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Portada del relato Ecos entre las ruinas de la capital
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Fragmento:


Gabriel la alcanzó poco después, el fusil colgado de un hombro y la cara demacrada de fatiga. “¿Nada fuera de lo común?”, preguntó.

Duración: 12:19

Ecos entre las ruinas de la capital
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Texto de ajuste de pausa.

21 de septiembre de 2021

La noche había caído, pesada y sólida, sobre los despojos de Washington D.C. Afuera, entre las avenidas cubiertas de escombros y vehículos oxidados, la luna apenas lograba filtrarse entre las nubes bajas, iluminando la capital como un recuerdo pálido del mundo anterior. Dentro de la vieja biblioteca pública del barrio Georgetown, un pequeño grupo de supervivientes se acurrucaba en torno a una fogata improvisada con mesas y sillas rotas. El humo trepaba por los ventanales astillados hacia la oscuridad.

Marta sostenía el revólver contra su pecho, la culata fría y rugosa bajo los nudillos. Era una reliquia, tan vieja como la ciudad, pero Martha le confiaba su vida. Siempre la tenía al alcance desde los primeros brotes, cuando las calles se convirtieron en una trampa mortal y los muertos comenzaron a superpoblar la tierra de los vivos. El sonido de una radio a pilas crujía y parpadeaba a poca distancia, apenas sobre un susurro: “aquí puesto 27… no hay movimiento… repito, no hay movimiento… Georgetown, cambio y fuera”.

“Apágala”, murmuró Gabriel, que vigilaba por una rendija junto a la puerta. “Demasiado ruido.”

Marina, la técnica de sonido que lo había traído desde Adams Morgan, obedeció con rapidez. “Todavía nada”, dijo, conteniendo el aliento. “Las calles están vacías…”

“Demasiado vacías”, interrumpió Daniel, mientras inspeccionaba el puñado de puertos de entrada. Habían reforzado puertas y ventanas con todo lo que encontraron desde que instalaron una semana antes su campamento en la biblioteca, pero el miedo siempre regresaba al caer la noche.

Martha miró su reloj de cuerda. Casi las nueve. Era la hora de repartirse las tareas, de preparar la guardia, de rezar en silencio para que el silencio se mantuviera. Los ruidos lejanos, aquellos chillidos que partían la quietud, ya no venían sólo de los muertos. Ni siquiera siempre eran humanos.

“Voy a hacer una ronda”, anunció en voz baja, levantándose con cuidado. “No bajen la guardia.”

Los pasillos de la biblioteca olían a polvo y ceniza. El invierno pasado aún se colgaban banderas en la entrada y algunos, idealistas o temerarios, intentaban mantener la memoria de la capital. Pero nadie hablaba ya de restaurar el Congreso, ni de proteger el monumento de Lincoln. Las estatuas eran refugio de manadas y bandas nómadas, y los fantasmas de turistas y políticos compartían las sombras con cadáveres ambulantes y saqueadores.

Salió al patio central, cruzando entre banquetas y farolas caídas. Oyó el rumor de un motor lejano—¿un generador, quizás?—apenas audible entre el ulular del viento. Recorrió el perímetro con la linterna apagada y la mirada aguda, tanteando el suelo, desconfiando de cada sombra.

Era así cada noche: la rutina les protegía, pero también les recordaba la imposibilidad de bajar la guardia. Con cada esquina que doblaba, pensaba en su hermana, en los primeros días del brote, antes de perderla entre los pasillos abarrotados de un hospital ya inservible.

Gabriel la alcanzó poco después, el fusil colgado de un hombro y la cara demacrada de fatiga. “¿Nada fuera de lo común?”, preguntó.

“Todavía no”, respondió Marta. “Pero escuché algo al norte. Si hay saqueadores cerca, podría ser el grupo de los Stonebridge.”

Gabriel asintió. Todos sabían de los Stonebridge. Habían degollado a una comunidad entera cerca de Glover Park hacía sólo dos semanas. “Hay que terminar de reforzar el ala oeste”, dijo él, y juntos avanzaron de nuevo entre los estantes vacíos.

Del otro lado de la biblioteca, Daniel cubría el fuego con más madera. “Hoy llegan los de Cleveland Park”, informó. “Traen, dicen, harina y unos frascos de penicilina. Será la primera vez que podamos hornear pan”.

Marina, a su lado, sonrió sin alegría. “¿Y si en el camino los atracan?”

“Nos quedamos con lo que tenemos”, respondió Daniel. “Como siempre.”

Nadie comía bien desde hace meses. Las despensas en las casas saqueadas de D.C. se habían terminado mucho tiempo atrás. Los muertos podridos en el Mall Nacional yacían sobre los jardines antes verdes, repugnantes y quietos cada vez más, al menguar la fuerza animadora que los había traído de regreso. Pero seguían siendo un peligro tras cada barricada y cada giro de esquina.

Marina se acomodó frente al fuego. Sintió la tentación, por un momento, de cantar. Extrañaba la música. Recordó las primeras noches después del caos, cuando la Casa Blanca fue sitiada y los helicópteros militares barrían los cielos con reflectores; ahora sólo el zumbido de los insectos y el aullido distante marcaban la noche.

“¿Alguien oyó sobre el Capitolio?”, preguntó de repente.

Nadie respondió por un instante. “Dicen que aún hay supervivientes atrincherados bajo tierra”, explicó Gabriel, encogiéndose de hombros. “Pero nadie se atreve a ir tan cerca. Dicen que los túneles están llenos de cadáveres. Que los militares explotaron algunas salidas para contener la horda.”

Marta pensó en la última vez que vio la cúpula blanca a la luz del día. Se habían ocultado desde entonces, moviéndose de edificio en edificio, dejando señales de tiza para otros rezagados. Habían intentado organizar rescates, pero la mayoría acababa en matanza. Ahora los supervivientes preferían comunicarse por radio o enviar exploradores solitarios antes de arriesgar al grupo.

Ya casi llegaba la medianoche cuando sonaron los tres golpes en la puerta lateral. Nadie respiró. Salvo el chisporroteo del fuego, un silencio absoluto envolvió el edificio.

Marta señaló a Daniel, que se arrastró hasta el postigo y miró entre las maderas. Tres figuras, cubiertas de mantas, esperaban afuera; una alzaba la mano, mostrando una linterna encendida y apagada tres veces. Era la señal acordada.

El protocolo era inflexible: primero comprobaban que no hubiese infectados. Hacía meses que sabían qué ojos mirar, qué vacíos evitar, cómo distinguir la mirada de un zombi del pánico humano. Abrieron la puerta sólo una rendija.

Una mujer joven habló, voz ronca pero urgente: “Venimos de Cleveland Park. Tenemos la harina y la medicina. Pero hay un grupo siguiéndonos. Quieren nuestro cargamento.”

Gabriel y Marta intercambiaron miradas. No podían arriesgarse a atraer violencia, pero tampoco abandonarían a posibles aliados. Marta asintió. “Rápido”, ordenó. Les hicieron entrar y cerraron con doble traba tras ellos.

Las recién llegadas temblaban. Una, adolescente, sostenía una vieja escopeta y miraba con ojos de lince. Un hombre de unos cuarenta llevaba un carrito de supermercado con bolsas de harina y dos pequeños frascos de cristal tapados con tapones de corcho.

“La penicilina”, murmuró Marta, sintiendo esperanza y terror a partes iguales. “¿Cómo la consiguieron?”

“El hospital Children’s”, dijo el mayor, sudoroso. “Todavía hay farmacias en el sótano. Pero no por mucho.”

Marina se apresuró a revisar el botín, buscando fiebre o mordidas en sus huéspedes. “Tienen que dejar los zapatos y la ropa exterior aquí. Las revisamos después.”

El grupo aceptó sin discutir. Mientras, Marta caminó hasta la entrada oeste. Del otro lado del portón, silencio; pero entonces, a lo lejos, se oyeron los ladridos de un perro, el primer perro vivo que escuchaba en semanas. ¿El perro ladraría a los muertos? ¿Tan sólo a los vivos?

Recordó entonces cuando los parques de D.C. estaban llenos de animales de compañía y niños juvialmente riendo. Ahora sólo quedaban gritos, gemidos y chillidos inhumanos. Bajar la guardia significa la muerte.

Aprovechando la pequeña tregua, Daniel y Gabriel organizaron la distribución de los escasos víveres. El trueque de armas y medicamentos se había convertido en la nueva economía del apocalipsis, tan implacable como la vieja Bolsa de Valores. Una pastilla de penicilina podía valer la vida de un compañero; un cartucho de escopeta, el tiempo suficiente para cruzar una avenida infestada.

En la madrugada, los tiros se escucharon claros, rompiendo la quietud improbable de la ciudad: ráfagas cortas, tal vez a media milla. Los forasteros de Cleveland Park no mentían. La “Banda de la Calle U”—ladrones, traficantes, caníbales ocasionales—rondaba por el norte, esperando encontrar débiles tras las barricadas.

No dormían en la biblioteca por gusto. Dos veces antes, el grupo había perdido miembros en choques nocturnos como ese. Habían aprendido a preparar salidas rápidas, mapas plegados y mochilas bajas en peso pero llenas de lo indispensable: fósforos, agua, cinta médica, radios a cuerda.

Marta pasó la noche sin pegar ojo, murmurando oraciones olvidadas. Los demás se turnaban para vigilar, frescos todavía del terror del ataque cercano. Ya no era sólo miedo a los zombis ni a la hambruna: ahora el mayor peligro eran las decisiones desesperadas de otros humanos.

Al amanecer, un rocío denso cubría las piedras del patio. Marta subió hasta lo alto de la escalera de incendios, desde donde avistaba las ruinas del horizonte: la cúpula del Capitolio desencajada, hilos de humo donde antes flameaban banderas. La Casa Blanca, oscurecida, como una perla sucia entre el bosque de edificios medio derruidos.

Desde ahí escuchó el aviso desde la radio militar, una frecuencia que sólo la desesperación había resucitado: “A los supervivientes del cuadrante noroeste – horas de intercambio seguro en Dupont Circle a las doce. Traer cualquier alimento o medicina. Habrá protección armada.”

Durante la mañana, debatieron si ir o no. Cada incursión suponía arriesgarse a la horda o a los bandidos. Marta deseaba ir, pero trazar el trayecto era como cruzar un tablero minado. Decidieron mandar sólo a Daniel y la joven armada de Cleveland Park. Para cuando salieron, la vieja ciudad se había cubierto de neblina y el sonido de los disparos se desvanecía.

Gabriel organizó a los demás, asegurando barricadas y repasando las salidas de emergencia. “Tienen suficiente para intercambiar, pero tenemos que estar listos para correr en cualquier momento”, repitió.

Horas después, Daniel y la joven volvieron, sudorosos y jadeantes. Habían conseguido yeso, algunos antibióticos, y lo más insólito: una radionovela, escrita a mano, como reliquia del tiempo anterior. La trajeron como presente, una curiosidad bizarra—en los márgenes, se leían recetas y canciones infantiles, garabateadas por manos anónimas.

Esa noche, Marta leyó en voz alta para los más pequeños los fragmentos de la radionovela. Por un instante, las risas suaves y los cuentos relegaron a las sombras el hambre y el miedo. Marina cubrió a las niñas con mantas, tarareando una melodía suave y apagada.

En la sombra de la biblioteca, Marta pensó en todos los que habían pasado por allí: los caídos, los desertores, los que preferían arriesgarse en soledad. El grupo había empezado siendo treinta, reducido a sólo ocho en los últimos meses. Pero ahora, cuando el miedo más apremiante ya no era el de los muertos sino el de los vivos, comprendía que lo único que los sostenía era esa improvisada familia, ese grupo de desconocidos, ese refugio fugaz al borde del olvido.

Washington D.C. era ahora sólo un nombre grabado en placas oxidadas y muros derruidos, pero para ellos, en su rincón de la biblioteca, seguía siendo el símbolo de algo por lo que resistir: memoria, futuro y una esperanza terca en tiempos de ruina.

Por la ventana rota, al caer la noche, el viento arrastraba hojas y promesas. Afuera, los muertos continuaban errando entre avenidas desiertas. Pero en el interior, por una noche más, la luz temblorosa del fuego cedía paso al relato, a la risa débil y a la posibilidad de que quizá mañana alguno de ellos encontrara algo más que mereciera la pena salvar.

Y así, en la ciudad caída, vigilias y relatos tejieron un nuevo amparo contra la oscuridad, tan fuerte como cualquier muro de piedra y acero.

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