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Portada del relato La última transmisión
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Fragmento:


Se levantó a buscar a Judson, antiguo bibliotecario y su improvisado segundo al mando. Judson llevaba camisetas de béisbol y caminaba con una cojera que se había hecho en la estampida de julio. Era por simple apego al edificio—y no por ningún espíritu heroico—que permanecía ahí, insistiendo cada tarde en el valor de proteger la colección de la nación.

Duración: 11:34

La última transmisión
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Texto de ajuste de pausa.

10 de septiembre de 2020

Dentro de los salones del viejo edificio de la Biblioteca del Congreso, todo olía a antigüedad y a sudor, a papeles acumulados durante décadas y a los cuerpos apretujados de una treintena de sobrevivientes que, noche tras noche, luchaban por existir en el mismísimo corazón de la capital del país más poderoso del mundo—o de lo que quedaba de él. Solo los murmullos y el tenue ulular de la radio militar recordaban que aquello, tan espeso y denso, era aún real.

Afuera, Washington D.C. se había convertido en otro planeta. El aire era pesado. Como si cada brisa arrastrase partículas de la enfermedad y la muerte, arrastrando lo peor de la plaga entre los ejes reventados de los coches incendiados y los barracones improvisados con planchas de metal y restos de pancartas de campañas presidenciales ya irrisorias. Los zombis se agolpaban cada tarde en los paseos del National Mall, improvisando una nueva marcha grotesca entre los monumentos. El Lincoln Memorial había sido tomado, no por protestantes o turistas, sino por hordas andantes que trepaban y descendían de sus escaleras como una especie de corriente patética y sin sentido.

La transmisión llegó a mitad de la madrugada. La estaba esperando Mariel, una sargento de la Guardia Nacional atrapada en la ciudad desde el estallido de los primeros desbordes en hospitales. Era el 10 de septiembre de 2020 y la ansiedad la mantenía despierta, sentada junto al aparato, cubriéndose los oídos para ignorar el resuello irregular de alguien que deliraba enfermo en la planta baja. Había aprendido, hacía mucho, a reconocer la frecuencia exacta—la radio del Pentágono: “Comando Sombra”—el último vestigio de la estructura de mando.

“Unidad Sierra Delta, responda. Unidad Sierra Delta, responda desde el edificio Jefferson. Repito…”, chirrió la voz cansada de un oficial, con ecos eléctricos, desde quién sabe qué bunker enterrado bajo la urbe.

—Aquí Sierra Delta, sargento Delpozo al habla. Tenemos treinta y cuatro supervivientes, siete heridos, provisiones para tres días —respondió, con la voz áspera, sabiendo que sus palabras podrían perderse en el abismo de la estática.

La voz tardó en volver, hubo un gemido implorante detrás. Mariel pensó que si todavía había alguien ahí, debía estar tan desesperado como ella. “Recibido, sargento. Transmitan posicionamiento y estado cada hora. Centro de mando movilizándose. Alertamos que, tras… sabotaje, el Congreso y White House han sido comprometidos. Repito… No confíe en nuevas órdenes. Aguanten posición. Refuerzos… en cinco días…”

Mentiras, pensó. Hace semanas que los refuerzos no llegan. Y ahora tampoco llegarán. La voz del oficial no sonaba como una voz que esperara volver a hablarles.

Una chispa de pánico recorrió la sala de lectura donde los supervivientes dormían entre estanterías derribadas y barricadas de libros de derecho. Fuera, en la esquina sobre la Independence Avenue, una sirena dejó de sonar de manera abrupta, como si algo—o alguien—la hubiera destruido con brusquedad. El silencio fue peor. Los niños se apretaron contra sus madres; las mujeres más viejas, aquellas que solían limpiar las oficinas gubernamentales, cuchichearon una oración.

No hacía ni tres días que el último grupo del Capitolio había intentado cruzar hacia Georgetown, pero no regresaron. Ahora, la biblioteca era su Fortaleza Roja, y Mariel el último lazo con cualquier comando que pudiera seguir llamándose a sí mismo gobierno.

Se levantó a buscar a Judson, antiguo bibliotecario y su improvisado segundo al mando. Judson llevaba camisetas de béisbol y caminaba con una cojera que se había hecho en la estampida de julio. Era por simple apego al edificio—y no por ningún espíritu heroico—que permanecía ahí, insistiendo cada tarde en el valor de proteger la colección de la nación.

—Van a seguir adelante, Judson. Dicen que Casa Blanca fue tomada. ¿Entiendes lo que eso significa?

Judson asintió con desgana. “Sé lo que significa. No va a venir nadie más. Si queda algo de país… está enterrado, o es otra cosa ya.” Miró a Mariel con una mezcla de respeto y agotamiento, luego se agachó y rebuscó bajo el escritorio un libro destrozado: ‘Historia de las guerras civiles americanas’.

—En este país nunca hemos sabido hacer las cosas por las buenas, Mariel. Ni en los principios. La diferencia es que ahora nadie está escribiendo lo que pasa. Salvo nosotros. —Judson señaló un cuaderno, con páginas llenas de todo lo que habían visto desde marzo—: ¿Crees que alguien, en cien años, va a creerlo?

Mariel no respondió. Sabía que la historia estaba siendo devorada junto con los cuerpos acumulados en tramos del National Mall. Había mucho que les separaba del pasado: la potestad de registrar, de entender, de soñar con un después. Ahora solo sobrevivían para la siguiente comida y el siguiente rumor, lo mismo que los esclavos de cualquier otro tiempo colapsado.

A media mañana, algunos hombres bajaron de la azotea. Entre ellos, Khalid, un ingeniero civil, y Pauline, una ex-enfermera de emergencias. Habían visto una columna de humo saliendo desde el Ellipse, cerca de la Casa Blanca. Nadie se atrevió a preguntar si esa era señal de vida o de otra cosa. Los zombis evitaban el fuego, pero a veces los humanos también. El fuego podía ser señal de resistencia, o de que alguien había perdido la última esperanza.

—Podemos intentar cruzar por el Club de Prensa de National Press Building —sugirió Khalid—. Las tropas de la última patrulla tomaron barricada ahí antes de perder contacto. Quizá tengan armas o medicina.

—Podríamos enviar un comando rápido —adujo Mariel—. Pero los infectados avanzaron por la Avenida Pensilvania la semana pasada. Solo salimos si tenemos una razón de peso: un receptor corto aturdidor o antibióticos.

Todos callaron. Una mujer de cabello ceniciento se abrazó los hombros: “Yo sé lo que hay que buscar”, dijo. “Hay un lote de insulina. Mi hijo la necesita.” Las palabras quedaron flotando. Nadie en la Biblioteca era capaz de negar aquel tipo de misiones, aunque la mayoría sabía que el retorno era improbable.

Judson se ofreció. Mariel no quiso dejarlo ir, pero Khalid insistió. Al final, los tres, con Pauline armada con un revólver pesado, bajaron por la pasarela subterránea que recorría aún buena parte de los edificios gubernamentales, los famosos “pasadizos secretos” de D.C. con los que los turistas habían solido soñar. Ahora, aquellos túneles estaban fríos, húmedos, salpicados de basura y algún que otro cadáver olvidado, atravesados por raíles de carritos eléctricos que ya nunca pasarían.

Mientras tanto, Mariel recorrió la sala principal. Prometió una y otra vez a las madres, a los viejos, a los niños, que el “comando Sombra” respondería. Que habría evacuación. Pero la fe se deshacía como el papel húmedo que tapizaba ahora las columnas y molduras. En algún momento, caminando entre las filas de cuerpos exhaustos, Mariel se encontró ante la gran ventana del salón del Congreso de la Thomas Jefferson Building. Al otro lado, la ciudad ardía o se sumía en una calma aterradora; las rutas principales eran una escenografía de abandono y podredumbre.

¿Dónde estaba el presidente? ¿El Congreso? ¿Los propios generales? Las transmisiones de emergencia habían dejado de mencionar nombres. Solo números de unidades, códigos de evacuación y advertencias. ¿Cuándo, pensó, habían dejado de luchar los líderes? ¿Había algún otro bunker donde sí se estuviera decidiendo el futuro, o simplemente, la derrota era ya la única estrategia?

El regreso del grupo de exploración fue una penuria: regresaron al anochecer, sucios, con olor a pólvora y miedo. Había sangre seca en el puente de la nariz de Khalid y Pauline tenía una herida superficial. Trayendo apenas media caja de antibióticos y dos cananas, pero con una mirada de terror helado.

—El Edificio Simon había sido abierto a la fuerza, todo revuelto, cuerpos dentro y fuera… —jadeó Khalid—. No son solo zombis. Hay personas ahí fuera, saqueando. Tal vez peor que los infectados. Tuvimos que retirarnos corriendo… escuchamos disparos detrás del National Theatre.

Ya no había dudas. La ciudad se estaba partiendo en tribus salvajes. Los sobrevivientes seguían arrinconados en sus fortalezas, pero eran ya tan peligrosos como la infección. Mariel tragó saliva, volvió a transmitir en radio. Nadie contestó.

Pasaron las horas y, como cada noche, los sollozos de los niños y el silbido lejano de las criaturas afuera se apoderaron del silencio. De vez en cuando, el grito opaco de alguien que caía, o tal vez un disparo accidental. Mariel, entonces, redactó la bitácora:

“10 de septiembre de 2020. Grupo Simon: retorno con heridas, saqueadores activos. Pentágono anuncia caída oficial de la presidencia. No queda cadena de mando. Último contacto posible con sector Arlington. Provisiones se acaban. Mañana, decidir ruta de escape al río.”

La Biblioteca se convirtió en cuna de planes silenciosos. Algunos querían encaminarse por el río Potomac, otros por los túneles del metro. Judson, a regañadientes, marcaba en un mapa de papel amarillento los puntos por donde las últimas hordas fueron vistas avanzar, como si una línea imaginaria entre la Casa Blanca incendiada y el Monumento a Washington pudo significar aún algún límite de seguridad.

Esa noche, sin embargo, la radio volvió a sonar, mucho después de lo habitual. Una voz femenina desconocida, claramente aterrada, irrumpió con fuerza: “Comando Sombra… Repitan, por favor, ¿hay alguien ahí? Estamos atrapados en el Museo del Aire y el Espacio. Son cuatro, cinco… no sé… están golpeando las puertas. Ayuda, ayuda… Por favor…”

Un breve silencio, el temor de que la comunicación proviniera de un cebo, de algún sobreviviente convertido en presa, tan común en los nuevos días de la capital. Nadie respondió. Mariel apretó el transmisor entre sus manos, tan fuerte que la piel se le partió sobre los nudillos.

Decidió contestar. No sabía aún si era esperanza o simple costumbre de mando.

—Aquí Sierra Delta, respondemos. Resistan posición. Digan número de personas y estado.

Unos segundos de confusión y estática. “Cuatro adultos. Dos niños. Heridos. No duraremos mucho. No tienen armas, solo herramientas. Multiples infectados en la entrada. Hay humo… ¿quién responde? ¿Hay gobierno?”

Una pregunta tan vieja como el colapso mismo. Mariel tragó saliva. Había dejado de existir gobierno, pero quedaba humanidad. Eso debía bastar.

—Aquí solo quedan cuerpos y promesas rotas. Aguanten. Intentaremos comunicarnos con otros en las cercanías. Manténganse firmes. Sobrevivir… ahora, es resistir un día más.

Minutos después, una muchacha del grupo anunció que volvía a temblar la fachada este; Mariel pegó el último trozo de cinta a las tapas de madera. A la mañana siguiente, decidirían si intentarían una salida desesperada hacia el Smithsonian, arriesgando niños, ancianos, todo por la idea de que todavía podría haber un refugio mejor. O, al menos, más lejos del recuerdo ominoso del Congreso devorado.

La ciudad, esa noche, era un abismo de penumbra rota aquí y allá por fogatas, disparos, gritos y, de vez en cuando, la sombra tambaleante de alguno de los innombrables. Sin embargo, en aquel salón, sobrevivieron las historias, los diarios, algunas armas y la única certeza posible: mientras quedase alguien capaz de recordar, imaginar, narrar, Washington D.C. no estaría aún muerta. Porque resistir en la capital, aquel 10 de septiembre, era, en sí mismo—y tal vez por última vez—el acto fundacional de una nueva nación.

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