22 de noviembre de 2020
La nieve caía en grandes copos, lenta y silenciosa, cubriendo las avenidas desiertas de Washington D.C. como una mortaja reluciente. Al principio del año, los inviernos solo entumecían a funcionarios apurados, turistas arrastrando bufandas frente al Capitolio y niños lanzándose bolas de nieve en los parques. Hoy, el frío era algo más: una especie de paño mortal tendido sobre una ciudad que había dejado de respirar.
Eliot Walker se detuvo a mirar la Casa Blanca, tan cerca y tan lejana, recortándose como una reliquia bajo las sombras azuladas de la tarde. El edificio preservaba su perfil inconfundible, pero estaba tuerto y mutilado: ventanas rotas cubiertas por tablones, barricadas corroídas por el óxido y columnas ennegrecidas donde el fuego había lamido la piedra meses atrás.
Washington era un espectro más de sí misma, tan desolada como las miles de ciudades del mundo donde los hombres ya no eran los amos y la ley había retrocedido. El silencio lo cubría todo, interrumpido sólo por el murmullo inquietante del aire gélido y, de vez en cuando, el eco lejano de un grito o del arrastre de pies vacilando en el asfalto escarchado.
Eliot supo que exponerse tan cerca del corazón de la ciudad era peligroso incluso en invierno, pero había llegado el punto en que no había opción. Tenía hambre —no la hambruna resignada de la escasez, sino aquella severa y seca, la del cuerpo al borde del colapso— y su mochila contenía apenas una lata rescatada y medio frasco de analgésicos de los que dependía para soportar la fiebre y el dolor en la pierna. Tenía veintisiete años, pero sentía la fatiga y el desencanto de muchos más.
Desde las escaleras del edificio Rayburn vio el riachuelo de humo surgiendo junto al Mall. Todavía existía ese milagro del fogón encendido, del refugio humano: no podía permitirse el lujo de ignorarlo. Caminó en dirección al humo con cautela, las botas hundiéndose en la nieve reciente, el hacha colgada a la espalda y el revólver asegurado en la cintura. Cada recodo de la avenida era como asomarse a un abismo distinto: cadáveres de coches abandonados, bolsas de basura endurecidas por la escarcha, rastros de sangre seca que el frío ya no dejaba borrar.
En tiempos normales, la vida de Eliot había girado en torno al Congreso. Era ayudante técnico, uno de tantos engranajes invisibles tras la políticas públicas de la nación, preparando informes, asesorando a congresistas que nunca recordarían su nombre. Ahora, lo único útil de su experiencia era conocer la red de túneles y pasillos entre los edificios legislativos, y saber dónde se ocultaban los viejos depósitos de víveres preparados para la “continuidad del gobierno”. No quedaba mucho en ellos ya; otros como él también lo habían descubierto.
El fogón resplandecía entre dos tanques Humvee atravesados en diagonal junto al monumento a George Washington. Un círculo de cuatro personas —tres adultos armados y una mujer joven cubierta de mantas— mantenía la guarda. Tuvieron el acierto de no disparar en cuanto lo vieron, pero las armas se tensaron.
—No busco pelea —dijo Eliot levantando las manos, ya sin fuerzas para parecer digno o desafiante—. Sólo quiero hablar, compartir el calor un rato.
Los guardias se miraron entre sí. Uno de ellos, hispano, le hizo una señal brusca:
—Lanza el hacha en la nieve.
Eliot obedeció; la pesada hoja se hundió cerca de su pie izquierdo, resonando. Depositó también la pistola sobre una roca partida, y sólo entonces pudo sentarse a una distancia prudente del círculo vivo. Podía sentir el vapor de sus propias exhalaciones, ese hálito casi invisible que recordaba a los días en que fumar era un placer en vez de un lujo absurdo.
Se presentaron con nombres que quizás no eran suyos: Miranda, Owens, la chica llamada Tania y el hispano, que respondió únicamente “Ramírez”. Ninguno parecía mayor de cuarenta, y todos tenían manos rugosas y miradas labradas en desconfianza. Owens, un exguardia del Capitolio, le ofreció una lata de comida a cambio de información.
—¿Del oeste o del río? —preguntó Owens.
—Del sur. Antes de ayer escapé de Southwest Waterfront. —Eliot no sintió la culpa de haber mentido; en un mundo así, las rutas reales eran secretos más valiosos que la vida.
Hablaron en voz baja mientras la nieve absorbía los ruidos; todos, incluso la tímida Tania, monitoreaban los alrededores cada pocos minutos. A estas alturas, lo sabían de memoria: los zombis no se sentían atraídos por el frío, ni su letargo era absoluto, pero no podían moverse bien sobre el hielo o entre la escarcha. Había otros peligros. Grupos armados; los “lobos”—bandas mezcladas de exmilitares, saqueadores y enfermos que cazaban a su propia especie con la misma brutalidad que a los no muertos.
—Anoche hubo disparos cerca de Union Station —dijo Miranda—. Los vimos desde el National Postal Museum. Dos camiones pasaron rápido; no parecían buscar nada más que huir.
Ramírez escupió en la nieve con desprecio.
—Se la pasan trasladando a los enfermos que encuentran. Como si hubiera esperanza. Yo los vi subir a una niña con los ojos en blanco.
—¿A dónde los llevan? —preguntó Tania.
—Dicen que hay un laboratorio aún en pie en Bethesda. Puras historias.
A Eliot ese rumor le era familiar. Se repetía en cada esquina desde hacía semanas: la convicción —irracional, acaso impuesta por la necesidad de creer en algo— de que aún existían científicos y militares dispuestos a encontrar una cura o, mínimo, una solución al caos. Él mismo había visto, desde lejos, vehículos oficiales cruzando el Potomac al norte, hace ya demasiado tiempo como para soñar con ayuda real.
Cuando el fuego menguó, Miranda repartió algo de café recalentado en tapitas de botella. No era amargo, sólo insípido. Bebieron en silencio mientras miraban el obelisco que sobresalía, vertical e imponente, entre la niebla y el abandono.
—¿Dónde estabas cuando todo empezó? —preguntó Tania, con la voz de quien busca recordar que la gente todavía tiene pasados.
Eliot suspiró.
—Aquí mismo, a unos metros. Servía café en la oficina de un congresista. El último día normal, había una sesión sobre el plan de infraestructuras. Me colé en la sala press para ver a los reporteros discutir las cifras de la pandemia.
Por un instante, todos se sumieron en sus propias memorias de aquel “último día normal”, un territorio mental tan perdido como los mapas de antes. Nadie se atrevió a romper el silencio hasta que, de improviso, Miranda dejó escapar un grito ahogado: un zombi había tropezado al borde del círculo de luz. Su silueta titubeante era una caricatura grotesca de lo humano, la piel pegada a los huesos, la boca desquiciada en un rictus de hambre. Los dedos abiertos atraparon el aire espeso de la noche.
Ramírez reaccionó primero. Descerrajó un disparo limpio al cráneo, el eco repicó entre los obeliscos y la criatura calló al suelo con un ruido blando que sonó demasiado humano. La calma recuperada sólo sirvió para recordarles que el disparo podía haber llamado la atención de otros seres peores.
—No deberíamos quedarnos más aquí —murmuró Owens—. Si uno pudo llegar, otros vendrán.
Decidieron recoger el campamento en orden y buscar refugio en los túneles subterráneos de la red del Capitolio. Eliot se unió a ellos, su hacha recuperada, los huesos fríos y el alma un poco menos sola. Entre los edificios del gobierno, la nieve cubría los escalones con un tapiz brillante que ocultaba trampas y cadáveres por igual.
El acceso a los túneles fue sencillo: Owens conocía un atajo por la entrada de tránsito restringido cerca de Independence Avenue. En la oscuridad sorda del subsuelo, las linternas prestaban una luz temblorosa. Los pasillos largos olían a moho y encierro. Qué contraste con los días de protocolos, placas de identificación y pasillos llenos de papeles. Ahora todo era silencio, polvo y miedo.
—Hay un depósito a medio kilómetro —susurró Miranda—. La última vez encontramos latas y vendas.
Tania caminaba junto a Eliot, temblando.
—No tengo a nadie —le dijo, labios azules, voz casi rota—. Sólo quiero sobrevivir el invierno.
Eliot intentó sonreírle con calidez, pero solo tuvo fuerzas para negar con la cabeza.
—Aquí sólo sobrevivimos de a ratos. Cuando esto termine, si es que termina, a lo mejor alguien nos recuerda.
Pese al riesgo, la camaradería forzada por la desesperación era más fuerte que la soledad. Nadie podía sobrevivir solo mucho tiempo en D.C. No desde que los puestos de ayuda de la Guardia Nacional colapsaron bajo la avalancha de muertos y vivos cada uno intentando escapar. Porque todos los caminos, incluso en la caída, alguna vez conducían a Washington. Aquí habían muerto presidentes, soldados y civiles por igual; la historia de la ciudad estaba empapada de catástrofes —aunque ninguna había dejado cicatrices semejantes a aquellas.
Hallaron el depósito bajo el corazón del Capitolio. De las estanterías quedaba poco: tres cajas de galletas viejas, vendas que debían hervir antes de usar, una caja de balas compatible sólo con el revólver de Eliot, dos antibióticos y cintas para cerrar heridas. Owens distribuyó las cosas en los sacos de cada uno sin protestas ni mezquindad. Un pequeño milagro.
Pasaron la noche allí, turnándose para vigilar. Desde el túnel, Eliot veía el resplandor tibio filtrándose bajo una compuerta sellada. Por primera vez desde hacía meses, se apoyó contra la pared desconchada y durmió sin miedo inmediato a morir.
A la mañana siguiente, el frío era menos mortal pero la ciudad permanecía igual de inerte. Subieron en silencio por una escalera metálica a una salida secundaria cerca de la Biblioteca del Congreso. Los cristales de hielo brillaron, cegadores. Perdidos entre la bruma de vapor, los edificios oficiales emergían de la nevada como viejos titanes exiliados.
Eliot miró hacia el oeste, al monumento a Lincoln, y recordó, en un vértigo de nostalgia física, la última vez que había caminado entre turistas y estudiantes. Pensó en los discursos y las marchas, en las voces que hacían vibrar las columnas del Mall. Nada de eso quedaba más que como cenizas en la memoria.
—Seguimos juntos —dijo Owens, asintiendo hacia el norte—. Si sobrevivimos esta semana, podríamos lograrlo todo el invierno.
El grupo asintió. Volvieron a perderse entre las sombras, buscando cobijo, comida, algún sentido de propósito en aquel paisaje arruinado.
Desde la escalinata helada, Eliot vio a lo lejos una mancha oscura moviéndose sobre Pennsylvania Avenue. No supo distinguir si era horda, caravana o simplemente una ilusión entre la nevada. En su pecho, allí donde la esperanza había sido desterrada, algo parpadeó tenuemente: ¿y si aún era posible recuperar algo? Una casa, una amistad, una idea remota de hogar.
Washington D.C. persistía, incluso vestida de cadáver y hielo. En sus entrañas, los últimos hombres mantenían encendida la brasa minúscula de la humanidad, aguardando el deshielo —o la tregua— del próximo invierno. Si sobrevivían juntos, quizás los viejos nombres volverían a tener significado: Lincoln, Jefferson, libertad, justicia, hogar. Por ahora, sobrevivir era la única promesa y el horizonte suficiente.
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