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Portada del relato El último invierno en el Capitolio
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Fragmento:


Esta carta, por si alguna vez es hallada, es tanto una crónica personal como una súplica de memoria. No debe perderse lo que somos en la niebla de lo que fuimos. Uno de los grandes errores antes de que todo colapsara, fue pensar que la normalidad era inmutable, que las luces siempre retornarían después de cada apagón y las tropas siempre mantendrían el orden.

Duración: 11:39

El último invierno en el Capitolio
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Texto de ajuste de pausa.

27 de noviembre de 2020

A quien encuentre estas líneas, sean tus manos temblorosas o firmes, ojos empañados o secos, te ruego las leas con el contexto de una ciudad convertida en prisión a cielo abierto y un corazón que late, pero en soledad. Me llamo Elena Marlowe y hasta hace poco era una funcionaria menor, archivista en la Biblioteca del Congreso, ciudadana común en la urbe que ahora yace rota. Escribo desde un subterráneo a menos de un kilómetro de la Casa Blanca, rodeada por los escombros de la que fue la capital del mundo libre.

No hay palabras precisas para describir lo que ha sido Washington D.C. estos pasados meses; me quedaré corta. Quizá el lenguaje siempre haya sido insuficiente frente a lo apocalíptico. Hasta marzo creímos que la amenaza era el virus, ese COVID-19 que endureció nuestras vidas y tapó nuestras bocas. Nunca supimos cuándo el horror se transformó en otra cosa más feroz. Primero fueron los rumores sobre pacientes con fiebres monstruosas atacando doctores, luego videos de cuerpos tambaleantes y la histeria colectiva, y, ya en abril, la ciudad se agitaba como un caldo a punto de rebalsar. Ahora marzo y abril parecen fábulas urbanas, pequeñas tormentas antes del cataclismo.

Para cuando escribo esto, las temperaturas caen bajo cero por la noche. El silencio de la ciudad me pesa más que el hambre; Washington D.C. era un bullicio constante, un ir y venir de policías, políticos, turistas, helicópteros, niños, música, gritos, coros en los monumentos, pasos sobre los puentes y el murmullo ininterrumpido de la historia sucediendo. Ahora, solo escucho el ulular del viento, el crujido de los tablones, y, ocasionalmente, los quejidos de los que aún intentan arrastrarse por las calles, humanos y otros ya transformados.

Han pasado semanas desde que los noticieros dejaron de transmitir. El 3 de noviembre, una voz femenina que solo decía “permanezcan en sus casas, eviten las ventanas” se repitió hasta volvernos locos. Encontrar una radio funcionando aquí y allá, escuchar los susurros de otras ciudades en idéntico infierno, parecía pie de página de otro libro, no nuestra realidad. El último boletín oficial que oí reportaba ataques dentro del propio Capitolio. El paradero de los altos líderes es un misterio; algunos dicen que escaparon por túneles especiales, otros aseguran que siguen atrincherados bajo tierra con víveres y armas para meses. Yo nunca sabré la verdad.

Mi posición aquí no fue elegida. Los primeros días intenté refugiarme en mi apartamento, pero los toques de queda fueron papel mojado ante la desesperación. No había líneas claras entre sobrevivientes y depredadores. El edificio de apartamentos en Logan Circle fue incendiado por alguna pandilla —ya no existen policías que respondan a esos crímenes—. Salí con lo poco que pude cargar y me abrigué bajo el ala protectora y decadente de mi antiguo lugar de trabajo. La Biblioteca, como tantos otros edificios monumentales, resultó inútil para detener a los muertos, pero sus sótanos, conectados con pasadizos al metro y con almacenes una vez colmados de comida para las cafeterías, me permitieron sobrevivir hasta ahora.

Esta carta, por si alguna vez es hallada, es tanto una crónica personal como una súplica de memoria. No debe perderse lo que somos en la niebla de lo que fuimos. Uno de los grandes errores antes de que todo colapsara, fue pensar que la normalidad era inmutable, que las luces siempre retornarían después de cada apagón y las tropas siempre mantendrían el orden.

Vivo rodeada de reliquias: las cartas manuscritas de presidentes, proclamas en vitrina, fotografías de inauguraciones, panfletos contra la guerra de Vietnam, diarios de esclavos y emigrantes, canciones manuscritas del jazz de Nueva Orleans. No dejo de pensar que cada objeto, cada hoja, tiene implícita una esperanza de futuro, que ahora parece ridícula. ¿Fue así tras la Guerra de Secesión? ¿Se sintieron tan frágiles quienes vivieron la quema de esta ciudad en 1814, cuando los británicos destruyeron parte del Capitolio? El ser humano es terco: deja testamento aun en medio de la ruina. Quizá esta carta sea mi propio acto testarudo.

Salgo algunas horas al día, cuando la luz decae y el frío hace que los cadáveres se muevan menos. Washington, siempre tan vigilada, tan llena de cámaras y búnkeres, está ahora plagada de trampas mortales: restos de barricadas, carros volcados, charcos de sangre convertidos en hielo, basura quemada en las aceras. Las aves migratorias se han marchado y los ratones han reemplazado a los turistas. Una vez visité el Monumento a Lincoln cada temprano otoño; ahora, me escondo al pie de ese mismo mármol, acaricio el bronce frío de una placa e imagino la multitud de otros tiempos.

No estoy sola en absoluto, aunque la soledad pesa como una lápida. A veces encuentro señales de supervivientes: latas abiertas, manchas frescas de tiza que marcan caminos seguros, notas como “seguro al sur de G street”. Algunas noches escucho canciones casi apagadas, melodías que los corazones tercos aún se atreven a entonar. Los veo desde lejos: pequeños grupos de tres o cuatro, siempre armados, desconfiados, huidizos. Hace dos semanas me crucé con una mujer y su hija; la vi desde una distancia prudente. Ella alzó una mano, pero el miedo pudo más y seguimos caminos opuestos. Si alguna vez lees esto, mujer de pelo oscuro y abrigo rojo, sepas que no eras invisible, ni tú ni tu niña.

El hambre es el enemigo más feroz. Las despensas están vacías o saqueadas. He comido comida enlatada con fechas vencidas, arroz rancio y lo que sobrevive en bolsas selladas. Raciono agua recogida de la lluvia. Descubrí una pequeña bodega en el sótano que aún guarda frascos de mantequilla de maní y galletas, oro puro en estos días. Temo enfermármelo y perder la escasa energía muscular para huir si es necesario. El frío me hiela los huesos —los abrigos finos de oficina no ayudan—. He reunido cobijas y algunos libros menos valiosos para alimentar pequeñas hogueras.

En septiembre y octubre, las hordas de “infectados” —ya les decimos zombis, no queda otra palabra— cruzaban la ciudad en direcciones impredecibles. De noche, los rugidos inhumanos de decenas de gargantas me diablan el sueño. Los humanos asesinados son muchos más de los que cualquier estadística podría haber previsto. El río Potomac arrastra cuerpos y escombros, y los puentes son guaridas o trampas; blancos fáciles para pandillas que aprovechan la debilidad de los que intentan escapar.

Washington era el epicentro del autoengaño: por semanas nos prometieron vacunas, convoyes de ayuda, “contención federal”. Vi morir al mayor Harper, un militar de la Guardia Nacional que por un instante creyó poder asegurar el perímetro de Franklin Square. Ahora, donde antes flameaban banderas gigantes, cuelgan jirones tricolores; la iconografía nacional es solo recuerdo. Nadie gobierna, solo sobrevive.

En el sótano conmigo está Andrew, historiador de 52 años. Lo conocí el segundo día tras el incendio, cuando ambos buscábamos agua y, descubriéndonos armados con simples objetos —él con una vulgar barra de hierro, yo con un atizador de chimenea—, optamos por una tregua. Nos cuidamos desde entonces. Le conté mi obsesión por las cartas, por dejar memoria. Él me animó a escribir: “lo que no se cuenta, se pierde”. A ratos lee con voz baja discursos antiguos o pasajes de La Peste de Camus, y reímos, porque la ironía es la única medicina que queda.

El miedo a los vivos ha crecido. A principios de noviembre, escuchamos disparos y gritos humanos de terror, no los habituales gemidos de los caminantes. Un grupo forzó la entrada lateral del Congreso, desesperados o criminales, quién sabe. Tomamos la costumbre de bloquear los accesos, poner trampas rudimentarias, dormir por turnos. Han saqueado ya todas las farmacias y tiendas alrededor; los hospitales son mataderos. Me he convertido, sin quererlo, en animal nocturno: quieta de día, alerta en las noches.

A veces tengo miedo de olvidar lo que es reír o amar. El recuerdo de mi hermana, de su hijo, se me aparece en sueños; todos vivían en Arlington. Intenté cruzar hacia allá pero el puente Key se derrumbó durante la estampida de agosto, y quedaron atrapados al otro lado. No sé nada de ellos. Sigo escribiendo cartas que no envío, las guardo con la esperanza de que alguien, algún día, las lea. ¿Era así como se sentían los náufragos en viejas historias de cartas arrojadas al mar?

Extraño la luz cálida del Capitolio al anochecer, el olor a libros viejos, el café rancio de las mañanas, el murmullo ordenado de turistas apreciando el arte. Extraño pelearme por trivialidades en la fila de la cafetería, decir “buenos días”. Echo de menos las charlas casuales, los paseos bajo los cerezos en flor, los conciertos gratuitos. Incluso la frustración del tráfico en la Avenida Independencia me parece un lujo soñado.

Hoy caminamos un poco más al sur, hasta el National Mall. Está desierto. El obelisco se yergue, indiferente, sobre cadáveres congelados y esculturas caídas. Una bandera, medio devorada, todavía ondea. Me inclino junto al memorial de la Segunda Guerra Mundial y siento la historia acumulada en cada piedra. ¿Acá terminó un ciclo y empezó otro, o solo sobrevivimos día tras día?

Sé que no soy la única que escribe cartas; de hecho, a veces he encontrado páginas sueltas pegadas en postes y paredes, relatos de otros que cuentan de sus amores, de sus miedos, de lugares donde hallar ayuda o evitar la muerte. Es inevitable: el ser humano cuando todo está perdido, escribe. Quizá uno de nosotros logre transmitir lo que sucedió aquí, poner en palabras los sucesos que parecen sueños enfermos.

A quien encuentre esta carta, te pido: no olvides lo humano, lo pequeño. No te aferres solo a la imagen de los monstruos. Éramos gente común, que amaba y luchaba, que reía y también cometía errores. Recordar eso es resistir la barbarie.

Reviso de nuevo mis provisiones. Mi cuerpo duele, pero aún puedo escribir. En este noviembre helado de 2020, al filo del abismo, ni siquiera sé si saldré en busca de refugio más seguro o si simplemente quedaré aquí, bajo toneladas de historia muerta y esperanza marchita. Andrew y yo planeamos intentar llegar hasta Georgetown, donde algunos dicen que un grupo de sobrevivientes ha logrado fortificar una antigua escuela. No tengo grandes expectativas, pero sí una voluntad testaruda de continuar, o al menos dejar testimonio para quienes vengan después.

Esta carta quedará aquí, entre los libros dorados de los presidentes, como una página más en la larga y doliente saga de Washington D.C. Si alguna vez regresa la luz al Capitolio, si por milagro alguien lee estas palabras, que sepas que, en el fondo mismo del miedo y la desesperanza, aún luchamos por mantener viva la memoria, la dignidad y la voluntad de seguir siendo humanos.

Con la esperanza de que otras voces sobrevivan —

Elena Marlowe,

Washington D.C.,

27 de noviembre de 2020.

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