Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Incubación
Portada del relato La Larga Noche de los Monumentos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La radio, hoy especialmente ruidosa, chispeó de pronto. Hubo una ráfaga de voces, entrecortadas y ansiosas, que vibraban en el tono de los militares. “Aquí Centro 4… ¡repito, comprometido el edificio Eisenhower! Movimientos inusuales en la entrada este del Mall… ¡A todo personal, atención!”

Duración: 10:57

La Larga Noche de los Monumentos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

9 de septiembre de 2020

El amanecer cubría con su luz pálida los tonos grises y abandonados de Washington D.C., reflejando una ciudad que apenas podía recordar lo que había sido solo seis meses atrás. La escalinata del Capitolio, antaño repleta de turistas y manifestantes, era ahora un páramo silencioso y peligroso, quebrantado únicamente por el eco distante de disparos y el rumor fangoso de pasos que no podían pertenecer más que a los muertos.

Elliot, con la mandíbula tensa y mirada encallecida, ajustó el correaje de su mochila y el rifle de caza heredado de su padre. Sostenía una radio militar destartalada, constantemente girando el dial por costumbre más que esperanza. Evitaba frecuencias abiertas: los saqueadores escuchaban todo y compartían nada salvo violencia.

Su refugio estaba en una biblioteca pública a unas cuadras de la Casa Blanca, entre estantes torcidos y mapas antiguos. Allí, junto a tres desconocidos a quienes aprendió a llamar compañeros, sobrevivía cavando entre los escombros de la civilización, entre libros húmedos y cajas de embalaje, aferrado a la posibilidad de que algo o alguien quedara en pie fuera de ese infierno.

La radio, hoy especialmente ruidosa, chispeó de pronto. Hubo una ráfaga de voces, entrecortadas y ansiosas, que vibraban en el tono de los militares. “Aquí Centro 4… ¡repito, comprometido el edificio Eisenhower! Movimientos inusuales en la entrada este del Mall… ¡A todo personal, atención!”

Elliot alzó la vista. En la penumbra matinal, la Avenida Pennsylvania parecía una herida abierta. Cuerpos, algunos con uniformes desgarrados, otros con trajes de oficina, yacían allí por decenas, rodeados de una silueta de moscas. Dos calles más allá, el Hotel Willard ardía desde la noche anterior; los saqueadores se habían ido llevándose consigo todo lo que no pudieron incendiar.

Atrás quedó el tiempo de las patrullas organizadas. Ahora, Washington estaba fragmentada en pequeñas zonas fortificadas, defendidas a tiros por militares exhaustos o civiles armados. El Pentágono se había vuelto un mito, un eco distante de mando sin sustancia. La Casa Blanca, por noticias de la radio, estaba bajo asedio de infectados y soldados renegados.

Amelia, la más joven del grupo, calculó desde la ventana del segundo piso el número de zombis que se arrastraban por la calle: veinte, tal vez treinta. Ella, antes estudiante de biología, solía recitar diagnósticos que nadie pedía: “Deshidratados. Algunos, con rigidez muscular total. Ya casi no corren, solo deambulan.”

El más viejo, un ex policía llamado Hawthorn, tenía una teoría: “Quedan semanas para que los que ahora avanzan en masa se pudran hasta ser solo montones de huesos. Pero lo que sigue viniendo, los recién mordidos, son peores. Son listos, rápidos. No deberíamos arriesgarnos hoy.”

El cuarto miembro, Clara, era la única armada con un revólver pequeño y un coraje que rozaba la desesperación. Había propuesto dar un rodeo hasta la estación de metro Smithsonian, donde decían que un grupo de soldados estaba reuniendo sobrevivientes para evacuar hacia Arlington. Nadie estaba seguro de qué creía más: la promesa de rescate o la ilusión de movimiento, solo para vencer el miedo a la parálisis.

Elliot miró sus rostros. Se preguntó cuántos sueños, cuántos hijos, cuántas bodas habían quedado congelados bajo las ruinas de edificios famosos, en las escaleras del Lincoln Memorial o en los pasillos ahora oscuros del Aeropuerto Reagan. Se los preguntó y no obtuvo respuesta, porque preguntar era recordar y recordar dolía más que el hambre.

El plan era simple: cruzar tres avenidas, evitar manadas, atravesar el National Mall pegados a las sombras de los museos –Smithsonian, Air and Space, American History– y luego descender por un acceso de emergencia a la estación subterránea. No debían cargar más de lo estrictamente necesario; el ruido, decían, era lo que llamaba tanto a los vivos como a los muertos.

A las ocho, salieron. Elliot a la cabeza, la radio silenciada; Amelia con la mochila cargada de provisiones; Hawthorn, cubriendo la espalda; Clara, cerca de los muros, midiendo cada paso como quien juega a no pisar las grietas. Solo quedaba el rumor del viento entre banderas rotas y estatuas decapitadas.

El National Mall era un desierto donde las huellas se grababan en el polvo de mármoles quebrados. Al fondo, el obelisco del Monumento a Washington surgía erguido y casi fantasmal, reluciendo con sombras entre las primeras luces naranjas. Allí, sobre el césped desgarrado, una decena de figuras tambaleantes se arrastraba hacia el reflejo de las aguas sucias del Reflecting Pool, un viejo instinto de memoria colectiva.

La tensión se hizo insoportable cuando, cruzando frente al Museo de Historia Natural, un grito agudo desgarró la mañana. Al principio no pudieron distinguir si era humano o animal; la respuesta llegó rápido: un niño, no mayor de doce años, corría con el rostro cubierto de sangre perseguido por tres zombis nudosos y una mujer tambaleante cuya camisa aún conservaba una insignia del Capitolio.

Elliot quiso apartar la vista. Nadie podía salvar a todos; pero el niño, tropezando en la hierba, cayó justo delante de ellos. El tiempo pareció dilatarse: la cara de Hawthorn se endureció mientras disparaba una sola vez, a quemarropa, por encima del hombro de Elliot. El zombi más cercano cayó, ruido seco de cráneo astillado. Clara empujó al chico hacia Amelia, y juntos huyeron hacia el acceso del museo.

No escaparon ilesos: el disparo, estruendoso, atrajo a una docena de infectados desperdigados. Elliot, a punto de disparar su propio rifle, se contuvo: las balas eran escasas. Corrieron. El museo impuso su estructura imponente y, por suerte, un lateral abierto permitía el acceso a la zona subterránea por una antigua puerta para personal.

En la penumbra, el niño –llamado Diego, supieron luego– se abrazó temblando a Amelia. “No sé dónde están mis padres.” Nadie pudo mentirle una esperanza. Bajaron las escaleras, entre estatuas rotas y carteles de exposiciones, hasta un corredor que olía a humedad y metal oxidado.

El subterráneo era más oscuro y más silencioso que cualquier lugar de la superficie. El eco de sus pisadas era el único acompañante. Un retén vigilaba la entrada al andén más profundo. Soldados con uniformes destartalados y rostros pálidos les encañonaron al instante. “¡Deténganse! ¿Infectados?”

“No,” jadeó Elliot, alzando las manos, “solo queremos cruzar al otro lado.” Presentaron sus brazos, sin mordeduras. Uno de los militares vaciló al ver al niño cubierto de sangre, pero accedió dejarles pasar tras una revisión somera. “El último tren salió hace horas, pero hay un grupo refugiado en la antigua sala de control. Si saben arreglar radios o cocinar, quizá los quieran con ellos.”

En la sala de control, la luz era tenue y la esperanza apenas una promesa. Varias familias, algunas con abuelos demacrados, otras sin niños, estaban sentadas entre cables, restos de víveres y mapas del metro garabateados con rutas seguras y zonas infestadas. Una mujer de uniforme, teniente de insignias desteñidas, consultaba a dos supervivientes sobre cuánta comida quedaba hasta la mañana siguiente.

Elliot se preguntó si aquello era lo más parecido a un futuro posible: un mosaico de desconocidos compartiendo comida y miedo bajo la tierra de una ciudad que había sido epicentro del mundo. Se sentó junto a Amelia y Diego, apoyando la espalda contra una columna. Por primera vez en días, cerró los ojos y escuchó el silencio entre voces humanas, tratando de imaginar algo parecido a la esperanza.

Horas más tarde, un temblor sacudió la estación: desde el exterior, sonaban explosiones en la superficie. La teniente reunió a todos. Su voz, áspera y cortante, agitó los ánimos: “El centro de comando en el Pentágono ha caído. El Capitolio está invadido. Puede que la última cadena de mando esté rota. No vendrán por nosotros. Si queremos sobrevivir, tendremos que hacerlo juntos.”

El miedo se mezcló con la comprensión. Uno de los padres preguntó: “¿Y si salimos hacia Virginia? Dicen que al otro lado del Potomac hay menos de ellos.” No hubo respuesta inmediata. Elliot pensó en la extensión abierta del río, en los puentes colapsados y el humo sobre Arlington. La ciudad, marcada por siglos de símbolos y discursos, era ahora solo un espacio de ruina y supervivencia.

Durante la noche, Hawthorn patrulló los pasillos. Clara dibujaba mapas para los que se atrevían a soñar con una huida. Amelia consolaba a los niños, contando historias del Smithsonian cuando aún era un museo y no un mausoleo. Elliot, incapaz de dormir, salió al andén, encendió su radio y la giró sin convicción.

Por un instante, captó un murmullo: “…refugios… Maryland, repetimos… busquen luz verde en la estación de Silver Spring… aguanten…” La señal se perdió en estática.

Esa luz verde, pensó, podía ser un código, una esperanza. Al volver a la sala de control, compartió la noticia. Algunos vacilaron, otros lloraron, otros se aferraron al poco valor que les quedaba. El grupo discutió durante horas. Decidieron moverse al amanecer, divisando entre los túneles el camino hacia Silver Spring, aferrados a la promesa de una luz que los salvara de la oscuridad del subsuelo.

Nadie lloró por la ciudad. Washington, la capital del mundo, había sido devorada por la noche y por sus propios muertos. Quedaban ecos: el mármol pisoteado, los estandartes a medio arder, las cúpulas de congresos caídos. Pero también quedaba una verdad insignificante e invencible: la urgencia de sobrevivir, de cuidar al niño, de confiar lo suficiente para arriesgar la huida.

Cruzaron, al cabo de unas horas, la frontera invisible entre la desesperación y la voluntad. Diez personas, después veinte, caminando entre rieles oxidados y promesas de luz. Nadie sabía si Silver Spring existía aún, ni cuánto quedaba del mundo anterior. Pero cuando uno de los niños levantó la linterna, proyectando una tenue luminiscencia verde sobre el túnel, todos supieron que algo seguía vivo.

Esa noche, por encima del rumor de disparos y del llanto de los muertos, nació el rumor silencioso de una nueva resistencia. La larga noche de los monumentos continuaría, pero ahora, al menos, alguno de sus sobrevivientes caminaba hacia el sol.

Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Incubación

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.