, oscuro y peligroso, donde los zombis existían y la comida era una leyenda.

Sin embargo, en medio de tanto frío y tiniebla, el grupo descubrió algo inesperado: cuando la esperanza se convierte en costumbre cotidiana, sobrevive por pura inercia. Comenzaron a tener sueños, a organizar turnos más eficientes, a guardar semillas de naranjo de un árbol milagroso hallado en una terraza, a recoger recipientes para captar el agua de lluvia. Andrei logró reparar el generador: con la energía recargaron una pequeña radio, y por unos minutos, en medio de la crisis, sonó una melodía —no reconocible, pero humana, lejana—. Todos escucharon en silencio, dejando que la música lavase la suciedad y la muerte acumuladas en el alma.

En Alicante, ese invierno de 2020, el frío fue su más terrible enemigo, y a la vez el mejor aliado. Los muertos retrocedieron algo, congelados junto a la playa, los vivos resistieron detrás de puertas reforzadas. No hubo milagros, pero sí determinación: si el mundo de antes había desaparecido para siempre, aún podían intentar que al menos una chispa de humanidad sobreviviera en lo que les quedaba.

Fuera, el mar seguía rugiendo: impasible, eterno. Allí, en la frontera entre el miedo y la esperanza, los alicantinos aprendieron a sobrevivir. No supieron entonces que pasaron a formar parte de una nueva historia: la de quienes, en medio de los restos, se negaron a olvidar quiénes eran.

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