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Fragmento:


Con la caída de la internet y la pérdida intermitente de la electricidad, los radios a pilas se han vuelto tesoros incalculables. El mío apenas capta estática intercalada con voces nerviosas, casi todas repitiendo lo mismo: mantener la cabeza baja, evitar los gritos, moverse solo, no confiar en nadie. La última transmisión de voz reconocible la capté hace tres días, una mujer que leía listas de nombres: “Marie Gordon, John P. Huxley, Sarah Adler…”, su voz quebrada a la espera de una respuesta que nunca llegaría.

Duración: 10:31

Día Cero en la Capital
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Texto de ajuste de pausa.

2 de septiembre de 2020

Washington D.C.

Diario de Joseph Marrow, exanalista del Pentágono

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A veces, cuando cierro los ojos, todavía escucho las sirenas que solían fundirse en el tráfico habitual de nuestra capital. Había algo tranquilizador en ese caos cotidiano, un recordatorio sordo de que todo tenía un orden, incluso los incidentes, incluso la incesante carrera del día a día en el corazón político de este país. Hoy, mientras escribo agazapado bajo la sombra desmoronada de lo que fue una librería en M Street, ese mundo me resulta tan lejano como una escena de película antigua.

Esta mañana, antes incluso de que el sol rompiera la neblina que cubre la ciudad como un sudario, me acerqué cauteloso al borde del National Mall. Es mi vigía diaria, aunque muchas veces maldigo la costumbre: me obliga a recordar lo que hemos perdido y lo que jamás podremos recobrar. La estatua de Lincoln, erguida en la distancia, ahora solamente observa el vacío y la ruina, fría testigo de la descomposición silenciosa del país.

Desde hace semanas, la situación ha degenerado más allá de lo imaginable. De mis compañeros del Pentágono apenas sé; los círculos de comunicación cayeron uno tras otro. El último mensaje que recibí —el 25 de agosto— solo decía: “reúnanse en puntos seguros; la Casa Blanca ya no es viable”. Dos días después hubo rumores de combates en el búnker presidencial. Hoy, cualquier camino que conduzca hacia Pennsylvania Avenue es un sendero de muerte.

Con la caída de la internet y la pérdida intermitente de la electricidad, los radios a pilas se han vuelto tesoros incalculables. El mío apenas capta estática intercalada con voces nerviosas, casi todas repitiendo lo mismo: mantener la cabeza baja, evitar los gritos, moverse solo, no confiar en nadie. La última transmisión de voz reconocible la capté hace tres días, una mujer que leía listas de nombres: “Marie Gordon, John P. Huxley, Sarah Adler…”, su voz quebrada a la espera de una respuesta que nunca llegaría.

El aire de este septiembre huele a humo, a carne podrida y hojas pisoteadas. Las primeras hordas no eran grandes, pero eran rápidas, torpes sólo hasta que sentían carne cerca. Ahora, recorro las calles secundarias como un animal cazado, esquivando los charcos, los cuerpos, y las miradas vacías, mil veces más letales que las de cualquier soldado enemigo. Reviso mis botas cada noche; cualquier agujero, cualquier rozadura puede significar infección, muerte. Mi botiquín se reduce a vendas, unas pocas tabletas de antibióticos y una navaja multiusos oxidada.

Hoy pasaron dos cosas que merecen ser escritas, aunque tal vez esto no lo lea nadie jamás. Por la mañana, divisando la tienda de sándwiches cerca del Capitolio, escuché disparos. Suenan diferentes ahora; hay una desesperación cruda, como si cada bala costara una vida futura, como si de algún modo quienes disparan supieran que el eco les condena. Me arrastré entre los escombros, esquivando un furgón volcado y el cadáver de un hombre disfrazado de George Washington que aún empuñaba una réplica de sable. En el umbral caído de la tienda encontré a un grupo: tres hombres y una adolescente, todos armados hasta los dientes con lo que parecerían armas de caza y algunos rifles automáticos. Me vieron; uno levantó el arma, pero la chica —ella con ojos verdes y gesto fiero— le disuadió. “Déjalo, es solo otro fantasma”, murmuró.

Contesté sólo con la mirada. No había palabras para el cansancio, ni para el hambre que nos carcome. Mientras yo rebuscaba en las estanterías, uno de los hombres, veterano por su chaqueta militar desteñida, se acercó cautelosamente. “¿Tienes información? ¿Reconoces la voz de la radio?”, preguntó. Negué. Él asintió en silencio. Hemos aprendido que el conocimiento es moneda pero también sentencia; no se regala a extraños. Intercambiamos algunas latas de comida que encontré —frijoles, melocotones en almíbar— por una caja de pilas casi llena. No hubo sonrisas, solo pactos sin fe.

Ellos me advirtieron que la Avenida Constitucional ahora era territorio de “los caídos”, como apodan a los zombis. Alguien prendió fuego al Museo del Aire y el Espacio hace días; los techos colapsados atraen a los muertos y los cubren con cenizas. El humo es visible desde el otro lado del río Potomac, y por la noche, las llamas juegan con la silueta de los monumentos, haciéndolos aún más fantasmales.

Al mediodía, en el camino de regreso hacia mi refugio, tuve el segundo encuentro del día. No con humanos, sino con una manada de cinco zombis, arrastrando los pies frente a la Biblioteca del Congreso. Iban lentos, pesados, como si el peso del saber caído los oprimiese tanto como la putrefacción. Me oculté bajo la escalinata, tapando mi aliento y esperando a que pasaran. No atacan si no oyen, no atacan si no hueles a sangre fresca.

En esos minutos eternos, pensé, por enésima vez, en todos los documentos, secretos y archivos que alguna vez resguardamos. ¿De qué sirvieron? La inteligencia fue inútil contra el miedo y la velocidad de la infección. Ahora, lo poco que queda de gobierno, disperso y acorralado, no es más que un rumor que viaja por las radios piratas. Ya nadie menciona al presidente; algunos creen que él y sus ministros se refugiaron en búnkeres, otros dicen que hace semanas se unieron a los infectados al intentar escapar en helicóptero.

Mi refugio de esta noche es una casa semi-quemada cerca de la Universidad George Washington. Las habitaciones conservan rastros de una familia que vivió mucho mejor que la mayoría: diplomas colgados, fotografías de vacaciones en la playa, hasta platos de porcelana en una vitrina rota. Tomé unas velas de la cocina, y una navaja de cocina que encontré debajo del fregadero. Me siento como un saqueador, pero moralidad e instinto de supervivencia son ahora fuerzas difíciles de separar.

Desde aquí, oigo de vez en cuando helicópteros. Hace días, uno sobrevoló baja altitud, lanzando panfletos sobre protocolos de seguridad, pero ningún socorro real. Los panfletos caen como hojas, se pierden en los charcos o se pegan al barro y la sangre de las calles. Nadie los recoge. Nadie cree en órdenes desde arriba. Ahora solo existen las alianzas de facto: bandos de supervivientes, pequeñas bandas paramilitares armadas, y los solitarios como yo.

La noche avanza y con ella los ruidos extraños. El tintineo de metales, los crujidos de madera bajo presión, los pasos indecisos que son imposibles de distinguir entre humano o zombi desde la distancia. He aprendido a dormir a intervalos de minutos, el oído siempre atento al menor cambio. Antes consultaba el reloj cada hora; ahora solo el resplandor tenue del cielo me marca el paso del tiempo.

He escrito en trozos de papel que guardo en mi mochila, como este diario, intentando mantener sentido de lo ocurrido, una crónica para quien venga después, si es que alguien sobrevive a la embestida. Esta misma mañana quemé parte de esos papeles; sé que pueden ser delatadores, pero la memoria —aunque queme— es la única herencia posible.

Repaso mentalmente las rutas de escape. Sé que cerca de la estación de Union hay un grupo de soldados “no oficiales”, hombres y mujeres que patrullan con brazaletes caseros. Nadie sabe de dónde vienen, ni qué bandera representan, pero han mantenido a raya a los caídos en esa zona. Algún día intentaré acercarme, aunque la idea de pertenecer de nuevo a una estructura me resulta tanto atractiva como peligrosa. Los humanos, cuando huelen el pánico de otros, pueden ser peores que las criaturas sin mente.

Por la tarde, el clima se tornó pegajoso a pesar del final del verano. Caminé hacia Dupont Circle buscando víveres. Recordé —como un eco— las viejas manifestaciones, las risas, la música improvisada de un guitarrista irreverente. Hoy solo queda el eco de pasos y el chasquido eventual de un disparo lejano. Cerca del parque, vi una nota: “Refugio seguro – 8pm, subterráneo, estacionamiento Q Street”. Pensé en acercarme, pero la intuición me frenó. Ese tipo de señales son, a menudo, trampas tendidas por bandas o incluso carnada para atraer a los caídos en masa. Más de uno ha sucumbido a la esperanza equivocada. Esta ciudad se ha vuelto un teatro de engaños, donde confiar es la última locura.

A las nueve, preparé una sopa aguada con los restos de un bote de verduras y una botella de agua casi vacía. Me senté en la ventana, observando la luna entre nubes color plomo, y oí, cerca del río, una explosión leve. No me moví. Aprendí que los curiosos aquí no sobreviven. La ciudad está plagada de trampas improvisadas, minas caseras, alambres de púas entre carros y autobuses. Dar un paso en falso es invitar al final.

Pienso en cómo resistimos, en qué nos sostiene cuando todo se ha desplomado. El instinto, supongo, y la memoria. “No eres el único”, me repito, como un mantra. Hay otros, en otras esquinas, bajo edificios y túneles. Tal vez, si vivo otro día, podré ayudar a alguien, o compartir una comida. Tal vez no, y mi única función sea dejar constancia del abismo.

En la radio, de nuevo, una voz apenas audible: “Si oyes esto, sobreviviste otra noche. Quédate bajo techo. Cuidado con los fuegos. La ayuda llegará”. No sé si es una esperanza genuina o solo una grabación inútil, pero me aferro a ella como si fuera una pieza de cuerda en medio del agua.

Cierro el diario. Mañana seguiré el oeste, bordeando Georgetown, evitando los puentes cortados y las fórmulas de muerte que acechan tras cada esquina. Si este relato llega a alguien, si alguna vez Washington vuelve a ser más que un cementerio glorioso, que sepan que no nos rendimos fácilmente. Que aprendimos a sobrevivir, incluso cuando el mundo se partía en pedazos frente a los ojos de sus antiguos guardianes.

Buena suerte, lector. Si vives después del derrumbe, recuerda: nunca ignores el ruido de la noche. A veces es solo viento. A veces no.

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