Fragmento:
El refugio había nacido de los restos del caos. Durante el primer invierno tras la caída de las instituciones valencianas, un pequeño grupo de médicos, ex-militares y familias desesperadas se había reunido en las inmediaciones del hospital, protegiéndose mutuamente cuando la policía y el ejército desaparecieron y las hordas comenzaron a devorar el Ensanche, el Carmen, las primeras avenidas. Los muertos vivientes eran más lentos en el frío, pero nunca inofensivos: los primeros meses, la única ley era sobrevivir. Sin embargo, a medida que el caos humano superó al zombie, se tejió una red de acuerdos tácitos entre quienes sabían curar, quienes sabían combatir y quienes, sencillamente, sabían resistir.
Duración: 12:17
13 de Diciembre de 2022.
El último sol de otoño calentaba tenuemente los naranjos que todavía resistían junto a las ruinas de las huertas valencianas, más allá de los límites amurallados del asentamiento principal, donde una vez se extendía la avenida del Cid. Los campos estaban grises, resecos; aún así, algunos agricultores seguían intentando arar la tierra, improvisando herramientas a partir de viejas bicicletas, carros de la compra y chatarra recogida de lo que quedaba de los polígonos industriales en ruinas.
Desde lo alto de las murallas, construidas a base de hormigón, contenedores y barreras de camiones, Daniel vigilaba con los prismáticos. Debajo, las puertas principales se mantenían cerradas a cal y canto, reforzadas tras el último intento de asalto de una banda nómada hacía apenas una semana. El horizonte, teñido del anaranjado típico del crepúsculo mediterráneo, contrastaba con la amenaza de las hordas que, según los rumores, ahora vagaban al sur por la antigua autovía en dirección a Alzira, guiadas, decían, solo por el puro instinto de movimiento y hambre.
“Turno de guardia, hasta las siete. Después, a la cocina”, le había dicho Zaira al entregarle el fusil modificado, armado con balines de plomo y apenas cinco cartuchos de munición artesanal, fabricados en el taller que antes había sido una autoescuela. Los recursos eran escasos, la pólvora un lujo más valioso que el oro. Sin embargo, el peligro venía a menudo más de fuera que de dentro: aunque los zombis aún eran una amenaza para los incautos, los saqueadores y bandidos humanos eran ya cotidianos en la nueva realidad pos-pandemia.
El asentamiento se encontraba en una especie de isla improvisada entre el hospital La Fe, ahora tomado como fortaleza principal y centro de mando, y el lecho del Túria, reconvertido en huerta, mercado y, sobre todo, espacio de resguardo para las caravanas recién llegadas. Decían que en el viejo cauce del río —reconvertido décadas antes en jardín público—, la naturaleza había reclamado lo suyo, y ahora los algarrobos y los naranjos se entremezclaban con bancales, almacenes y ruinas, ocultando pasadizos secretos y campos de trampas.
Daniel era uno de los encargados de patrullar la sección norte, justo donde la estructura semicircular que rodeaba la Ciudad de las Artes y las Ciencias servía de mirador y puesto de francotiradores. Le gustaba aquel lugar: desde ahí, podía ver casi toda la extensión del nuevo “refugio de Valencia” y, en noches despejadas, las hogueras lejanas de otras comunidades más pequeñas que sobrevivían en los pueblos limítrofes. La soledad de la guardia le permitía rememorar los días en que el río era solo un parque, los puentes un simple paseo, y el olor de las fallas recién quemadas lo inundaba todo.
Pero eran otros tiempos. Ahora, en pleno diciembre de 2022, la vida diaria era una continua lucha por la subsistencia, la vigilancia y la cooperación. Las comunidades emergentes, rodeadas de barricadas y alambre de espino, tenían sus propias jerarquías: líderes, milicianos, agricultores, herreros. Daniel pertenecía al grupo de exploradores urbanos, los únicos autorizados para salir de las murallas y buscar provisiones entre las ruinas del centro o los almacenes olvidados en la periferia.
El refugio había nacido de los restos del caos. Durante el primer invierno tras la caída de las instituciones valencianas, un pequeño grupo de médicos, ex-militares y familias desesperadas se había reunido en las inmediaciones del hospital, protegiéndose mutuamente cuando la policía y el ejército desaparecieron y las hordas comenzaron a devorar el Ensanche, el Carmen, las primeras avenidas. Los muertos vivientes eran más lentos en el frío, pero nunca inofensivos: los primeros meses, la única ley era sobrevivir. Sin embargo, a medida que el caos humano superó al zombie, se tejió una red de acuerdos tácitos entre quienes sabían curar, quienes sabían combatir y quienes, sencillamente, sabían resistir.
Esa tarde, Daniel repasaba mentalmente las rutas de las caravanas. Las últimas en llegar provenían de Sagunto y Paterna, cargadas de patatas, legumbres y algo de penicilina, un verdadero tesoro. Los caballos —tan valiosos como la pólvora— pastaban en los viejos campos deportivos de Mestalla, defendidos por un pequeño destacamento bajo las órdenes de la familia Mas, antiguos ganaderos reconvertidos en señores de las bestias. Sin bestias, las caravanas serían objetivo fácil; con ellas, la comunicación y el trueque eran posibles, llevando noticias, mercancías y rumores. Los rumores, siempre presentes, circulaban entre puestos de vigilancia y mercados: hablaban de laboratorios secretos en la Albufera donde quizás, solo quizás, aún se confiaba en hallar una cura o, al menos, combatir la infección.
La enseñanza había vuelto, aunque de forma precaria. En la vieja escuela del barrio de Ruzafa, ahora fortificada, Maite —una de las pocas maestras sobrevivientes— impartía clases a los niños. Les enseñaba a leer y escribir con libros rescatados de la biblioteca municipal y a contar historias del mundo anterior: los niños a veces preguntaban por qué los mayores lloraban cuando hablaban de la Malvarrosa o el Oceanogràfic, y por qué los adultos se ponían tan nerviosos al escuchar un avión (muy raramente alguno surcaba aún el cielo, cerca del viejo aeropuerto, siempre fuente de problemas y osadías). Eran infancias en guerra, pero infancias, al fin y al cabo.
El mayor peligro, sin embargo, no era solo el hambre ni los zombis: la desconfianza entre humanos costaba casi tantos muertos como las batallas directas. El asentamiento de Valencia había tenido que sobrevivir a intentos de infiltración, traiciones y asaltos por parte de grupos forasteros que buscaban recursos. El último ataque vino desde el sur, cruzando el antiguo cauce del Túria, y costó casi dos docenas de vidas antes de repeler a los asaltantes, armados con herramientas de obra, pistolas oxidadas y una rabia acumulada por meses de penurias.
Esta noche, los números de la comida eran preocupantes. Zaira, la nueva líder del comité de supervivencia —elegida pocos meses antes tras la muerte del anterior regidor en un accidente con una granada casera—, organizaba una cena en el comedor común para discutir la situación de las reservas. Daniel, tras su turno, se reunió con el resto del grupo: agricultores, cocineros, herreros y algunos de los chiquillos más viejos, ahora ayudantes en tareas mayores. El gran comedor, antes pabellón deportivo, estaba iluminado con lámparas improvisadas movidas por un pequeño generador a gasolina; la mesa central, hecha con tableros reciclados, brillaba por la presencia de nueve naranjas y un pan redondo de harina de arroz.
“La situación es crítica”, comenzó Zaira, tallando las naranjas con cuidado. “No resistiremos más de un mes si el próximo intercambio falla. Paterna promete traer trigo, pero los caminos ya no son seguros ni para las caravanas armadas”.
Alguien sugirió preparar una expedición hacia el puerto viejo, arriesgando una incursión para buscar latas, medicinas o lo que quedara de los depósitos pesqueros. Otros dudaban: era territorio semi-infestado, y los túneles del metro, nunca completamente desalojados de infectados, eran una trampa mortal. A pesar del debate, el consenso era claro: había que arriesgarse. Daniel, junto a otros dos exploradores, se ofreció. Peor que la muerte por zombi era la muerte lenta por hambre, y eso lo sabían todos en la ciudad.
A la mañana siguiente, el pequeño grupo partió armado con cuchillos caseros, un fusil de caza, y una radio militar a pilas, reliquia que solo podía utilizarse unas pocas horas cada día para evitar gastar la preciada energía. Los senderos eran estrechos, zigzagueando entre autos oxidados convertidos en barricadas improvisadas y viviendas derruidas donde aún colgaban viejos carteles de la campaña de vacunación. El silencio pesado del invierno era interrumpido solo por el chirrido de las cigarras, que parecían haberse adaptado al nuevo orden. Por las calles, alguna que otra figura tambaleante podía distinguirse en la penumbra: eran zombis, de movimientos torpes, desorientados, pero aún capaces de atacar. Los exploradores los evitaban a distancia, arrojando piedras o haciendo sonar un silbato cuando era preciso distraerlos.
Llegaron al puerto pasadas tres horas, encontrando el lugar medio sumergido por la última crecida, con los almacenes corroídos por la sal y los carteles de las antiguas agencias de viajes descoloridos por el sol. Saquearon latas de sardinas, unos cuantos sacos de arroz y hasta dos botellas de vino ‘rescatadas’ de una bodega clausurada. El regreso fue aún más penoso: un grupo de merodeadores había interceptado la ruta de vuelta, pero el conocimiento de los túneles del Túria permitió a Daniel y los suyos escabullirse, dejando atrás sólo el rastro de unas huellas y el eco lejano de disparos abortados.
El éxito momentáneo de la incursión levantó el ánimo, pero la realidad siguió golpeando: si bien las reservas estaban aseguradas por dos semanas, la fragilidad del sistema se sentía con cada desayuno, con cada infección tratada a destiempo. Los médicos, liderados por Ana, reciclaban antibióticos y aprendían a improvisar desde preparados de hierbas hasta transfusiones primitivas utilizando el material hospitalario aún rescatable.
La vida social sobrevivía en los márgenes. A pesar de todo, conservaban algunas fiestas: los domingos, en la plaza central rodeada por los restos del Ágora, un mercadillo se montaba a base de trueques. Algunos se atrevían a cantar viejas canciones falleras, improvisando guitarras de lata. Los niños corrían tras los perros niñez robada por una madurez prematura, mientras los ancianos contaban historias imposibles sobre la fiesta de las Fallas y cómo, hace apenas algunos años, la ciudad entera ardía en júbilo, música y pólvora de verdad.
La noche siguiente, la amenaza de otra horda se cernió sobre la ciudad: una columna de polvo se levantaba en los límites sur, señal de que algo o alguien se movía entre las cañas. Daniel, Zaira y el resto de los defensores activaron los protocolos: alertas luminosas, señales de humo y tambores golpeados rítmicamente para advertir a quienes se encontraban lejos de las murallas. Sin embargo, resultó ser solo otra caravana desesperada, en busca de refugio, familias apiñadas, ojos abiertos de miedo. Tras una dura deliberación, se permitió el ingreso a cambio de trabajo: limpiar ruinas, reparar muros, ayudar en la huerta. La solidaridad era el único cemento real que mantenía unido al refugio, y no había otra forma de sobrevivir en aquel mundo de cenizas, sangre y huellas del viejo esplendor.
Valencia sobrevivía a duras penas, despojada de sus antiguos monumentos, pero con su alma intacta: la voluntad comunitaria, la capacidad de adaptarse, el empeño de proteger lo pequeño. A veces, de noche, Daniel salía al balcón que daba hacia la antigua Estación del Norte, ahora tomada por jinetes encargados del correo rápido, y miraba las estrellas: pensaba en su madre y en sus hijos, pensaba en la vida antes del desastre y en la posibilidad remota de algún día, quizás, devolverle a la ciudad no solo las luces de las fiestas, sino la esperanza de aquellos que se atrevieron, entre la barbarie y el hambre, a reconstruir un mundo sobre el polvo y el miedo.
El crujir del viento entre los muros le traía ecos del pasado y promesas de futuro. Quizás, pensaba, la ciudad sobreviviría siempre y cuando hubiese manos dispuestas a reconstruir y corazones dispuestos a recordar. Así, sobre el viejo cauce, entre pólvora escasa y naranjas tardías, Valencia resistía.
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