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Portada del relato El ocaso de los monumentos: Crónica desde las ruinas
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Fragmento:


Hoy Washington D.C. no es la capital del mundo libre ni de nada. Es un campo de batalla perpetuo, una ruina extendida sembrada de cenizas y huesos, donde solo sobreviven los que aprenden rápido y no se aferran al pasado. Desde hace meses, la ciudad ha sido territorio disputado entre al menos tres grandes grupos humanos: la Hermandad, que controla el sector de Georgetown y calendariza “mercados” fortificados en las ruinas del Kennedy Center; los Restos, un grupo agresivo y ultraviolento que se mueve sin calendario y acepta a cualquiera dispuesto a matar y saquear; y nosotros, los Independientes.

Duración: 12:45

El ocaso de los monumentos: Crónica desde las ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2022.

Mi nombre es Kevin Rhodes. Hoy escapé de lo que fue el National Mall, corriendo bajo la luz gris y amarga de un noviembre sin Estado, sin bandera y casi sin esperanza. No lo hice solo. Dana respiraba a mi lado, jadeando tras la máscara improvisada de un pedazo de cortina, mientras a lo lejos, en la bruma, las cúpulas de Capitolio y el Memorial de Lincoln asomaban como carcasas de otro tiempo. El mismo escenario donde hace años desfilaban turistas y escolares ahora era coto de bandas, merodeadores y, a ciertas horas, de los zombies.

Nadie llamó nunca a esos seres zombies en los primeros días. Recuerdo titulares que hablaban de 'infectados', de crisis nerviosas colectivas o brotes de una mutación del virus antiguo. Las imágenes eran peores que cualquier palabra: hombres y mujeres que, entre espasmos, perdían el juicio, luego la humanidad. Los vimos, primero, en videos censurados, luego desde el ventanal del hospital donde trabajaba mi esposa. Pero todo eso se fue diluyendo, difuminado en el caos como el himno nacional en la niebla.

Hoy Washington D.C. no es la capital del mundo libre ni de nada. Es un campo de batalla perpetuo, una ruina extendida sembrada de cenizas y huesos, donde solo sobreviven los que aprenden rápido y no se aferran al pasado. Desde hace meses, la ciudad ha sido territorio disputado entre al menos tres grandes grupos humanos: la Hermandad, que controla el sector de Georgetown y calendariza “mercados” fortificados en las ruinas del Kennedy Center; los Restos, un grupo agresivo y ultraviolento que se mueve sin calendario y acepta a cualquiera dispuesto a matar y saquear; y nosotros, los Independientes.

No somos un grupo formal ni tenemos bandera. Nuestra gente, si se le puede llamar así, se oculta o se mueve entre ruinas, basements, estaciones de metro y oficinas vacías. Hay médicos, bibliotecarios, dos exsoldados, una joven sorda que se comunica por señas y lee los labios mejor que nadie, niños nacidos a la luz de las velas, y viejos que alguna vez soñaron con ver el eclipse de 2024. Muchos han muerto, algunos de formas que nadie quiere recordar. A los que seguimos aquí nos sostienen dos cosas: la esperanza mínima que nos permite cruzar otra noche, y la simple costumbre de seguir respirando.

La ciudad está marcada por fuego, balas y escombros. El agua es un milagro: el Potomac flota basura y cadáveres —zombis y humanos por igual, sin distinción. Cruzarlo es tentar el destino: por las orillas se ve movimiento, cuerpos famélicos arrastrándose en busca de residuos, focos incendiarios al caer la tarde, columnas de humo hacia Rosslyn. El aire huele permanentemente a mierda, ozono y miedo. El alimento se mide en puñados y la carne en balas: a veces los Restos asaltan mercados para robar lo poco que queda, disparando antes de preguntar, arrastrando bultos humanos hacia sus guaridas más allá de Dupont Circle.

Esta mañana, una radio militar de onda corta, operada desde un búnker bajo el Departamento de Agricultura (ahora llamado ‘La Fortaleza’), transmitió una frecuencia de alerta: la Hermandad prepara una incursión contra los Restos, y nadie sabe quién, si queda alguien, puede evitar el derramamiento. El mensaje retumbó en la estación de metro abandonada donde dormimos, bajo carteles que alguna vez anunciaron conciertos y exhibiciones. “Aléjense del Mall. La zona será disputada. Toque de queda de facto desde las 19:00. Fuego cruzado asegurado”.

Nos miramos unos a otros: Dana, el pequeño Halim (nacido en el invierno infernal del 2020), Lara, la joven sorda, y yo, sintiendo el peso de decisiones que nadie quiere tomar. La opción era huir —buscar refugio entre la maleza del Arlington Mall, adentrarse en Alexandria o intentar negociar una tregua con los Restos. Pero ningún camino era seguro: huir sería exponernos a las hordas de no-muertos, negociar podría terminar en una emboscada. Dana dijo lo que todos pensábamos: hay que moverse, sí, pero quedarse juntos.

Nos preparamos en silencio. El exsoldado —un hombre grande, de barba desaliñada, al que todos llamamos simplemente Sargento— revisaba el escaso arsenal: dos revólveres de seis tiros, una escopeta improvisada, bates de metal, un cuchillo de cocina atado a un palo de escoba. La pólvora estaba racionada. Teníamos cinco balas en total. Por la ventana tapiada se colaba un atisbo de luz, un hilo turbio. Lara, ágil y discreta, fue la primera en salir, usando el antiguo código de tres palmas sobre la pared. Salimos en fila, apenas respirando al cruzar hacia la superficie.

Washington se había encogido, convertido en un puñado de zonas “seguras” delimitadas solo por la costumbre y el miedo. Monumentos vigilados por fantasmas: la estatua de Abraham Lincoln, ensuciada y grafiteada con promesas de venganza (“Viva el Potomac libre”, “Restos no pasarán”); el obelisco del Monumento a Washington, ahora torre de vigilancia saqueada; hasta los cerezos, marchitos, eran esqueletos, aunque en primavera se intente recordar la belleza.

Cruzamos Pennsylvania Avenue a medianoche. Las ventanas de la antigua Casa Blanca eran heridas negras. Una silueta se movía entre las rejas, probablemente un saqueador solitario. Halim preguntó —con la inocencia aún no del todo perdida— si el presidente vivía ahí. Nadie respondió. Dana solo lo abrazó, apretándolo contra sí hasta que el chico se durmió en sus brazos unas calles después.

Se oían disparos a lo lejos, ecos secos que cortaban el viento. Apreté la mano en torno a mi bate, esperando que ninguna criatura (de las animadas o de las otras) nos hubiera olfateado. Bajamos por la 17th Street hacia el National Mall, deslizándonos entre arbustos y ruinas. El Sargento guiaba, Lara seguía en silencio, alerta ante cualquier movimiento. La tensión era una segunda piel.

En el Mall, la batalla ya había iniciado. Vimos desde lejos figuras encapuchadas parapetadas tras bancas volcadas, intercambiando ráfagas cortas de fuego. Los muertos, atraídos por el ruido, se acercaban torpes, arrastrando pies y torso. La Hermandad se movía con disciplina, avanzando como un enjambre. Los Restos gritaban órdenes y maldiciones, disparando sin orden. En medio de esa locura, cruzar era suicida. Decidimos bordear por el lado del Smithsonian, siguiendo la vieja reja medio caída.

Llegamos al Air and Space Museum. Antes veníamos aquí a buscar refugio. Ahora, el lugar apestaba. Los cuerpos, acumulados en la entrada, espantaban hasta a los cuervos. Adentro, el vestíbulo era un lodazal oscuro, cubierto de papeles y trastos. Dana lloró al ver el lugar así; allí, alguna vez, mi suegro le enseñó estrellas en el planetario. Ahora era un mausoleo.

El plan era simple: cruzar el Mall hacia el sur, buscar una casa segura en Southwest y, si la suerte lo permitía, llegar hasta la ribera del Potomac, donde según los rumores, la Hermandad patrullaba menos y la banda de “los Tranquilos” organizaba trueques de comida y medicina. El verdadero peligro eran los zombies. Muchos ya apenas podían caminar —se les notaba el deterioro, y en el frío del otoño se movían más lento— pero bastaba un mordisco, una sola herida, para condenar a cualquiera.

El mayor riesgo, sin embargo, eran los humanos. La miseria había destilado la peor versión de todos. Hay quienes se han vuelto caníbales, quienes matan por un par de botas o una lata de judías vencida. Otros, como los Tranquilos, intentan organizar algo parecido a un mercado: trueque de baterías, frascos de medicina, balines para pistola, sogas, hasta ropa de abrigo. Nadie confía del todo en nadie, pero la necesidad es ley.

Nos acercamos a la zona de intercambio tan sigilosos como podíamos. El Sargento negoció con un hombre mayor, vestido con uniforme de jardinero, que nos revisó de arriba abajo, escudriñando los bolsillos de Halim. Lograron un trueque: una de nuestras dos linternas por un saco pequeño de arroz y media botella de analgésicos vencidos. Dije que no valía la pena. El Sargento replicó: “Nada vale la pena en la guerra, salvo seguir vivo”.

Las noticias traídas por los Tranquilos eran pocas y precarias. La Hermandad había perdido a uno de sus líderes en Dupont; los Restos seguían a la caza de sobrevivientes aislados, y algunos rumores hablaban de un nuevo grupo de saqueadores venidos de Maryland —sin nombre, más fieros aún. Las transmisiones radiales captadas, ya casi ilegibles, hacían referencia a alianzas lejanas, quizá una señal de reagrupamiento en Richmond, y a una red de señales luminosas para alertar del movimiento de hordas zombie. Nadie aquí creía que el gobierno volvería, aunque la esperanza, por mínima, seguía palpitando en las charlas junto al fuego.

Dormimos en el sótano de una casa medio derruida en el Southwest, acurrucados sobre colchones mugrientos, tapados con mantas de supermercado. No era seguro, pero era lo mejor que podíamos encontrar. El miedo era un animal en la garganta, uno que se retuerce cuando escuchas pasos donde sólo debería haber silencio.

Después, ya entrada la madrugada, Lara acudió en silencio y nos sacudió: algo se movía afuera, al acecho. El Sargento asomó primero: un grupo de cuatro figuras avanzaba por la calle, armadas y alertas. No eran zombies: la coordinación, los gestos, delataban humanidad. Entraron en la casa contigua, derribando la puerta de una patada. Por minutos eternos oímos gritos ahogados, disparos, luego silencio. Cuando salimos a explorar al amanecer, sólo hallamos rastros de sangre y restos de comida por el suelo, nada más.

La luz del día reveló, entre las brumas, un conjunto de fragmentos de otro mundo: un peluche empapado entre papeles mohosos, latas oxidadas apiladas en un rincón, las insignias de la policía yacen junto a las de las bandas, entre cadáveres sin nombre. Lo que una vez fue la capital de un país orgulloso es, en el mejor de los casos, una desesperada zona de supervivencia.

Seguimos el día siguiendo poco a poco en dirección al viejo puente que cruzaba hacia Alexandria. Había que evitar los grupos armados. Al pasar frente a la Biblioteca del Congreso, entre vidrios y piedra, Halim recogió un libro infantil. Le leí una historia sobre dragones y caballeros en voz baja. Su risa —sorprendente, pura— cortó, aunque fuese por segundos, la desolación como un rayo de sol entre nubes.

A mediodía cruzamos el río en una balsa improvisada (se necesitó sobornar con un paquete de galletas a los guardianes de la orilla). El Potomac era un espejo negro, infestado de basura. Miré hacia atrás: el perfil inconfundible de la capital, mutilado, cubierto de vegetación salvaje y humo. Dana, de pie junto a mí, miró sin pestañear. Nadie dijo una palabra durante el cruce.

En la otra orilla, nos recibió un grupo diferente, vestidos con abrigos de mezclilla y botas de motorista. “Bienvenidos al Reino del Potomac”, bromeó uno, señalando el letrero hecho a mano clavado en una farola rota. Reímos, por primera vez en meses, con esa mezcla de ironía y esperanza relegada que sólo se permite el que ha superado lo peor.

El día terminó con nosotros sentados junto al fuego, compartiendo arroz y recuerdos, mirando cómo la noche caía sobre un Washington derrotado pero no vencido. Sobrevivir no es vivir, pero a veces, en la suma de gestos pequeños, palabras, abrazos, risas y cuentos, nos convencemos de que estamos edificando algo —no sólo aguantando.

Espero que, allá en algún lugar, alguien más escuche mi relato. Washington D.C. ya no tiene presidente, ni Congreso, ni bandera. Pero aún guarda historias. Y mientras alguien quede aquí, la ciudad seguirá viva, aunque sea en la memoria de los que sobrevivimos su caída y deseamos, con todas las fuerzas, algún día volver a llamarla hogar.

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