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Fragmento:


Fue Tyrese quien escuchó la radio esa noche: un mensaje tan breve que casi sonó como una alucinación.

Duración: 11:06

Hijos del Capitolio
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2020

El frío llegó temprano ese año, antes de que la gente tuviera tiempo de adaptarse a la nueva normalidad impuesta por la catástrofe. En las calles de Washington D.C., el mármol blanco de los monumentos contrastaba con el hollín de los incendios apagados y las manchas oscuras de violencia reciente. El reflejo plateado del Potomac temblaba bajo un cielo titilante, entre nubes como heridas. La ciudad, alguna vez corazón del poder mundial, era ahora un animal herido que sangraba por sus avenidas desiertas y esquinas derruidas.

Bajo lo que quedaba de la cúpula del Capitolio, cubierta parcialmente por escombros y banderas raídas, un grupo de dieciséis personas intentaba sobrevivir. No sabían si resistir era aún un verbo posible, una acción con sentido, o simplemente un eco del instinto primitivo que los negaba a morir solos y olvidados. D.C. se había convertido en un archipiélago de refugios improvisados: escuelas cerradas, edificios federales en ruinas, y búnkeres subterráneos que olían a polvo y sudor frío.

Todo comenzó, para ellos, la noche en que las antiguas luces de la avenida Pennsylvania se apagaron por última vez. Cuando se oyó el rumor sordo de disparos cerca de la Casa Blanca y luego, el silencio --ese silencio salvaje que sólo es roto por el lamento errático de una radio militar, sintonizada por gente invisible a varios kilómetros de allí.

El grupo del Capitolio estaba liderado por Kelly, una mujer que antes de la plaga había sido guía turística; su voz firme y educada, tan acostumbrada a relatar la historia del Congreso y las luchas civiles, ahora se había vuelto indispensable para mantener la cohesión del grupo y ahuyentar el pánico. Junto a ella, estaba Alan, un ex-oficial del Departamento de Salud, delgado hasta la transparencia, con ojeras de meses y un destornillador metido en el cinturón. Los demás eran un variado mosaico: una pareja de ancianos que antes vendían dulces cerca del Lincoln Memorial, dos hermanos huérfanos encontrados bajo los puentes del Rock Creek, Marissa la enfermera, Tyrese el violinista, y Carolina, la adolescente que apenas hablaba pero cuyas manos hábiles cosían mantas de retazos como si tuviera en ello la última misión del mundo.

En ese noviembre, la amenaza no venía sólo de los zombis. Los muertos andantes se movían lentamente por los parques y plazas, agrupados en pequeñas hordas que parecían perder fuerza con el clima gélido, pero era entre los vivos donde la vida se volvía imposible. La comida escaseaba más que nunca. Los saqueadores organizados habían arrasado con los supermercados, almacenes y hasta los camiones refrigerados del National Mall. El grupo de Kelly dormía amontonado en una sala de audiencias abandonada, en cuyas paredes aún eran visibles las huellas de dedos sucios o ensangrentados. Cada noche, dos hacían guardia, con garrotes, cuchillos y una sola pistola con tres balas.

Fue Tyrese quien escuchó la radio esa noche: un mensaje tan breve que casi sonó como una alucinación.

“Si hay alguien... Si aún resisten... Centro de operaciones… Edificio Eisenhower… Medicina... Protección... Alimentos... Sólo esta noche...”

Apenas comenzaron a discutir si era real o una trampa, la noche se tornó aún más densa. El hambre inclinó la balanza: los últimos restos de un tarro de mantequilla de maní y unas manzanas rancias no alcanzarían para otra semana.

--Hay que ir --dijo Alan, con un temblor de ansiedad que arrastraba cada sílaba--. Si es cierto, tendrán medicinas. Marissa necesita antibióticos --señalaba a la mujer, ya febril y apenas consciente sobre la alfombra manchada.

Kelly se pasó una mano por la frente, palpando las arrugas de la decisión. Si era una trampa, todos morirían. Si era verdad y no iban, morirían igual, de hambre y enfermedad.

--Iremos los cuatro más fuertes --determinó--. El resto se queda y se resguarda, si algo pasa, no abran la puerta por nada.

La expedición salió cerca de las dos de la madrugada. Cruzaron la Avenida Constitución a paso rápido y silencioso; las sombras de las estatuas y las farolas apagadas parecían observarlos. Evitaron una horda dispersa cerca del Museo Smithsonian, donde distinguieron figuras encorvadas arrastrando los pies en un silencio ominoso. La ciudad olía a madera mojada, sangre vieja y pólvora quemada.

Carolina, la más joven, guiaba el grupo. Su memoria de los túneles del metro les permitió evitar las calles infestadas y saltar la verja de la Casa Blair sin ser vistos. Avanzaron con respiraciones entrecortadas. No había viento y el frío era apenas soportable. El Edificio Eisenhower, aquel coloso victoriano de piedra gris y columnas imposibles, se erguía como un mausoleo entre las ruinas, con el resplandor lejano de una fogata en una de sus alas.

Al tocar la puerta principal, Alan emitió el código: tres golpes, una pausa, otros dos. Esperaron. El frío entraba por las costuras de sus prendas recicladas. No sabían si rezar o maldecir.

La puerta se abrió lo suficiente para mostrar el cañón de una escopeta y unos ojos nerviosos. Alan alzó las dos manos.

--Somos cuatro. Necesitamos medicinas. Podemos intercambiar.

La mujer tras la escopeta los hizo pasar. Adentro, el aire olía a desinfectante y carbón. Vieron otras seis personas, igual de demacradas. Un tablero improvisado de acuerdo gobernaba la sala: cada grupo tendría derecho a dos botellas de agua, un puñado de medicinas (si las necesitaban realmente), y raciones deshidratadas a cambio de cualquier información útil sobre rutas seguras, movimiento de hordas o intercambio de materiales.

No era una trampa, sino un último esfuerzo de cooperación entre grupos de sobrevivientes aferrados a la civilidad, aunque esa civilidad estuviera hecha de reglas inventadas hacía una semana.

La transacción fue rápida; Marissa recibió las pastillas que, al menos, podrían aplacar su fiebre morbosa. Carolina, que había traído uno de sus mantos cosidos, lo cambió por una lámpara de mano y dos pilas. Tyrese escuchó rumores entre los otros refugiados: en la base naval de Anacostia aún resistía un pequeño destacamento militar que, se rumoraba, intentaba organizar una evacuación a Maryland antes del verdadero invierno. También contaban de la caída de Baltimore, de que los túneles del metro ahora estaban tan llenos de cuerpos que era imposible pasar sin máscaras.

El regreso fue peor que la ida. Al cruzar cerca del Monumento a Washington, escucharon los gruñidos amortiguados de una horda. El hambre los había vuelto más activos en las noches templadas: pies arrastrados, bocas abiertas en un grito sin voz ni razón. Carolina se detuvo, señalando un grupo: un hombre y dos niños, cadáveres recientes, aún con las mochilas escolares al hombro, se tambaleaban entre los árboles, ignorados por docenas de cuervos. Tyrese lloró en silencio, mascullando una canción de cuna que su madre le murmuraba de niño.

Al llegar al Capitolio, Kelly los recibió en la penumbra. Marissa ya deliraba. Le administraron las pastillas con un poco de agua tibia. Todos se acurrucaron uno junto al otro, como si el calor humano pudiera evitar el destino compartido de volverse alimento o bestias.

Los días siguientes pasaron con lentitud tortuosa. Desde la cúpula fracturada, Kelly vigilaba las avenidas con un catalejo de museo, escudriñando por señales de vida, de peligro, de esperanza. El rebaño de los vivos se hacía cada vez menor; cada día alguien no regresaba, caía enfermo, desaparecía sin dejar rastro.

Cada tanto, la radio chisporroteaba algún mensaje: “Asilo en Georgetown… Comida en el Kennedy Center… Evacuación desde el puerto…”. Pero la mayoría eran señuelos para bandas de saqueadores, o peores.

La esperanza, pensó Kelly, era ahora un bien tan escaso como los antibióticos. Aun así, cada tarde reunía al grupo y, con voz firme, relataba las historias que antes contaba a turistas japoneses y escolares de Maryland. Hablaba de Abraham Lincoln, de Martin Luther King, de protestas y marchas, de cómo la gente común había cambiado el mundo con pequeños gestos heroicos.

--La historia no es de los que sobreviven--dijo una noche, mirando a Carolina, que cosía en silencio--. Es de los que dicen ‘No, no me rendiré’. Por eso estamos aquí, aunque duela.

Un día, cuando el sol apenas era una sombra fría, divisaron un vehículo militar que cruzaba Pennsylvania Avenue. Unas figuras armadas barrieron con metralletas a una pequeña horda; recogieron cadáveres y revisaron edificios. Fue la primera vez en tres semanas que vieron rastros organizados de autoridad, aunque nadie sabía si aquellos hombres servían al viejo gobierno o a algún general autodidacta con sueños de feudo.

El invierno se adueñaba de todo. Las fuentes del National Mall estaban cubiertas de hielo y los ciervos bajaban a deambular entre los monumentos silenciosos. El aire era tan puro y mortal como el primer día después del colapso. Kelly, arriba en la cúpula, divisó una humareda blanca saliendo del antiguo hotel Hay-Adams.

--Debemos intentar acercarnos mañana, buscar a esos soldados --dijo a Alan, que la miraba con una mezcla de miedo y obediencia. Nadie sabía si otro refugio significaba salvación o esclavitud.

Por la noche, el grupo celebró un pequeño ritual. Tyrese tocó tres notas en su viejo violín, desafinadas pero luminosas. Los hermanos huérfanos encendieron una vela hecha de grasa animal. Carolina recitó los nombres de sus padres, susurrándolos como si fueran llaves mágicas. Marissa dormía en paz, por primera vez en semanas.

--Hoy, sobrevivimos --dijo Kelly, sirviendo dos galletas partidas en seis trozos--. Mañana... ya veremos.

La nevada era inminente. El aire olía a la promesa amarga de la supervivencia. La ciudad, amortajada de blanco, parecía esperar su sentencia final: ¿sería el cementerio de la humanidad, o su crisol? Nadie podía responder.

La memoria del antiguo Washington D.C. palpita todavía en el crujir de las puertas, el temblor de las escaleras, la soledad de los auditorios vacíos. En las paredes del Capitolio, los supervivientes garabatean con carbón las historias mínimas de cada día: “Agua aquí.”, “Cuidado con la 3a Avenida.”, “No estamos solos.” Entre líneas torcidas y palabras apretadas, la esperanza sigue viva: sorda, testaruda, pequeña, pero viva.

Cuando el amanecer palideció sobre las ruinas, los dieciséis sobrevivientes encendieron una pequeña hoguera y compartieron su desayuno magro. Más allá del Potomac, una columna de humo señalaba otro grupo de humanos. Era apenas un mensaje: el mundo, aunque maltrecho, seguía existiendo. La última vigilia de Washington no era aún la última palabra.

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